martes, 15 de mayo de 2018

INHIBICIÓN DE LA PALABRA


           Somos unos inhibidos. Estamos rodeados de restricciones, impedimentos y prohibiciones para actuar tal cual somos. Nos inhibimos no tanto por la ley como por la formación, la falta de confianza o la sinceridad. La inhibición es un impedimento, un estorbo, una prohibición, ante la que muchos se rebelan: prohibido prohibir... Hay dos inhibiciones en el Derecho: la del juez que se inhibe de una causa por no ser de su competencia; y la inhibición general de los bienes de un individuo o compañía, recurso del que hace uso quien cree tener derecho de acreedor sobre la persona o empresa, porque la misma hubiera incumplido un pago o relación contractual. Si la inhibición resultare efectiva por vía legal, el inhibido no podrá disponer de los bienes restringidos, inhibidos. Nos inhiben el dolor por la medicación. Nos inhibimos de expresarnos libremente ante oídos no preparados para escuchar. A cada momento, nos reprimimos en el ejercicio de facultades o hábitos. Nos declaramos incompetentes por inhibidos. No declaramos nuestros deseos por una inhibición de dudosa respuesta. Solo si nos preguntan, y respondemos por nuestra conciencia y honor, podemos evadirnos de la capacidad inhibitoria de la palabra que emana de la voluntad del ser.
            El temor al castigo nos inhibe de un acto o deseo; pero cuando no concurre esta realidad, hay otras inhibiciones en las que sumergirnos ante el temor de no vernos complacidos. No declaramos un amor a tiempo, y ese amor se evapora; nunca más volverá... No vemos a alguien a quien deseamos, pasa el tiempo y la inhibición de la palabra frustra el deseo anhelado. La inhibición viene, sí, del sujeto que la encarna; pero está sujeta siempre a otras conductas o hábitos, sean leyes, o deseos personales. Negamos la realidad y nos inhibimos de la responsabilidad. Nos pasamos de un grupo a otro para seguir montados en el tren y nos inhibimos de la ética que debiere ilustrarnos para pasarnos a la vía de la evasión, que no será nunca la inhibición de la palabra que nos cierra el alma. La libertad no inhibe el deseo; lo inhibe quizá la respuesta a ese deseo.

jueves, 3 de mayo de 2018

DOÑA MARÍA LA BRAVA


           María Rodríguez de Monroy, conocida como Doña María la Brava, nació en Plasencia en el palacio de su familia, también conocido como Casa de las Dos Torres. Casada con Enrique Enríquez de Sevilla, Señor de Villaba de los Llanos, se trasladó a vivir al palacio de la familia de su marido en Salamanca, ahora conocido como Casa de doña María la Brava. Tuvo cinco hijos, tres varones y dos mujeres: Alonso, Pedro, Luis y María y Aldonza. Enriquez de Sevilla murió en 1454, dejando a María con los cinco hijos, el mayor de ocho años. En 1457 murió Alonso, el primogénito.
            En 1465 ocurrió en Salamanca un trágico suceso. Durante un juego de pelota hubo una disputa entre los hermanos Manzano (Simón y Alonso) y los hermanos Enríquez (Luis y Pedro), hijos de doña María. La discusión se encrespó y los Manzano mataron a Luis, el menor de doña María. Temiendo la venganza del hermano mayor, le avisaron de que su hermano había sido malherido. Los Manzano y sus criados le prepararon una emboscada y le dieron muerte, huyendo de la ciudad por consejo paterno. Al enterarse del suceso, la madre persiguió a los asesinos de sus hijos hasta encontrarlos en una posada de la ciudad portuguesa de Viseu. Allí los prendieron y ejecutaron. Doña María ordenó que los decapitasen y regresó a su casa con las cabezas, que depositó en las tumbas de sus hijos enterrados en la iglesia de Santo Tomé. "Hijos míos, --les dijo-- he aquí a vuestros asesinos. Descansad ahora en paz."
            Este hecho encrespó los ánimos: la ciudad se dividió en dos bandos: el llamado de San Benito, con la familia de los Manzano, y el de Santo Tomé, encabezado por los Enríquez. La rivalidad no concluyó hasta la intervención del fraile Juan de Sahagún (Sahagún, 1430; Salamanca, 1479), --canonizado en 1691 por el papa Alejandro VIII y patrón de su ciudad natal, de la homónima colombiana y de Salamanca-,  quien logró apaciguar los ánimos y terminar con la guerra de los dos bandos el 30/09/1476, con el Acta de la Concordia. Poco después falleció doña María.
           El 27 de noviembre de 1909, el dramaturgo Eduardo Marquina llevó a los escenarios del Teatro de la Princesa de Madrid la vida de María Rodríguez, en la obra titulada Doña María la Brava, cuyo personaje encarnó la actriz María Guerrero. La obra se repuso en el Teatro Infanta Beatriz de Madrid en 1944, interpretada también por María Guerrero.


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Bibliografía consultada: Álvarez, Luciano: María, la brava, en El País, de 08/04/2017; www.extremaduramisteriosa.com; blog.hotelregio.com; y Wikipedia.