domingo, 22 de noviembre de 2009

LA EXCEPCIÓN Y NO LA REGLA EN LA PREVARICACIÓN Y CORRUPCIÓN

¿Habríamos de calificar como “corruptelas” la mano de Dios de Maradona”, o aquella con la que el futbolista internacional francés Henry se ayudó dos veces para pasarle el balón a su compañero, que marcó el gol decisivo para clasificarse para el Mundial de Sudáfrica? Pues sí, de acuerdo con la definición del Diccionario de la Academia, que la define como “la mala costumbre o abuso, especialmente los introducidos contra la ley”. No hubiere quizás el fútbol código de buenas prácticas, pero sí unas reglas que fijaren la buena conducta que ha de observarse en el terreno de juego por parte de los jugadores que, a fin de cuentas, viene a ser lo mismo. El propio Henry se autoinculpó y manifestó que “lo mejor sería repetir el partido”, a la búsqueda de la limpieza objetiva que ni el juez de la contienda ni sus ayudantes vieren en una acción a todas luces punible.

No pueden mezclarse y confundirse la prevaricación y la corrupción, porque no son términos de igual calificación penal, ni mucho menos generalizar la conducta punible de unos cuantos funcionarios o políticos que la cometieren que, en todo caso, constituyen la excepción a la regla y no la regla por extensión.

Bien claro lo puso de manifiesto el pasado viernes el secretario provincial del PSOE, Juan Ramón Ferreira, al recordar el principio constitucional de presunción de inocencia, base del Derecho Penal, y al advertir que no debe utilizarse el término ”corrupción” de manera generalizada “porque no todos los delitos e imputaciones pueden ser clasificados como corrupción”. Ni todos los funcionarios o políticos, sean del signo político que fueren, son corruptos ni prevaricadores, sino que constituyen la excepción a la regla. No pudiere llamarse a Maradona ni a Henry “corruptos” por el uso de sus manos en el juego, privilegio que la normativa del fútbol solo otorgare al portero, aunque hubieren cometido una corruptela contra las normas, como tampoco puede generalizarse lo que, afortunadamente fuere una excepción y no la regla: la prevaricación y corrupción, una acción reprobable y punible en funcionarios públicos y políticos, si los hechos de los que fueren acusados se probaren ante un tribunal.

Si los jueces del partido no vieren la falta, no quiere decir que no existiere, porque la televisión no engaña; pero la hubo y no se castigó como debiere, porque ni el árbitro ni sus ayudantes la observaren. Lo mismo ocurre con los políticos y funcionarios por más que algunos se empeñen en airear más de la cuenta la excepción a la regla, que puede inducir a los ciudadanos no advertidos, como a los árbitros del partido Francia-Irlanda, a confundir churras con merinas y a pensar, “sensu contrario”, que todos fueren unos corruptos.

Prevaricar es cometer un delito de prevaricación. Sustantivamente, es el delito consistente en dictar a sabiendas una resolución injusta una autoridad, un juez o un funcionario, mientras que la corrupción es definida por el Diccionario de la RAE no solo como la acción y efecto de corromper, sino en otra acepción que viene al caso, “en las organizaciones, especialmente en las públicas, práctica consistente en la utilización de las funciones y medios públicos de aquellas en provecho económico o de otra índole de sus gestores”. Como recalcara Ferreira, “la corrupción es el mal uso público del poder político para conseguir ventajas ilegítimas, generalmente secretas y privadas, que es lo contrario a la transparencia política”.

No hemos de llevarnos a la cabeza, como los irlandeses, por su injusta condena a no disputar el Mundial de Fútbol de Sudáfrica, ante hechos probados, pero juzgados irremediablemente por no ser vistos por quienes hubieren autoridad para ello “in situ”. Ni hubiéremos de generalizar un mal que, aunque a todos nos afectare, fuere culpa de unos y no de todos; ni fuéremos quiénes para condenar a quienes, todavía, son inocentes, mientras no se demuestre lo contrario; ni condenar a quienes no han sido condenados, como muchos se han permitido condenar al pueblo entero de Torreorgaz injustamente; ni generalizar por extensión unos presuntos delitos como si todos fuésemos cómplices o coautores. Ni un partido político, que tiene por máxima demostrada la honradez, como el PSOE, puede ser condenado de antemano porque algunos de los suyos cometieren tales pecados, porque en ellos hubieren su penitencia, antes por el propio partido que por la Justicia misma cuando probare los hechos por los que se les imputan o fueren investigados. Como afirmara Ferreira, “el principio de inocencia o presunción de inocencia es un principio jurídico penal que establece como regla la inocencia de la persona”. Todos somos inocentes mientras no se demuestre lo contrario, y “el que esté libre de pecado, que tiene la primera piedra”, como recordábamos ayer.
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* Artículo publicado en Extremaduaraldia el día 22-11-2009

sábado, 21 de noviembre de 2009

EL AGENTE 007, CON LICENCIA PARA REIR...

Hallábame en un bar para ver un partido de fútbol, tras una jornada dominical de trabajo para santificar el día del Señor. Pido un combinado al camarero y, de pronto, una llamada telefónica, me distrae. Me sirve el garçon el pedido y, concluida la llamada, le requiero para que me facilite una cucharita larga o una pajita para diluir la bebida.

Ante mi asombro, me contesta seguro de sí:

--Ya se la he meneado yo…

--¿Cómo dice usted?, le interrogo asombrado ante su osadía lingüística…

-Que ya se la he meneado, me responde convencido.

--Perdone, señor; pero usted a mí no me la menea, porque hubiere yo manos para ello si usted me facilita el pedido. Usted me la bate, me la diluye, me la remueve, me la agita en el vaso…; pero nunca eso que usted me dice…

--¿Acaso no conoce usted lo que pide el agente 007 en sus películas?, le pregunto.

Lo ignoraba, aunque hubiere diversas variantes en la petición…

--Martini con vodka; mezclado, no agitado. Pues bien, yo lo deseo mezclado y batido, pero nunca meneado…, porque no fuere usted dueño de esa prerrogativa…

Ignoro si la derecha se escandalizare ante una situación parecida, como la que me sucediere, dada su doble moralina, y su escándalo ante la publicación “El placer está en tus manos”, que trata de enseñar lo mismo que nos negaron en nuestra infancia y adolescencia y que hubimos de aprender por los misterios de la naturaleza misma, que enseñare más que los misterios que nos negaren.

Quienes escandalizaren a los niños, a los débiles, a los pobres, más vale que le aten una piedra de molino al cuello y le echen al mar.” (Lc: 17, 2), dijo Jesucristo.

No se escandalizan los niños y adolescentes ante unas enseñanzas que se les negaren ni ante una doctrina que les condenaba al infierno a perpetuidad si osaren tomar la mano de una chica. Todavía hoy, algunas mujeres, educadas en el nacionalcatolicismo, tan proclive a la derecha, que quisiere “in aeternum” para todos, se muestran cautas cuando un varón se las tomare entre las suyas en señal de afecto y cariño, para transmitirle sus palabras.

La lengua, más que el estilo, descubre al hombre y a la mujer. “El estilo es el hombre”, decía Buffon; es decir, su habla, su saber ser y estar, como el de la mujer no fueren su vestir ni sus joyas, sino las señas de identidad con que revistieren su ser y personalidad.

En “Mi querida señorita” (1971), de Jaime de Armiñán, el recordado actor José Luis López Vázquez encarnaba el papel de Adela Castro, que era un señor. Había gastado Adela los cuarenta y tantos años de su vida en soledad. Se quedó soltera, porque físicamente no le quedaba otro remedio. Tenía un secreto: se afeitaba todos los días y, además, tenía desarreglos de conciencia. Su confesor le envió a un médico, quien le dio un diagnóstico: Adela era un señor… ¡Oh, qué escándalo para la derecha puritana de su tiempo, y de los anteriores tiempos…!

Cuando la Constitución Española de 1978 se debatía en Comisión en la Cámara Alta, dos senadores por designación real de las Cortes Constituyentes, mosén Xirinacs y el escritor Camilo José Cela, hubieren un encuentro dialéctico que hizo historia.

--Señor Cela: está usted dormido…, le inquirió el mosén.

--No estoy dormido: estoy durmiendo, respondióle don Camilo.

--¿Es lo mismo, no?, le apuntó Xirinacs.

--No, monseñor, son cosas distintas, de la misma manera que no es lo mismo estar jodido que estar jodiendo…, le apuntó el académico de la Lengua.

En cierta ocasión, hube de estar en el hospital. Acudían las enfermeras a tomarme la tensión y temperatura; el barbero, a afeitarme; las auxiliares, a lavarme la desnudez del cuerpo que nos diere el Señor. Me lavaron brazos y costado…, pero, llegado el momento, me apelaron a que me lavase yo mismo “mis partes”…

--“Mis partes” son parte del todo humano, como la suyas,- les respondí. No hubiere pudor ni pudiere, y si ustedes, por su profesionalidad tampoco, les ruego que lo hagan por mí, porque no hubiere fuerzas ni llegare a “mis partes” con los dos brazos “clavados” por las agujas que controlaren mi estado físico. Y así, solícitas, lo hicieron.

No escandaliza un texto que pretende formar a los desinformados. Escandalizan los hipócritas y fariseos que tentaban al Señor con trampas saduceas porque, aunque hubieren en sí la formación y cordura necesarias, utilizan un “presunto escándalo” para escandalizar a los inocentes, que no lo fueren tanto como ellos creyeren, hombres de tan poca fe que pretendieren sacar rédito electoral de la que dicen profesar con tanta unción como devoción…

Bond terminaba sus películas con un aviso: “James Bond will return” (James Bond volverá…) No lo dudamos de quienes son capaces de vender su conciencia al diablo para tratar de engañar a quienes no debieren.

domingo, 15 de noviembre de 2009

DESCONTEXTUALIZACIÓN DE LA PALABRA EN EL DISCURSO POLÍTICO


Como el gesto, la palabra tiene un contexto. No puede sacarse una palabra del contexto, ni una frase, ni una alusión siquiera, porque mataría el discurso. La extrapolación de una palabra es sacar los pies del texto. La palabra no miente; engaña el mensaje de la palabra. La palabra es inocente; más lo es el receptor de una cadena de palabras aviesamente trucadas por el pensamiento ajeno. La palabra no encierra la mentira, porque no engaña el significado de la palabra, capaz de trocar verdad por mentira. El engaño de la palabra es hoy venial, pero puede ser mortal sacada de contexto. La mentira venial se cura con la palabra; la mortal no la cura ni la verdad de la palabra. El engañado por la palabra es incauto, inocente. La mentira de palabra genera escépticos de la palabra por el engaño de la palabra. Los inocentes asumen la palabra con la fe del carbonero, como antes asumieren la fe doctrinal quienes no entendieren los misterios de la fe. A los escépticos solo se les engaña una vez, porque la palabra hoy es laica, y no basta la fe para asumir el mensaje de la palabra, la mentira o la verdad de la palabra, sino el engaño de la palabra.

Predicadores de la palabra amenazan con rebautizar como herejes a los diputados que no hicieren caso a la suya; es decir, si no cumplieran fielmente su doctrina, no en su palabra ni obras, sino en la Palabra de Dios. Oradores políticos, y dirigentes de asociaciones de cualquier clase, nos brindan su palabra como si fuere la única sagrada que hubiéremos de creer y aceptar. La palabra, sacada de contexto, mata el mensaje, y pudiere herir al propio mensajero. Bastare una interpretación distinta de la palabra para condenar al mensajero que la sacare de su contexto, cuando todos lo hicieren, o no cumplieren los mismos mandamientos que en su propia praxis política o social se impusieren.

No escandaliza la palabra, sino la descontextualización de la palabra, ya fuere en el discurso político o social. Hace unos días, el presidente valenciano pidió disculpas por si hubiere “herido la sensibilidad de alguien con sus palabras” en “el fragor del debate parlamentario” Había replicado Camps --cuya mayoría viene negando sistemáticamente la palabra en el Senado, templo de la palabra, a Leire Pajín-- que “a usted –refiriéndose al portavoz socialista, Ángel Luna-- “le gustaría coger una furgoneta, venir de madrugada a mi casa y por la mañana aparecer yo boca abajo en una cuneta.” Palabras de muerte en un “honorable” que predica la vida y se agarra como clavo ardiente a la reencarnación de su propia vida política. Su palabra, venida a menos, exigía después a los otros el mismo perdón otorgado por “los insultos e infamias” que, a su juicio, le han proferido durante los últimos meses.

En la precampaña electoral de las municipales y autonómicas de 2003, el PP sacó a colación, con aviesas intenciones contra su adversario político, un catálogo artístico editado por la Consejería de Cultura de la Junta de Extremadura, en la que algunos cuadros del pintor José Antonio Montoya podrían herir la sensibilidad del espectador; pero la obra había sido publicada en 2003, y nadie hubiere dicho palabra hasta entonces. El contexto político la exigiere en ese momento; pero olvidaron que la Diputación de Salamanca, gobernada por los populares, también había expuesto la muestra a sus expensas. El candidato socialista a la alcaldía de Badajoz, el buenazo de Francisco Muñoz, fue considerado hereje y anatematizado, como la propia Junta y el pintor.

El puritanismo religioso que escandalizare a quienes no lo asumieren por causas más justas, tiene un largo recorrido histórico: el Juicio Final pintado por Miguel Ángel en la Capilla Sixtina, escandalizó a la Iglesia de su tiempo que, diez años después, encargó al pintor Daniele da Volterra, añadir taparrabos y pañales a todas las figuras. El discípulo del maestro, autor de tal pastiche, fue conocido desde entonces como “Il Braghettone”. Ocurrió esto en el siglo XVI de Nuestro Señor; pero, más recientemente, el primer ministro italiano, Silvio Berlusconi, ha mandado cubrir con un velo el pecho de una figura femenina que reproducía un cuadro de Giambattista Tiépolo, de 1743, elegido por él mismo para decorar la sala en la que ofrece sus conferencias de prensa en el Palacio Chigi, y que caía tras el encuadre de su rostro en las cámaras de televisión…

No hubiéremos de ser artistas de la hermenéutica ni de la crítica textual para asumir la filosofía de Hans-Georg Gadamer: la teoría de la verdad y el método que expresare la universalización del fenómeno interpretativo desde una personal historicidad.

Ven la paja en el ojo ajeno y no la viga en el propio quienes, descontextualizando la palabra del discurso de los hechos que lo suscitaren, se erigen en jueces y tildan a una gran maestra y alcaldesa de Torreorgaz, la socialista Concha Polo, de hereje “por permitir” en su pueblo un maltrato animal con resultado de muerte, como si ella fuere culpable de los pecados de todos sus convecinos…, cuando la última palabra hubiere de decirla quien ya la tuviere: la Justicia.

Una no reciente publicación de la Junta de Extremadura, titulada “El placer está en tus manos”, para orientar a los jóvenes sobre su propio cuerpo y sexualidad, es ahora objeto de escándalo, de quienes se escandalizan por descontextualizar la palabra, pero no de sus propios pecados inconfesables: lo que padres ni educadores enseñaren y que todos hubimos de aprender por nosotros mismos, ha sido anatematizado, en una burda manipulación informativa y descontextualización de la palabra en el discurso político, al que ampliamente se han referido el Presidente Vara y la presidenta del Consejo de la Juventud de Extremadura, Laura Garrido, entre otros muchos.

“¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, pues sois semejantes a sepulcros blanqueados, que por fuera parecen bonitos, pero por dentro están llenos de huesos de muertos y de toda inmundicia.” (Mt, 23-27). Está parábola de Jesús se sigue utilizando para tachar a alguien de hipócrita, fariseo, inconsecuente con sus ideas, alguien que predica agua y bebe vino…, “sepulcros blanqueados”, sinónimo de corrupción, donde la hubiere y por quienes la ejercieren en el contexto de su ejercicio político.

Bastare, por último, para descalificar a los descontextualizadores de la palabra la parábola de la mujer adúltera, que hubiere de ser lapidada según la ley de Moisés. “¿Tú qué dices?”, le preguntaron al Maestro. Esto se lo decían para probarle, para tener de qué acusarle; pero Jesús, inclinado hacia el suelo, escribía en la tierra con el dedo; pero como insistieron en preguntarle, se enderezó y les dijo: --“El de vosotros que esté sin pecado, sea el primero en arrojar la piedra contra ella.” Cuando lo oyeron, salían uno por uno, comenzando por los más viejos. Solo se quedaron Jesús y la mujer, que estaba en medio. Entonces, Jesús se enderezó y le preguntó: “-Mujer, ¿dónde están? ¿Ninguno te ha condenado?” Y ella dijo: --“Ninguno, Señor.” Entonces, Jesús le dijo: --“Ni yo te condeno. Vete y desde ahora no peques más.” (Jn; 8, 3-11).
* Artículo publicado el 15 de noviembre de 2009 en Extremaduraaldia.com