viernes, 27 de agosto de 2010

“POR IMPERATIVO LEGAL”

El Pleno de la moción de censura celebrado hoy en Moraleja ofrece una colección de “perlas” que no pueden pasar inadvertidas para cualquier espectador que, simplemente, tan atento como oyente, escuche y vea lo que allí ocurrió y vio.

Antes de que dé comienzo el Pleno, con media hora de anticipación, subo al salón, previendo lo que pudiere ocurrir, y me encuentro a dos empleadas afanadas en disponerlo todo. Me he situado en la tercera fila de la derecha para estar más tranquilo. De pronto, comienza a entrar la gente. Una señora vestida de blanco se dirige a ellos inmediatamente diciéndoles que no se sienten en las dos primeras filas, porque están reservadas. No hay ningún cartel que ponga tal aviso; pero, ¿para quién estarán reservadas: para las autoridades que vengan, quizá? Nada de eso: comienzan a ocuparse con personas que no conocemos ni reconocemos. Son los gregarios del PP que, de este modo, las reservan para sus jefes, por llegar. Cuando vienen, se levantan y les ofrecen el sitio. Mientras, antes de tener que decirlo más veces, la señora de blanco, que no es otra que la secretaria de la alcaldesa saliente, ha colocado ya los folios avisando de la reserva, aunque no hiciere falta, visto lo visto. Mientras, los dirigentes socialistas, y mujeres y hombres mayores, han de pasarse toda la sesión de pie. ¿Y quiénes son y en calidad de qué asisten a un pleno los dirigentes populares para tener asientos reservados? Lo mismo que los demás: simples oyentes, que no pudieren decir palabra, como el otro día el secretario general del PP que allí estaba. Si hubieren autoridad, la tendrán en su partido, pero no en una sesión plenaria en la que “su” alcaldesa ya no preside la sesión.

Hay una segunda sorpresa antes del Pleno: tanto la citada secretaria como otro hombre reparten por los bancos una fotocopia de un periódico madrileño, en la que ofrecen su versión sobre la moción y en la que se ofrecen todos los argumentos que han venido repitiendo, y reiteraron en el pleno, en contra de la oposición, por si alguien no estaba lo suficientemente informado como para tener criterio propio y no voz de rebuzno y carencia de concordia y tolerancia hacia los representantes del pueblo, como se repitió durante el Pleno en varios momentos. Ellos mismos se han descalificado a sí mismos cuando le han reprochado a la oposición, que ha tomado el poder, la utilización de las instituciones con fines partidistas…

Durante el Pleno, hay dos momentos que nos llenan de lástima y pena y que, por encima de cualquier opción política, por legítima que fuere, ofrecen las bajezas humanas en su estado más miserable. Cuando los portavoces socialistas y el no adscrito, que suscriben la moción de censura, comienzan sus intervenciones recordando a los guardias civiles fallecidos, en la bancada popular se oye un murmullo de desaprobación, que nos deja estupefactos…

Más aún flipado nos dejó lo que jamás habíamos oído por parte del presidente de una mesa de edad que, por ley, ha de proclamar alcaldesa y hacerle entrega del bastón de mando (que no lo hubiere) tras la votación y lo que dice la ley. Afirma cuando lo hace: “La declaro alcaldesa por imperativo legal”, como cuando los diputados electos de Herri Batasuna recurrieron la decisión de la presidencia del Congreso que les denegó la condición de parlamentarios por haber añadido en su promesa el sintagma “por imperativo legal”. El Tribunal Constitucional, por sentencia de 21 de junio de 1990, estimó su pretensión y, desde entonces, la práctica se ha extendido. Estudiosos jurídicos han valorado, cultural e históricamente, el significado del juramento o promesa, equiparadas en el Derecho español, aunque cada cual utilice la que mejor le convenga, como si el juramento religare a quien lo efectúa y la promesa pudiera llevársela el viento, y a nada le vinculare. El ex primer teniente de alcalde, Carlos Lomo, ignora que los actos sin causa, o con causa ilícita, son nulos, tal como prescribe el Código Civil, son nulos, Y la causa es nula cuando se opone a las leyes y a la moral; pero nada se oponía aquí a ello, sino todo lo contrario. Por tanto, el que jura asume sin reservas los principios del ordenamiento jurídico y quien lo hace por imperativo legal, parece intentar anular esos principios. Luego su juramento o dar traslado del cumplimiento de la ley con esa fórmula, es nula de pleno derecho, y está demás.

Dijo también el señor Lomo otra “perla” jurídica propia para análisis en la Academia de Jurisprudencia, el Consejo de Estado o las Facultades de Derecho cuando reiteró que dos concejales socialistas iban a gobernar como si fueren reos de delitos juzgados y sentenciados porque, para él, la presunción de inocencia constitucional no exime de la presunción de culpabilidad, como si el segundo sintagmna anulare el primero, que sería tanto como decir que todos los políticos son, en principio, inocentes, pero en tanto que políticos son presuntos culpables. Nos hemos instalado en la cultura de la sospecha, eximiéndonos a nosotros mismos, pero no a los demás, porque nosotros, quisiere decir el presidente de la mesa, tenemos la presunción de inocencia, pero el resto la tiene de culpabilidad…

Parece mentira que un presidente de mesa de edad intente argüir con la herencia de la cultura protestante, que salva la fe, no los actos, como si todos nos viéramos condenados al patíbulo salvo que podamos probar nuestra inocencia. No es eso, no es eso: antes inocentes todos que culpables los demás, y me salvo yo solo. No sabe lo que dice, señor presidente. ¿Y dónde estaba el bastón de mando? Claro, con tanto ajetreo de reservas que no debieren haberse hecho y reparto de fotocopias –“hasta el último aliento” acusando-- no es extraño que se digan estas cosas… Usted, señor Lomo, no tenía dos principios jurídicos sobre la mesa para decir eso: ni “onus probandi”, la carga de la prueba, que acababa de entregarle la secretaria; ni siquiera “in dubio pro reo”, o favorecer al imputado en casi de insuficiencia probatoria; ¿pero es que hay algún imputado…?

domingo, 22 de agosto de 2010

ABRAZOS PARA LAS POLICÍAS DE MELILLA

Nos piden vuestros compañeros abrazos para vosotras y os los enviamos junto a nuestros besos. Vuestra figura y labor emergen por encima de los fotomontajes vejatorios con que, en la “zona de nadie” de la frontera, han colocado los activistas marroquíes, como una forma de decirnos que no os aceptan ni por vuestro sexo ni por la autoridad delegada de España con que actuáis.

Habéis sido agredidas por quienes no aceptan ni nuestra soberanía en la plaza ni por quienes no asumen vuestra condición de agentes de la autoridad ni de la ley; pero vosotras, mujeres de la Policía Nacional, no habéis llegado hasta aquí para dejaros amedentrar por machistas que consideran suyo lo que nunca lo fuere, y a vosotras, una afrenta más de una nación soberana por vuestra condición de orden y de ley y por vuestro género, que tampoco admiten.

No podemos esperar al homenaje de octubre para deciroslo: ni a vosotras ni a vuestros compañeros, ni a nuestros soldados, que allí velan por la integridad territorial de España, aunque unos pocos malnacidos intenten romper la convivencia que vosotras contribuís a hacer posible en paz, como hace siglos lo fuere en nuestra patria entera.

Vosotras sois también nuestra fuerza, por ser agentes de la ley, y por ser mujeres que, con vuestra bondad, eleváis sin pretenderlo el espíritu patriótico de vuestros compañeros. No estáis solas. Vuestros compatriotas, hombres y mujeres de la Península, están con vosotras como vosotras estáis en espíritu con nosotros, a pesar de las 115 millas náuticas que os separen de Málaga.

No habéis dejado vuestra patria que allí os destinare para servirla. Dejasteis atrás, sí, vuestra Península, vuestros pueblos y ciudades, quizá vuestra familia más íntima, para servir al orden y la ley en una ciudad española más, aun en otro continente. Razones de más para que estemos con vosotras, para que salgamos en defensa de vuestra dignidad de policías y de mujeres. No salimos de un libro: salimos de la Península para daros el abrazo que no hace falta que nos pidan vuestros compañeros, los besos que merecéis y no solicitáis, el aliento que la mayoría os da, porque sois nuestras policías y nuestras compatriotas y no estáis en “zona de nadie”, sino en nuestro suelo patrio, aunque a algunos les fastidie leer determinadas palabras, y que seáis mujeres, y a mucha honra, de España.

REENCUENTRO VIRTUAL CON UNA AMADA JUVENIL

Acababa de despertar del sueño y hubiere, instantes después, otros en el ordenador. Se restregó los ojos como si no diere fe de lo que viere. En un momento, su vida entera la vio como una película ya olvidada que pasara ante sus ojos y mente. Un solo nombre en una web le retrotraía a un pasado, para él imaginario, de fronteras infranqueables, prejuicios indirectos de una educación impuesta, separadora de niños y niñas, presidida por unos “valores” insuflados con la vara de olivo y cánticos posbélicos que les hicieren repetir una y mil veces.

Ver su nombre --¿o hubiere otro igual?-- y fue recordar el de aquella muchacha con la que hubiere relaciones en su juventud. No lograba acordarse ni cuándo ni cómo se hubieren despedido; pero sí la relación que tuvieren; las veces que preguntare por ella en su pueblo; y lo que pudo hacer y no quiso: verla, años después, en el lugar donde trabajare, si acaso para recordar el pasado… Los primeros besos a oscuras –“¿apagamos la luz?”--, las reticencias a ir más allá de la moral debida: “Entiende: yo sé que tú estás a años luz de la educación que a mí me dieron y me oprime. Tú trasciendes el mundo en el que vivimos con sólo leer los periódicos… y pasas de todo sin pasar de nada; pero compréndeme…: no es que no quiera; es que…” “Calla –le suplicaba-, y su besos apasionados hablaren por todo lo que no se dijeren.”

Descubrió en la web su lugar de trabajo y la ciudad en que lo desarrollare. Sería fácil comunicar con ella; pero se preguntaba si los años pasados no le habrían hecho cambiar aquella rancia mentalidad del antiguo régimen; si quizá, casada y con hijos, no querría saber nada de él. Al fin y al cabo, sus vidas no fueron paralelas, sino divergentes, intelectual y geográficamente.

Su recuerdo le traía el olor de su colonia, el color de su ropa, de sus cabellos; la ruptura con el pasado que significaron sus besos; la dulzura de su corazón, partido ahora en dos, pero sin importarle mucho los prejuicios de murallas a punto de derruirse.

Tampoco se preguntó por qué un día pidió el traslado; sí que le dijo dónde iba. Quizá quería romper con los dos (“pero, ¿puedo amar a dos hombres a la vez?”, le interrogaba), iniciar una nueva vida, abrirse camino por sí misma para reencontrarse con la libertad que le diere a elegir sin las ataduras del pasado.

Nunca fueron al cine para hacer manitas; si acaso, algún paseo hasta la Montaña en tarde de domingo. Le hizo hablar más de lo que quisiere y llegó a encontrarse a gusto. Sonreía sin parar mientras sus dedos jugaban a entrelazarse en la unidad soñada. Nunca más volvió a saber de ella. Ahora, al cabo de más de treinta años, descubrió su nombre y apellidos en una web; sabía por fin dónde estaba, incluso descubrió su e-mail y le envió un mensaje. Quizás, al final de las vacaciones, encontraría ella la misma sorpresa que él hallare por casualidad, y le respondería. El ordenador les había devuelto un reencuentro sin buscarlo ni desearlo. ¡Qué cerca, y durante tantos años tan lejos!, como si el tiempo se hubiere detenido para, por un momento, recordar su nombre y la belleza de su corazón, amor de unos meses en los que manifestarlo públicamente estaba prohibido. ¡Si fuere ella, si le respondiere!, quién podría prohibirles hablar de lo que entonces no se atrevía, decirle lo que no podía, amarse como desearen, corresponderle a la bondad de su corazón con la sensibilidad de su alma…, amada, recordada mujer aprisionada entre los barrotes de su educación de niña y adolescente…, tan lejana en el tiempo, tan cercana en la distancia que les separaba…, quizá para siempre, aunque su nombre figurare en Internet por los siglos de los siglos…