miércoles, 22 de septiembre de 2010

MIRÁNDOTE A LOS OJOS…

Mírame a los ojos cuando te hablo. Si no me miras, me parece que no me escuchas; si no me escuchas, no te hablo; si no te hablo, no existo para ti; si no existo, para qué hablarte si pareciere que converso a solas con la pared…

Mírame a los ojos cuando me hables, mírame a los ojos cuando te hablo… Si no lo haces, no te escucho, como tú no estás en mí si no me miras… Dónde mirar sino al espejo del alma que traduce el sentimiento y la emoción de la palabra. Cómo puede tu mirada vagar a otro lugar de mi cuerpo sino a aquel por el que te observo, a base de mirarte. Veo en tus ojos lo que dices y traduzco lo que callas. No miro a otra parte, amor, porque no hallarás en ella lo que buscas, como mis ojos tampoco lo encontrarán en ti.

Aunque no me hables, leo en tu mirada el discurso que esperare de ti. No me bastan tus manos sobre las mías, tus besos fruncidos a los míos: habla más tu corazón y tu alma por tus ojos que la lengua desbocada que me aleja de ti y me duerme con tu mirada. Busco en tu mirada tu habla sin palabras, el rayo incesante de tu luz que no se apaga; lo que me dijere tu alma; lo que no hablare tu corazón…

Mírame a los ojos cuando te hablo no porque resalten en mi faz, sino por el brillo que puedas ver en mis palabras. Me escuchas y no me vieres y sería feliz no porque no pudieres mirarme, sino porque tus sentidos estarían atentos a mis palabras. Si no me miras, no me escuchas; estás alejado de mí, aunque estemos frente a frente. Seríamos dos estatuas mirándose en la oscuridad… del fondo sin ojos de nuestra materia sin vida.

Mírame a los ojos cuando me hables porque te siento más cercano a mí; porque tus palabras me llegan por la mirada más que por los oídos o el calor de tus manos; porque sé que te diriges a mí, pensando en mí, y no en otra cosa o personas, como si lo que pensares se lo dijeres a todas… Te escucho y no estoy ausente en tu presencia; tu alma entra en la mía por tu palabra en la mirada. No la desvíes, cariño, porque creo que te alejas de mí, aunque estés presente. Mírame y no me rehuyas. Detén tu mirada en mis iris y en ellos hallarás el brillo que hallare yo en los tuyos. Ojos que ven, corazón que siente, como tus palabras que me llegan por tus ojos sobre los míos, antes que por los oídos, solo atentos a tu mirada; la mirada que brilla, que ve y escucha; la mirada, espejo de nuestras almas… No dejes de mirarme, amor, y escucharás los latidos de mi alma dolorida, ansiosa del fármaco de tu palabra…, mirándote a los ojos siempre…, como el galeno sin ojo clínico, apoyado en la luz de sus otros ojos para escudriñar el fondo de los tuyos. Mírame a los ojos, corazón, como si fuere la última vez que verme pudieres…porque no se ve lo que no se desea, sino lo que intuimos tras la mirada.

domingo, 19 de septiembre de 2010

EL DÍA EN QUE CANTAMOS CON LABORDETA EN ALCÁNTARA

La primera vez, quizá, que el profesor de Geografía e Historia, político, cantautor, y escritor José Antonio Labordeta vino a Cáceres no fue para grabar “Con la mochila a cuestas”, el programa de TVE que desgranaba en sus andares por España la vida, costumbres, paisajes y gastronomía del país amado, con la sencillez que acostumbrare y su nobleza baturra.

De Labordeta, fallecido esta madrugada en Zaragoza, a los 75 años, diputado durante dos legislaturas por la Chunta Aragonesista en el Congreso, tuvimos su última noticia el pasado día 6, cuando los ministros de Defensa y Educación del Gobierno de España se acercaron a su casa para imponerle la Gran Cruz de Alfonso X el Sabio. Antes habría recibido también la Medalla al Trabajo. Sentado en un sillón, su cara, casi desconocida, no parecía la misma por la enfermedad que se lo ha llevado; pero, aun así, esbozaba un rictus de emoción y sonrisa por la visita, expresión de la bondad que le acompañare en vida y su afán de justicia y ansias de libertad.

Sería, con toda probabilidad, a finales de 1971 cuando el profesor Senabre, entonces director del Colegio Universitario de Cáceres, invitó a Labordeta a dar un recital. Senabre, Medalla de Extremadura, que tantas puertas abriere a la libertad, habría prologado las Obras Completas de su hermano Miguel (Ediciones Javalambre, Zaragoza, 1972), al que seguía un “Retrato” del propio José Antonio sobre su hermano, y que un día me regalara en su despacho. Conocería, pues, también al cantautor.

No eran tiempos aquellos para cantar a la libertad si no fuere lejos de nuestra patria. El día anterior, les vi dirigirse al hotel “Alcántara” a tomar un café. “Ya está aquí”, me dije. Al día siguiente, un autobús lleno de estudiantes se dirigió al conventual de San Benito, de Alcántara, para escuchar su recital y oír, quizá por primera vez, su “Canto a la libertad”.

Pensaría Senabre que, lejos de la ciudad, en un inhóspito, entonces, convento abandonado, no hubiere problemas de censura ni multas de por medio por alteración del orden, como le ocurriere a un profesor de su claustro por ofrecer una conferencia y decir en Cáceres lo que no conviniere al régimen. Agonizaba ya el franquismo como José Antonio, cuatro años atrás, cuando le fue detectado un cáncer que ha terminado con su vida.

Fuimos los que fuimos, sin anunciar la visita, y nadie más nos acompañó que los sones de su guitarra y su potente voz, que llenó las naves del templo, erizándonos el vello por la emoción, aunque entonces los jóvenes no unieren sus manos ni movieren sus cuerpos al ritmo de la canción. Nos invitaría a cantar con él algún estribillo, quizá el de su “Canto a la libertad”, extraoficialmente himno de Aragón:

“Habrá un día
En que todos
Al levantar la vista
Veremos una tierra
Que ponga libertad.”

Años después, fue sonada su intervención en el Congreso, que me recordare el porqué de nuestra ida a Alcántara. “Cuando habla un diputado sin grupo mayoritario, y cuyo voto por lo tanto apenas cuenta, nadie le oye; los otros diputados se levantan y salen, murmuran… un insulto a la democracia.” Labordeta expuso las graves deficiencias del ferrocarril a su paso por Zaragoza, el abandono, la escandalosa subida de precios…, y se le ignoró, se rieron de él, le humillaron… “No sé cuántas veces va usted a Teruel en un coche lento, no con guardaespaldas y a esas velocidades que van ustedes. Yo voy tranquilamente (Varios señores diputados: oh, oh- Rumores). ¿No puede uno hablar aquí o qué? Coño, a ver si uno no puede hablar aquí. A la mierda, joder. (Rumores). Estoy hablando con el ministro y no con ustedes. (Continúan los rumores). Ustedes están habituados a hablar siempre porque aquí han controlado el poder toda la vida y ahora les fastidia que vengamos aquí a hablar las gentes que hemos estado torturados por la dictadura. Eso es lo que les jode a ustedes, coño, y es verdad, joder. A la mierda.”

“Con ternura –Miguel era un tiernísimo león de la injusticia- recibía a los amigos golpeados por el quehacer cotidiano”, decía José Antonio de su hermano.

Como él, José Antonio, siempre cantando a la libertad, sin olvidarse de quienes nunca la hubieren:

“Para que un pan que en los siglos
Nunca fue repartido
Entre todos aquellos
Que hicieron lo posible
Por empujar la historia
Hacia la libertad.”

Como a ti, José Antonio, a pesar de lo cual pregonaste la libertad en el templo nacional de la palabra y en Alcántara, cuando aún no pudieres hacerlo en libertad, pero te escuchamos, y nos enseñaste el camino hacia ella, cuando ya se barruntaba el nuevo amanecer.

sábado, 18 de septiembre de 2010

GORRIONES SOBRE LAS ACERAS CACEREÑAS

Al amanecer del viernes, hemos salido a la calle y visto los estragos del temporal breve, pero intenso del anochecer anterior: la alfombra de las hojas arrancadas de los árboles, las ramas de gruesos troncos caídas sobre los vehículos aparcados; y gorriones, ya dormidos en los árboles, que han caído sobre las aceras abatidos por el granizo, la lluvia y el viento… Alguno vivía aún, pero apenas podía dar un paso cuando regresábamos a casa. Veíamos por televisión el partido entre el Aris de Salónica y el Atlético de Madrid, que ya perdía por 1-0, en la Europe League. Y, de improviso, hemos visto y oído la granizada, la fuerte lluvia que abatía árboles y pajaritos, la gente que se refugiaba en el bar, asustada por el árbol que se le venía encima mientras conducía… No importan los daños; lo que importa es la vida, se dicen unos a otros. Las mujeres, asustadas, llaman por teléfono a sus familias para saber de ellos y decirles cómo están. Algunos se atreven a llamar a los bomberos, con la que está cayendo, para que le retiren las ramas de los árboles de su vehículo para regresar a casa. Al fin, la calma y la paciencia se abren paso y todo el mundo se hace cargo de la situación. Estarán en ello quienes deben estarlo, se dicen unos a otros. Solo cabe esperar…

A la media hora, el diluvio parece haber terminado. Al lado y enfrente, observamos cómo gruesos troncos han sido abatidos; el agua no halla caminos por los que discurrir; las aceras están alfombradas, no de hojas caducas, sino arrancadas por la fuerza de los vientos, la lluvia y el granizo; los gorriones yacen sobre las aceras como si hubieren sido abatidos por disparos de escopetas. Pasan los coches de la policía con sus luces azules encendidas; suenan las primeras sirenas. Las mujeres se dicen unas a otras: no salgas todavía…

Cuando la tormenta amaina, camino de casa, nos hacemos cargo de los destrozos del temporal. Los meteorólogos hacen sus lecturas, Los políticos, la suyas; los vecinos, dicen lo mismo de siempre: siempre que llueve, pasa esto. Todo el mundo parece haberlo denunciado y prevenido; pero hasta que no ha llegado, como la primavera, nadie sabe cómo ha sido.

Bomberos, policías, auxilio en carretera… han permanecido de guardia toda la noche y no han dado abasto para atender todas las llamadas de socorro. Enseguida, se han retirado de la calzada los árboles tronchados. Queda mucho por hacer; pero lo principal está arreglado: no ha habido daños personales, aunque sí muchos materiales.

Se han bajado las persianas, temerosos del agua y la visión de los rayos, que parecieren partir los cielos. La noche se ha cerrado. Nada se ve ni oye, sino los truenos lejanos en el horizonte.

De mañana, vemos las calles como nunca las vimos: alfombras de tapiz verde por las hojas caídas, ramas tronchadas de gruesos troncos descansando sobre los vehículos estacionados; gorriones que silenciaron su piar en los árboles, sobre las aceras, reventados por el granizo; los jardines desechos; hombres y mujeres, afanados todavía en limpiar el agua de garajes y locales; las máquinas de limpieza de las calles, a la espera.

Ha sido un pequeño diluvio, mínimo pero suficiente, como para avisarnos del peligro de las fuerzas desatadas de la naturaleza. En la duermevela, mientras oímos las últimas sirenas y el llanto de los niños, sobresaltados por los truenos que nunca oyeren, pensamos en los daños indeseados, en la limpieza por realizar, en los gorriones reventados sobre las aceras que procuramos evitar en nuestras pisadas, mientras las niñas, camino del colegio, preguntan a sus padres qué ha pasado para que la ciudad esté tan sucia y por qué los pajaritos no recogen las hojas caídas, como ellos, mientras la mamá responde: “Hija, eso lo hacen solo las cigüeñas…”