viernes, 31 de diciembre de 2010

NO ESPEREN A 2011 PARA SEGUIR VIVIENDO…

Nochevieja es un tránsito, como la vida y la muerte. Muere un año, nace otro, como en la vida misma, como la naturaleza que se regenera a sí misma para seguir dando luz y vida. Nos ha dado el año que finaliza vida y muerte. No apreciamos la vida mientras la tenemos, como la salud cuando nos acompaña. Pasamos las hojas del calendario sin darnos cuenta de que nuestra cuenta atrás empieza desde el momento mismo del nacimiento a la luz. Nos sorprende la muerte en el camino y apenas nos damos cuenta, porque no vivimos la vida. Ponemos fechas a la vida, como si deseáramos alcanzar la meta que está próxima, más cercana de lo que creemos.

No es vida la vida sin salud, sin amor, sin compañía, sin el reconocimiento que no hubieres en vida más que por quienes amaste y te amaron. Pasa la vida y llega la muerte, sin aviso previo. Nos sorprende todavía el anuncio de la muerte que no se anuncia, la de aquellos para quienes la vida no fue un tránsito hacia la muerte, porque su transitar por la vida dejó la estela de la obra bien hecha. “Ha muerto Veiga”, leemos, y, de pronto, advertimos la vida, su vida entregada por amor a los demás; transmitimos la noticia y nos llegan los ecos de los sentimientos que suscita.

Muere hoy el año y observamos una foto en el periódico. Hacía tiempo que no le veíamos, pero no hubiéremos noticia de su muerte hasta hoy. Estará pintando la ciudad antigua o ensayando con su Orfeón la música que nos eleva sobre la tierra. Levitaba Jesús Marcos con los latines gregorianos, con los rincones de la ciudad patrimonio, con la dulzura en su trato con las mujeres… Jesús por nombre porque naciere un día de Nochebuena (puer natus est nobis), falleció en su otro día de onomástica: Navidad. La vida y la muerte entrelazadas en su nombre. Permanece su obra en un café de la cacereña calle París, en la exquisitez femenina de sus niñas, en las notas desprendidas del pentagrama de los acordes musicales… que llenaban las naves catedralicias.

Que la tierra les sea leve, porque no pudieron dar en vida todo lo que quisieren y pudieren. Lloramos su muerte como sonreímos ante la vida de los pequeños que nos rodean.

El tránsito del año subsume en sí mismo el de la vida. Muere un año, pero nace otro; en la vida que fenece, el tránsito es al más allá. Todo ya consumado; la obra, sin finalizar, truncada. Quizá conociere Jesús el responsorio cuaresmal “Media vita in morte sumus” (en la plenitud de la vida estamos muertos), como el joven emeritense fallecido en Leiria en la plenitud de la vida, cuya identidad nos revelaren días pasados, y hubimos un recuerdo para sus padres, con quienes un día compartimos afanes.

Nochevieja es el féretro con los despojos mortales de un año más que se nos va con la vida, que se llevó tantas vidas, vividas y por vivir; ilusiones rotas, afanes truncados en la vida sin vida de los sin vida; de quienes teniéndola, ni la viven ni la sienten ni la comparten. Y cuando llega la hora, nos coge desprevenidos, asustados ante nuestra propia debilidad humana, ante la fugacidad de la vida que no vivimos si nos fuere anunciada.

El vino espumoso que se evapora esta noche semeja el tránsito de la vida fragmentada, en un calendario hecho para vivirlo todo el año, cada día, porque no sabemos ni el día ni la hora. Solo sabemos la hora de este tránsito de vida, imparable, ya iniciado en otras tierras del planeta para seguir viviendo y amando. No esperemos más porque el tiempo vuela. Abracemos la vida que nos da la vida porque esta camina ya hacia su destino.

jueves, 30 de diciembre de 2010

TRES ROLES DE VEIGA

Manolo Veiga, como se le conocía familiarmente, no fue un funcionario ni un político al uso. Extremeño, aunque nacido en la cuna de Santa Teresa; profesor de la rama de Derecho de su predilección –“tendrían que venir los romanos a colonizarnos otra vez”, me dijo en cierta ocasión--, político integral por Cáceres y Extremadura; ciudadano comprometido con su tierra por la vía del asociacionismo antes que por la política; antes por las vías que hubiere que por las democráticas por las que suspirare, Veiga subsume en su vida truncada los roles todos de extremeño comprometido, de profesor vocacional, de político entregado a su causa.

En agosto del 82, un miembro de la Ejecutiva Federal, apenas conocido, visitaba las agrupaciones provinciales para animar a los pocos que hubiere sobre el cambio anunciado. Ante él y un secretario de Comunicación que nos relatara su perfil profesional y político, Javier Solana, varias veces ministro con Felipe González, secretario general de la OTAN y encargado de la política exterior y de Defensa de la UE, nos respondía a la pregunta que fuere lema del PSOE en las elecciones de octubre: “Por el cambio”. ¿Dónde ve usted el cambio, señor Solana?” Y respondía: “Se ve en la calle, en el aire que respiramos, se palpa, se nota, se presiente…” Asentía un Veiga, secretario de Organización provincial, que hubiere visitado pueblos, organizado agrupaciones locales, animado a los suyos a hacer realidad el cambio esperado.

Salimos un día de octubre, vísperas de las elecciones de la plaza de toros, donde Felipe González viniere como candidato a la Presidencia del Gobierno tras su paso como alférez, que recordare, en el CIR 3 de Cáceres. Comentábamos el mitin como aspirantes a un cambio anunciado.

Profesor de Derecho Romano, no pedía a sus discípulos la retahíla de la memoria en latines, sino el concepto y la filosofía que inspirare el Derecho todo, el Derecho Romano, por cuya civilización tanto suspirare.

Fue político antes que profesor; funcionario del Estado antes que profesor y político; esposo y padre antes que nada; y político, al fin, llamado a las más altas responsabilidades por su partido: concejal, diputado provincial, presidente de la Diputación, diputado regional, presidente de la Asamblea de Extremadura; pero, sobre todo, fue Manolo, un hombre bueno, comprometido con su tierra, con la política de su partido, con la enseñanza a sus alumnos a quienes transmitiere una célula de nuestra civilización occidental: el Derecho Romano, sin cuya esencia nada fuéremos; como sin su bondad, tan recordada, no hubiéremos espejo donde mirarnos…, como el cambio que conociste y por el que trabajaste, Manolo.

miércoles, 29 de diciembre de 2010

UN EXTREMEÑO EN LA EUROPA DE LOS MERCADERES

Incansable, tras una hora de palabras, el eurodiputado de origen extremeño Alejandro Cercas, explicaba en la pasada campaña electoral de las Europeas la falta de sensibilidad social por parte de una minoría de países, liderados por el Reino Unido, que continúan viendo a Europa como un simple mercado. Esta tesis ha sido refrendada recientemente por el secretario general del PSOE extremeño y presidente de la Junta de Extremadura, Fernández Vara, quien ha afirmado que en Europa no se habla de personas, sino de mercados, como ha tenido ocasión de escuchar en el Comité de las Regiones. Y el secretario provincial del PSOE de Cáceres y presidente de la Asamblea de Extremadura, Juan Ramón Ferreira, afirmaba recientemente ante el comité provincial de su partido que “los mercados no pueden gobernar el mundo”.

Cinco semanas antes de las elecciones europeas, el eurodiputado Cercas lideró en el Parlamento Europeo la batalla contra la jornada semanal de las 65 horas semanales, que había sido aprobada por los ministros de Trabajo de los 27 con el voto en contra de España. El Parlamento Europeo aprobó por mayoría absoluta una serie de enmiendas por las que se exigía la supresión de todas las excepciones a la jornada laboral de 48 horas semanales. La Eurocámara reclamaba, además, que se considerara tiempo de trabajo la totalidad del tiempo de guardia, incluido el periodo inactivo (por ejemplo, cuando un médico duerme en el hospital).

Cercas se dirigió a los Veintisiete para decirles que el voto del Parlamento “no es un contratiempo; es una oportunidad de rectificar una decisión equivocada” y pidió a la Comisión, que había apoyado el compromiso alcanzado por los Veintisiete sobre las 65 horas, “que se ponga el traje del árbitro, que se quite la camiseta del Consejo, y hagamos una conciliación para que sea verdad la reconciliación de la vida familiar y profesional y la Europa social”.

De nuevo ha tenido que ser Alejandro Cercas el que haya puesto coto a “un retroceso de la civilización” en la Europa de los mercaderes al rechazar como ponente el “permiso único” para la inmigración que consagraba la discriminación de los inmigrantes de terceros países en sus derechos laborales y sociales. La disputa entre liberales y conservadores permitió a la izquierda rechazar una norma que permitía la entrada en Europa de trabajadores que no quedaban sometidos al derecho comunitario ni al derecho nacional, lo que fomentaba los sentimientos de xenofobia, racismo y rechazo hacia los inmigrantes.

Otra vez, Cercas tuvo que ser el artífice de la movilización contra una directiva que consagraba la discriminación de los extranjeros no comunitarios. “Hemos evitado que Europa dé un paso atrás” porque “estamos aquí para velar por la igualdad en el trabajo y preservar nuestro modelo de protección social”.

Quien ha sido cocinero antes que fraile, emigrante antes que trabajador en su propio país, conoce bien cómo la Europa de los mercaderes desea superponerse a la Europa social, en la que todos somos iguales. Una gran lección para quienes, como la derecha española, se opone a la subida de impuestos para quienes más ganan, porque ellos sobrepasan con creces los 60.000 euros anuales. Que paguen, como siempre, los trabajadores.

El mismo mensaje de la Europa de los mercaderes, dominada por la derecha, que desea imponer en España quienes aspiran a gobernarla; quienes, donde gobiernan aquí, hacen lo contrario de lo que predican donde no hubieren el poder. Ellos no fueron emigrantes, como Cercas, y aquí se olvida a menudo que media Extremadura fue también emigrante y considerada, por trabajadora, en aquellos países que les recibieron con las manos abiertas, pero con todos sus derechos sobre la mesa. Y aquí gobernaba la derecha de siempre: la de los terratenientes y señoritos que repartían el trabajo como limosna, que no pagaban, o no ingresaban, las cuotas sociales que los campesinos pagaban sin recibo a cambio e iban a sus bolsillos y, tras una vida entera de cincuenta años de trabajo, no tenían derecho a pensión, porque sus cuotas no llegaron donde debieren.