domingo, 27 de marzo de 2011

LA POLÍTICA, O LA NADA

El próximo martes, el Boletín Oficial del Estado publica la convocatoria de elecciones autonómicas y locales, que abren al electorado una oportunidad más para que se pronuncie sobre uno de los modelos con los que desea ser gobernado por su propio bienestar, el de su familia y el de la sociedad en general. En la sociedad española y en la tesitura actual, más que nunca, hay dos modelos que se ofrecen que, ambicionando lo mismo que todos, difieren sustancialmente, en la forma y en los hechos, en la visión de la realidad que ignora a la gente y en otra que mira por ella y sus necesidades. Lo ocurrido recientemente en Portugal nos ilustra bastante sobre los deseos hibernados en España, en que la oposición pareciere desear que el Gobierno le allanare el camino del poder a base de qué él se hunda. Nuestros vecinos no aceptaron los recortes del Gobierno socialista de Sócrates para reflotar la economía y ponen en aprietos su propia estabilidad antes que su salvación. Ahora, el primer ministro dimitido logra en unas primarias, ya previstas, más votos que en la anterior ocasión para ser candidato de nuevo a unas elecciones anticipadas. Sin embargo, la oposición ya ha avisado, no aceptando las reglas de juego, que no pactará con él si continúa liderando al partido que le ha dado más apoyos que nunca. Es decir, proclaman la omisión de socorro antes que salvar a su propia patria. Algo parecido a lo que ocurre en España. Mientras los empresarios y las fuerzas sociales proclaman su unidad ante la crisis y le piden al presidente que siga pilotando sus políticas reformistas, el PP parece desear que desvíe el rumbo del electorado y le ponga la alfombra azul que le lleve a la Moncloa sin despeinarse. En tiempos de zozobra como los actuales, sobran las palabras y hacen falta los hechos y se hace preciso aludir al espíritu de la Constitución de Cádiz, de nuestro Muñoz Torrero; al de los Pactos de la Moncloa de Adolfo Suárez o de la transición política que todos asumieron más para alumbrar el futuro necesario que para enterrar un pasado que para ellos es historia que no mueve molinos. El presidente de la Junta de Extremadura, Guillermo Fernández Vara, ya advertía el pasado viernes que “la política es el único instrumento para cambiar la sociedad”, frente a quienes vienen predicando lo contrario para dejarle el campo libre a ellos y, además, vacío de rastrojos que le impidieren ver el horizonte. En una reciente entrevista, el presidente de la Asamblea de Extremadura, Juan Ramón Ferreira, ha definido la labor de la Cámara que preside como “la de dar respuestas a los problemas de los ciudadanos”. Qué otra misión hubiere de tener la política, ya en el Ejecutivo o en el Legislativo, que hacer posible la reforma de la sociedad para que halle su felicidad en la Tierra. Aristóteles definía la política como “la primera y más importante de todas las ciencias, porque el hombre es un animal político, que solo puede alcanzar su seguridad y prosperidad en la polis”, es decir, en la ciudad-estado. Leibniz, que albergó en su persona el saber de su tiempo, definió la política como “el arte de lo posible”. Casi 250 años después, Charles Maurras, revisó críticamente la definición y propuso asumirla como “el hacer de hacer posible lo necesario”. La “princesa de los descamisados”, Evita Perón, se acercó aún más a esa definición, hecha ley por los socialistas españoles, al afirmar que “allí donde hay una necesidad, hay un derecho”. Y esta es la base del realismo político: vincular lo posible a lo necesario. Nada de esto parece preocupar a la oposición española, más interesada, como la vecina portuguesa, en decir “no” a todo que lo que decía Max Scheler: “La necesidad en política es aquello que está ahí, que reclama nuestra acción para poder sobrellevarla y superarla.” Si negamos la política como solución a nuestros problemas, otros vendrán que negarán la existencia misma del problema y crearán más problemas a aquellos sufridores del problema original que, aun marcando a todos la existencia, otros muchos se lo quitaron de encima comprando sus bulas cuaresmales.

sábado, 26 de marzo de 2011

“SIN ELLOS NO SOY NADA”

Sin AVE ni aeropuerto, amor,
Pero sin ellos no soy nada.

Los viejos retratos de la escuela y la pizarra
Nuestro mundo de entonces
Una sombra del pasado,
La ilusión del futuro
Y sin ellos no fuimos nada.

Con el viejo cabal, la enciclopedia Álvarez,
Las igualas, una vez por semana,
Y nos dicen que sin ellos no seremos nada.

Un suspiro del alma,
Una ilusión de futuro,
Un porvenir soñado,
El trabajo anhelado,
Nada perdido, mi niña,
Porque sin ellos, no seríamos nada.

Nuestros sueños, nuestros días,
La igualdad en un mundo de iguales,
Sanidad y educación universales
Y sin ellos no seríamos nada.

Qué gritan, que piden, qué instan
Quienes todo nos lo robaron
Y nada nos dieron sino huecas palabras
Banderas al viento y montañas nevadas.

¡Oh ensueño por mí tan venerado!
No te alejes de mi cama
Vigila mis sueños
Desde el ocaso hasta el alba
Porque sin ellos no seremos nada.

Preguntas al viento
Las nubes que pasan
Un mundo de preguntas
Siempre las mismas.
Con respuestas olvidadas
Porque sin ellos no seríamos nada.

Guardo mi voto secreto para ti, amor,
Porque yo sin ti no sería nada.
Nada prometas en tu palabra bendecida
Que es bálsamo en el yermo de la palabra.

Tú me diste la ilusión que otros ahogaron
La esperanza de futuro maniatada
Por hombres por quienes no seríamos nada
Ni en la cuna familiar que nos ampara.

Sueña, maestro, que no todo se acaba.
No pierdas tu corazón de alma blanca
Que nos alienta y nos calma
Porque sin tu luz y la suya, vida, no seríamos nada.

Sin ellos nada seríamos.
Sin ti, cariño, no sería nada.
Que nada te falte a ti
Que me dolería el alma
Porque sin ellos no somos nada.

domingo, 20 de marzo de 2011

LA RUPTURA DEL PACTO

El pacto es un vínculo que no desangra a nadie. Sobre el ombligo, las mayorías y las minorías, el pacto se alza para mirar por encima de las cabezas. El pacto extrapola el deseo de los más con el concurso de los electos. El pacto busca el bien general; la ruptura, el bien particular. El pacto hace la paz; la ruptura, la guerra. El pacto mira por todos, no por unos pocos; el pacto agrada; la ruptura, desaira; el pacto agranda la generosidad del ser; la ruptura envilece la personalidad de quien no lo busca.

El pacto requiere unos mínimos y unos máximos; lo respetable y lo adaptable a los tiempos, que no rompible. La firma rubrica, como antes la palabra, la lealtad a lo pactado. El pacto es la letra pero, sobre todo, el espíritu. Ni una ni otro pueden romperse sin voluntad de ruptura. Puede malinterpretarse la letra, pero en el espíritu subyacen los deseos todos del pacto. Resquebrajado este por voluntad de una de las partes, el pacto subviene en una sopa de letras ininteligible, interpretable ahora por línea ideológica, no jurídica ni por sentido común, ni deseo expreso de la mayoría, sino por egoísmo que ansiare el propio bien por encima del general que generó el pacto.

Al pacto se llega por la negociación. La negociación se fundamenta en el mejor logro de los asuntos públicos o privados tratados. El logro no es solo conseguir el deseo, sino la perfección de una cosa. Si los objetivos de la negociación y el pacto no fueren esos, deviene la ruptura. ¿Y a qué conduce la ruptura? La ruptura solo persigue el bien particular sobre el colectivo; es enemiga de los objetivos sociales, de la paz social. La ruptura genera más gasto que el pacto, menos inversión, más déficit, porque conduce a la inseguridad. La negociación social no puede llegar a convertirse en un pacto de retro, El pacto social debe estar por encima de los negociadores, que tan solo representan los intereses de los mandatarios.

El bien común se puede materializar porque el voto mandata las ideas y proyectos. La idea apasiona, la idea llena una vida, y hasta puede quitar la vida, como el dinero o el atesoramiento de riquezas. No hay crepúsculo de las ideas; hay estrechez para poner en común las ideas colectivas. El voto no se otorga para romper, sino para gobernar, legislar, controlar, prosperar. La ruptura deja huérfanos el voto y la idea. El pacto es el triunfo del progreso; la ruptura, signo del egoísmo y de la debilidad.

Ha sido generosa Extremadura en la cultura del pacto, que la mayoría gobernante no hubiere necesitado; y ha dado una lección a quienes, en su incultura, han roto la letra y el espíritu de los pactos que un día se llevó el viento, como sopa de letras indescifrable, intraducible, inescrutable…