lunes, 31 de octubre de 2011

VÍSPERAS DE DIFUNTOS EN GRANADILLA





Aspecto parcial de la villa desde el castillo









Festividad de Todos los Santos, vísperas de Difuntos, y hubiere Granadilla el reencuentro con la tierra y los muertos. Años de indolencia y de abandono, de 1965 a 1980, desde la desaparición a la resurrección; limpias las calles, el templo violado, resucitado para una fiesta mayor; el nuevo cementerio recobrado, las tumbas despojadas de las hierbas que las cubrieren, por qué no volver a Granadilla para honrar a los difuntos… Años sin verse, los vivos desterrados, los cuerpos de los difuntos, abandonados a la rapiña de los hombres, pero el recuerdo intacto, dolorido, de trabajos mil, bailes, bodas y entierros; la vida y la muerte entrelazadas bajo la estola de la memoria…

            “No volveré jamás al pueblo de mis primeras letras y amores, de donde salí con mi esposa recién casados, o con mis hijos ya criados, aun dejando atrás mi pasado y a mis muertos…”, te decían. Sobrevivieron los últimos años pagando por el arriendo de sus tierras a la Confederación que  les fueren expropiadas. Nada fuere suyo y todo a la vez en su alma y corazón. Quién pudiere desprenderse de la memoria de su infancia arrebatada, del silencio y el “ordeno y mando” de los jerarcas provinciales del régimen, que no escucharen su voz, sino que les señalaren con el índice para expulsarles de su paraíso, pobre pero suficiente, la gloria histórica ya extinguida y la nueva por escribir.

            Los primeros años, en familia. Oficio de difuntos y memorial de ausencias en la plaza, cuadrado de cemento para bailes de bodas, de verbenas, de juegos infantiles; sus moreras aún en pie para cobijo de sombras en verano, cuna de pardales para el despertar.  Un paréntesis de veinte años para el retorno a la villa perdida, en cuyo corazón muchos apenas se reconocían. Aparecían la segunda y tercera generación de los descendientes nacidos en la villa. Casi un cuarto de vida para contarse en media hora la propia, mientras se degustaban dulces y sangría y hasta se bailaba de nuevo “El Perantón”; pero, enseguida, llegó la marabunta que se apropiare del pueblo para una fiesta que no fuere suya, convirtiendo en verbena populachera lo que fuere oración, memoria y convivencia. Ahora, al cementerio, a la misa y retorno a casa, lejos de la que nacieren. Hasta otro año, en que alguno más se sumare a la lista de desaparecidos.

            “Tienes que venir a mi pueblo. Mira: está aquí, entre Plasencia y Hervás. Se llama Granadilla”, le dice Ricki (Antonio Banderas) a su seducida Marina (Victoria Abril) en la película “Átame” (1989), de Pedro Almodóvar, con efectos especiales de Reyes Abades y música de Ennio Morricone. Ricki, huérfano desde los tres años, ha pasado su vida en diferentes instituciones sociales; pero no por ello se olvidó de su pueblo. Torna a él; ve una vieja foto con su familia a la puerta derruida de su casa. Sube al castillo. Desde allí, observa un panorama que sus ojos vieren, pero no recordaren. Ve venir un vehículo por el camino polvoriento. Son Marina y Lola, las dos hermanas que vienen a buscarle haciendo realidad su deseo. Ya en el coche, Lola, acompañada por Ricki, entona la canción de la resistencia, del Dúo Dinámico: “Resistiré”.

            Ha resistido Granadilla tres éxodos de los pueblos que la habitaren –árabes, judíos y cristianos, todos desterrados--; pero su memoria sigue en pie. Mediados del XIX, perdió el Juzgado de Instrucción a favor de Hervás. El Arciprestazgo aún conserva su nombre. Huérfanos, como Ricki, sus habitantes fueron acogidos en adopción por su capital de comarca: Plasencia; su obispo, que no fuere su pastor, le ofreció su catedral como templo propio. La memoria escrita del siglo XX, en los archivos de Zarza de Granadilla; la otra, aún viva, como la hubiere Ricki, para seguir cantando:

“Cuando pierda todas las partidas
Cuando duerma con la soledad
Cuando se me cierren las salidas
Y la noche no me deje en paz…

Resistiré erguido frente a todo
Me volveré de hierro para endurecer la piel
Y aunque los vientos de la vida soplen fuerte

Soy como el junco que se dobla
Pero siempre sigue en pie.
Resistiré, para seguir viviendo
Soportaré los golpes y jamás me rendiré…”

 

domingo, 30 de octubre de 2011

GRANADILLA, DONDE HASTA LOS MUERTOS FUERON DESTERRADOS







Restos aflorados a la superficie del antiguo cementerio. Foto tomada el 12-enero-2006




No solo los árabes, arquitectos de su muralla, expulsados por Fernando II de León en 1170; los judíos, en 1492, por el Edicto de Granada de los Reyes Católicos; y los cristianos, en 1965, expropiados y desterrados por el pantano de Gabriel y Galán, que anegaría sus mejores tierras. Hay en Granadilla (Cáceres), municipio desaparecido el último año citado, un cuarto más inhumano destierro: el de sus muertos, exhumados posiblemente el 27 de enero de 1966 y trasladados al nuevo cementerio, construido a 1.580 metros de la villa, junto al nuevo camino de acceso a la península en que la dejaren las aguas del embalse.

            El alcalde de Zarza de Granadilla, cuya zona este del antiguo término municipal de la villa fuere adscrita a su término municipal, según el Decreto 1347/1965, de 6 de mayo, por el que se acuerda la disolución del municipio y la incorporación de su término municipal a los limítrofes, con la divisoria marcada por el cauce del río Alagón, se dirigió por escrito al jefe provincial de Sanidad en el que le exponía que, “con motivo de haber sido cerradas las compuertas del embalse… y las aguas torrenciales caídas en estos días, se halla en inminente peligro de ser inundado el cementerio del pueblo, tan es así que, de seguir el crecimiento del embalse, lo realizará en un plazo de dos o tres días”.

            Añadía el alcalde –y razón no le faltare-- que todos quienes tenían deudos allí inhumados solicitaron que, a la mayor urgencia, se procediera a la exhumación de cadáveres y su traslado al nuevo cementerio para evitar que quedaran bajo las aguas “y que, a la retirada de esta, en el próximo estío, con el arrastre de tierras pudieran quedar al descubierto”.

            Los temores del alcalde y los antiguos vecinos de la villa se confirmaron. Los restos afloraron a la superficie por no haberse dispuesto una losa de hormigón encima, como se hiciere en Cabaloria, perteneciente al municipio de Caminomorisco, también abandonada por el embalse, y cuyos habitantes se trasladaron a vivir a Alagón del Río.

            Hubo demasiada prisa para desterrar a los vivos como para acordarse de los muertos que dejaren atrás. Todo perdido ya, el pueblo abandonado, desierto el nuevo cementerio construido, los antiguos vecinos hubieron de ser convocados por última vez para la cita de la exhumación. La mayoría no acudió; otros desistieron ante la imposibilidad de identificar los restos, dada la proximidad entre las tumbas y otros, en fin, no reclamados por nadie, reposaron allí para siempre y sus restos aflorarían por la bajada de las aguas y el arrastre de las tierras. Todo quedó destruido, destrozado, en la antigua villa de Granada, hasta el último aposento de los muertos. No solo los ascendientes, sino hasta un insigne párroco, Ángel Blanco Arroyo, con placa de gratitud de sus feligreses en el templo parroquial, que sirviere a los suyos desde 1893 hasta 1940, en que falleciere a los 75 años, allí quedó a merced de las aguas.

            Ya en 1961, Obras Hidráulicas autorizó la redacción del proyecto del nuevo cementerio. Se previeron 156 sepulcros para nuevos enterramientos; y el número de sepulturas necesarias para el traslado de los restos procedentes del antiguo se estimó en 60. En 1963 se autorizó a la Confederación Hidrográfica del Tajo a realizar las obras por concierto directo que, en segunda licitación, fueron adjudicadas por 520.661,46 pesetas. En marzo de 1964 se efectuó el replanteo. En julio de 1967 se efectuó la recepción definitiva de las obras en el Poblado de Gabriel y Galán tras serles abonadas al contratista 518.221,74 pesetas en siete certificaciones.

            Entre enero del 1956 y mayo de 1963 se habían efectuado en el antiguo cementerio 45 enterramientos, según la relación facilitada por el Ayuntamiento de Zarza de Granadilla. Sanidad autorizó el traslado de restos a otras localidades donde vivían sus descendientes. En total se trasladaron 43 restos, según las notas citadas por Sanidad en un informe de la liquidación de servicios prestados.

            “Y cuando se vayan, llévense hasta las sillas”, les instaban a los últimos vecinos de Granadilla. Hubo nuevo cementerio, pero no repararon en lo que dejaban en el antiguo, las aguas removiendo las tumbas, las paredes caídas, los restos óseos descansando sobre sus piedras. Difuntos sin flores en su día, su identidad perdida, sin una oración por su alma ida, sus cuerpos también desterrados por la desidia humana, sin piedad alguna que se apiadare de ellos ni registro que certificare allí su existencia.


miércoles, 26 de octubre de 2011

VUELVEN LOS PREDICADORES

Con las elecciones, tornan los predicadores de diversas órdenes políticas a predicar su evangelio por los pueblos y ciudades de España. Antes, en la dictadura, los misioneros iban a los pueblos de cuando en cuando para elevar el espíritu y purificar las almas. Todos acudían al templo por obligación más que por devoción y escuchaban su palabra.

            La palabra de Dios no es la palabra política. La primera buscaba afianzar la fe de quienes dudaban hasta de sí mismos, aunque aquella les fuere “impuesta” más que aceptada con libertad. La segunda es libre para ser escuchada y a sus templos solo acuden, por lo regular, sus fieles, que se contentan con aplaudir a los que van a votar, aunque ellos no les hayan seleccionado, pese a ser la base que les aupare hasta el olimpo de los elegidos.

            Mientras la primera palabra es eterna, la segunda es tan fugaz como el tiempo mismo. La primera alumbra; la segunda confunde entre descalificaciones, promesas vacías e insultos a los adversarios. El evangelio insufla respuestas múltiples a las necesidades humanas; la palabra humana de los candidatos es tan vacía que no hubiere continuidad ni en el tiempo ni en el espacio. Prometen lo que saben que no pudieren cumplir: buscan el voto mediante el engaño, la confusión o la amenaza del porvenir si el poder les fuere otorgado a otros que no fueren ellos.

            Hay un paralelismo, a veces, entre la fe que se pretendiere imponer y la palabra del político que asumiere la victoria del adversario como una catástrofe nacional: el miedo, el miedo al infierno y el miedo a la pérdida  de valores ya conquistados por la sociedad. En la predicación y en el mitin, los oradores tienden a conquistar con su palabra a los oyentes para conducirlos a su rebaño, solo que unos son pastores de alma y otros, de ovejas. Los primeros conocen a las suyas; los segundos, las ignoran durante el resto de la legislatura, como si no fueren del rebaño que les diere de comer. Los primeros buscan y alumbran la verdad; los otros, solo su verdad que no tiene por qué ser  la verdad del barquero.

            El templo de la primera palabra permanece siempre abierto para encontrarse consigo mismo, porque el hombre y la mujer necesitan alimento de espíritu. Los templos de la segunda palabra se abren cada cuatro años, cuando toca,  para rearmar las mentes afligidas por el presente y el futuro, aunque el pan que la primera les diere no saciare su sed como la segunda, evaporada en el tiempo porque sus predicadores olvidaren a sus discípulos y la palabra que les dieren de vida eterna,  no la hubieren en si mismos ni por asomo.

            Los predicadores tornan a los templos de la palabra como los podadores a las calles y jardines, no para limpiar las ramas crecidas de los árboles, sino para solicitarles una confianza en su salvación que no pudieren otorgarles ni con su voto.

            Han crecido los votos nulos y en blanco, símbolo de un compromiso con la democracia, pero, sobre todo, del descontento generalizado con una clase que pareciere no mirar más que para sí misma, en lugar de luchar para los electores que les otorgaren la delegación de la soberanía que les pertenece constitucionalmente y que olvidan más de la cuenta.

            Los predicadores de la palabra divina dejaban tras sí una cruz como símbolo de su paso y memoria de ella; los predicadores del noble arte de la política pasan sin ser conocidos ni reconocidos por los suyos porque no cuidaren lo que debieren el rebaño asignado y devinieren, a veces, en lobos con piel de corderos, capaces de engañar al mismo diablo para lograr sus objetivos. Hay, como en la viña del Señor, de todo: los que se van y nunca debieron irse porque hubieren talla de estadistas, y los advenedizos, elegidos como figurines y floreros entre grupitos de presión de los partidos, que se reparten la tarta del poder por amiguismo o débitos de favores, pero no para luchar por los necesitados que nada pudieren esperar de ellos… Llegan los predicadores como los podadores que rompieren con sus hachas tantas ilusiones depositadas en ellos como ramas hubieren clamando al cielo… ¿Y a qué predicar tanto si sus oyentes ya estuvieren tan convencidos como los que antaño hubieren la fe del carbonero?