miércoles, 30 de noviembre de 2011

GOBIERNO Y PARLAMENTO

        La memez nacional de carecer del sentido del ridículo y creerse en posesión de la verdad absoluta, conlleva a la clase política a hacer de su capa un sayo, obviando la terminología utilizada en la Constitución y en las leyes orgánicas. Un “cambio por el cambio” que no supone cambio alguno sino fuere el de cambiar los nombres que debieren ser utilizados por mandato legal.

     Al comienzo de la transición era frecuente utilizar la expresión “este país” en lugar de llamarlo por su nombre propio: España. Cuando los nacionalistas se referían a “este país” no aludían, evidentemente, a España, sino al que consideraren el suyo propio, ya fuere Euskadi, Cataluña o Galicia; si los nacionalistas españoles decían lo mismo, era España al país que aludían.

      Devino posteriormente la mezcla y confusionismo entre Estado y nación, que perdura, como si el primero fuere una nación y el segundo, el Estado. No debe decirse “al acto acudieron representantes de todo el Estado”, porque no los hubiere presentes en el mismo, porque el Estado es el conjunto de las instituciones que gobierna una nación, mientras que la nación, patria o país llamado España, es, por un lado, un sujeto político en el que reside la soberanía constituyente de un Estado, y como una comunidad humana con ciertas características culturales comunes, a las que dota de un sentido ético-político. El artículo 2 de la Constitución Española de 1978 afirma que esta se fundamenta “en la indisoluble unidad de la Nación española, patria común e indivisible de todos los españoles”.

     Cuando se redactaba el nuevo Estatuto de Autonomía de Extremadura, el anterior presidente de la Asamblea, Juan Ramón Ferreira, propuso cambiar el nombre por el de Parlamento, de uso en otras comunidades autónomas. La propuesta fue respondida por el primer presidente de la Asamblea de Extremadura, Antonio Vázquez, al considerar suficientemente asentado y conocido el nombre por el que se conociere a la institución. No se volvió a hablar más del asunto.

      La Ley Orgánica 1/2011, de 28 de enero, de reforma del Estatuto de Autonomía de Extremadura (DOE de 29 de enero de 2011), afirma en el Título II, De las instituciones de Extremadura, punto 1, que “la Comunidad Autónoma ejercerá sus poderes a través de la Asamblea, del Presidente y de la Junta de Extremadura.”. En el capítulo I, De la Asamblea de Extremadura, punto 1, se recoge que “la Asamblea, que representa al pueblo extremeño…”; y en el Capítulo II, Del Presidente de Extremadura, punto 1, se dice que “el Presidente ostenta la más alta representación de la Comunidad Autónoma, ejerce la representación ordinaria del Estado en la misma y preside la Junta de Extremadura”; y en el artículo 26, referido a sus atribuciones, punto 3, se afirma que “como Presidente de la Junta de Extremadura…”

      En ningún punto del Estatuto se habla, pues, ni del Presidente del Gobierno de Extremadura ni del Parlamento de Extremadura. Son vocablos “ex novo” nacidos de la voluntad caprichosa de quien deseare cambiar de nombres como de pupitres en cosas que, como los símbolos, son sagrados y obligan a todos, incluidos, en primer lugar, a los titulares de las instituciones. La reiteración por estos de los nuevos nombres que les han dado, su constante difusión por los medios de comunicación, pueden hacer creer al pueblo que se llamaren así, cuando en la ley no hubieren tales nombres.

      Propongan el cambio de la ley, si quisieren, y entonces podrían utilizar con propiedad lo que la ley no les autoriza. La corriente posmodernista que arrincona los nombres de España o nación, por los de país o Estado, puede llevarnos un día a hacernos creer que nuestra nación no se llama España (de Hispania) y el Estado fuere la nación. No puede sustituirse, de otro lado, por Decreto, lo que se dice en una ley orgánica, sin antes modificarse aquélla. Ya solo nos falta por ver que a la Academia Española, que no es otra que la Real Academia Española de la Lengua, se la denomine Academia Estatal de la Lengua como al anterior Instituto Nacional de Meteorología se le denomina hoy Agencia Estatal de Meteorología (AEMET) y cambiemos también de nombre a los otros Institutos nacionales: de la Seguridad Social, de Estadística, de Seguridad e Higiene en el Trabajo…, incluidos quizá los nombres propios con que figuraren en el Registro los titulares que así se hacen llamar.  Dice el sabio refranero español que “poner nombres propios en escritos ajenos podría dar lugar a pensar que ajos comes y por eso te picas”…, esnobistas de la lengua…          




sábado, 26 de noviembre de 2011

UNA BATA BLANCA

    Llega a su estancia con su espíritu de siempre. Da los “buenos días” a los pacientes que ya la esperan. Hay pacientes impacientes que no le dan tiempo a ponerse su bata blanca; pero ella sabe a quiénes ha de atender hoy, porque guardare sus citas en el ordenador. Les conoce a todos y les llama por su nombre. Desde primera hora, va de un despacho a otro a por instrumentos o pomadas que necesitare. Toca laboratorio en los empieces; baja deprisa mientras la sala de espera va adquiriendo volumen. Antes de entrar, ya tranquiliza a los suyos: “Ahora mismo te veo, fulanito.” Torna a entrar, enciende el ordenador, dispone su instrumental, abre la puerta, los ve a todos y dice un nombre: “Pasa, Miguel.” Tranquiliza su voz, su bata blanca abierta sobre sus pantalones, que zurea como una paloma blanca a su paso. Esperan pacientes los impacientes, mientras se preguntan unos a otros con quiénes hubieren cita, si con el doctor o con la enfermera y así, hacen cuentas y cábalas sobre el tiempo que hubieren de esperar. Pareciere que todos tuvieren que ir al trabajo, al mercado o a otros quehaceres; pero son los que nada hubieren que hacer los más impacientes pacientes. Entran algunos sin llamar. Preguntan y les dices. “No se preocupe, señor: el doctor y la enfermera llaman.” Insisten: “Y usted, a qué hora tiene…”, como si en ella le fuera la vida. Leen otros la lista situada en la puerta y van pasando revista hasta que hallaren al que estuviere delante de su nombre.

            La enfermera que porta la bata blanca tranquiliza con su palabra y maternal ejercicio de la profesión. Ora toma la tensión, ora pesa al paciente, ora le hace la prueba de la glucosa, ahora hace un electro que pasará al doctor. Toma los datos en su expediente. Le tranquiliza; le orienta; le advierte sobre los peligros; le muestra el camino de la vida.

            Ha estado nuestra enfermera en lugares remotos desde sus comienzos en la profesión. Ha tornado ahora a casa; pero todo sigue igual: las curas de las heridas, las inyecciones, las vacunas, las analíticas… No desea una espera más allá de lo deseable. Por ello, no descansa; entra y sale del despacho como si hubiere una competición. A todos atiende por igual. Te pide perdón cuando el teléfono interrumpe la consulta. Ante el dolor ineluctable de la muerte, se aparece la vida, la esperanza, la dulzura en la breve visita.

“No se preocupe, señora: ya le llamará.” Zozobra la inquietud de la espera que, en sus manos, concluye. Hasta las doctoras consultan a  nuestra enfermera por su saber, y aceptan su diagnóstico sobre la curación de una herida. “Hay que esperar más”, les advierte precavida. Sobre la pared, las fotos de sus niños, y un dibujo con una leyenda: “Mamá, te quiero.” Como todos tus pacientes, Maite Fábregat Domínguez, por quien la sanidad extremeña brilla tan blanca como las que formaren tu compañía. ¿O acaso tu blancura no curare como una pomada blanca, extendida sobre el blanco apósito que la cubriere…?

DIMITIR Y CESAR

          No parece que los resultados del 20-N traigan una ola de dimisiones o ceses. En un país en el que nadie dimite si no fuere cesado, no se conjugan ninguno de estos verbos por parte de los actores que, arropados en el aparato, se escudan en las decisiones congresuales que parece ser que mandaren más que las de las urnas. Cuando estas han hablado tan claramente, si los políticos caídos hubieren dignidad, tendrían que dimitir, sin esperar un nuevo cese de quienes les auparon al cargo. 

            Dimitir es un verbo transitivo, del latín  transire, en el que la acción pasa de un lado a otro, mientras que los intransitivos no prolongan la acción, sino que la enmarcan, y la acción se agota en sí misma.

            Hay un confusionismo conceptual y gramatical en la política, que generaliza un cargo no como una carga, sino como institución que a alguien se le otorgare de por vida. Por eso, los políticos se aferran tanto al poder y se alían con el diablo con tal de no dejar el sillón que un día se les otorgare por delegación. Es frecuente leer y oír: “O dimites o te dimito” (en lugar de “te destituyo); “A mí solo puede destituirme quien me nombró: el congreso”, como si por encima de la conjunción de esa fuerza delegada de poderes no hubiere otra mayor que la bendijere.

            Nadie acepta, por lo general, que un cargo está cesante desde el momento mismo de su nombramiento en los boletines oficiales y su toma de posesión. El mismo que otorga la confianza, puede retirarla “ipso facto” al día siguiente de aquella.  La conjugación de “dimitir” puede no ser aceptada por quien nombró al dimisionario, del mismo modo que quien nombra puede destituir de su cargo y funciones al designado. Hubiere otros casos en el que político deja su cargo sin que lo supiere quien le nombrare. Renuncia, abdica, se va, se despide a sí mismo, sin que previamente le fuere comunicado su cese. Otros son destituidos  sin más explicaciones que el decreto publicado en el boletín.

            Cuando tras un proceso electoral, un partido pierde las elecciones, nadie se da por aludido, como si no fuere con ellos la nota. Los ganadores piden su dimisión, como si de ellos dependiere, cuando ya le ha sido otorgada por quienes correspondiere: la soberanía popular, de la que emanan todos los poderes del Estado, y de la que todos se olvidan, como si fueren césares elegidos por el pueblo a perpetuidad, una palabra ya desaparecida de los cementerios por falta de espacio físico, pero aprehendida y comprada por los políticos para su previo “eterno descanso” en la tierra antes que en el cielo, donde ya nada necesitaren.

            No conjugamos la transitividad, que no da réditos, si no nos fuere impuesta la intransitividad, en el que la acción del cese agota la acción verbal en sí misma.

            La redefinición del nuevo proyecto de izquierdas por la que algunos abogan no puede hacerse de la noche a la mañana, con la remoción de todos los aparatos perdedores, porque supondría un vacío de poder, que impediría sentar las bases del mismo con la tranquilidad necesaria; pero tampoco solo desde los aparatos sin contar con las bases que lo sustentan, que abriría aún más la brecha existente entre las élites del partido y la militancia de base.

            No se puede diseñar un proyecto en la definición de perfiles para después ponerles nombre a los mismos, porque el diseño del vestido les viene grande a los nombres para quienes se diseñare. Primero el proyecto; después, los nombres, los líderes. Ni se puede decir que “hay que dar paso a otros” cuando lo que quieren decir es que se postulan para un cargo superior y, perdido aquel en elecciones, resulta valedora la experiencia, pero no la juventud.

            Es preciso meter la cuchara mucho más hasta dejar el tazón vacío de políticos aferrados al sillón de por vida. No pueden seguir quienes perdieron; no deben alzarse como padres de la patria quienes condujeren a los suyos a la sima electoral. “Quien pierde paga”, ha dicho Ibarra; pero aquí no: quien pierde, gana, y los de siempre, a trabajar y callar. Quienes antes otorgaron, piden ahora “salud y rebeldía”, como si la última fuere complementaria de la primera, sin trabajo abnegado de por medio, sino el de figurar por figurar.