sábado, 31 de diciembre de 2011

LOS ANHELOS MARCHITOS

           En los empieces del año, las uvas, una por cada hora, una por cada mes, símbolo de las aspiraciones y anhelos, deseos de realidad para el próximo. Vana ilusión del tránsito de un año a otro, que no fuere propicio, muletillas inapropiadas ante la adversidad: “feliz entrada y salida”, cuando la última nunca lo fuere y la primera, se supone, aunque habrá de esperarse hasta el final.

            Pasa el tiempo y somos incapaces de sujetar el tiempo. Es vida el tiempo y vivimos el tiempo sin vivirla; es oro el tiempo y se nos escurre entre los dedos sin aprehenderlo. Nos acomodamos con el tiempo, conformistas de la ocasión, y perdemos el tiempo, el tiempo perdido, sin sacar provecho al tiempo. Nos sobra el tiempo y buscamos tiempo para el tiempo. Solicitamos “tiempos muertos” cuando estamos en plena posesión del tiempo. Damos tiempo al tiempo y no nos llega el tiempo. Dejamos las cosas al tiempo y el tiempo nos devuelve a la realidad del tiempo. Jugamos con el tiempo y el tiempo nos deja fuera de tiempo. Anhelamos tiempo para matar el tiempo y nos mata el tiempo en su devenir. Tiempo sin vida, vida sin tiempo, para vivirla en el tiempo que nos da la vida… tiempo de nuestras vidas, vidas de nuestro tiempo, que nos dais la vida y no os damos el tiempo…, al azar de la rosa de los vientos, norte del tiempo.

            Detened la mirada en los hombres del campo: cómo viven su tiempo, como esperan sus tiempos, cuando su cosecha llegue en el tiempo marcado por la naturaleza y los tiempos que a ella dedicaren. Observad con qué dispendio los urbanitas miran el tiempo; cómo fluyen como mareas los tiempos que marcan los políticos para sí y no para los ciudadanos a los que se debieren…

            Muchos viven en un permanente estado de tránsito; otros viven la realidad. El tránsito es espiritual; la realidad material. El tránsito evapora la realidad; no halla firme adecuado para sobrevolar lo material; levita sobre la propia realidad. La realidad se apega al alquitrán, a la materia que ofrece un fruto material. El hombre en tránsito navega entre la fantasía y la ilusión; el práctico, el realista, solo vive su realidad. ¿Quién es más feliz: el hombre en tránsito, el realista? Definitorios de la persona, tránsito y realidad sintetizan un modo de vida. El hombre en tránsito fluctúa entre varios estados, no halla tránsito para el tránsito hasta la hora del tránsito; el realista vacía su existencia en un único tránsito: la existencia real y efectiva, sin más existencias que aquellas que le reportan bien. Llegado el tránsito, el hombre que vivió en estado de tránsito tendrá justa fama por su rectitud; la realidad borrará el nombre del hombre materialista. Utopía y realidad del tiempo, dos caras de una moneda contrapuestas en una única moneda: la cara del tránsito; la cruz de la realidad, en los anhelos marchitos de un año que acaba, en la utopía de los deseos que no nos traerá un año por llegar.

            Ha sido un año de tránsitos, en el que el tiempo pasado nos ha recordado lo que somos. Venteamos la memoria como un asidero al pasado, conscientes de la felicidad hallada y acaso perdida, que repetiríamos como si cualquier tiempo pasado fuere mejor. Batimos la memoria en un intento de hacer puré un  pasado que no nos dio el fruto esperado, o la evocación de lo imperfecto. “Prefiero olvidar el pasado”, o la síntesis de la exculpación. Los recuerdos, si felices, motivan; si infelices, traicionan. Como enseñanza, vale la memoria; como motor de futuro, solo nos queda la inteligencia y la voluntad; el ser frente al existir. El tránsito del tiempo, solo testigo de nuestro quehacer, de los afanes truncados, de los anhelos marchitos como de los amores perdidos, del tiempo ido que jamás volverá, porque no fuere el mismo que ya vivimos…, tiempo pasado frente al tiempo futuro.

MENSAJE DE FIN DE AÑO DEL PRESIDENTE

           Resulta difícil sorprender en un mensaje de fin de año, de pocos minutos de duración, a un espectador crítico que asiste desde su sillón a escuchar el mensaje de fin de año de su Presidente entre el escepticismo que nos ofrece la situación, la poca esperanza que nos brinda el Año Nuevo y la ilusión que pocos, y menos la clase política, suscita entre su auditorio.

            Si contentar a todos resulta de por sí difícil, más aún lo fuere cuando el mensaje que se brinda, lejos de ofrecer ilusión y ánimos ante el futuro, convierte la anécdota del propio mensaje en lo más significativo del mismo. Afirmar que “Extremadura no es más que nadie, pero tampoco somos menos que nadie”, está muy bien; pero decirlo, además, en euskera y catalán, está de más en una Comunidad que tiene por lengua propia el castellano y no hubiere deber alguno, y sí derecho, a dar cumplimiento al artículo 3.2 de la Constitución: “Las demás lenguas españolas serán también oficiales en las respectivas Comunidades Autónomas de acuerdo con sus Estatutos.”  Y no se hablaren en Extremadura esas lenguas vernáculas, aunque sí un habla peculiar de nuestra tierra, Bien de Interés Cultural, “·A fala”, no utilizada en el discurso presidencial, así como ni el gallego ni el valenciano, también lenguas españolas. Es un brindis al Sol con el que muchos políticos, subidos en la pirámide del poder, son incapaces de escuchar y ver, de anunciar lo que el pueblo desea oír, porque si nunca hablaren con sus bases, menos aún con quienes siendo “queridos paisanos” no reconocieren ni su voz ni su “Divina nacencia”, pero sí el incesante goteo de medidas que asfixian sus deseos de felicidad.

            Monago nos ofrece un discurso con seis partes diferenciadas: el recuerdo a los ausentes, a las víctimas del terrorismo, y a los extremeños en paro y sus familias y a los secuestrados, que se agradece; cinco lecciones “que no deberíamos olvidar nunca”, a saber: la austeridad, el entendimiento con la oposición, la colectividad de los retos por encima de las ideologías, la necesidad que Extremadura tiene de España y de Europa, hacer entre todos una Extremadura de realidades, el inicio de un nuevo tiempo de renovados desafíos, liderar una nueva transición para nuestros hijos, y unidad para la recuperación económica, para terminar con los deseos de “paz, salud y felicidad”.

            Más bien pareciere que el Presidente ha hecho un discurso para la clase política aposentada en la Asamblea, porque las lecciones que pretendiere ofrecer no van con el pueblo llano, austero de toda la vida y condenado a una mayor austeridad; que no hubiere diálogo alguno ni con el gobierno ni con la oposición, más que su palabra en las urnas; que están con las ideologías como parte de su ser, aunque ahora nos pidan que las anulemos en favor de un consenso necesario, pero que a ellos no les da beneficio alguno; que Extremadura necesita a España se da por hecho, aunque hasta la primera transición fuere una madrastra con los extremeños; y que necesitamos a Europa, es una obviedad porque también somos lo que somos gracias a ella y nada seríamos sin ella. Convertir Extremadura en una tierra de oportunidades, sino también de realidades, está muy bien como enunciado; pero cuando los más preparados tienen que seguir marchándose fuera, porque nada hubiere aquí sino naturaleza en estado puro, no pueden afrontar 2012 como “un  nuevo tiempo de renovados desafíos”, porque no tuvieren trabajo, ni apoyos, ni políticas a su servicio, ni les insuflaren ilusión ni medios los políticos, ni el nuevo año fuere garantía de nada, sino del paso inexorable del tiempo mismo.

            La paz y la felicidad no se construyen con lenguas que no hablamos, ni con ilusiones no compartidas ni con una unidad política que solo pueden compartir, si lo hicieren, nuestros representantes políticos, porque el abismo entre los políticos y sus paisanos no lo fuere ya de cultura, sino económico, y sus aspiraciones, por tanto, distintas y distantes a las suyas.

       


miércoles, 28 de diciembre de 2011

LOS OTROS INOCENTES

           Hay inocentes en estado puro porque en su alma y corazón no hubiere anidado la malicia. Inocentes conscientes e ignorantes; a sabiendas y a traición. Inocentes ignorados e inocentes perseguidos; inocentes perversos y malvados; inocentes sin maldad, pero sañudos.

            La inocencia no tiene edad, como la de los niños sacrificados por Herodes. Hay una inocencia marcada por la edad y otra sin edad que deviene de un estado del alma. Todos los niños son inocentes y, aun mayores, lo siguieren siendo, porque su corazón no albergare malicia ni maldad.

            En un tiempo en que se pone en tela de juicio la presunción de inocencia, son más reos de la inocencia quienes no creyeren en ella que los inocentes condenados de antemano. Todos somos inocentes, porque la inocencia no solo se halla en quien fuere encontrado culpable “a posteriori” de un delito, sino en los que fueren condenados sin culpa y sin justicia de antemano.

            Son inocentes quienes sufren persecución por causa de sus ideas; los que buscan justicia y no la hallaren; quienes buscan trabajo y no lo encontraren; quienes piden pan y reciben piedras; quienes pagan sus impuestos y a cambio nada reciben; los que creen en gobernantes que solo pensaren para sí y no para todos; los que buscan culpables para todo y solo hallan inocentes en lugar de los perversos… Los inocentes sacrificados ante la vida porque nadie oyere su llanto y clamor, culpables en su inocencia de la maldad humana; inocentes de toda la vida machacados por su inocencia.

            La inocencia despierta deviene en desconfianza perpetua ante quienes, perversos, llenaren sus graneros a costa de la inocencia ajena. Hombres nacidos para torturar y aprovecharse de la inocencia ajena para seguir reinando, como Herodes, en el reino de los impuros. Pilatos se lavó las manos porque no hallare culpa alguna en el único inocente salvado de la matanza, pero condenado a morir, inocente, para pagar los yerros de los más.

            Los inocentes continúan siendo condenados como si fueren culpables; los culpables siguen libres como si la inocencia aureolare su alma. Brilla más la culpabilidad que la inocencia, al no suponerse lo que debiere antes de juzgarse aquella. Todos somos inocentes y no todos culpables, aunque reine hoy más la maldad que la inocencia. La voracidad humana de los maltratadores acaba con la inocencia de quienes, abrazándola,  caen las redes de aquellos porque, frente a la inocencia nunca perdida, se superpone la maldad inhumana que busca culpables donde solo hubiere inocentes.