lunes, 31 de marzo de 2014

MARTÍN MAJADAS, EL ALCALDE PLACENTINO DE LA TRANSICIÓN


           Antonio Martín Majadas, alcalde placentino de la transición de la dictadura a la democracia, entre Serrano Pino y Mariño Roco, no ha pasado a la historia placentina por ese papel que le tocare desempeñar, sino más bien por su faceta de profesor en el colegio de San Calixto, en el que ejerció la docencia durante casi medio siglo, y por su roles como profesor, militar, abogado e investigador de la historia de Plasencia.
            Infatigable investigador, no dejó de escribir libros sobre su ciudad de acogida desde 1993, en que escribiere su primera obra dedicada a la patrona, la Virgen del Puerto, y sobre la historia de la ciudad que le nombrare hijo adoptivo. Pasaba los 90, y seguía escribiendo sobre Plasencia y sus gentes...
            Hay otra faceta más desconocida de don Antonio: sus artículos en periódicos. No le bastare con los libros que escribiere para dar a conocer la ciudad amada, que nos unió a los dos años después, A finales de los 80 y principios de los 90, Martín Majadas venía a verme a mi despacho de El Periódico Extremadura para darme en mano sus artículos sobre Plasencia. Me los desmenuzaba sin leérmelos, me pedía licencia sin que se la otorgara, sabedor que se la daría; me insuflaba Plasencia; me la vendía a sabiendas que se la adquiría por la gratitud debida. Pues, ¿que debería yo a Plasencia? Tanto como él: mi primera ciudad, los paseos por la calle del Sol y por la plaza; mis largas esperas en la Corredera; mis visitas a Santo Domingo; las noches de verano en El Nido... Le contaba esto y don Antonio se emocionaba como un niño que hubiere dado con su media naranja placentina. Y se explayaba, con la confianza toda otorgada; como si fuéremos paisanos de toda la vida... Y don Antonio seguía y proseguía hablándome de Plasencia..., como si allí viviéramos los dos... "Ojalá pudiera tener tiempo para ir con usted a tomar un café a El Español, sin  prisas y sin pausas, don Antonio; pero tengo que cerrar el periódico. Algún día le veré en Plasencia, más tranquilos; le invitaré a un pastel en `Arenas´, recorreremos hacia arriba y hacia abajo la calle del Sol, daremos la vuelta a la plaza, a la Corredera, si le apetece...; pero ya no me queda más tiempo, don Antonio... Otro día seguiremos..." Y don Antonio, obstinado, seguía hablándome de Plasencia sin parar. Y si le recordaba que quizá hubiere tenido algún primo discípulo en San Calixto, no digamos; y si le decía que otro primo fuere capitán en el Regimiento Órdenes Militares número 37..., no paraba; y si le recordaba que tuve hermanos en las Josefinas y en Santo Domingo, no digamos...; y si le mencionaba a su antecesor, Serrano Pino, y a su sucesor, Mariño Roco, no paraba... "Don Antonio: discúlpeme, pero tengo que seguir..." Entonces, él se levantaba y pesaroso, me decía: "Adiós, hijo: hasta la próxima..." Y no hubo próxima, don Antonio; como cuando al actual alcalde, Fernando Pizarro, le pregunté un día en el Poblado de Gabriel y Galán por una antigua amiga y me dio la noticia que nunca deseé oír; como ésta que acabo de leer... Ya no podré esperarle más, sino ir a ver su tumba, comandante, alcalde, paisano adoptivo; pesado por Plasencia donde los hubiere; pero amable, conciliador, amigo..., voluntario de Plasencia hasta su muerte. Descanse en paz, comandante, alcalde, paisano adoptivo..., cuyas letras publiqué y cuyas palabras ya no oiré más, aunque ahora me parezca oírlas de nuevo, don Antonio, como si estuvieres presente ante mí, rogándome unas líneas por la ciudad soñada... ¿Hubiere de negárselo por Plasencia; pudiere Plasencia negarle sus honores..., si usted le presentó armas sin deber?
 

ANA, LA ESPAÑOLA QUE CONQUISTÓ PARÍS


           Ana Hidalgo (San Fernando, Cádiz, España, 1959) se ha convertido a sus 54 años en la primera mujer alcaldesa de París. Ana se llamó Anne, en francés, en 1973. En 2003 logró la doble nacionalidad española y francesa. El abuelo de Ana se marchó a Francia al terminar la guerra civil; volvió poco tiempo después con sus hijos y esposa, que falleció durante el viaje; fue condenado a muerte y después a cadena perpetua por el franquismo, una condena que marcó a la familia. Veintidós años después, el padre de Ana emigró a Francia, cuando ella tuviere tan solo 2 años, estableciéndose a las afueras de Lyon, en el barrio de Vaise, el mismo en el que se crió el futbolista natural de Tarifa, internacional con Francia, Luis Fernández, y que jugara con la "bleu" el Mundial de España 82, que le ganó a su país de origen la Eurocopa del 84 y que después fuere entrenador del Athetic Club (1996-2000), RCD Español (2003-2004) y Real Betis Balompié (2006-2007). En casa de Ana se hablaba castellano; pero Ana y su hermana fueron a la escuela pública y, con su esfuerzo por adaptarse a la nueva realidad, poco a poco se hizo francesa, aun sin renunciar a sus orígenes. Una nueva vida en otra patria, que le dio un nuevo nombre y las oportunidades que no hubieren sus abuelos y padres en la suya de nacimiento: en su España, a la que nunca ha renunciado, ni por nacionalidad.
            Ana estudio Ciencias Sociales y Trabajo. A los 20 años ya era una de las más jóvenes inspectoras francesas de Trabajo. Marchó a París; se estableció en el célebre distrito 15. De la mano de Martine Aubry --de soltera Martine Delors, la hija de Jacques Delors, quien fuera presidente de la Comisión Europea entre 1985 y 1995--, antigua primera secretaria del Partido Socialista francés y ministra de Asuntos Sociales y de Trabajo, entre 1997 y 2002 estuvo en varios ministerios; de 2001 a 2004 fue adjunta al alcalde de París, Bertrand Delanoë. Es madre de tres hijos de dos matrimonios.
            Representante del ala más progresista de su partido, Anne le dio ayer una alegría al conquistar la capital, con el apoyo de Los Verdes, tercera fuerza más votada en la primera vuelta, frente al avance ultraderechista de Marine Le Pen, al vencer por nueve puntos a la conservadora Nathalie Kosciusko-Morizet, la ex ministra y ex portavoz de Sarkozy.
            París fue siempre un bastión de la derecha, que le sirvió de impulso para conquistar el Eliseo a Chirac. Si "París bien vale una misa" para Enrique IV, aun siendo calvinista, disfrazado de católico solo para obtener el poder, para Anne Hidalgo le han bastado su lema de campaña, "El París que osa", el atrevido París, como ella, que lo ha conquistado por las dos constantes de su vida: el progresismo de su orígenes humildes y el feminismo de su condición de mujer, la española de San Fernando que hoy reina en París; como la emperatriz Eugenia de Montijo lo hiciere en su día por su matrimonio con el emperador Napoléon III (1853-1871) quien, con su belleza y elegancia, dio encanto al régimen y fue la persona más condecorada y con más títulos nobiliarios de Francia. Como Manuel Valls (Barcelona, 1962), ministro del Interior de Hollande desde mayo de 2012, llamado a sucederle en la Presidencia. Como el asturiano Aquilino Morelle, el consejero más poderoso del presidente, hijo también de emigrantes españoles. Tan solo Induráin, sin renunciar a su nacionalidad, había conquistado durante cinco años consecutivos a franceses y españoles, coronándose en París campeón del Tour (1991-1995); como Nadal, campeón de Roland Garros en ocho ocasiones, desde 2005 hasta 2013. Ahora ha sido la española Ana, la francesa Anne, la primera alcaldesa de París, sin renunciar a sus orígenes españoles..., el "París que osa", el "París que osó"..., como una nueva Juana de Arco, la doncella no de Orleans, sino de San Fernando...

viernes, 28 de marzo de 2014

AMORES PERDIDOS, AMORES REENCONTRADOS


           El amor une, no divide; el amor se encuentra, no se busca; el amor se halla en el camino; el amor no se pierde: se sueña y aparece, como arco iris de primavera. El amor es dulce, apacible, lenitivo. El amor se fortalece en las dificultades, torna a sus orígenes en la crisis. Las ausencias convierten el amor en un delta de presencias, no interesadas: necesarias, pero olvidadas. La ausencia provoca la pérdida del roce, quizá del cariño. Si verdadero, no interesado --como ciertas amistades--, el amor nace y se desarrolla, pero no fenece hasta la muerte. El amor no es solo pasión; la pasión se apaga, pero el amor subsiste. Hubiere apasionados amores que mueren tras la llama de la pasión extinta. Más que un valor, el amor es una vivencia, una constante, una pulsación y latido eternos, incorruptibles hasta la muerte, a la que sobrevive en el recuerdo. No muere el amor, aunque fallezca el sujeto objeto de nuestro amor, como el de Marta, desaparecido, no ido, en búsqueda aún, sin desmayo... "Hasta que la muerte os separe..." La alianza no institucionaliza el amor; a lo más, lo bendice sacramentado; ni una firma rubrica el amor; ni siquiera una convivencia de derecho o de hecho. El amor está por encima de la ley: existe o no existe. Es un vínculo que ata a la pareja, que se fortalece en la convivencia, que fructifica en el amor compartido. Cómo, entonces, puede morir el amor. El amor desparece cuando la llama que lo aviva se apaga. El egoísmo mata el amor; la ausencia de respeto, nubla el amor; el sinsentido de la pertenencia del hombre sobre la mujer, mata amores antes compartidos, ahora sacrificados, como inocentes de Herodes.
            Hay amores perdidos y amores reencontrados; amores de vida eterna y fugaces amores como las Perseidas, o Lágrimas de san Lorenzo, olvidados en la memoria. De cuando en cuando, tornamos a reencontrarnos con los amores perdidos, de juventud o madurez. Apenas reconocidos, evocamos el amor perdido de unos días pasados; pero el amor deja huella y suscita de nuevo la pasión. En primera instancia, los besos y abrazos evocan el amor perdido y de nuevo hallado; en segunda, tornamos a cultivarlo y a mimarlo para que crezca de nuevo: el roce hace el cariño; el cariño provoca el roce; la palabra, como medio de comunicación y entendimiento; los gestos, la mirada no perdida, en la que percibimos aquel amor de verano, de otoño, o de invierno, que florece, de nuevo, como flor de pasión en primavera. Solos ante el mundo, con el único equipaje del amor, nunca mercancía de trueque, porque solo a sí mismo se basta para iluminar la vida desalentada, no apagada por la edad, sino por la ausencia de amor, los amores perdidos, amores reencontrados en una primavera en flor, como aquellos perdidos y arrebatados a la vida..., sus nombres evocándonos los felices días idos, la ausencia sin amores, su presencia siempre en la memoria..., la llama eterna, viva, perenne del amor inmarchitable...