miércoles, 25 de febrero de 2015

FANTASMAS EN EL CONGRESO

 
          Hablaba el presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, sobre el estado de la nación, de lo logrado y del mucho esfuerzo que nos ha costado, y apelaba a mantener la misma trayectoria "con perseverancia. De lo contrario, todo lo que hemos ganado en tres años, se puede perder". Había expuesto el presidente la situación de partida, el rumbo que se marcare el 20-12-2011, en su discurso de investidura -detener el paro, estimular el crecimiento, acelerar el regreso de la creación de empleo-- y de una fase expansiva de la economía "llena de oportunidades para consolidar la recuperación del crecimiento y del empleo, pero todavía frágil, expuesta a cambios en la situación, dificultades coyunturales, y también a ventoleras ideológicas--o simplemente ventoleras-- de las que hemos conocido algunos ejemplos".
        Apareció el "convidado ausente", pero presente a partir de diciembre, aun sin decir su nombre... Una ventolera, un golpe de viento recio y poco durable, o el pensamiento o determinación inesperada y extravagante, según dos de las acepciones de la Academia.
          No tenía por qué el presidente mencionar a los ausentes ni dirigirse a ellos porque no están. Quizá le ha podido el clima que siente, las políticas que marcan las diferencias, "negarse a reconocer los méritos del gobierno o negárselos a los españoles". O, lo que es lo mismo. que los esfuerzos de los ciudadanos no han merecido la pena, "que se podía haber evitado porque, además de ser falso, es la mejor manera de preparar la tierra para que la siembren con éxito los demagogos", los estrategas que pretenden el poder político.
          Todo el mundo era consciente de lo que decía el presidente y a quiénes se refería; pero ni ellos, ausentes hasta ahora, ni a muchos ciudadanos, perdidos en su esperanza, les basta la batería de medidas anunciadas hasta el fin de legislatura, porque ni están ni se les espera... "Hablar es gratis" y pone como ejemplo algo que a todos gustaría oír: doblar el salario mínimo, aumento de las pensiones un 5 por ciento, viviendas subvencionadas, recién nacidos con 1.000 euros bajo el brazo... "pero tardaríamos seis meses en regresar a la ruina más descarnada", un gesto que él mismo califica de "inconsciencia temeraria". Quien avisa, no es traidor, porque si lo dijeren los otros, ¿qué es", se preguntaba. No hay remedios mágicos, aunque nos los quieran vender como tales. Y pone ejemplos que lo ratifican: si los intereses de la deuda no se hubieren reducido a la mitad, habría que haber reducido otro tanto las prestaciones por desempleo... Y avisa: "Cuando está en juego el bienestar de todos, conviene ser prudentes con lo que se dice... Quien no crea empleo, no garantiza el Estado del bienestar..."
          Cuando tantos miles de españoles siguen viviendo de la pensión del abuelo; cuando tantos jóvenes se marchan de su país, que no tiene una respuesta para ellos; cuando tantos  españoles quedan excluidos de las ayudas sociales..., podrá usted afirmar que España ha recuperado su derecho a tener un futuro que había perdido y poner el dedo en la llaga al sostener que arrastramos una deuda millonaria y una tasa de paro inaceptable, además de que a una buena parte de la población no le alcanza el beneficio de la recuperación económica; pero hace usted mal al hablar del "riesgo cierto", bien por la coyuntura internacional, "bien porque los españoles lo consintamos, de que se produzca un retroceso que nos haga perder todo lo conseguido y vuelva a situarnos en el punto en que nos encontrábamos al comienzo de la legislatura o peor".
          No había convidados de piedra en el Congreso, aunque los fantasmas que prevén sobrevolaran el hemiciclo; ni hacía falta aludirles; porque en ustedes, y en el principal partido de la oposición, al que le faltó al respeto en su réplica, está la última palabra; pero mire usted por dónde, en Extremadura, su partido y el de la oposición se han propuesto hablar con los ausentes para formar gobierno, llegado el caso. No son fantasmas, señor Rajoy, sino molinos de viento... que parecen gigantes al mover sus aspas.
 

domingo, 15 de febrero de 2015

LA CASTA Y LOS CASTOS

 
           "Yo soy casto. La casta es una oligarquía que se protege de forma cuasimafiosa, como los Pujol", proclama un político emergente de España, no solo catalán, hijo de padres comerciantes, catalán y andaluza, Albert Rivera, en un periódico nacional de hoy.
            La casta y los castos han surgido como voces también emergentes en el vocabulario político actual; pero, quiénes son la casta y los castos. Los políticos del bipartidismo y adláteres llaman a sus adversarios neonatos "casta"; y otros, instalados en el poder, se autodenominan a sí mismos como "castos", en un intento de excluirse del rebaño de la casta.
            Dícese que la casta es un grupo que forma una clase especial y tiende a permanecer separado de los demás, por su raza, religión... Eso era en origen, por ascendencia o linaje; pero cuando todos somos iguales ante la ley, la acepción es inaplicable a esa definición. La casta es eso y mucho más. No estamos en la India, país donde las castas son grupos que pertenecen a una unidad étnica mayor, aunque los políticos de aquí asuman parte de esa filosofía, de mundo y aparte; de ahí, el concepto de casta política. El Diccionario de la RAE define casta, término popularizado por el partido emergente, como "grupo que forma una clase especial y tiende a permanecer separado por su raza, religión, etcétera." Volvemos, con ello, a los orígenes del vocablo. El sustantivo devino por la religión y se asocia hoy a la política. Las castas nacieron en la India en el 1.500 a. d. C.; continuaron con el Imperio español (de casta le viene al galgo, como el perro de casta). Así, un ejemplo de casta de origen: español-indígena da lugar a la casta resultante, mestizo. Hay, empero,  otra acepción que se acerca más a una definición genérica de la casta: parte de los habitantes de una sociedad que forma clase especial (la casta), sin mezclarse con los demás. Confieso que lo he vivido. La casta solo se mezcla con el común de los mortales en las elecciones; cuando ya hubiere el escaño, te saluda y te da la espalda, porque tú no eres de los suyos, no formas parte de su casta. Ellos son la casta, los que ni siquiera te responden cuando les escribes; los que no dan la cara porque se sienten cómodos en su casta y les da vergüenza mirarte a la cara. Y se llaman compañeros o camaradas, a la antigua usanza, aunque de eso no tuvieren nada, más que los intereses que les unen, que no fueren los del común. La casta no desea cambiar para seguir siendo casta, aunque algunos se llamen castos, los que se abstienen de todo goce sexual, o se atienen a lo que se considera como lícito. Estos son los castos de verdad, como Albert Rivera o Núñez Feijóo: "Yo no pertenezco a ninguna casta." Otros, que niegan pertenecer a la casta, no podrán negar tampoco que son castos. Ni lo uno ni lo otro. Ser de la casta es hoy, como ayer, una distinción; ser casto, una virtud, en una segunda acepción: honesto, puro, que no tiene picardía ni sensualidad. El PP se podemiza para salir al paso de quienes dicen que personifican la casta y declaran en sus asambleas: soy de la casta de... "A lo mejor resulta que la verdadera casta son ellos", añadía un miembro de la dirección nacional. A lo mejor, la casta son todos y los castos, los menos. "Y el que esté libre de pecado, que tire la primera piedra" (Jn: 8: 1-7), de la casta y de los falsos castos.
 

sábado, 14 de febrero de 2015

LOS AMORES PERDIDOS

 
           El amor se halla, no se busca; el amor se encuentra, no lo buscamos; el amor es un deseo, un anhelo, una esperanza, una ilusión, la luz encendida que no apaga la vida. Hay amores que engarzan esta como eslabones para no morir; otros hubiere perdidos en el espacio sideral de la voluntad: amores platónicos no correspondidos o imposibles; amores idos porque no hallaren el nexo común que les uniere. El banquete del amor de Platón está, empero, abierto a todos: el amor nos impulsa a conocer la belleza encontrada, física generalmente en los inicios; se compenetra en la belleza espiritual del alma, la que no se ve, pero intuimos; prosigue en las vivencias que nos unen (intelectuales, de costumbres, sociales...); culmina en la pasión pura, desinteresada, de la belleza por la belleza misma, incorruptible, aun tras la muerte. No muere el ideal del amor platónico, el inalcanzable amor finito en la temporalidad mundana, sino aquel que busca eternamente la trascedente esencia de la belleza espiritual de la alianza perfecta. La belleza no reside tanto en el cuerpo como en el alma. La física puede unir, pero no religa el amor de los amantes para siempre. La belleza del cuerpo es insignificante ante la belleza del alma.
          En su primera encíclica "Deus caritas est" (Dios es amor), el papa emérito Benedicto XVI habla del amor de Dios y de sus derivaciones: Jesús une el amor a Dios con el amor al prójimo y "puesto que fue Dios quien nos ha amado primero, ahora el amor no es ya un solo mandamiento, sino la respuesta al don del amor, con el cual viene a nuestro encuentro." Hay muchos amores (a la patria, al trabajo, el amor entre amigos, entre padres e hijos...), recuerda Benedicto XVI; pero "el arquetipo por excelencia es el amor entre el hombre y la mujer, en el cual intervienen inseparablemente el cuerpo y el alma, en el que se le abre al ser humano una promesa de felicidad que parece irresistible", ante la cual palidecen todos los demás tipos de amor...
          Frisamos el amor de Dios como origen de todos los amores (¡por el amor de Dios...!), pero olvidamos la respuesta a su amor (¡Dios mío...!). Sobreviene, entonces, el desamparo del amor, los amores perdidos, separados, aun unidos por el vínculo del amor. Un padre separado no olvidará nunca a su hija, ni la hija a su padre, aunque los amores perdidos unan sus fuerzas para arrebatarles su amor. Los hijos necesitan el amor de sus padres, como ellos lo hubieren para tenerlos. No solo eso: la manifestación del amor principia en la convivencia del respeto y la entrega y sigue por esta otra necesidad de complacencia. "No me besas, papá: siempre tengo que ser yo...", los besos y caricias como expresión del amor en la vía eterna sin estación final... ("¡No me abandones, por Dios..."), como en los versos de Jaime Sabines:
          "Cabellera del aire desvelado,
          río de noche, platanar oscuro,
          colmena ciega, amor desenterrado,
 
          voy a seguir tus pasos hacia arriba,
          de tus pies a tu muslo y tu costado."