lunes, 30 de octubre de 2017

MEMORIA EXTREMEÑA DE MANOLO SANCHÍS



           Recuerdo cuatro momentos especiales en la vida de Manuel Sanchís Martínez (Alberique, Valencia, 1938; Madrid, 2017), más conocido por Manolo Sanchís, padre del jugador del mismo nombre Manuel Sanchís Hontiyuelo (Madrid, 1965): su gol de bravura ante Suiza en el Mundial de Londres de 1966; la sexta Copa de Europa de 1966, ganada en Bruselas, por el equipo ye-ye y español del Real; sus regates sobre la misma línea del campo a un jugador del Peñarol de Montevideo en el primer partido de la Copa Intercontinental de 1960, y su paso como entrenador del Don Benito, en 2ª B, en la temporada 1988-1999.
            Un día de primavera de 1988 esperaba junto a un compañero, en una estación madrileña, la hora para tomar el autobús que nos trajera hasta casa. A nuestro lado, sentado junto a la barra del bar, tomaba una cerveza su hijo Manuel Sanchís, jugador del Real Madrid y central del equipo de la capital de España. Mi compañero me preguntó si le conocía. "Claro, hombre, cómo no le voy a reconocer", le dije. Algunas personas que le conocían se acercaban a pedirle un autógrafo. Sanchís hijo esperaba allí a su padre, que regresaba a casa desde Don Benito (Badajoz), equipo al que entrenare durante la temporada 1988-1989 en 2ª B, con 50 años cumplidos. Sanchís había entrenado al Tenerife en 2ª con 39 años, durante la temporada 1977-1978; y en 2ª B, al Daimiel (1987-1988); al Don Benito, en la siguiente; y, finalmente, al Alzira, en la 91-92. En total, 118 partidos, de los que ganó 28; empató 25 y perdió 65. En Don Benito dirigió al equipo 38 partidos, de los que ganó 9, empató 10 y perdió 19. Nada que ver su vida gloriosa de jugador con la de entrenador: cuatro títulos de Liga, una Copa del Generalísimo y una Copa de Europa con el Madrid ye-ye de la década de los sesenta (1964-1971), en los que llegó a disputar 143 partidos de Liga y 35 en competiciones europeas, más 11 veces como jugador de la Selección Española. Tras abandonar el Real Madrid, defendió los colores del Córdoba durante dos temporadas hasta su retirada del fútbol a los 34 años, dieciocho como jugador profesional.
            En el Mundial de Londres de 1966, único disputado por Manuel Sanchís como defensor del equipo nacional, nos tocó competir en la primera fase con Suiza, Argentina y Alemania, en una selección en la que figuraba el extremeño Adelardo. En el primer partido con  la selección helvética, disputado el 15/07/1966, comenzamos perdiendo por 1-0. Sanchís, en un ataque de furia, recogió un balón que le sirvió el portero Iríbar y fue driblando uno a uno a todos los oponentes que le salieron al paso hasta llegar frente a la portería del cancerbero suizo y marcar el empate. Un gol de los llamados de furia española que fue difícil de olvidar. La historia de aquel Mundial se redujo a este primer triunfo y los dos siguientes partidos perdidos por 2-1 frente a Argentina y Alemania, respectivamente, que nos obligaron a regresar a casa, al quedar clasificada en tercer lugar con solo 2 puntos.
            El 11/05/1966, el Real Madrid disputaba en el estadio Heysel de Bruselas su octava final de la Copa de Europa frente al Partizán de Belgrado. Había ganado las primeras cinco consecutivas: 1955-56, 1956-57, 1957-58, 1958-59 y 1959-60. El equipo español levantó su sexta Copa de Europa en su octava final, en la que tuvo que remontar el 1-0 inicial del equipo yugoslavo. En aquel equipo estaba Manolo Sanchís, en una final marcada por el record de Francisco Gento, actual presidente de honor del club, que levantó como capitán las seis Copas de Europa, un record aún no superado por ningún otro jugador.
            En 1960, en el estadio Centenario de Montevideo (Uruguay), el Real Madrid disputaba el primer partido de su primera Copa Intercontinental, que jugaban los campeones de Europa y América, con el fin de determinar quién era el mejor equipo del mundo, ideada por Henry Delaunay. En ese primer partido, que concluyó con empate a cero, Sanchís, haciendo gala de su estilo y técnica de defensor y atacante, dribló varias veces a un jugador contrario hasta continuar superarle sobre la misma línea izquierda del rectángulo de juego, una jugada maestra que fue aplaudida por todo el mundo, como el gol a Suiza en el Mundial de Londres. El Madrid ganaría el partido de vuelta 5-1, y volvería a conquistar el mismo trofeo en 1988 (Real Madrid, 2-Vasco de Gama, 1) y 2002 (Real Madrid, 2-Olimpia, 0).
            Manuel Sanchís Martínez fue, junto a su hijo Manolo Sanchís, --"que supo seguir el ejemplo de su padre como uno de nuestros grandes capitanes", recordaba el presidente del club, Florentino Pérez, en la carta de despedida publicada ayer domingo-- "un fiel representante de los valores de nuestro club". (Véase www.defensacentral.com, de 29/10/2017).
 

CABEZABELLOSA, CON LOS VALLES A SUS PIES...


           En las noches de verano, cuando salíamos por la Puerta de la Villa y descansábamos tras las murallas para ver llegar algún coche por la Corredera, donde hoy se reproducen los linces, siempre nos fijábamos en la única luz eléctrica que veíamos desde Granadilla: la luz de Cabezabellosa, en las montañas de la Trasierra. Nunca olvidaría aquella luz que jamás tuvimos, pero que alumbraba el deseo de acercarnos a ella algún día. Aparte de la luna y las estrellas, --y la plaza, iluminada por el petromax del café-bar "Angelito"--, tan solo aquella luz nos atraía, por nunca vista, y la estrella en movimiento, que no fuere otra que la del Spunitk soviético que rotare la Tierra, según nos instruía nuestro maestro de Primaria, Segundo Sánchez Domínguez (Granadilla, 1919; Salamanca, 1999).
            Hubiere durante años tantas ganas de acercarme al pueblo para ver el mío desde aquel, solo de día, que pareciere un sueño inalcanzable. Mozo ya, descubrí a un colega de Cabezabellosa; años después, supe por mi padre que hubiere un ahijado en la localidad, a quien le impuso su nombre --Sebastián; de apellidos,  Iglesias Santibáñez-- y a cuya boda asistimos en Plasencia. Allí ejerciere por vez primera su profesión de médico el último titular de Granadilla, su pueblo natal: Daniel García Jiménez (Granadilla, 1892-1957), interino en aquella localidad entre 1921 y 1923. Solo la mirada nos separaba de los pueblos de la Trasierra, a los que acudíamos en caballerías. En ocasiones, nos acercábamos a llevar o recoger mercancías a la estación de tren más cercana, en Casas del Monte, hoy ya desaparecida por la amortización de la vía férrea. O cuando mi padrino, Celedonio Hernández, "el Molinero", me hacía acompañarle a Segura de Toro para hacer algún negocio a lomos de nuestro "Platero". Entonces, cuando el cabrero Gregorio Montero, que llegó a ser doctor ingeniero de Montes, cuidaba su rebaño y dormía en un chozo de la montaña, por quien su pueblo llegó a ser más que un pueblo belloso, aunque Extremadura le ignore. Muchos años después se constituiría una Mancomunidad, formada por quince municipios, con el nombre de Trasierra-Tierras de Granadilla.
            Cabezabellosa era a Granadilla como Piornal al cielo de Extremadura, que casi alcanza. La carretera serpenteaba entre curvas inacabables, sinuosas, infinitas... Por fin, un día vacacional llegué hasta ella en mi vehículo. Apenas pude aparcar junto al primer bar. No podía distraerme. Si en la subida no hubiere el mando del paisaje, menos aún en la bajada. Apenas en el ascenso, sobre un canchal, un rótulo pintado a mano intitula un lema turístico para el pueblo: Cabezabellosa, con los valles a sus pies... En verano, con la luz toda; en otoño, el Otoño Mágico del Valle del Ambroz, primus inter pares... Pocas estampas tan gratas a la vista como esta otoñal de la arboleda, cuyas hojas se ven transformadas de color: del verde al pardo, de este al amarillo, anaranjados, verdes, violáceos..., un espectáculo para la vista desde la atalaya de los valles, una lluvia de hojas caducas con que la naturaleza tira su ropa vieja a la espera del estreno de la primavera, el río invisible... En invierno, la sierra parecía arder por las columnas de humo que produjeren las labores del carboneo...       
            Cabezabellosa era la única luz eléctrica que veíamos desde Granadilla. Desde una terraza próxima al pueblo, adivinamos hoy la villa perdida, rodeada por las aguas del embalse de Gabriel y Galán, los valles a nuestros pies, la vista hasta la Sierra de Francia... Bajo su abrigo en la montaña, cuatro mujeres gobiernan los destinos de su pueblo, bajo el mando de María Ángeles Talaván. Desde el atardecer, la vista se recrea viendo las luces de los valles; los cuerpos descansan al relente en las terrazas de segundas residencias o casas rurales, oteando los pueblos queridos, cercanos, con el apellido del que antes fuere su señorío: Zarza de Granadilla; La Granja, antes Granja de Granada, después Granja de Granadilla... Solo faltan los pitidos del tren que se fue para no volver..., y que atravesare durante años la falda de la Trasierra, paralelo a la N-630 y a la calzada romana Vía de la Plata, con parada en Cáparra, cuyo arco es símbolo de la Mancomunidad junto al castillo que le da nombre.
 

domingo, 29 de octubre de 2017

DE LOS SANTOS PADRES DE MÉRIDA

 
           Bajo este nombre son conocidos los santos Pablo, Fidel y Masona, prelados de Augusta Emerita, actual Mérida, durante los siglos VI y VII, época de esplendor de la sede arzobispal emeritense. Su culto, olvidado durante siglos, fue recuperado por el segundo arzobispo de Mérida-Badajoz de la era contemporánea, Santiago García Aracil (2004-2015) para el santoral propio de la archidiócesis, cuya festividad la fijó el 14 de noviembre.
            La historia la cuenta en latín un diácono llamado Paulo, que escribe Vitas Sanctorum Patrum Emeritensium en el siglo VII. Publicada por Bernabé Moreno de Vargas (Mérida, 1576-1648) en la lengua oficial de la Iglesia en 1633, fue traducida al castellano por Domingo Sánchez Loro (Zorita, Cáceres, abril 1856; Salamanca, 1985) en 1951 (editada por el Departamento Provincial de FET y de las JONSS de Cáceres). Posteriormente la transcribe al latín también el padre E. Flórez: "De vita PP emeritensium" (España Sagrada, Tomo XIII, Oviedo, 1989) [1]
            San Pablo (530-560). Con él comienza la época de oro del episcopado emeritense según la obra Vitae Sanctorum Patrum Emeritensium. De origen griego y médico de profesión, se distinguió por su humildad y mansedumbre. Consagrado obispo, la sede emeritense le proporcionó un periodo de tranquilidad. Ante la enfermedad de una noble matrona, su marido recurrió a él para que impetrara a Dios con sus oraciones por la salud de su esposa. Según cuenta Leonardi en "Diccionario de los santos" [2], puesto que el obispo era cirujano y los médicos la habían desahuciado, solicitó su intervención quirúrgica, ajena a su estado episcopal. No obstante, indicó los cuidados para que los médicos practicaran la cura. Consultó la voluntad del Señor para no caer en pecado. Tras un día completo de oración en la basílica de santa Eulalia, fue a la casa de la enferma, embarazada de un  niño muerto y, con gran maestría, extrajo el feto salvando la vida de la madre, y ordenó que, en adelante, se respetase la abstención carnal. En agradecimiento, los esposos dieron la mitad de sus bienes y dispusieron que, a su muerte, se entregase la otra mitad, Antes de retirarse al cenobio de santa Eulalia, situó como sucesor suyo en la sede a su sobrino Fidel, al que había reconocido como hijo de su hermana tras llegar desde Grecia. Cabacas, en su blog sobre la historia de la Medicina, al referirse a lo que algunos sostienen que la intervención del obispo fue la primera cesárea practicada en España, afirma que, más bien, fue una embriotomía, porque la incisión de la que habla el texto fue una práctica que se realizaba en fetos muertos, ya descrita por Hipócrates en el siglo V a. d. C. y el obispo tenía conocimientos de la medicina oriental por sus orígenes; y porque la mujer vivió y no es lógico que fuera cesárea.[3]
            San Fidel (560-571) Fue un joven mercader oriental que, en su visita a Mérida, conoció circunstancialmente a su tío carnal Paulo. Recibió la tonsura, el diaconado hasta llegar al sacerdocio. Sirvió a su anciano antecesor hasta su muerte. Fue tenido por  hombre de gran santidad, caridad, paciencia y humildad con todos. Dominó las disciplinas eclesiásticas y sagradas letras y fue perseguido insistentemente por sus enemigos. [4]
            San Masona (571-605). De raza goda y noble por su linaje, ingresó en el monasterio anexo a la basílica de santa Eulalia Se distinguió desde joven por sus virtudes cristianas. Fue famoso tanto en la iglesia emeritense como en toda la historia visigoda. Su fama le acarreó envidias humanas, entre ellas la del rey Leovigildo y los obispos arrianos, que le llevaron al destierro. Fundó el "xenodochium"  (hospital de periodo visigodo para enfermos y peregrinos cristianos y judíos, único ejemplo de arquitectura monumental no litúrgica de época visigoda en la Península Ibérica), convirtió a Recaredo, presidió el III Concilio de Toledo que proclamó la conversión de los visigodos al catolicismo e intervino en la conversión de san Hermenegildo. [5] 

       Todos sus cuerpos fueron enterrados en una sola tumba en la basílica de santa Eulalia, junto al de la santa. [6]



[1] Vid: Padre Enrique Florez (Burgos, 1702; Madrid, 1773) https://es.wikipedia.org/wiki/Enrique_Fl%C3%B3rez.
 
[2] Vid.: Leonardi, Claudio y otros: Diccionario de los santos,  edición internacional de san Paolo, Milán, y san Pablo, Madrid, dos volúmenes, 2000; ISBN: 8428522588-9788428522588, 2.266 págs.
 
[3] Vid.: Cabacas, Tomás: Web sobre la historia de la Medicina, en http://tomascabacas.com/primera-cesarea-en-espana-merida/.