sábado, 31 de mayo de 2025

GABRIEL DE TREJO, UN CARDENAL PLACENTINO EN ROMA Y PRESIDENTE DEL CONSEJO DE CASTILLA



Cardenal Trejo (Biblioteca Nacional)

Gabriel de Trejo Paniagua y Loaysa 
(Plasencia, 1562; Málaga, 12/02/1630) [1] fue abad, obispo, capellán real, oidor, fiscal, presidente del Consejo de Castilla, caballero de la Orden de Alcántara, miembro de la Inquisición, cardenal, comisario del Santo Oficio, catedrático, rector de Salamanca, consejero de Estado y juez de la Real Chancillería de Valladolid, entre sus muchos cargos.

    En la Universidad de Salamanca se doctoró en Derecho Civil y Canónico. En dicha universidad desempeñó las cátedras de Instituta, Código y Vísperas y, más tarde, el cargo de rector. Emparentado con la mujer de Rodrigo Calderón, favorito del valido duque de Lerma, merced a él fue promovido a diversos puestos de la Administración de Justicia: en 1607 ingresó en una fiscalía de la Chancillería de Valladolid y, al año siguiente, a una plaza de oidor de la misma. En la Corte, fue fiscal del Consejo de Órdenes Militares, inquisidor y capellán mayor del convento de las Descalzas Reales, ya en Madrid. El rey Felipe III le concedió el hábito de la Orden de Alcántara y le nombró fiscal del Consejo de Órdenes.

    El 2 de diciembre de 1615 llegó al cardenalato, otorgado por el papa Paulo V, a instancias de Felipe III. Fue miembro de las Congregaciones Reales del Índice, del Concilio y de la Inquisición. Conoció dos cónclaves: el de 1621, en el que fue elegido papa Gregorio XV, en el que no participó, y el de 1623, en el que sí participó y en el que estuvo a punto de ser elegido, aunque vetado por Francia, fue elegido papa Urbano VIII, quien le nombró arzobispo de Salerno, según cuenta el autor del blog “Cosas de las Casas”.

    El 10 de enero de 1627, el cardenal llegó a Madrid procedente de Roma para ser obispo de Málaga, donde hizo su entrada el 16 de enero de 1630. Falleció el 11 de febrero de 1630 y fue inhumado en la catedral malagueña. A su muerte, legó más de 50.000 ducados para la redención de cautivos, la lactancia de expósitos y otras obras pías. Un hermano suyo, Antonio de Trejo, general de la Orden de San Francisco, fue nombrado en 1618 obispo de Cartagena, y otro, Pedro de Trejo, capellán mayor del convento real de la Descalzas y abad de san Isidoro de León.

    Tiene dedicada una calle en Málaga, en la zona de Las Flores.

    El cronista oficial de Burgohondo (Ávila), José Antonio Calvo Gómez, pudo descubrir los “Papeles pertenecientes al cardenal de Trexo” en la Embajada española ante la Santa Sede, donde se depositaron tras regresar de Italia, donde se afirmaba que fue abad de santa María la Real del Burgo, de Burgohondo, entre 1617 y 1630.

    En el blog “Cosas de las Casas”, su autor cuenta la intervención del cardenal Trejo desconocida para los “casitos” y madrileños: la supervisión de la canonización de santa María de la Cabeza, patrona de Madrid, junto con su esposo, san Isidro Labrador. Afirma el autor de Casas de Millán que, desde 1212, el pueblo cristiano les había “canonizado” a ambos. Hubo intervenciones de varios papas para aumentar su veneración, especialmente del cardenal Cisneros, natural de Torrelaguna, que promueve el culto a su paisana.

    El proceso de beatificación y canonización de santa María de la Cabeza se inicia en 1612. El 12 de abril se firma el edicto de testigos, que concluye el 28 de julio de 1617, proceso que se paralizó hasta 1693, bajo el reinado de Carlos II, en que la Santa Sede aprueba el culto de la sierva de Dios María de la Cabeza.

    Para poner en orden todo el proceso, Felipe IV manda al cardenal Trejo que intervenga, nombrándole instructor de la causa, escribiendo también para el mismo efecto a don Francisco de Castro, su embajador cerca de Paulo V, quienes presentaron en Roma los procesos de la vida, virtudes y milagros de la sierva de Dios.

    Con todo este cúmulo de experiencia religiosa y política no es extraño, para el autor, que llegara a los cargos más altos: el cardenalato y la presidencia del Consejo de Castilla.

    Su blasón se encuentra en la fachada lateral del convento de san Francisco en Plasencia, antiguo convento del mismo nombre: el castillo sobre ondas de los Trejo, y el emblema se rodea de una bordura, que dice: GABRIEL: S: R: E: PRESBITER CARDENALIS: DE TREJO; se timbra de capelo, y se acola con la cruz de la Orden de Alcántara, sobre una bella cartela barroca.

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[1] Bibliografía consultada: Sobre el lugar de nacimiento del cardenal Gabriel de Trejo, sus biógrafos sostienen diversas teorías: unos dicen que nació en Casas de Millán (Cáceres) y otros no dudan de su origen placentino. Así, Ricardo Gómez Rivero señala la primera localidad como su lugar de nacimiento, aunque asegura que sus padres Antonio de Trejo Monroy y Francisca de Sande Paniagua y sus abuelos paternos y maternos eran oriundos de Plasencia (Diccionario biográfico español de la Real Academia de la Historia): la web de la diócesis de Málaga confirma su nacimiento en Plasencia (https://www.diocesismalaga.es/includes/tabla-episcopologio-ficha.php?id=50). El cronista mayor de las Indias y de los reinos de las dos Castillas, el maestro Gil Gonçalez Dávila, en su obra Teatro Eclesiástico de las iglesias metropolitanas y catedrales y vidas de sus arzobispos y obispos y cosas memorables de sus sedes, al referirse a los cardenales y obispos naturales de Plasencia y su obispado, cita al cardenal Gabriel Trejo, presidente del Consejo de Castilla y obispo de Málaga, entre otros. Joaquín M. Díaz Serrano, en un artículo publicado en La Voz, diario independiente de la noche de Madrid, de 2 de julio de 1925, titulado “El pintor y el obispo”, le cita como nacido en Plasencia. El autor del blog “Cosas de las Casas” señala que la persona más relevante de Casas de Millán “no era normal que naciera en Plasencia y fuera bautizado en Casas de Millán”, como acredita con la partida de bautismo, aunque por su relevancia se le haya dado como lugar de nacimiento el de Plasencia.

 

viernes, 30 de mayo de 2025

“MEMORIA Y CIUDAD: ARTE, ARQUITECTURA Y CULTO EN EL TRUJILLO DE LOS SIGLOS XIX Y XX”


Vivienda 6 en la Plazuela de San Francisco, mediados del siglo XVIII.
Edificio actual de Cáritas Interparroquial del Obispado de Plasencia.

    La dinámica social y económica de la ciudad de Trujillo durante el tránsito entre los siglos XIX y XX (segunda mitad del XIX y la primera mitad del XX, principalmente) a través de dos dimensiones fundamentales en la configuración histórica de su tejido social: la vivienda y el espacio funerario (cementerio), es el objetivo de la nueva obra de los doctores José Antonio Ramos Rubio y Raúl Gómez Ferreira, que acaba de ver la luz. [1]

    La obra se sustenta, según los autores, en un enfoque interdisciplinar que articula los campos del patrimonio etnológico, la antropología cultural y la historia del arte, con el objetivo de profundizar en la comprensión de los procesos culturales que modelaron tanto la vida cotidiana como las prácticas funerarias en el contexto trujillano.

    Los autores parten de la premisa de que tanto la vivienda como la última morada no constituyen entidades fijas o atemporales, sino que están sujetas a transformaciones que responden a variables socioeconómicas, culturales e históricas. De esta forma, se examina la vivienda no solo como una estructura física, sino también como un espacio cargado de significados ideológicos que reflejan la cosmovisión de la sociedad, mientras que el análisis del cementerio permite abordar las formas de representación de la muerte y su función como mecanismo de continuidad cultural.

    El prologuista, Billy Segura, doctor ingeniero agrónomo en Jauja (Perú) y profesor de la Facultad de Agronomía, subraya que, a finales del siglo XVIII, Trujillo mantenía aún una estructura urbana de matriz medieval, articulada en torno a su castillo, la Plaza Mayor y los ejes que comunicaban con los arrabales y caminos reales. Las grandes casas señoriales, muchas en decadencia, seguían dominando el paisaje urbano, y la ciudad presentaba escasa expansión extramuros. El modelo constructivo seguía basado en técnicas tradicionales: mampostería, adobe y cubiertas de teja árabe.

    Con las transformaciones políticas del siglo XIX (Guerra de la Independencia, Constitución de Cádiz, desamortización de Mendizábal) se modificaron profundamente las relaciones de poder en Trujillo. La nobleza comenzó a ceder espacio a una burguesía terrateniente y comercial, nutrida por los procesos de desamortización y liberalización de la propiedad. La evolución urbanística y arquitectónica de Trujillo entre los siglos XVIII y XX revela una progresiva reconfiguración del espacio urbano impulsada por las élites burguesas, que asumieron un rol activo en la construcción de una nueva imagen de la ciudad. Esta transformación, según el prologuista, no se limitó a las viviendas y espacios públicos, sino que también se proyectó en el ámbito funerario, donde el cementerio municipal se convirtió en un escenario privilegiado para la representación simbólica del poder, el gusto y la memoria familiar.

    Según los autores, en la segunda mitad del siglo XIX y hasta mediados del siglo XX, la burguesía junto con la herencia noble que aún queda en Trujillo, son ejemplos notorios del dominio de la ciudad. La nobleza es hasta mediados del siglo XIX la gran propietaria de la arquitectura centrada en la zona intramuros, nobles avecindados en Trujillo, como Juan de Orellana Pizarro, José de Vargas, Conde de Gavia la Grande y Valdelagrana o los Marqueses de Santa Marta o de la Matilla; mientras que, a mediados del siglo XIX, se produce una importantísima expansión por el llano, destacando la burguesía emergente como dueña de los medios de producción y consumo en la ciudad y propietaria de las viviendas que se construirán en barrios como el Campillo, calle de San Antonio, Nueva o Encarnación. Igualmente, la clase obrera compartirá zonas de habitabilidad en estos barrios y en la primera mitad del siglo XX en la avenida de la carretera a Plasencia (casas de Doña Margarita), las 70 casas baratas en la carretera de Cáceres o las “casas de los obreros” en el Paseo del Mercadillo, construcciones de nueva planta sobre solares situados en el extrarradio del casco urbano.

    Como complemento fundamental del análisis urbano y arquitectónico, el estudio incorpora el examen del espacio funerario desde una perspectiva antropológica centrada en el “culto a los antepasados”, entendido como una manifestación cultural compleja que articula prácticas simbólicas, religiosas y sociales en torno a la muerte.

    La obra se articula en dos grandes capítulos: la arquitectura urbana y la condición social (burguesía y clase obrera) de la segunda mitad del siglo XIX hasta mediados del siglo XX) y el arte efímero en el cementerio de Trujillo (neoclasicismo, romanticismo, historicismo y eclecticismo) y el culto a los antepasados a través de la antropología y las diferencias sociales.

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[1] Vid.: Ramos Rubio, José Antonio y Gómez Ferreira, Raúl: Memoria y ciudad: Arte, arquitectura y culto en el Trujillo de los siglos XIX y XX, TAU Editores, Cáceres 2025, 438 págs.


FERNANDO RUIZ Y SOLÓRZANO, ARZOBISPO DE MÉRIDA DE YUCATÁN (MÉXICO), HIJO ADOPTIVO DE MÉRIDA

Ruiz de Solórzano, arzobispo de Mérida
(Yucatán, México)


    El Pleno del Ayuntamiento de Mérida, en su sesión extraordinaria celebrada el 12 de mayo de 1950, bajo la presidencia de su titular, Juan Francisco Baviano Giner, acordó nombrar Hijo Adoptivo de la ciudad al excelentísimo y reverendísimo señor doctor don Fernando Ruiz Solórzano, arzobispo metropolitano de Mérida del Yucatán (México), “simbolizando así en su ilustre persona la cordial expresión del sentir del pueblo católico emeritense a sus hermanos yucatecos”.


    En la visita, realizada el día 16 del mismo mes, se le hizo entrega al ilustre huésped de un pergamino en el que se hizo constar el citado acuerdo, “por sus méritos personales y las amistosas relaciones establecidas ya entre nuestra ciudad y su hermana de Méjico” [1]


    Fernando Ruiz y Solórzano (Pátzcuaro, Estado de Michoacán, 10/10/1903; Mérida, 15/05/1969) fue ordenado sacerdote en 1928 y en 1944, nombrado por el papa Pío XII, segundo arzobispo de Yucatán (México) y el número 37 de sus obispos.


    El canónigo Juan B. Buitrón, de Morelia, Michoacán, escribió en una revista mensual para sacerdotes [2] la biografía del arzobispo de Yucatán. Entre otras cosas, daba cuenta de que perdió a su padre siendo niño “y su madre vino a sumar pobreza”. A los 4 años comenzó a frecuentar la primera escuela. Cuatro años después ingresó como infante y acólito en la Colegiata de Nuestra Señora de la Salud. Durante los cursos de 1913 a 1915 cursó la instrucción primaria en el Seminario Auxiliar de Pátzcuaro. Tras pasar dos años trabajando en una tienda, gracias al canónigo Juan Maldonado, ingresó en el seminario de Morelia en 1918. Llegó a la ciudad en plena revolución, en ella hizo sus estudios y en plena revolución ejerció su ministerio sacerdotal. En la tarde del 28 de febrero de 1928, un pelotón armado irrumpió en los restos del seminario de Morelia. Le preguntaron si era el encargado de la casa y se lo llevaron preso y permaneció encerrado en un calabozo durante veintidós días. El 24 de marzo de 1928 era ordenado sacerdote. El Seminario, perseguido implacablemente, tuvo que dejar Morelia. Tras diez años, volvió y su obispo le nombró secretario de la curia diocesana.


    En 1950 pidió en Roma la fundación de un colegio escolapio en su diócesis. El padre general confió la fundación a la provincia de Cataluña. Sin embargo, los ofrecimientos hechos no se realizaron. En 1953 el padre provincial ordenó a los religiosos que abandonaran Mérida. [3]


    Tomó posesión como arzobispo el 14 de abril de 1944 y falleció el 15 de mayo de 1969 durante un viaje en trasatlántico con destino a Roma, apenas un mes después de celebrar sus bodas de plata episcopales. Había intervenido como padre conciliar en las dos primeras sesiones del Concilio Vaticano II.


    En su consagración como arzobispo intervino como consagrante principal monseñor Luis María Martínez y Rodríguez, arzobispo de México, Distrito Federal, y como consagrantes, principales, Luis María Altamirano y Bulnes, arzobispo de Morelia (Michoacán) y Alberto Mendoza y Bedolla, obispo de Campeche.


    En abril de 1969, para la celebración del aniversario, habían llegado como invitados los obispos Jesús Acevedo, José Jesús García Ayala, José de Jesús Tirado Pedraza y Victoriano Álvarez, de Campeche, Ciudad Victoria y Apatzingán, respectivamente.


    La fiesta tuvo lugar el 16 de abril. Comenzó con un retiro en la Casa de la Cristiandad, dirigido por el obispo Tirado Pedraza, al que acudieron 120 sacerdotes de Yucatán, Tabasco y Campeche. Después, el clero le ofreció un homenaje, durante el cual el arzobispo recibió como obsequio un cuadro de Nuestra Señora y el Niño y un pergamino con ramillete espiritual.  Durante la celebración se leyó una carta del papa Pablo VI de felicitación al arzobispo por sus bodas de plata episcopales. [4]


    Tras su fallecimiento, bajo el título “Ha muerto un hijo adoptivo de Mérida” [5], sin firma, podía leerse en un diario regional: “La noticia vino escueta y casi disimulada entre los sueltos de prensa: monseñor Fernando Ruiz y Solórzano, arzobispo de Mérida del Yucatán, ha fallecido cuando viajaba desde Nueva York a Nápoles en el trasatlántico “Micheangelo” a consecuencia de un colapso cardíaco. “El arzobispo se dejó ganar --dice Santillana- por el fervor contagioso, por la devoción entusiasta hacia Santa Eulalia del inolvidable don César Lozano Cambero y se hizo fervoroso también de la “Santita”. Comenzó entonces una estrecha relación espiritual entre las dos Méridas. El Ayuntamiento, que presidía entonces el también inolvidable don Francisco Baviano le nombró hijo adoptivo de la ciudad.” Todavía se recuerda su última estancia en Mérida y su visita a los locales de la HOAC donde, reunido con los obreros, compartió con ellos su tabaco, y se informó detalladamente de los problemas de cada uno. Descanse en paz.”


    Santillana escribía, por su parte, en el mismo diario que “el arzobispo de Mérida del Yucatán, paladín del movimiento obrerista en Méjico, condenado por ello en su país a muerte civil, quiso conocer la ciudad homónima de su sede. Y en una de sus visitas a Roma –acaso en la visita ad limina-- vino a España y estuvo en Mérida. Comenzó entonces una estrecha e ininterrumpida relación espiritual entre las dos Méridas. Monseñor Ruiz Solórzano dedicó a este culto una capilla, donde oficiaba frecuentemente en su catedral, y nombró a don César canónigo honorario de la Santa Iglesia Catedral de Mérida del Yucatán. Monseñor visitó varias veces Mérida, la última cuando vino a recibir el nombramiento de hijo adoptivo, que se le entregó en artístico pergamino”. Por su parte, la Hermandad de Santa Eulalia le regaló una preciosa imagen, tallada, de Juan de Ávalos. [6]


    Una gran multitud, en torno a las 40.000 personas, le rindió su último tributo en el funeral oficiado en la catedral. Su cadáver fue inhumado en el mausoleo sacerdotal del cementerio de Yucatán. [7]


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[1]  Vid.; Archivo Histórico Municipal de Mérida (AHMM).

 [2] Vid.: Christus, revista mensual para sacerdotes, año 9, núm. 104, de 1 de julio de 1944, págs. 571-582.

 [4] Vid.: Web de la Archidiócesis de Yucatán.

 [5] Vid.: “Ha muerto un hijo adoptivo de Mérida”, en el diario Hoy, de 23/05/1969.

 [6] Vid.: Díaz Santillana, Santos: Un hijo adoptivo de Mérida fallecido: Monseñor Ruiz y Solórzano, en diario Hoy, de 25/05/1969.

 [7] Vid.: Monseñor Ruiz Solórzano, sepultado en la ciudad de Mérida del Yucatán, en el diario Hoy, de 23/05/1969.