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| Puerta de Coria (en Trujillo) |
“La ciudad de
Trujillo y su entorno inmediato ofrecen un laboratorio excepcional para
explorar los procesos de ocupación humana desde la Prehistoria hasta la Edad
Moderna”, subrayan los autores en la Introducción a la obra Trujillo, ciudad en gestación: Historia y
expansión desde sus orígenes hasta el siglo XVI. [1] El cronista oficial de
Trujillo, José Antonio Ramos Rubio, y el ingeniero civil por la Universidad
Pública de Navarra, Raúl Gómez Ferreira, estructuran esta nueva obra en grandes
bloques cronológicos que responden a una lógica de larga duración: los orígenes
del poblamiento y el registro material prehistórico y protohistórico; la
integración del territorio en el mundo romano dentro de la romanización de
Hispania; la fortaleza, medina y concejo: evolución del espacio habitado
trujillano en época islámica y bajomedieval; y, finalmente, el crecimiento
hispano extramuros tras el siglo XVI que, lejos de ser una mera recopilación
descriptiva, persigue comprender los mecanismos de continuidad, ruptura y transformación
que explican la fisonomía histórica del casco trujillano.
El primer bloque del libro no es simplemente catalogar
restos arqueológicos, sino demostrar que la ocupación humana del territorio de
Trujillo responde a condicionantes ambientales, económicos y estratégicos que
ya operaban miles de años antes de la aparición de la ciudad histórica. El
análisis del registro material --industria lítica, cerámicas, estructuras
funerarias o evidencias de hábitats --permite establecer la temprana presencia de
grupos humanos atraídos por recursos hídricos, suelos fértiles y posiciones
elevadas defensivas. La topografía de berrocales graníticos, los cursos
fluviales y las amplias dehesas ofrecían un entorno idóneo para actividades de
caza, pastoreo y agricultura incipiente. De este modo, el territorio se revela
como un espacio activo, capaz de modelar las estrategias de subsistencia y
organización social.
Con la llegada del Imperio Romano, el territorio se
integra en una estructura política, económica y cultural suprarregional. La
romanización no es solo una imposición militar, sino un complejo proceso de
hibridación cultural. Las nuevas infraestructuras, calzadas, explotaciones
agrícolas, sistemas hidráulicos y núcleos habitacionales organizados según el
modelo romano se palpan en la tierra de Trujillo. La romanización configura la
primera gran estructuración territorial de larga duración. Comprenderla es
entender el nacimiento de una lógica urbana que sobrevivirá durante siglos.
El poblamiento medieval de Trujillo revela que su
importancia histórica no puede comprenderse únicamente desde la arquitectura
conservada o los episodios militares que jalonan su pasado. La ciudad fue, ante
todo, un espacio estratégico en el que el territorio, la defensa y la
organización social se articularon de manera cambiante a lo largo de los
siglos. El concepto tripartito de fortaleza, medina y concejo sintetiza esa
evolución y permite explicar cómo el asentamiento pasó de ser un enclave
militar andalusí a convertirse en un núcleo político y administrativo cristiano
tras la conquista del siglo XIII.
Durante la etapa islámica, el enclave adquirió la
fisonomía de fortaleza rural fortificada. Más que como una ciudad plenamente
desarrollada, funcionaba como centro defensivo y administrativo destinado a
asegurar el dominio sobre un amplio territorio agrícola y ganadero. Su misión
principal era militar; vigilar caminos, proteger a la población campesina y
servir de refugio ante incursiones enemigas. Esta fase supone la consolidación
medieval del espacio y una temprana articulación económica.
Tras la incorporación del territorio al Reino de Castilla
en el siglo XIII, Trujillo experimentó una transformación decisiva, La antigua
fortaleza andalusí se integró en la red administrativa castellana y pasó a
organizarse como concejo; es decir, como una comunidad urbana con jurisdicción
propia sobre un amplio alfoz o territorio dependiente.
La repoblación cristiana introdujo nuevas instituciones
--parroquias, plazas, edificios concejiles-- y reformuló el paisaje urbano.
Iglesias y espacios públicos ocuparon lugares simbólicos, reforzando la
cohesión social y la identidad colectiva. Desde el punto de vista territorial,
esta etapa consolidó definitivamente a Trujillo como cabecera territorial. El
control del campo, la ganadería y las rutas comerciales, aseguraron su
prosperidad y sentó las bases del crecimiento posterior. La importancia
histórica del poblamiento medieval radica en esa continuidad transformadora. El
enclave estratégico dio lugar a la fortaleza; la fortaleza propició la medina;
la medina facilitó el concejo.
Tras el siglo XVI, el auge económico ligado a la
expansión atlántica y a las redes americanas impulsa nuevas formas de
crecimiento, La ciudad deja de ser exclusivamente fortaleza para convertirse en
centro residencial, comercial y administrativo. Los espacios extramuros acogen
barrios artesanales, conventos, infraestructuras productivas y viviendas
populares. El análisis urbanístico revela que el crecimiento no es planificado
de forma homogénea, sino orgánico. Calles irregulares, parcelaciones
espontáneas y contrastes tipológicos muestran cómo la ciudad se adapta a
necesidades inmediatas, Frente a la racionalidad romana, ahora predomina la
flexibilidad. La expansión extramuros simboliza un cambio profundo en la
relación entre comunidad y territorio. Las murallas, antes frontera defensiva,
se vuelven permeables. La ciudad se abre al campo circundante y se integra en
una economía regional más amplia.
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[1] Vid.: Ramos, Rubio, José Antonio y Gómez Ferreira, Raúl: Trujillo,
ciudad en gestación: Historia y expansión desde sus orígenes hasta el siglo
XVI, TAU Editores, 2026, Cáceres, 220 págs.