domingo, 28 de junio de 2026

FRANCIS VILLEGAS PREPARA “LA IMAGEN DE LA NOTICIA” Y SOBRE EL PATRIMONIO MONUMENTAL DE LA PROVINCIA


    Tras el éxito de su primer libro, “Raíces. Cuaderno de viaje de la antropología cacereña”, editado por la Diputación Provincial de Cáceres y que vio la luz a finales de enero pasado, el fotoperiodista cacereño Francis Villegas se halla elaborando un nuevo proyecto, “La imagen de la noticia”, sobre su trayectoria en el fotoperiodismo y, paralelamente, aborda un futuro proyecto enfocado en el patrimonio y los monumentos de la provincia de Cáceres.

    “Raíces” surgió tras concluir su actividad profesional en el periodismo. Apasionado por la fotografía documental, visitó, fotografió y enmarcó quince fiestas populares de la provincia de Cáceres: las Carantoñas de Acehúche, la Encamisá de Torrejoncillo, el Jarramplas de Piornal, Los Negritos de Montehermoso; La Fiesta del Febrero, también conocida como La Fiesta de las Lavanderas, en Cáceres; el Carnaval hurdano, El Pero Palo de Villanueva de la Vera, Los Empalaos de Valverde de la Vera, las Purificás de Monroy, la Semana Santa de Cáceres, el Día de la Luz de Arroyo, la Virgen de la Montaña de Cáceres, la Sorpresa de Arroyomolinos y Los Escobazos de  Jarandilla de la Vera.

Portada del libro "Raíces" de Francis Villegas

    La Provincia de Cáceres cuenta con una Fiesta de Interés Turístico Internacional (la Semana Santa de la capital), seis de Interés Turístico Nacional (el Jaramplas, la Fiesta del Cerezo en Flor del Valle del Jerte, las Carantoñas de Acehúche, el Pero Palo de Villanueva de la Vera y los Escobazos de Jarandilla de la Vera) y veinticinco de Interés Turístico Regional. A ellas se unen las dos declaradas recientemente de Interés Turístico Regional por la Junta de Extremadura: el Domingo de los Tiros, de Zarza la Mayor, que se celebra el Domingo de Resurrección, y la Matanza Losareña, de Losar de la Vera, que tiene lugar el segundo fin de semana de marzo.

    “Ahora estoy preparando la segunda parte. Mi mirada se dirige hacia fiestas menos conocidas, pero no por ello menos importantes, Son celebraciones que conservan la misma esencia, la misma emoción y el mismo valor cultural que las recogidas en Raíces. En ellas también perviven nuestras costumbres, nuestra memoria y el legado que une a generaciones”, declara el fotoperiodista, el primer fotógrafo en ganar el premio “Dionisio Acedo” de Periodismo” en 2023 por una fotografía que recogía el instante del accidente sufrido por una mujer en las carreras de caballos en el Día de la Luz, de Arroyo.

    No olvidó este detalle el presidente de la Diputación Provincial, Miguel Ángel Morales, quien subrayó que “la obra de Villegas es una fuente documental a la que recurrir para transmitir nuestras tradiciones y nuestra cultura a las futuras generaciones, porque sólo conociéndolas sabremos amarlas”.

    Ya el título de su primera obra, “Raíces”, evoca el espíritu de las distintas fiestas que se celebran en la geografía provincial: el sentimiento, la fuerza, el arraigo social que tienen. “Me impresionó la manera en que cada pueblo vive sus fiestas, porque en ellas sienten sus raíces, su identidad y su historia”, confiesa.

    “El valor de la primera obra es, para el autor, no solo visual, sino también literario y antropológico”, a tenor de las firmas de escritores y cronistas que subrayan la vivencia de las fiestas vividas por ellos y que suponen un aporte documental: Salvador Calvo, Eugenio Fuentes, Sebastián Díaz, Jesús Baños, Fernando Jiménez Berrocal, Florentino Velaz, José Luis Bermejo, Faustino Martín, Alonso J. Corrales, Francisco Javier García Cabrero, Jaime Torbellino, Isabel Bravo, Juan José Ventura y Sergio Lorenzo.


viernes, 26 de junio de 2026

LA CAZA COMO SÍMBOLO DE PODER Y SUPERVIVENCIA


Pinturas de bisontes en las cuevas de Altamira

“La historia de la caza es, en esencia, la historia misma del ser humano. Mucho antes de que la escritura fijara la memoria de los pueblos, el acto de cazar ya había dejado su huella indeleble en la conciencia colectiva, en la organización social y, sobre todo, en la expresión artística”, afirma en el prólogo de esta nueva obra del historiador y académico José Antonio Ramos, el coordinador de la Fundación Pedro de Oraá, Ottavio Freggia Bacardi.[1]

La historia de la caza comienza con los primeros pasos de la humanidad. Antes del desarrollo de la agricultura, la recolección y la domesticación del animal, los grupos humanos dependían casi exclusivamente de la obtención directa de recursos naturales para sobrevivir. En este contexto, la caza no era una opción recreativa y cultural, sino una necesidad biológica fundamental.

Los primeros homínidos practicaban una forma de caza rudimentaria basada inicialmente en el carroñeo y la captura de pequeños animales. Con el paso del tiempo, el desarrollo cognitivo y la fabricación de herramientas permitieron una evolución progresiva hacia estrategias de caza más complejas y organizadas.

Los primeros testimonios aparecen en el arte rupestre paleolítico, donde las escenas de caza reflejan la relación entre el ser humano y la fauna salvaje. En la Antigüedad clásica, la actividad cinegética alcanzó un notable grado de sistematización teórica y práctica, especialmente en el ámbito de las civilizaciones griega y romana, donde la caza no solo constituyó una actividad de subsistencia o entretenimiento aristocrático, sino también un objeto de reflexión técnica, ética y cultural.

    En el mundo griego, la caza ocupó un lugar destacado en la formación del ciudadano como en la construcción del ideal aristocrático de virtud. Asimismo, en la tradición griega se observa una estrecha vinculación entre la caza y la mitología.

    Por su parte, en Roma la caza adquirió un carácter más técnico y diversificado, integrándose en un sistema cultural que combinaba la tradición itálica con influencias helenísticas y orientales. En el ámbito romano, la montería con perros alcanzó un elevado grado de especialización. Se distinguían diversas razas según su función: perros de rastro, de presa y persecución, cada uno con características específicas adaptadas a distintos tipos de terreno y especies cinegéticas. La selección, cría y adiestramiento de estos animales constituían un saber técnico transmitido entre generaciones. La progresiva incorporación de técnicas orientales, como la cetrería, tiene sus antecedentes en el mundo romano tardío, aunque alcanzaría su pleno desarrollo en la Edad Media.

    Durante la Edad Media, la caza constituyó una de las actividades más características y representativas de la vida aristocrática, convirtiéndose no solo en un medio de subsistencia, sino fundamentalmente en una práctica de prestigio, ejercicio físico y afirmación social.

    La caza constituyó durante los siglos XVI y XVII una de las actividades más representativas de la nobleza y de la monarquía hispánica. Más allá de su dimensión lúdica, la práctica venatoria fue entendida como una actividad de prestigio social, una preparación militar y una expresión del poder político. Uno de los cambios más significativos fue la incorporación de las armas de fuego a la práctica cinegética.

    Durante el siglo XIX y la primera mitad del siglo XX, la caza experimentó una transformación profunda que la alejó progresivamente de su función primordial de subsistencia para integrarse en nuevas dinámicas sociales, económicas y culturales. En este período, marcado por la consolidación de los Estados liberales, la reestructuración de la propiedad de la tierra y los efectos de la industrialización, la caza adquirió significados múltiples: fuente complementaria de ingresos para la población rural; práctica recreativa para las élites sociales y, paralelamente, comenzó a configurarse como una actividad regulada por el Estado y un sector con creciente importancia económica.

    En la actualidad, la gestión cinegética moderna tiene como principal objetivo la conservación de la fauna silvestre, el control de especies superabundantes y la preservación de una tradición cultural profundamente arraigada en muchas sociedades, Asimismo, busca generar beneficios económicos en el medio rural y promover prácticas responsables que minimicen el sufrimiento animal. La actividad cinegética no puede entenderse solo como una práctica deportiva, sino como una herramienta de gestión ambiental sometida a una intensa regulación jurídica y a un profundo debate social.

    Desde los primeros testimonios de la caza, que aparecen en el arte rupestre paleolítico, las escenas de caza reflejan la relación entre el ser humano y la fauna salvaje. En el mundo griego, Jenofonte, en su obra Cinegético, ofrece uno de los testimonios más relevantes de la caza como actividad formativa. Los autores latinos como Varrón, Plinio el Viejo y Columela, dedicaron parte de sus obras a la descripción de animales, técnicas de captura y gestión de los recursos. En la Antigüedad clásica, la elaboración de discursos técnicos y filosóficos sobre la caza sentaron las bases de la tradición cinegética occidental. En la Edad Media surge la gran literatura cinegética europea, con obras fundamentales, como El libro de la caza, de Don Juan Manuel, y El Libro de la Montería, de Alfonso XI. El célebre Libro de la caza, de Gaston Fébus, redactado entre 1387 y 1389, fue considerado durante siglos la obra de referencia para los aficionados a la cinegética.

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[1] Vid.: Ramos Rubio, José Antonio: Entre lanzas y pinceles. La caza como símbolo de poder y supervivencia en la historia y el arte, TAU Editores, Cáceres, 2026, 254 págs.


martes, 23 de junio de 2026

JUAN JUSTO GARCÍA, UN MATEMÁTICO LIBERAL EN LAS CORTES DE CÁDIZ


El presbítero extremeño y matemático Juan Justo García (Zafra, Badajoz,  11/02/1752; Salamanca, marzo de 1830), “constituye un referente ineludible en el proceso de modernización científica y académica de la España ilustrada”, porque “su trayectoria intelectual se desarrolló en estrecha vinculación con la transformación de los estudios universitarios durante la segunda mitad del siglo XVIII y las primeras décadas del XIX, en un contexto marcado por la tensión entre la tradición escolástica e innovación científica”, señalan en la Introducción los autores de su biografía [1].

    En 1765, a los 13 años, Juan Justo García obtuvo una beca en el Colegio Trilingüe de la Universidad de Salamanca, fundado en el siglo XVI, que tenía como finalidad la enseñanza de lenguas clásicas (latín, griego y hebreo) para la correcta interpretación de las Sagradas Escrituras.

    En 1766 se matricula en la Facultad de Artes, base del curriculo universitario para acceder a Teología, Derecho o Medicina. Cursó dos años de hebreo, disciplina clave para la exégesis bíblica. Asimismo, realizó dos años de estudios matemáticos. Recibió los grados de bachiller en Teología en 1772 y de bachiller en Artes en 1773.

    Durante el siglo XVIII, los estudios de Matemáticas en la Universidad de Salamanca constituían un caso paradigmático de desfase institucional heredado del medievo y los desarrollos científicos de la modernidad europea. Desde 1727, año de la muerte de Isaac Newton, la cátedra de Matemáticas de Salamanca estuvo ocupada por Diego de Torres Villarroel, figura conocida por su producción literaria y astrológica más que por su aportación científica en su sentido moderno.

    Tras su muerte en 1770, le sucedió su sobrino como regente, manteniéndose así una continuidad académica que no implicó renovación epistemológica. Ambos docentes permanecieron ajenos a los avances fundamentales que habían transformado la matemática europea desde finales del siglo XVII, especialmente el cálculo infinitesimal desarrollado independientemente por Newton y Leibniz.

    La formación matemática impartida en Salamanca se apoyaba todavía en textos y marcos conceptuales propios de la tradición escolástica. Entre las referencias predominantes se encontraban el Compendio Matemático de Claudio Ptolomeo y la Esfera de Sacrobosco. Estas obras representaban una concepción geométrica y cosmológica previa a la revolución científica iniciada en el siglo XVI y consolidada en el XVII. Sin embargo, el contraste se hace aún más evidente si tenemos en cuenta que las bibliotecas universitarias poseían colecciones completas de las Acta eruditorum, revista científica fundada en Leipzig en 1682, en las que Leibniz publicó los primeros artículos sistemáticos sobre cálculo diferencial e integral; los volúmenes de L´historire de l´ Academie Royale des Sciences y los Commetarii Academiae Scientiarum Imperialis Petropolitanae, de la Academia Imperial de Ciencias de San Petersburgo, en los que aparecían numerosos trabajos de Leonard Euler.

    El nombramiento de Juan Justo García como catedrático de Álgebra, a los 22 años, constituye un episodio singular dentro del proceso de modernización científica impulsado por el reformismo borbónico en la segunda mitad del siglo XVIII. Su provisión fue un proceso largo y penoso, porque tras superar las pruebas, su nombramiento inicial fue objeto de impugnaciones por otros aspirantes. Tuvo que intervenir el rey Carlos III que, en febrero de 1774, expidió el título oficial de catedrático por seis años.

    En 1780 publica la obra Elementos de Aritmética, Álgebra y Geometría, uno de los tratados matemáticos más relevantes de la Ilustración española, que integra no solo Aritmética, Álgebra y Geometría, sino otras disciplinas que en el siglo XVIII apenas habían alcanzado difusión académica: Trigonometría, Geometría Analítica, Cálculo Diferencial e Integral.

    También fue decisiva la participación de Juan Justo García, junto con Ramón Salas, Juan Meléndez Valdés y Diego Muñoz Torrero en la creación del denominado Colegio de Filosofía en el seno de la Universidad de Salamanca, que implicaba dotar a esta área de una entidad propia, con mayor autonomía organizativa y un estatuto equivalente al de las facultades mayores (Teología, Leyes, Cánones y Medicina), mientras que la base quedaba conformada por Filosofía y Artes.

    En diciembre de 1788, Meléndez Valdés, junto con Juan Justo García y su inseparable amigo Miguel Martel, dirigió al Consejo de Castilla una solicitud formal de autorización para publicar en Salamanca una serie de obras que delineaban el horizonte ideológico y pedagógico de la denominada escuela moderna salmantina. El proyecto comprendía las homilías de fray Jerónimo Bautista de Lanuza, las Cartas marruecas de José de Cadalso, una nueva edición de los Elementos de aritmética, publicados en Madrid en 1792, y un Ensayo sobre la probidad y sus efectos en la sociedad civil, obra de Meléndez Valdés.  

    La Guerra de la Independencia le llevó a las mazmorras de Valladolid, como medida coercitiva de los franceses para asegurarse la recaudación de fondos. La actividad de Justo García durante la ocupación francesa permite situarlo en Madrid hasta comienzos de 1814. Tras la entrada de Fernando VII en Madrid, fue de nuevo depurado políticamente por su vinculación al liberalismo de la Constitución de Cádiz, hasta el Trienio Liberal de 1820.

    En las Cortes de 1820 y 1821 fue elegido diputado por Extremadura. Luchó por la creación de una institución educativa de nivel secundario en la región. También intervino en el debate de la capital provincial, en el que se enfrentaban las aspiraciones de Cáceres y Plasencia, en el que defendió la candidatura de la primera para fortalecer el papel administrativo de la ciudad.

    Tras cumplir los 70 años, y después de su paso por las Cortes como diputado por Extremadura, continuó en Salamanca, donde ocupó los cargos de vicerrector y vicecanciller en 1823, en que fue cerrada tras la restauración absolutista, y fue sancionado con la reducción de una tercera parte de su sueldo.

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[1] Vid.: Ramos Rubio, José Antonio y Pérez Mena, José Luis: Juan Justo García. El álgebra de la libertad: un matemático liberal en las Cortes de Cádiz, prólogo de Antonio Calderón de Jesús, TAU Editores, Cáceres, 2026, 126 págs.