sábado, 10 de enero de 2026

LA PLAZA MAYOR DE GARROVILLAS DE ALCONÉTAR



    Garrovillas de Alconétar se localiza en la provincia de Cáceres, dentro de la Comunidad Autónoma de Extremadura, y se sitúa en una penillanura perteneciente al Macizo Hespérico o Hercínico, una unidad geológica de origen palozoico, que constituye la estructura geológica dominante en el oeste peninsular.

    El estudio que presentan Santiago Molano Caballero, licenciado en Historia y natural de la localidad, y José Antonio Ramos Rubio, cronista oficial de Trujillo,[1] responde, según la alcaldesa y prologuista de la obra,  Elisabeth Martín Declara, “a tratar de comprender la plaza no solo como un conjunto arquitectónico, sino como un organismo vivo, configurado por las familias que la habitaron, las actividades que la animaron y las transformaciones que, a lo largo de los siglos, moldearon su fisonomía”.

    Garrovillas constituye un ejemplo paradigmático de cómo los procesos de reconquista y repoblación condicionaron la estructuración de un espacio urbano que, con el paso de los siglos, consolidó un modelo específico de vida castellana. La ocupación cristiana se produjo en el marco de la ofensiva militar castellano-leonesa que, a lo largo del siglo XII, logró asegurar el control sobre el río Tajo como frontera estratégica. Tras la consolidación del poder militar, el paso siguiente es la consolidación del territorio, proceso que no se limita al asentamiento de nuevas familias campesinas, sino a la reordenación del espacio mediante la creación de villas con personalidad jurídica propia. Garrovillas fue una de estas fundaciones repobladoras, dotada de fuero, institución que asegura la cohesión social, la regulación económica y la articulación de un urbanismo específico.

    Uno de los aspectos más relevantes del estudio urbano de Garrovillas de Alconétar es la huella evidente de la presencia de las tres grandes culturas que convivieron en la península ibérica durante la Edad Media; la árabe, la judía y la cristiana que, si bien no exenta de tensiones, se refleja en la configuración del espacio urbano y en la articulación social de la villa. La influencia de la cultura árabe en el urbanismo se manifiesta fundamentalmente en la estructura laberíntica de algunas zonas del casco antiguo. La comunidad judía tuvo una presencia significativa, especialmente en los siglos XIV y XV, en la judería del casco antiguo. Tras la incorporación del territorio al dominio cristiano, el espacio se materializó a través de la construcción de iglesias, conventos y plazas mayores. La iglesia de San Pedro y la Plaza Mayor constituyen elementos fundamentales en la reorganización del centro urbano a ejes simbólicos cristianos.

La alcaldesa de Garrovillas de Alconétar con los autores

    Garrovillas de Alconétar constituye un ejemplo notable de cómo la historia urbana refleja los procesos de convivencia, conflicto y transformación social a lo largo del tiempo. La presencia de un trazado medieval bien conservado, junto con evidencias de las tres culturas, permite reconstruir una narrativa compleja de mestizaje y resistencia cultural. La villa experimentó una notable remodelación de su estructura urbana y monumental entre finales del siglo XV y el XVI, erigiéndose edificaciones fundamentales (iglesias, ermitas, conventos, hospitales y el palacio condal), que no solo respondían a necesidades religiosas o asistenciales, sino que representaron un papel central en la organización del espacio urbano y en la proyección simbólica del poder señorial y eclesiástico. A finales del siglo XV, la villa pasa a manos del conde de Alba de Liste, uno de los linajes nobiliarios más poderosos de la Castilla occidental. La consolidación del señorío y su presencia en el territorio fueron esenciales para el desarrollo urbano del siglo siguiente.

    La Plaza Mayor emergió como centro neurálgico del núcleo urbano y espacio articulador de la vida social y administrativa. En ella se localizan los centros de poder civil y religioso, así como los espacios destinados al mercado y a la celebración de actos públicos. La carta de repoblación, otorgada por Alfonso IX en 1230 y ratificada por Fernando III en 1233, no solo permite la ocupación efectiva del territorio, sino que configura la villa como un ente autónomo dentro del entramado administrativo del reino.

    La Plaza Mayor de Garrovillas de Alconétar, cuya datación puede situarse en la segunda mitad del siglo XV, responde a un modelo urbano más racionalizado y planificado. El análisis de la estructura urbana evidencia un proceso de expansión dual: por un lado, un crecimiento orgánico vinculado a las instituciones eclesiásticas tradicionales y, por otro, una ordenación espacial más racional, ligada a las necesidades administrativas y comerciales de una villa en plena consolidación como centro regional. La Plaza Mayor de la Constitución, declarada Bien de Interés Cultural en 1949, constituye uno de los conjuntos urbano-arquitectónicos más notables de Extremadura. La plaza presenta una configuración perimetral cerrada por un conjunto de varias edificaciones de dos plantas, uniformadas mediante soportales de columnas de granito y arquerías de ladrillo. En total se contabilizan sesenta y cinco arcos en los soportales y ciento tres ventanales en las galerías superiores.

    La obra aborda también el estudio tipológico de los edificios singulares, como la Casa-Palacio de los Condes de Alba de Liste, rehabilitado por la Junta de Extremadura para la red de Hospederías de la Comunidad; el Ayuntamiento y las dependencias municipales; la Cárcel Real; la alhóndiga, un edificio público destinado al almacenamiento de grano; las carnicerías; y los mesones y tabernas de abasto.

    Finalmente, el último capítulo aborda el uso social y las dinámicas contemporáneas del espacio público y la plaza como plató cinematográfico. Hay que destacar las transformaciones realizadas a finales del XIX y XX: el pozo en el centro (1882), la instalación de la farola de hierro fundido (1902), la pavimentación del suelo (1978), la restauración y reurbanización de 1980, la creación del Corral de Comedias a finales del XX, el rodaje de películas como “La leyenda del alcalde de Zalamea” (1972), de Mario Camus, protagonizada por Paco Rabal y Fernando Fernán Gómez; y series como “Los ríos”, centrada en el recorrido del río Tajo.

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 [1] Vid.: Molano Caballero, Santiago y Ramos Rubio, José Antonio: Plaza Mayor de la Constitución de Garrovillas de Alconétar, Edit. Ayuntamiento de Garrovillas de Alconétar, Cáceres, 2025, 159 págs.



martes, 6 de enero de 2026

LIMA, “LA CIUDAD DE LOS REYES”



La ciudad de Lima, capital de Perú, fue fundada el 18 de enero de 1535 bajo el nombre de Ciudad de los Reyes. El extremeño Francisco Pizarro le puso el nombre. Coexisten dos teorías: la coincidencia con la proximidad de la festividad de los Reyes Magos (Epifanía), el hallazgo del valle del Rímac el 6 de enero y en honor a los reyes de España, Carlos I y Emperador Carlos V de Alemania, y a su madre, la reina Juana de Castilla.

 

En 2026 se cumplen 500 años del segundo viaje de Pizarro (1526-1528), con Almagro y Luque como socios, con quienes arribó a las costas de Ecuador y Colombia, y descubrieron el Imperio Inca, regresando a Panamá en busca de refuerzos.

 

Extremestiza, una estrategia transversal y pionera para el desarrollo, impulso, investigación y revalorización de la cultura compartida entre Extremadura e Hispanoamérica y punto de encuentro de proyectos culturales, artísticos, educativos, gastronómicos y empresariales centrados en la interculturalidad entre la región extremeña y América, ultima los detalles de la nueva edición de la jornada “Un viaje de ida y vuelta”, al cumplirse este aniversario. Extremestiza es una estrategia impulsada por la Junta de Extremadura, a través de la Fundación Extremeña de la Cultura, para afianzar y rescatar la identidad común e impronta cultural y tradicional que une Extremadura con los pueblos americanos.

 

A través de su Área de Investigación y Estudios de América, en 2024 abordó en el marco de la conmemoración del quinto centenario el primer viaje de Pizarro en las jornadas “Un viaje de ida y vuelta”, en las que se ahondó en la importancia de aquel viaje desde múltiples miradas, contando con la participación de historiadores de la talla de Bernard Lavalle, en el marco del Palacio Yupanqui o Palacio de la Conquista, en la Plaza Mayor de Trujillo.

 

El acto fue seguido en directo desde la Ciudad de los Reyes, la querida Lima, en cuya plazuela del Teatro Municipal se habilitó una pantalla desde donde se pudo escuchar la interpretación musical “Hann pachaq Cusiucuinin”, primera obra polifónica mestiza del Nuevo Mundo. En aquel encuentro, el ministro y diplomático peruano, José Antonio García Belaúnde, recientemente fallecido, nos dejó reflexiones que permanecen en nuestro recuerdo.


jueves, 1 de enero de 2026

“ECOS DEL AGUA ETERNA. ENTRE EL TAJO Y EL ALAGÓN”


Puente de Alcántara sobre el río Tajo

    Como “un homenaje a dos ríos que, al fluir, nos enseñan a mirar de nuevo” califica el autor su propósito al escribir “Ecos del agua eterna. Entre el Tajo y el Alagón” [1], un viaje poético que discurre al ritmo de dos ríos que no solo dan forma al paisaje, sino también a la memoria y a la vida de quienes habitan sus orillas.

    A lo largo del recorrido, el autor se adentra en pueblos que beben del río y que lo celebran en sus plazas, en sus puentes y en sus antiguas murallas. Desde las villas que nacieron al amparo del Alagón hasta las que asoman al poderoso Tajo, cada población aporta una historia, una voz, una huella, que se suma al poema del camino: Ceclavín, Zarza la Mayor, Alcántara y Mata de Alcántara, a orillas del Alagón, y Mirabel y Serradilla, en las del Tajo.

    Principia el autor navegando el alma del río Alagón y sus sombras por Ceclavín y los Canchos de Ramiro, embarcado en un pontón sobre aguas apacibles, observando los buitres leonados y alguna que otra cigüeña negra, precioso enclave con una original estructura en forma de cañón, rodeado de un espectacular entorno natural, en el que coexiste una inmensa variedad de flora y fauna. Estos canchos reciben el nombre de un buen hombre, Ramiro, curtido por años de trabajo en la tierra y de enfrentarse a los elementos, que sabía lo que el río podía dar, pero también lo que podía quitar. “Lo que el Alagón te da, te lo quita. Y lo que te quita, no siempre lo devuelves”, le había dicho su abuelo, hombre de tierra y de agua, con voz grave y mirada fija en el horizonte, mientras cruzaba con paso firme hacia los canchos. Ramiro se agachó, tocando con la punta de los dedos la superficie rugosa de uno de los canchos. “Quién sabe cuántos se han ahogado aquí”, murmuró mientras observaba las aguas turbulentas.

    Se adentra en Ceclavín, un pequeño rincón en la vasta Extremadura, donde el viento parece detenerse. En la plaza central se encuentra la iglesia de la Asunción. Abandona la iglesia y se sienta en un banco, mirando a los vecinos que vivían entre las historias del pasado y la necesidad de un futuro que también les pertenece. Se adentra en sus calles. Cada esquina ofrece una historia. Casas nobles como la Casa de los Sande o la Casa Cabildo de San Pedro. Son varias las ermitas del pueblo, no solo como importantes lugares de culto, sino como parte de la historia social y cultural del municipio. Desde la ermita de Nuestra Señora del Encinar hasta las ermitas de San Diego y San Antón comparten el mismo objetivo: ser un refugio espiritual y un símbolo de la fe de los ceclavineros.

    En Zarza la Mayor, el aire huele a tierra y a campo, a hierba recién cortada y a pan horneado. El viajero visita la iglesia parroquial y describe su interior, retablos e imágenes. Pasea por sus calles. Ve la Casa de la Encomienda o Palacio del Comendador, las ermitas de San Juan, Nuestra Señora del Castillo, San Bartolomé, la Real Fábrica de Seda, actualmente Casa Consistorial, y la emblemática Fuente Conceja, de época medieval, símbolo de su historia y la vida rural. Visita el castillo de Peñafiel, testimonio de lo que fue y ya no es y conoce la leyenda del castillo: la del caballero Rodrigo de Peñafiel y su amada Elvira, hija de un noble de un reino vecino. Se conocen, se enamoran y desaparece, porque está prometida a otro hombre. Un día reaparece y le dice: “Rodrigo: no puedo quedarme. Mi destino ya estaba sellado antes de que tú y yo nos conociéramos” y desapareció en el aire como sombra envuelta por el viento.

    Alcántara guarda entre sus silenciosas piedras el eco de siglos de historia. Llegado al puente, posa las manos sobre unas de las piedras de su base. Siente bajo sus dedos la historia. El puente es el vínculo entre dos mundos, el cruce de destinos, el lugar donde la tierra se encuentra con el agua. Fue diseñado para conectar las dos orillas del Tajo, facilitando el paso de tropas, mercancías y viajeros en una de las rutas más importantes de la Hispania romana. El puente romano de Alcántara no es solo una maravilla arquitectónica, es también un símbolo de la resistencia, de la perennidad del arte de la construcción romana y de la profunda huella del Imperio… El autor se adentra en el casco histórico para visitar el Convento de San Benito, un edificio que parece dominar la localidad, que dio lugar a la orden alcantarina. Evoca que en la villa nació San Pedro de Alcántara, una de las figuras más sobresalientes de la España del Renacimiento…

    El cronista torna a pasear en barco por el Tajo, en un viaje hacia lo profundo de la tierra y hacia los secretos de la memoria. Llega a Mirabel, una población enclavada en la sierra de los Canchos, a doce kilómetros del cauce del Tajo por el este y al Alagón por el oeste. El término “Miravel-mirabel” significa lugar de donde se goza de buenas vistas y el término se mantiene indistintamente hasta bien entrado el siglo XX. La población se remonta a las edades del Cobre y Bronce. Sus orígenes están escritos en piedra, hierro y polvo. La tierra, bañada por el Tajo y sus afluentes, era rica, sí, pero también traicionera, Alfonso VIII hizo de estas tierras un enclave estratégico. Mirabel nunca fue grande ni quiso serlo. Siempre fue un lugar de paso, un testigo mudo de la historia más grande que lo rodeaba. Mirabel no se explica con grandes gestas ni héroes legendarios, sino con la suma de pequeñas historias: la de un pastor que alzó la vista hacia las sierras y decidió quedarse; la de un caballero que alzó su espada en defensa de un lugar que apenas conocía: Lope de Zúñiga, premiado por la Corona, que le concedió llevar en su escudo las armas de su triunfo: los trece panes arrojados al enemigo. En memoria de sus antepasados, los marqueses de Mirabel instituyeron una curiosa costumbre: cada año, en el aniversario del episodio de los “Trece panes”, se concedía a trece pobres de la villa trece panes y otros recursos para cubrir sus necesidades. Desde la fundación de Plasencia, en 1186, Mirabel formaba parte del llamado alfoz de la ciudad. En 1535, Carlos V concedió a Mirabel el privilegio de villa. En una capilla de la iglesia se venera a la patrona de la localidad, la Virgen de la Jarrera. La construcción castrense más destacada de Mirabel es su berroqueño castillo. Fue una fortaleza musulmana, reconquistada y reedificada por las tropas del rey Fernando III.

    En Serradilla, en la penumbra de una iglesia conventual, reposa el Cristo milagroso, el llamado Santísimo Cristo de la Victoria, una talla del escultor madrileño Domingo de Rioja, quien lo esculpió bajo encargo de la beata Francisca de Oviedo en 1635. Su historia se tejió con el destino del pueblo. Una noche de lluvia torrencial, el pueblo pidió ayuda al Cristo. Al amanecer, el agua había desaparecido, la tierra estaba seca y el sol brillaba más que nunca, El milagro fue tanto que, desde entonces, los habitantes del lugar veneraron al Cristo no solo como símbolo de fe, sino como guardián. De Serradilla era natural “El Cabrerín”, el bandolero que hizo de estas tierras su reino y de la sierra, su cómplice, cuya leyenda teatralizada conoce el cronista en su viaje por el Tajo. Parte del término de Serradilla está en el Parque Nacional de Monfragüe, cuya Reserva de la Biosfera alberga en sus sierras numerosas cuevas y abrigos.

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[1] Vid.: Ramos Rubio, José Antonio: Ecos del agua eterna. Entre el Tajo y el Alagón, TAU Editores, Cáceres, 2025, 113 págs.