En el antiguo régimen (léase la dictadura que gobernó España durante casi cuarenta años, desde el final de la Guerra Civil, en 1939, hasta la muerte del Generalísimo Franco en 1975), cuyas características principales fueron el poder absoluto del líder supremo, el Caudillo; la falta de libertades y la ideología, basada en el anticomunismo, el nacionalismo centralista y el nacionalcatolicismo…, se decía que “África empezaba en los Pirineos”, una expresión despectiva que quería decir que la Península Ibérica era diferente o inferior al resto de Europa, que servía, al propio tiempo, para contraponer la supuesta modernidad europea frente al aislacionismo español. Como si no fuéramos Europa, como si no formáramos parte de ella por historia, cultura, tradición, economía y derecho.
Se ignoraba, al afirmar esto, la idea de Europa que hubiere reafirmado con la espada y la cruz el rey Carlos I de España y emperador Carlos V de Alemania, cuyos pilares fundamentales se basaban en la unidad de la cristiandad, la religión como vínculo y la visión global del continente desde una perspectiva supranacional.
Los españoles somos muy olvidadizos y pareciere que estuviéramos condenados a no entendernos nunca más que peleándonos en la guerra y en la paz. En el siglo XIX tuvimos que hacer frente a quince grandes conflictos: desde la Guerra de la Independencia, tres guerras carlistas, la guerra de África contra el Sultanato de Marruecos o las guerras de independencia de nuestras posesiones americanas…
Al hablar del antiguo régimen, al que henos hecho referencia, muchos lo confunden --o ignoran--, que el Antiguo Régimen fue una etapa histórica de España, basada en una Monarquía absoluta, una sociedad estamental dividida en privilegiados (que acumulaban tierras y no pagaban impuestos) y los no privilegiados (campesinos, artesanos y burgueses, que soportaban la carga fiscal). El proceso culminó con la Constitución de Cádiz de 1812 y el Estado liberal de Isabel II. Y ahora parece que volvemos a lo mismo, tras el espléndido paréntesis de la transición, ejemplo de renuncias y consenso por todas las partes.
La invasión marroquí de Ceuta y las consecuencias que todos hemos visto para la población ceutí ha obligado a retratarse, para mal, más que para bien, a muchos indecisos, como si todos, por una orden llegada del Altísimo, hubiéremos de asumir como condición sine qua non para convivir la locución francesa del “laisse faire et laissez passer, le monde va de lui même”(dejen hacer y dejen pasar, el mundo va solo).
La resolución del Parlamento Europeo del pasado día 17, que responsabiliza al Gobierno español de la crisis de Ceuta, a la que califica de invasión sin ambages y exige una investigación independiente, a pesar del rechazo de los socialistas, y exige a Marruecos que “cumpla sus compromisos en materia de gestión de fronteras, retorno y cooperación migratoria”, ha puesto los puntos sobre las íes que muchos tratan de ocultar, echando balones fuera o colocándose una camiseta hasta donde comenzare la leyenda de apoyo a la ciudad sitiada.
Más claro aún el presidente ceutí, Juan Jesús Vivas, el que más ha defendido a su pueblo desde el inicio de la crisis, afirmaba en carta a Úrsula von de Leyen, la presidenta de la Comisión Europea, que “Ceuta no está en el final de Europa. Es uno de los lugares donde Europa comienza”, al tiempo que invitaba a la presidenta de la Comisión a defender la frontera sur de Europa como lo hizo con Groenlandia.
Ni “África empieza en los Pirineos” ni “Europa comienza en Andalucía”. La frontera sur de Europa son Ceuta y Melilla, porque son España. Lo de más es querer “hacerse el ciego en casa propia”, como si no hubiéramos luz para ver lo que ocurre.
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