![]() |
Sábado de Gloria en la Plaza Mayor de
Trujillo (N. Martínez, 1886). |
Hasta hace apenas un siglo, la fotografía solidificaba en las casas los retratos de nuestros antepasados. Eran fotos en blanco y negro que todo el mundo se hacía, al menos, una vez en vida, con sus mejores galas, para dejar a sus descendientes el recuerdo de lo que fueron. Presidían los principales sitios de las viviendas: el salón o las habitaciones, donde los herederos pasaban sus horas de descanso, asueto y conversaciones.
Los retratos de los abuelos eran algo sagrado. Los padres contaban a sus hijos, nietos de aquellos, las historias de quienes no conocieren, pero que formaban parte de sus vidas al ser su segunda generación. De padres a hijos, la heredad de las fotos antiguas se conservaba como, en una caja después, las fotos de la boda, de la mili, de las fiestas populares, de las procesiones, de la primera comunión, cuando estos acontecimientos marcaban la vida de los vecinos de los pueblos.
Hay, sin embargo, otros lugares para la memoria que algunos conservan y otros no pudieren hacerlo, porque no hubieren los medios que hoy están al alcance de todos: la cámara analógica antes, la digital hoy. No son los recuerdos de familia, sino los del pueblo y la ciudad del pasado, que solo los fotógrafos visitantes pudieren captar y conservar para la memoria de todos.
En “Trujillo, memoria fotográfica. El legado de la imagen” [1] , su cronista oficial, José Antonio Ramos Rubio, nos devuelve a la contemplación un recorrido visual por su historia, sus calles y sus monumentos, “un espejo, señala el cronista, que nos devuelve la mirada de quienes nos precedieron, los rostros de un Trujillo que aún pervive en los rincones menos alterados por la modernidad”.
El libro se ofrece, según el autor, como un homenaje a sus gentes y su legado, como una invitación a seguir recordando la historia, la cultura y los valores que perduran. Sus palacios, sus casas solariegas, sus templos, conventos, castillo, iglesias, con su historia bajo ellas, nos retratan un pasado que ha ido cambiando con el paso del tiempo y que las generaciones actuales no conocieren, pero reconocen, “para que nunca dejemos de recordar quiénes somos y de dónde venimos”.
Las vistas aéreas, las panorámicas de la ciudad, la plaza mayor y su estatua que la preside hace un siglo, las iglesias (San Martín de Tours, la iglesia y convento de San Francisco, Santa María la Mayor, Santiago y Santo Domingo); el Colegio Preparatorio Militar; los conventos de Santa Clara, San Pedro, San Francisco el Real de la Puerta de Coria y de Santa María.
No podían faltar el castillo que preside en lo alto la ciudad, el Teatro “Gabriel y Galán”, la plaza de toros, la ermita de San Lázaro, la muralla y las puertas de la villa, el conjunto monumental, el monumento a doña Margarita de Iturralde, La Albuhera, las calles y lugares.
[1] Vid.: Ramos
Rubio, José Antonio: Trujillo, memoria fotográfica, El legado de la imagen. Iberprint, Montijo, 2026, 174 págs..
.jpg)
No hay comentarios:
Publicar un comentario
Nota: solo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.