jueves, 31 de julio de 2008

ENVIDIA E INTOLERANCIA

Para Esther Gutiérrez y Paco Martín,
soñadores de una Extremadura tolerante

La envidia es tiña; es tristeza o pesar por el bien ajeno, el deseo de algo que no se posee; uno de los siete pecados capitales señalados por la Iglesia; un rasgo siempre distintivo del ser español; el más propio, según Unamuno, quien la definía como “una declaración de inferioridad”. La envidia es un deseo, una apetencia de la voluntad. La envidia es el afán de poseer, no de privar. No trasciende, por tanto, del propio sujeto que la encarne sino en su propia mente.

España y los españoles fueron siempre tintes de envidia: lo que tenían otros de lo que uno carecía; la suerte de algunos frente a la desgracia de los más; el ascenso sin méritos, la ocupación sin trabajo de los señoritos, la vivencia de las rentas, el dinero que vino por el juego, la propiedad del vecino, la felicidad de un amor consagrado, la suerte de quienes se quedaban “fuera de cupo”…, todo era una pura envidia. Como su sinónimo parejo, los celos, que corroen y matan, y todo lo enturbian, como el resentimiento, la animosidad, el rencor, la tirria, la rabia, el resquemor…

Frente a la envidia que no trasciende, la intolerancia trascendente. La intolerancia es la falta de tolerancia, especialmente religiosa. La tolerancia significa el respeto a las ideas, creencias o prácticas de los demás cuando son diferentes o contrarias a las propias, según el Diccionario de la RAE.

La intolerancia ha ampliado su campo conceptual: frente al social o político, la ausencia de tolerancia de los puntos de vista de otras personas, la actitud irrespetuosa hacia las características distintas de las propias; la discriminación, la segregación, el racismo, la intransigencia política, el fanatismo, el fundamentalismo…

Pareciere, hoy más que nunca, que la intolerancia ha sustituido a la envidia como principal pecado capital de los españoles, aunque no entre en el campo de los siete. La intolerancia se refleja en el espejo de la vida como la envidia se traslucía en los ojos del alma. Hay intolerancia en la calle, en la vida de comunidad, en los conductores, en la clase escolar y, sobre todo, contra un derecho constitucional: la libertad de opinión, que no se respeta si no coincide con la propia.

Frente a la envidia que tiñe el alma, la intolerancia del corazón y la mente del ser humano, más inhumano en la intolerancia que en la envidia, que no trasciende. El respeto, sinónimo de tolerancia, debe alzarse en este campo, como en todo, en la transigencia, en la tolerancia. Como apuntara Jaime Balmes, “no es tolerante quien no tolera la tolerancia”.

viernes, 25 de julio de 2008

UNA PAREJA POLÍTICA EN EL PSOE DE CÁCERES

La pareja es la unión de dos personas que tienen entre sí alguna correlación y semejanza, especialmente entre el hombre y la mujer, como afirma el Diccionario de la RAE; pero esta acepción no es única ni excluyente. Hay parejas consideradas en relación de cada una con la otra; parejas compañeros de baile, de juegos, y hay otras a las que les une su semejanza en alguna prueba o habilidad; parejas de conveniencia, de empresa y negocios, o en asociaciones, sindicatos, empresarios o en la política.

“La pareja” de España ha sido siempre la de la Guardia Civil, ya fuere en el campo o en la carretera, independientemente de su sexo. La pareja es hoy múltiple y diversa, como diversa y plural es España; pero, por encima de todo, la pareja, por la propia etimología de la palabra (del latín: par, paris) son iguales. Le une una afinidad para la consecución de un fin: el amor que les unió, los hijos que les unen más, la convivencia, el servicio, la ideología… ¿Pudiere haber parejas que no se amaren, entendieren o lucharen, unidas, por la misma causa?

En vísperas congresuales de su X Congreso Provincial, el PSOE de Cáceres ha contado, y puede seguir contando, si los delegados así lo decidieren, con una pareja excepcional: la conformada por sus dos primeros números, el secretario general y el de Organización, la pareja del partido.

Juan Ramón Ferreira y Juan Manuel Hernández han formado esa pareja perfecta, necesaria en cualquier organización. Su dilatada experiencia política, su entendimiento profesional, su dedicación a la causa del partido, la permanente defensa de sus principios y valores y la renovación constante a que han sometido las propuestas para las que fueron elegidos, no solo son merecedoras del aplauso y la gratitud, sino del reconocimiento que se muestra a quienes logran la unidad y la cohesión de una fuerza política siempre llamada a gobernar, porque integra en sí misma a todas las parejas de la sociedad, “el partido más parecido a ella”, como tantas veces ha proclamado Ferreira.

Han cumplido sobradamente ambos los requisitos que el ex secretario general de los socialistas extremeños, Rodríguez Ibarra, solicitaba en el recientemente celebrado 37 Congreso Federal como méritos para estar en la Ejecutiva: cinco años de cotización a la Seguridad Social, mil mítines a la espalda y ser capaces de mantener una discusión, en la unidad y en la discrepancia, con un ministro del Gobierno.

Si Zapatero tiene por pareja y mano derecha, a su izquierda, a José Blanco, Guillermo Fernández Vara ha elegido a Ascensión Godoy, como Juan Ramón Ferreira eligió en su día a Juan Manuel Hernández, la pareja del PSOE Provincial de Cáceres.

Una pareja no sólo conduce, anima y protege a su grey; les recibe, les estimula, soluciona sus problemas, eleva su ánimo, alicaído en las dificultades; les motiva en la perseverancia, les ilusiona en el impulso y en la vivencia política que ha de estimular diariamente la vida del partido. De todo ello ha dado buena prueba la “pareja del PSOE Provincial de Cáceres”.

Ferreira y Hernández han cumplido así con la definición que, en su artículo 6, la Constitución Española ofrece de los partidos políticos: “expresan el pluralismo político, concurren a la formación y manifestación de la voluntad popular y son instrumento fundamental para la participación política”.

La pareja, como el partido, no puede caminar en paralelo si no sintoniza y, aun en la sana discrepancia entre sus miembros, no sostiene y da vida al partido, manteniendo la necesaria unidad de sus principios y valores y la cohesión como elemento integrador de aquél. Y todo esto lo han conseguido dos veteranos de la lucha política, con trabajo y diplomacia, expertos en el decir y en el hacer, en el habla y en la palabra, en los dichos y en los hechos.

El congreso tiene ahora la palabra.

miércoles, 23 de julio de 2008

NO HAY SILENCIOS TRAS EL ADIÓS... DE IBARRA


Todos esperaban su adiós, porque le llegó la hora de pronunciarse. El adiós anunciado, prometido; el adiós por el que tantos escépticos, que desearon ignorarle porque no le conocen, suspiraban, pero dudaban..., hasta el viernes 18 de julio de 2008, en la hora y fecha de su último discurso, el postrero como secretario general, el adiós como político.

Hay un adiós que es un “hasta luego”; el que expresa el mejor deseo de los hombres de fe: “Que Dios le acompañe”; el de la buena suerte o aquel otro de “Buen día tenga usted”, y hay adioses definitivos. Los hay de retorno, cuando no se puede vivir sin volver la vista atrás, a la persona amada, al trabajo realizado, a las amistades perdidas y jamás halladas; pero no hay adioses definitivos mientras hay vida, como tampoco en ella falta la esperanza, lo último que se pierde cuando la fe no es bastante para creer. El último adiós solo se da con la muerte.

Todos creían que era su último adiós. Todo ya consumado: el relevo, el sucesor, la transición pilotada en la sombra. Solo faltaba la proclamación del que estaba por llegar y allí se encontraba; pero antes, su penúltima palabra de los adioses: “No me digas adiós/porque siempre estoy volviendo”, como en la vieja canción.

¿Acaso no se irá definitivamente como político? ¿No había anunciado su retirada? Cómo pensar eso de un hombre de palabra, que sólo tiene una palabra, pero que tiene detrás de sí 3.501 discursos, con el último del adiós definitivo. Cómo pensarlo de quien nunca se calló, ni otorgó, sino que llegó a profetizar el porvenir, ya fuere con la Sociedad de la Información o con la cesión del IRPF; de quien tiró del carro junto a otros dos compañeros en la larga travesía del desierto; de quien pilotó la nave que nunca naufragó....

En el discurso “más difícil de su vida”, Ibarra no solo dijo adiós, sino algo más: “Soy el futuro, aunque algunos se empeñen en situarme en el pasado”, porque su marcha no condiciona su palabra, ni enmudece su lengua, ni significa silencio. No acepta quien se va “que si no tienes sillón, no puedes hablar. Renuncio al poder, pero no a mi condición de ciudadano y ello me concede derecho a pensar y a hablar. No renuncio a la autoridad de más de treinta años en este partido, y más de veinticuatro al frente de la Junta, que me aportaron criterio y responsabilidad, y ello me obliga a decir lo que quiero”. Como lo dijo en el Congreso Federal celebrado en Madrid: habló cuando quiso y se calló cuando le vino en gana.

¡Se iba a callar él, que siempre habló claro y alto!; quien hubo de romper cristales para que la voz de Extremadura se oyera en toda España; quien no desea que la muerte le haga más bueno de lo que fue; quien pidió que “hay que venir llorados de casa”, porque no se puede estar hablando del pasado, sino del futuro, “haciéndolo futuro, creíble y emocionante”. Tal y como hizo el congreso: hablar de sí mismos, de los problemas de Extremadura y de los proyectos y retos del futuro. Nunca de los otros. Entonces, “no me digas adiós/porque siempre estoy volviendo”, como aviso a los descreídos de su memoria.

Hay adioses y otros adioses en política, en la forma y en el fondo, e Ibarra ha elegido el mejor: ante los suyos, ante quienes le eligieron, no por comunicado, ni carta, ni ante la prensa: ante quienes se debía; pero solo el adiós de su último cargo,

Ángel Acebes eligió el comunicado; Eduardo Zaplana, la prensa; José Piqué, por carta a su jefe y a los medios; José Bono anunció su adiós en 2006, pero volvió después: Jaume Matas y Joaquín Almunia, ante la prensa; Rafael Simancas, ante el Comité Federal; Felipe González, ante el XXXIV Congreso Federal, tras perder las elecciones de 2006; Ibarra, tras sufrir un infarto, lo anticipó primero a los suyos, y después a la prensa, pero no su dimisión, sino la de no repetir como candidato, y a los dos días tuvo sucesor, ya “in pectore”, refrendado por la Ejecutiva y el Comité Regional, y el 19 de julio, al fin, por quien debiera: el congreso regional.

Nunca hay un adiós definitivo para que siempre tuvo la palabra en Extremadura y en España, la voz de Extremadura en España. Quizá no le oigamos tanto, pero seguiremos escuchándole, porque queda la obra y permanece su palabra.