viernes, 15 de enero de 2021

FOBIAS DEL COVID-19



Fuente: Pixabay.StockSnap

Una de las palabras más conocidas que nos dejó 2020 fue COVID-19 (o covid-19, sustantivada, nunca con la inicial solo en mayúscula), quizá la palabra del año, la más utilizada, las más conocida de todas las que nacieron del tronco común, acrónimo del inglés coronavirus disease, al que se añadió el 19 por ser el año en el que se conoció el primer caso. Desde un principio, muchos escritores no supieron a qué atenerse a la hora de escribirla y hubieren dudas sobre el género del vocablo, aunque fuere preferible el empleo del femenino: la COVID-19, nombre de la enfermedad del coronavirus. No obstante, tampoco es incorrecto utilizarlo en masculino, cuando nos referimos al virus. La reiteración del vocablo a lo largo de los días en los medios de comunicación ha conducido a utilizarlo en nombre común –covid-19--, sin tilde y si se pronuncia como palabra llana, kóvid, sí tendría que llevar el acento.

Sea como fuere, el covid-19 ha dado lugar también a determinadas fobias en los pacientes que ya lo sufrieren o por venir, a pesar de las vacunas que llegaren para frenarlo. Hay una fobia social, la agarofobia, el miedo a los espacios exteriores o multitudes, que secundan, sin pensárselo dos veces, quienes no desean que el virus les abrace por no guardar la distancia de seguridad requerida, aun elevada esta al cubo. Como si fuere hija de la claustrofobia sufrida tras el confinamiento entre el 13 de marzo y el 20 de junio. No hay que confundir con nomofobia, el miedo a estar sin teléfono móvil; o aporofobia, el rechazo al pobre, acuñado por la filósofa Adela Cortina en su libro Aporofobia, el rechazo al pobre (Paidós, 2017) a partir del término griego áporos (sin recursos) y fobos (temor, pánico), incorporado al Diccionario y que Fundéu la declaró palabra del año 2017.

Otra fobia social del covid-19 es la halefobia, que consiste en el miedo irracional a ser tocado o por algo o a tocar algo, intensificado por la pandemia y el mandato del distanciamiento.  No se trata ya de chocar los cinco, que mucha gente rehúye, sino la de tocar el pomo de una puerta que utilizan muchos no convivientes ni allegados; apretar el botón del ascensor, abrir una puerta o chocar el codo con otra persona o los nudillos de la mano que te ofrecieren otras, a falta del beso o abrazo deseados.

Tampoco los médicos se libran del rechazo de algunos pacientes, puestos en sus manos para ser curados, por su exposición al virus en su labor profesional. Ese rechazo ha sido conocido como yatrofobia o iatrofobia para referirse a esa aversión al profesional expuesto al virus a diario. No aparece en el Diccionario, aunque sí iatrogenia, la alteración, especialmente negativa, del estado del paciente producida por el médico.

Finalmente, tendríamos que referirnos al síndrome de la cabaña, el sentimiento de no querer salir a la calle ante un futuro social de incertidumbre, ese miedo a salir que experimentan los confinados, distinto a la fiebre de cabaña, referido al estado mental de las personas que forzosamente viven dentro de espacios pequeños, remotos, aislados o monótonos, que ha conducido a una sensación de desasosiego, de estar `enjaulado´, depresión, irritabilidad, soledad, impaciencia, aburrimiento, frustración…


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