lunes, 6 de abril de 2026

TRUJILLO, UNA CIUDAD EN GESTACIÓN


Puerta de Coria (en Trujillo)

    “La ciudad de Trujillo y su entorno inmediato ofrecen un laboratorio excepcional para explorar los procesos de ocupación humana desde la Prehistoria hasta la Edad Moderna”, subrayan los autores en la Introducción a la obra Trujillo, ciudad en gestación: Historia y expansión desde sus orígenes hasta el siglo XVI. [1] El cronista oficial de Trujillo, José Antonio Ramos Rubio, y el ingeniero civil por la Universidad Pública de Navarra, Raúl Gómez Ferreira, estructuran esta nueva obra en grandes bloques cronológicos que responden a una lógica de larga duración: los orígenes del poblamiento y el registro material prehistórico y protohistórico; la integración del territorio en el mundo romano dentro de la romanización de Hispania; la fortaleza, medina y concejo: evolución del espacio habitado trujillano en época islámica y bajomedieval; y, finalmente, el crecimiento hispano extramuros tras el siglo XVI que, lejos de ser una mera recopilación descriptiva, persigue comprender los mecanismos de continuidad, ruptura y transformación que explican la fisonomía histórica del casco trujillano.

    El primer bloque del libro no es simplemente catalogar restos arqueológicos, sino demostrar que la ocupación humana del territorio de Trujillo responde a condicionantes ambientales, económicos y estratégicos que ya operaban miles de años antes de la aparición de la ciudad histórica. El análisis del registro material --industria lítica, cerámicas, estructuras funerarias o evidencias de hábitats --permite establecer la temprana presencia de grupos humanos atraídos por recursos hídricos, suelos fértiles y posiciones elevadas defensivas. La topografía de berrocales graníticos, los cursos fluviales y las amplias dehesas ofrecían un entorno idóneo para actividades de caza, pastoreo y agricultura incipiente. De este modo, el territorio se revela como un espacio activo, capaz de modelar las estrategias de subsistencia y organización social.

    Con la llegada del Imperio Romano, el territorio se integra en una estructura política, económica y cultural suprarregional. La romanización no es solo una imposición militar, sino un complejo proceso de hibridación cultural. Las nuevas infraestructuras, calzadas, explotaciones agrícolas, sistemas hidráulicos y núcleos habitacionales organizados según el modelo romano se palpan en la tierra de Trujillo. La romanización configura la primera gran estructuración territorial de larga duración. Comprenderla es entender el nacimiento de una lógica urbana que sobrevivirá durante siglos.

   El poblamiento medieval de Trujillo revela que su importancia histórica no puede comprenderse únicamente desde la arquitectura conservada o los episodios militares que jalonan su pasado. La ciudad fue, ante todo, un espacio estratégico en el que el territorio, la defensa y la organización social se articularon de manera cambiante a lo largo de los siglos. El concepto tripartito de fortaleza, medina y concejo sintetiza esa evolución y permite explicar cómo el asentamiento pasó de ser un enclave militar andalusí a convertirse en un núcleo político y administrativo cristiano tras la conquista del siglo XIII.

    Durante la etapa islámica, el enclave adquirió la fisonomía de fortaleza rural fortificada. Más que como una ciudad plenamente desarrollada, funcionaba como centro defensivo y administrativo destinado a asegurar el dominio sobre un amplio territorio agrícola y ganadero. Su misión principal era militar; vigilar caminos, proteger a la población campesina y servir de refugio ante incursiones enemigas. Esta fase supone la consolidación medieval del espacio y una temprana articulación económica.

    Tras la incorporación del territorio al Reino de Castilla en el siglo XIII, Trujillo experimentó una transformación decisiva, La antigua fortaleza andalusí se integró en la red administrativa castellana y pasó a organizarse como concejo; es decir, como una comunidad urbana con jurisdicción propia sobre un amplio alfoz o territorio dependiente.

    La repoblación cristiana introdujo nuevas instituciones --parroquias, plazas, edificios concejiles-- y reformuló el paisaje urbano. Iglesias y espacios públicos ocuparon lugares simbólicos, reforzando la cohesión social y la identidad colectiva. Desde el punto de vista territorial, esta etapa consolidó definitivamente a Trujillo como cabecera territorial. El control del campo, la ganadería y las rutas comerciales, aseguraron su prosperidad y sentó las bases del crecimiento posterior. La importancia histórica del poblamiento medieval radica en esa continuidad transformadora. El enclave estratégico dio lugar a la fortaleza; la fortaleza propició la medina; la medina facilitó el concejo.

    Tras el siglo XVI, el auge económico ligado a la expansión atlántica y a las redes americanas impulsa nuevas formas de crecimiento, La ciudad deja de ser exclusivamente fortaleza para convertirse en centro residencial, comercial y administrativo. Los espacios extramuros acogen barrios artesanales, conventos, infraestructuras productivas y viviendas populares. El análisis urbanístico revela que el crecimiento no es planificado de forma homogénea, sino orgánico. Calles irregulares, parcelaciones espontáneas y contrastes tipológicos muestran cómo la ciudad se adapta a necesidades inmediatas, Frente a la racionalidad romana, ahora predomina la flexibilidad. La expansión extramuros simboliza un cambio profundo en la relación entre comunidad y territorio. Las murallas, antes frontera defensiva, se vuelven permeables. La ciudad se abre al campo circundante y se integra en una economía regional más amplia.

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[1] Vid.: Ramos, Rubio, José Antonio y Gómez Ferreira, Raúl: Trujillo, ciudad en gestación: Historia y expansión desde sus orígenes hasta el siglo XVI, TAU Editores, 2026, Cáceres, 220 págs.


domingo, 5 de abril de 2026

EN LA MUERTE DE DIEGO CARCEDO, PREMIO “CÁCERES” DE PERIODISMO 1973

    

    El 22 de abril de 1973 se fallaba en el Complejo Álvarez de Cáceres el I Premio “Cáceres” de Periodismo, convocado por la Banca Sánchez de Cáceres, en su deseo de “promover y difundir los valores de la provincia”. Al certamen, según las bases, podrían concurrir “aquellos trabajos periodísticos que, con un tema relativo a Cáceres o su provincia, se hayan publicado en la prensa española o hispanoamericana entre el 1 de febrero de 1972 y el 31 de enero de 1973”. El premio, único e indivisible, estaba dotado con 100.000 pesetas. Fui finalista de ese premio con mi artículo “La novela de Cáceres”.

    El director del Colegio Universitario de Cáceres, doctor D. Ricardo Senabre, “alma mater” de aquel premio y que revolucionó el mundo de la cultura, apenas existente en la ciudad de aquel tiempo, me había animado a presentarme. Hablamos de esa novela que Cáceres no hubiere. Me habló él, entonces, de “Cacereño”, la obra de Raúl Guerra Garrido (Alfaguara,1969), en la que Pepe, el protagonista de la novela, abandona su familia y el pueblo literario de Torrecasar, que no es sino el trasunto del extremeño Casar de Cáceres o Quintana de la Serena, o Castuera, o Llerena, o Caminomorisco, o cualquiera de los pueblos de origen de aquellas miles de personas que, de Extremadura, acudieron al País Vasco al calor del desarrollismo industrial de las décadas de 1950-1960 en busca de un sustento y de una salida a la dura y difícil vida de la España rural de la época. Un retrato social de una época. Lo adquirí y leí.

    Diego Carcedo ganó, naturalmente, el premio. Su secretaria en el diario “Arriba” de Madrid, le había presentado. Era un reportaje sobre la ciudad publicado en las páginas de huecograbado de aquel diario, tras una visita a Cáceres algún fin de semana.  Nadie de los que estaban en aquella cena le conocía, menos yo. Había leído sus crónicas de la guerra de Vietnam, a bordo de helicópteros norteamericanos en combate, en aquel periódico en el que, por entonces, era corresponsal en Cáceres.

    Años después hablé con él para solicitarle un artículo para el Diario Extremadura con ocasión de algún aniversario. Tras presentarme, le recordé…; “¡Pero eso fue hace muchos años ya…!”, me dijo. “Sí, pero cuando vino usted a recoger el premio, el doctor Senabre le llevó al Colegio Universitario para que diera una conferencia. Reconoció que no se le daba hablar, sino escribir; “pero nos tuvo dos horas recordándonos sus aventuras en Vietnam…”, le dije…

    Diego Carcedo (Sobrecueva, Cangas de Onís, Asturias, 24/03/1940; Madrid, 05/04/2026) ha fallecido hoy a los 86 años tras una larga vida profesional, dedicada a la prensa, radio y televisión que no abandonare hasta el final.

    Tras finalizar sus estudios de Historia y Periodismo, comenzó a trabajar en el diario La Nueva España de Oviedo (1965-1968). De 1989 a 1990 fue director de los Servicios Informativos de TVE y de 1991 a 1996, director de RNE. En 1978 fue nombrado corresponsal de TVE en Lisboa. Desde junio de 1996 hasta enero de 2007 fue miembro del Consejo de Administración de TVE. En 2006 fue nombrado presidente de la Asociación de Periodistas Europeos.

    Entre otros, había publicado los siguientes libros: Neruda y el barco de la esperanza; la historia del salvamento de miles de exiliados españoles tras la Guerra Civil (Planeta, 2014), El “Schindler” de la Guerra Civil: la historia del diplomático mexicano que salvó a centenares de refugiados de ambos bandos (Ediciones B, 2003), Fusiles y claveles: la revolución del 25 de abril en Portugal (Temas de Hoy, 1999), Los cabos sueltos sobre el 23-F (Temas de Hoy, 2001), Un español frente al holocausto: cómo Ángel Briz salvó a 5.000 judíos (Temas de Hoy, 2005), Sobrevivir al miedo (Ediciones Península, 2019),  Entre bestias y héroes: los españoles que plantaron cara al Holocausto (Espasa Libros, 2016), y en 2009, la novela El niño que no iba a misa, ganadora del Premio Espasa de Ensayo 2011.

    Recibió los premios ·Cáceres” de periodismo (1973), “Cirilo Rodríguez” (1985), el “Ciudad de Oviedo” y el Premio Ondas de Radio.

    Descanse en paz el periodista viajero y escritor que tras cubrir su “primera guerra” en Vietnam se unió a Cáceres con el premio de su nombre.

           

viernes, 3 de abril de 2026

EL BUEN LADRÓN


Cristo y el Buen Ladrón, de Tiziano (Pinacoteca Nacional de Bolonia) 

    Es llegada la hora de la crucifixión en el Calvario, según la costumbre romana. Cristo ha sido crucificado a la hora tercera (nueve de la mañana), según el sistema romano-judío.  A la hora sexta (mediodía), las tinieblas cubren la tierra. La expiración sobreviene a la hora novena (tres de la tarde). El Redentor pasa seis horas clavado en su cruz, crucificado entre dos malhechores: a su derecha, Dimas, el Buen Ladrón; a la izquierda, Gestas, el Mal Ladrón.

    El Buen Ladrón es San Dimas que, junto al Mal Ladrón, fueron crucificados a la misma hora que Jesús de Nazaret. Las representaciones de la crucifixión muestran a Jesús con la cabeza inclinada hacia el lado derecho. Dimas era de origen galileo y poseía una posada, según el evangelio apócrifo de José de Arimatea (1-2). Atracaba a los ricos y favorecía a los pobres. Daba sepultura a los muertos. Saqueaba a los judíos. Robó los libros de la ley en Jerusalén; dejó desnuda a la hija de Caifás, el Sumo Sacerdote judío que presidió el Sanedrín (el consejo judío) durante el juicio a Jesús, que era a su vez sacerdotisa del santuario.

    Según el Evangelio de Mateo, los dos ladrones se burlaron al principio de Jesús; sin embargo, el evangelio de Lucas sostiene que solo fue uno de ellos el que se burló del Señor:  el Mal Ladrón. Uno de los criminales que estaban colgados, Gestas, le insultaba: “Si tú eres el Mesías, sálvate a ti mismo y sálvanos también a nosotros”; pero el otro reprendió a su compañero diciéndole: “¿No tienes temor de Dios, tú que estás bajo el mismo castigo? Nosotros estamos sufriendo con toda razón, pero este hombre no hizo nada malo”. Luego, añadió: “Jesús, acuérdate de mí cuando comiences a reinar.” Jesús le contestó: “En verdad te digo que hoy estarás conmigo en el Paraíso.” (Lc, 23, 39-43).

    Según el Evangelio apócrifo de Nicodemo (27, 2-3), al verlo entrar en el Paraíso, todos los santos le preguntaron: “¿Quién eres? Tu aspecto es el de un ladrón. ¿De dónde vienes que llevas el signo de la Cruz sobre tus espaldas?” Y él, respondiéndoles, dijo: “Con verdad habláis, porque yo he sido un ladrón, y he cometido crímenes en la tierra. Y los judíos me crucificaron con Jesús, y vi las maravillas que se realizaron por la cruz de mi compañero, y creí que es el Creador de todas las criaturas, y el rey todopoderoso, y le rogué exclamando. En verdad te digo que hoy serás conmigo en el Paraíso, me respondió. Y me dio este signo de la cruz, advirtiéndome: Entra en el Paraíso llevando esto y, si su ángel guardián no quiere dejarte entrar, muéstrale el signo de la cruz, y dile: Es Jesucristo, el hijo de Dios, que está crucificado ahora, quien me ha enviado a ti.

    Dimas reconoce sus pecados y se encomienda a la gracia del Señor. ¿Quién, si no, le dice que irá con Él al Paraíso?: el mismo Jesucristo. Y la Iglesia le convierte en santo, el primero de su Martirologio (catálogo de los santos), declarado por el Hijo del Padre, el fundador de su Iglesia. El 25 de marzo, su festividad.

    Pues, ¿y Gestas, ¿quién fuere, qué hizo? El Mal Ladrón muere sin arrepentirse de sus pecados. Contrapunto a Dimas, se sitúa a la izquierda del Nazareno. Le reta, se burla de Él: “¿No eres tú el Mesías? Sálvate a ti mismo y sálvanos a nosotros.” José de Arimatea, en el Protoevangelio de Santiago, dice de él: “Gestas daba muerte a espada a algunos viandantes; a otros les dejaba desnudos. Colgaba a las mujeres de los tobillos y les seccionaba sus pechos con la espada. Tenía predilección por beber la sangre de los miembros infantiles. Nunca conoció a Dios. No obedecía las leyes y venía ejecutando tales acciones, violento como era…”

    En el Evangelio Árabe de la Infancia se relata el episodio del Ataque de los bandidos, en el que unos salteadores atacan a San José y su familia mientras atravesaban un bosque. Uno de ellos, llamado Tito (el Buen Ladrón), intercede para protegerles, mientras que el otro, llamado Dúmasco (el Mal Ladrón), no accede. La Virgen María bendice a Tito y Jesús profetiza que ambos serán crucificados. “De aquí a treinta años, me han de crucificar los judíos en Jerusalén y estos dos ladrones serán puestos en cruz conmigo: Tito estará a la derecha y Dúmasco a la izquierda. Tito me precederá en el Paraíso.” (Evangelio Árabe de la infancia, capítulo XXIII).