No hacía ni dos años de su jubilación (septiembre de 2024). La magistrada extremeña de la Audiencia Nacional Ángela Murillo (Almendralejo, Badajoz, 13/09/1952; Madrid, 13/02/2026), una de las figuras más singulares y controvertidas de la judicatura española por su lucha contra la organización terrorista ETA, que la amenazó de muerte, y por su papel pionero en la judicatura española, falleció ayer en su residencia madrileña. Se había jubilado a los 72 años, tras 33 años en la Audiencia Nacional y 42 de carrera, 31 de ellos en el tribunal al que dedicó su vida y en el que terminó como presidenta de la Sección Cuarta de la Sala de lo Penal de la Audiencia Nacional, la primera mujer de la historia en conseguirlo.
Murillo fue, además, la primera mujer en formar parte de la Sala de lo Penal, elegida por la Comisión Permanente del Consejo General del Poder Judicial (CGPJ) el 15/04/2008. Ingresó en la Audiencia Nacional quince años antes, en la que fue ponente de juicios como el `caso Nécora´, el clan de los Charlines o en las vistas contra la célula de Al Queda en España o la organización EKIN.
Tras ganar las oposiciones a la Carrera Judicial, ejerció la judicatura en Lora del Río (Sevilla) con 25 años. Pasó después por Vélez Málaga, Onteniente, San Sebastián y Valencia. Fue inspectora delegada del Consejo General del Poder Judicial y, en 1977, magistrada en la Audiencia Nacional, sección de lo Penal y presidenta de la Sala.
Trabajadora infatigable, ha pasado a la historia por aceptar las pruebas que se proponen para el juicio oral, como cuando contestó a la petición de un abogado de si podía dar agua a su defendido y le contestó: “Por mí como si bebe vino”, dando a entender con ello que la función del letrado en el juicio oral es luchar para lograr una sentencia de acuerdo con sus conclusiones. Fue la respuesta a la abogada de Otegi, en huelga de hambre, sobre si podía beber… Asimismo, los juristas han destacado de ella su facilidad para aceptar las pruebas que se proponen para el juicio oral, sin rechazar pruebas periciales o testificales, por numerosas que fueren, salvaguardando el derecho de las defensas, de acusadores o acusados.
Sin embargo, su firmeza en la aplicación de la justicia le llevaron a excederse en ocasiones al formular prejuicios que invalidaron sus sentencias. Así, en 2018, el Tribunal Europeo de Derechos Humanos dictaminó que la magistrada no debió volver a juzgar a Arnaldo Otegi por sus comentarios despectivos durante un juicio y haber permitido que le juzgara después por tratar de restaurar la ilegalizada Batasuna. El Tribunal Supremo, por otro lado, anuló la condena de dos años de cárcel que le impuso la Sala que presidía por homenajear a un preso de ETA.
El Supremo ordenó repetir el juicio con un nuevo tribunal al estimar que se “prejuzgó” su culpabilidad al preguntar la magistrada si condenaba la violencia de ETA. La vista se celebró de nuevo y fue absuelto. “No voy a contestar”, respondió el dirigente `abertzale´. A lo que Murillo respondió: “Ya sabía yo que no iba a responder”, y Otegi replicó: “Y yo que iba a hacerla” (la pregunta).
En otro juicio, tras escuchar el testimonio de la viuda del concejal de UPN en Leitza (Navarra), José Javier Múgica, sobre el asesinato de su marido en 2011, la magistrada no pudo evitar la exclamación, ante la indiferencia mostrada por los acusados: “¡Pobre mujer! ¡Y encima se ríen estos cabrones…!”, al ver la reacción de “Txapote” y otros tres acusados, sin percatarse de que tenía abierto el micrófono. Renunció para no “causar perjuicio alguno” a la causa, aunque reconoció que su expresión fue “ciertamente desafortunada”, si bien su imparcialidad se mantenía “inalterada”.
A la etarra Idoia Mendizábal, en otra causa, le espetó: "¡Que no está usted en un bar, señora… Que se siente normal”, cuando la acusada puso los pies encima del banquillo…
El odio de ETA hacia ella iba más allá de sus ocasionales exabruptos: en 1997 se descubrió que la jueza figuraba entre los objetivos de asesinato planificados por la banda terrorista, un asesinato que se desbarató solo tres días antes de la fecha prevista.
Murillo fue una mujer de gran ternura. Se sobrepuso a la grave enfermedad de su pareja, que terminó falleciendo, y sacaba tiempo entre juicios y sus visitas al hospital para acercar refrescos a las prostitutas de la Casa de Campo para llevarles unos refrescos que les aliviaran del calor, que adquiría en las máquinas de la sede del tribunal.
Cuando volvía a su ciudad natal, Almendralejo, siempre lo hacía con escoltas que le guardaban las espaldas. En una ocasión, tras entrar en una tienda de ropa, les mandó a la puerta para que no fueran testigos de lo que iba a comprar: cosas de mujeres.

