viernes, 30 de octubre de 2026

FRANCISCO DÍAZ ROMANO, PRIMER IMPRESOR CON IMPRENTA EN MÉRIDA


Frontispicio de una edición de Nebrija.

    Rodríguez Moñino dice de él que fue el primer impresor conocido en Mérida y Guadalupe. Su biógrafa, Cristina Alarcó, señala que “el impresor extremeño dominó el panorama de la imprenta en Valencia en la tercera década del siglo XVI” y que, a partir de 1541, partió a su Extremadura natal, ya que “su primera impresión extremeña, Ábito y armadura spiritual, de Diego Cabranes, comenzó a imprimirse en la Puebla de Guadalupe y se culminó en Mérida en 1545, e indica que García Vega fija su muerte en la capital extremeña en 1554. El profesor Ricardo Senabre afirmaba que “la imprenta en tierras pacenses se inicia gracias al retorno de un emigrante, que se había formado en Valencia, donde llegó a ser impresor oficial de la ciudad”.

    Francisco Díaz Romano (Guadalupe, Cáceres, primer tercio siglo XVI; Mérida, Badajoz, 1554), de profesión impresor, se estableció en dicha ciudad en 1530, sucediendo a Cristóbal Cofman en su taller, junto al Estudio General.

    Arturo Álvarez (OFM) recordaba en un artículo que “había nacido en Guadalupe y en la Puebla vivió algunos años. Luego pasó a Valencia. En 1541 dejó la ciudad del Turia y vuelve a su tierra, seguramente llamado por los monjes, que no solo le conocían, sino que le ayudaron tal vez a instalarse en Valencia. En Guadalupe trabajó afanosamente los pocos años que le restaron de vida, ya que un año después de lanzar la segunda edición de las Ordenanças, fallecía en esta Puebla, según consta en el archivo monacal, en el que leemos: "En 5 de junio de 1549 se dio sepultura para Francisco Díaz, impresor de libros."

    De allí salió su primera impresión conocida, Glosa famosíssima (1530), de Alonso de Cervantes. Sin embargo, Jaime Moll apunta la posibilidad de que su primera obra fuera una Indulgencia del mismo año, aunque es probable que se trate de la última estampación de Cofman, según Alarcó.

     Díaz Romano alquiló más tarde la que fuera imprenta de Juan Joffre, junto al Molino de la Rovella, y continuó utilizando sus tipos, planchas y escudete de impresor, como ocurre en las Hores de la semana sancta (1553).

ESTAMPADOR OFICIAL DE VALENCIA

    Su imprenta llegó a acaparar el mercado tipográfico valenciano. Vecino de la ciudad, invirtió en material, contrató a aprendices a los que alojó y enseñó el oficio e incluso ejerció en ocasiones de impresor-editor, como en el caso del Libro del esforzado Morgante (1553).

     Jesús Duce García, en su tesis doctoral sobre “Estudio y edición del Valerián de Hungría, de Dionís Clemente”, acopia la labor impresa de Francisco Díaz en Valencia. “Avecindado en la ciudad en 1530, se trasladó con su equipo a la conocida imprenta del Molino de la Rovella." Profesional muy cuidadoso en sus ediciones, fue responsable de todas las estampaciones que cita.

    Entre ellas, destaca Alarcó,  también el Dictionarum (1533) de Nebrija; el Libro de música de vihuela de mano (1536), de Luis Milán, con partituras musicales estampadas a dos tintas, y la bella edición del Libro llamado Consulado de mar (1539). Poco después editó unos Furs valencianos, hecho que fue determinante para que los Jurados de la ciudad le nombrasen “stampador” oficial; pero tal título no le sirvió para seguir manteniendo el liderazgo en el panorama de la impresión valenciana, ya que poco después abandonaría la ciudad.    

    De 1540 solo se le conoce la estampación de Crónica del muy alto príncipe y esforzado caballero Valerian de Ungria.  Su última estampación valenciana fue un Directorio de las horas Canónicas y Sumario de la vida de Christo (1541).

REGRESO A EXTREMADURA

     Según Rodríguez Moñino, “entre Mérida y Guadalupe, lo más significativo y tradicional de Badajoz y Cáceres, hay que colocar la cuna de la imprenta extremeña del siglo XVI, pues la del XV, agostada apenas los primeros brotes, no puede considerarse más que como taller voladizo y pasajero. Parece como si Francisco Díaz Romano, extremeño de pura cepa, hubiera querido reunir en el colofón de su libro, confundiéndolos para que no hubiere primacía ni disputa, los dos florones más destacados del antiguo Reino de Extremadura”.

    Añade Rodríguez Moñino que, “por pocos años, ganó la mano Mérida a Badajoz en el establecimiento de la imprenta comercial y, aun la primacía, es dudoso que pueda disputársela aquella a esta ciudad en buena ley. Si Díaz Romano comenzó a estampar un libro en su patria natal, acabándolo en la insigne ciudad de Santa Eulalia el 10 de agosto de 1543, un lustro después tenemos ya impresor establecido en Badajoz”.

    Su estancia en Mérida fue corta, ya que las siguientes impresiones las realizó en Guadalupe, como Formula novitiorum (1546), de San Buenaventura; Ordenanza del prior de Guadalupe Hernando de Sevilla (1547) o su última obra conocida, Sobre los censos (1547), de Diego Pizarro.        

    Serrano Morales apunta la posibilidad de que residiera en Sevilla en el año 1554, aunque García Vega indica que murió en Mérida en la misma fecha.

    En cuanto a su vida personal, un documento de 1535, indica que estuvo casado y, según Arturo Álvarez, el 7 de mayo de 1559 fue inhumada en Guadalupe la hija del impresor, de 14 años de edad.

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Bibliografía consultada: Rodríguez Moñino, A.: La imprenta en Extremadura (1489-1800)”, Institución de Servicios Culturales de la Diputación de Badajoz, 1944; Alarcó Ubach, Cristina: Francisco Díaz Romano, en Historia Hispánica, RAH, biografías; Senabre, Ricardo: Escritores de Extremadura, Departamento de Publicaciones de la Diputación de Badajoz, Colección Rodríguez Moñino, núm. 8, 1988, en Los problemas históricos del escritor extremeño (Intervención en el I Congreso de Escritores Extremeños, Cáceres, 17 de febrero de 1980); Álvarez, Arturo: La imprenta en Guadalupe, en ABC de Madrid, de 26/04/1974; Duce García, Jesús: Estudio y edición del Valerián de Hungría, de Dionís Clemente, tesis doctoral dirigida por Alberto del Río Nogueras, Universidad de Zaragoza, 2009.



miércoles, 28 de octubre de 2026

MEMORIA FOTOGRÁFICA DE TRUJILLO


Sábado de Gloria en la Plaza Mayor de Trujillo (N. Martínez, 1886). 


    Hasta hace apenas un siglo, la fotografía solidificaba en las casas los retratos de nuestros antepasados. Eran fotos en blanco y negro que todo el mundo se hacía, al menos, una vez en vida, con sus mejores galas, para dejar a sus descendientes el recuerdo de lo que fueron. Presidían los principales sitios de las viviendas: el salón o las habitaciones, donde los herederos pasaban sus horas de descanso, asueto y conversaciones.

    Los retratos de los abuelos eran algo sagrado. Los padres contaban a sus hijos, nietos de aquellos, las historias de quienes no conocieren, pero que formaban parte de sus vidas al ser su segunda generación. De padres a hijos, la heredad de las fotos antiguas se conservaba como, en una caja después, las fotos de la boda, de la mili, de las fiestas populares, de las procesiones, de la primera comunión, cuando estos acontecimientos marcaban la vida de los vecinos de los pueblos.

    Hay, sin embargo, otros lugares para la memoria que algunos conservan y otros no pudieren hacerlo, porque no hubieren los medios que hoy están al alcance de todos: la cámara analógica antes, la digital hoy. No son los recuerdos de familia, sino los del pueblo y la ciudad del pasado, que solo los fotógrafos visitantes pudieren captar y conservar para la memoria de todos.

    En “Trujillo, memoria fotográfica. El legado de la imagen” [1] , su cronista oficial, José Antonio Ramos Rubio, nos devuelve a la contemplación un recorrido visual por su historia, sus calles y sus monumentos, “un espejo, señala el cronista, que nos devuelve la mirada de quienes nos precedieron, los rostros de un Trujillo que aún pervive en los rincones menos alterados por la modernidad”.

    El libro se ofrece, según el autor, como un homenaje a sus gentes y su legado, como una invitación a seguir recordando la historia, la cultura y los valores que perduran. Sus palacios, sus casas solariegas, sus templos, conventos, castillo, iglesias, con su historia bajo ellas, nos retratan un pasado que ha ido cambiando con el paso del tiempo y que las generaciones actuales no conocieren, pero reconocen, “para que nunca dejemos de recordar quiénes somos y de dónde venimos”.

    Las vistas aéreas, las panorámicas de la ciudad, la plaza mayor y su estatua que la preside hace un siglo, las iglesias (San Martín de Tours, la iglesia y convento de San Francisco, Santa María la Mayor, Santiago y Santo Domingo); el Colegio Preparatorio Militar; los conventos de Santa Clara, San Pedro, San Francisco el Real de la Puerta de Coria y de Santa María.

    No podían faltar el castillo que preside en lo alto la ciudad, el Teatro “Gabriel y Galán”, la plaza de toros, la ermita de San Lázaro, la muralla y las puertas de la villa, el conjunto monumental, el monumento a doña Margarita de Iturralde, La Albuhera, las calles y lugares.

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[1] Vid.: Ramos Rubio, José Antonio: Trujillo, memoria fotográfica, El legado de la imagen. Iberprint, Montijo, 2026, 174 págs..


LA CHUMBERA VIAJÓ DESDE AMÉRICA A EXTREMADURA


La catedral de Coria y su ladera base, asegurada por las chumberas. 

    La historia de la chumbera, que forma parte de muchos paisajes extremeños, comenzó al otro lado del Atlántico. La especie Opuntia ficus-indica está estrechamente vinculada a México, donde se aprovechaba mucho antes de la llegada de los europeos.

    La misma planta recibe nombres distintos a cada lado del océano. En Extremadura conocemos la chumbera y sus frutos, los higos chumbos. En México, sus tallos planos se llaman nopales y se utilizan en numerosos platos, mientras que sus frutos se conocen como tunas.

    Con el tiempo, la planta cruzó el Atlántico, se extendió por el Mediterráneo y acabó integrándose en paisajes que hoy sentimos como propios. Una muestra de cómo las plantas, los alimentos y las palabras también cuentan la historia de los intercambios entre América y Extremadura, señala Extremestiza.

    La chumbera guarda otra sorpresa: su relación con un pequeño insecto del que se obtiene unos de los tintes rojos más apreciados de la historia.

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Fuentes: Universidad de Extremadura: Guía botánica del campus de Badajoz; Royal Botanic Gardens, Kew, Plants of the world online; Opuntia ficus-indica, https://powo.science.kew.org./taxon/1151735-2: Kiesling Roberto: Origen, domesticación y distribución de opuntia ficus-indica, Journal of the Professional Association for cactus developmen, 1998, https://doi.org/10.56890/jpacd-v2i.159.