lunes, 24 de agosto de 2026

PEDRO ORDÓÑEZ, UN MAESTRO DE CAPILLA PLACENTINO, CANTOR EN ROMA Y DIRECTOR EN PALENCIA


Recreación del Concilio de Trento en la catedral de San Vigilio

    Pedro Ordóñez (Plasencia, c. 1510; Palencia, 05/05/1585) fue un compositor y maestro de capilla español, cantor de la Capilla de Música Pontificia, en la que ingresó el 20 de abril de 1539, llegando a ser abad de la misma el 11 de enero de 1545. De él escribió Saldoni, musicólogo y compositor español, que era “maestro compositor elogiado por los italianos”.

    Fue hermano menor de Alonso Ordóñez y de Rodrigo Ordóñez, ambos maestros de capilla. Niño de coro en la catedral de Santiago, fue recibido como tal el 23 de diciembre de 1534. Es seguro, por tanto, que Alonso fue su maestro y profesor. Es posible que antes estudiase en Plasencia con el maestro Cristóbal de Morales, y que siguiese a su hermano a Santiago cuando este fue nombrado. También es posible que siguiese a su hermano a Palencia y que allí fuese ordenado sacerdote, pero no hay constancia documental.

CANTANTE EN LA CAPILLA PONTIFICIA EN ROMA

    Ingresó en la Capilla Pontificia en Roma en 1539 como cantor con voz de bajo. Debió de disfrutar de cierto prestigio, pues en una ocasión fue elegido por el resto de cantores para interceder ante el Papa por un compañero que había sido despedido. El 11 de enero de 1545 fue elegido abbas (tesorero) del coro por un año.

    Consta expresamente que acompañó al Papa en algunos de sus viajes, siendo el más importante el realizado a Trento como cantor del concilio, entre enero de 1546 y mayo de 1549. En un manuscrito que transcribe y comenta C. Gutiérrez, se hace una cálida alabanza de él: “Por lo melodioso de su voz y lo elegante y armonioso de su canto asistió como cantor al concilio tridentino cuando, bajo los auspicios del papa Paulo III, se reunió por primera vez el sínodo.”

    En mayo de 1549, al paralizarse las sesiones conciliares, se concedió permiso a los cantores para que regresasen a Roma. Ordóñez viajó desde Bolonia a los baños de Padua para tratar su ciática a comienzos de junio de 1549 y el 1 de agosto estaba en Venecia. Continuó en Roma hasta al menos el 5 de enero de 1550.

MAESTRO DE CAPILLA EN LA CATEDRAL DE PALENCIA

El 18 de julio de 1551 falleció su hermano Alonso Ordóñez, maestro de la catedral de Palencia. El cabildo encargó a dos canónigos que visitasen a su hermano Pedro para que se hiciese cargo de los niños del coro y, así, el 24 de julio de 1551, Pedro Ordóñez fue nombrado maestro de capilla de la catedral palentina.

En 1557, el cabildo le instó a cuidar de los seises con el mismo celo y esmero que demostró su difunto hermano. El 30 de agosto fue nombrado examinador diocesano de canto eclesiástico para todo el clero de Palencia. El 26 de octubre de 1577 se encomendó a una comisión del cabildo la búsqueda de un ayudante competente “debido a la edad y la enfermedad del maestro de capilla, Pedro Ordóñez”. Finalmente, el 9 de abril de 1578 se jubiló, y se le concedió una pensión “en atención a sus méritos y a sus muchos años de servicio, además de su edad y enfermedad” y fue sucedido en el cargo en septiembre del mismo año por Juan Navarro Hispalensis.

OBRAS PUBLICADAS

Del mismo modo que Juan Escribano --uno de los españoles más destacados del coro papal entre 1507 y 1539-- solo vio publicadas obras de carácter profano, las únicas composiciones de Pedro Ordóñez que se editaron en vida fueron inequívocamente profanas: los dos sonetos (a cuatro voces), adaptados para vihuela, insertados en los folios 75-77 y 77-79 en El Parnasso, de Esteban Daza (Valladolid, 1576), el primero “Ay mudo soy hablando no puedo”, es un lamento de un enamorado, y el segundo, “Ay, furiosa cruel”, que increpa a la Fortuna y a Cupido.

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Bibliografía consultada: López-Caló, José (1999) y Casares Rodicio, Emilio: Diccionario de la música española e hispanoamericana, 10 vols. Coordinación editorial: Casares Rodicio, Emilio; Madrid, Sociedad General de Autores y Editores, 1999-2002; vol. 8, págs., 142-144; y Stevenson, Robert: La música en las catedrales españolas en el Siglo de Oro, Berkeley: Universidad de California Press, pág. 319.


viernes, 21 de agosto de 2026

HIDACIO DE MÉRIDA, EL ARZOBISPO QUE DESAFIÓ AL PRISCILIANISMO


Escudo de Hidacio de Mérida.

    La figura de Hidacio de Mérida (m. s. IV; c. 400), arzobispo residencial de Mérida (380-400) representa un caso paradigmático en la historia del cristianismo; el conflicto entre ortodoxia y heterodoxia, la tensión entre autoridad eclesiástica y poder secular, y la difícil gestión del disenso teológico. A diferencia de muchos de sus contemporáneos, Hidacio no solo defendió sus convicciones en el plano doctrinal, sino que las llevó hasta las últimas consecuencias, interviniendo en el ámbito político y legal del Imperio.

    En la nómina del episcopologio emeritense, sucede a Florencio, primer metropolitano. Sulpicio Severo nombra a Idacio con ortografía latina, mientras que para otros es Hidacio, que correspondía a la griega.

    La figura de Hidacio de Mérida se inscribe como una de las más relevantes del cristianismo hispanorromano en el siglo IV. Metropolitano y escritor, fue protagonista de un enfrentamiento teológico y político de primer orden que marcaría el devenir de la Iglesia en la península ibérica: la lucha contra el priscilianismo. Desde su cargo como arzobispo de Mérida, ejerció no solo un liderazgo eclesiástico, sino también una influencia decisiva en los asuntos del Imperio romano de Occidente. Su nombre permanece ligado a uno de los momentos más controvertidos de la historia eclesiástica antigua: la ejecución de un hereje cristiano con intervención del poder imperial.

      Al propagarse la herejía de Prisciliano, un influyente laico hispanorromano, que promovía una visión ascética y puritana del cristianismo, los obispos Instancio y Salviano se adhirieron. El impacto del priscilianismo no se limitaba a las ideas. Su forma de vida austera, vegetariana, célibe y con una sorprendente defensa de la igualdad entre los sexos, atrajo a numerosos creyentes

    Entonces Hygino, obispo de Córdoba, que después se pondría de parte del heresiarca, recurrió a Hidacio para que preservase su sede como metrópoli de la Lusitania.  Y actuó con enérgico celo contra el obispo Instancio y sus partidarios, Estos reaccionaron con dureza, lo que llevó a los obispos de España y algunos de la Galia a reunirse en el año 380 en el Concilio de Zaragoza, donde presentaron un memorial condenando la doctrina de Prisciliano. Recibieron una carta del papa San Dámaso prohibiendo que se condenase a los inculpados sin oírles previamente. En las actas figuran, entre otros, los obispos Hidacio de Mérida e Itacio de Ossonova, quienes condenaban a sus colegas Instancio y Salviano y a los laicos Helpidio y Prisciliano, así como al antiguo delator cordobés.

    La reacción llegó a tal punto al nombrar los obispos rebeldes a Prisciliano como obispo de Ávila. La pugna se agudizó: Hidacio e Itacio recurrieron al emperador Graciano para que fueran excluidos de sus iglesias. Instancio, Salviano y Prisciliano recurrieron al papa de Roma, Dámaso, y Ambrosio de Milán y a la Corte Imperial, de la que consiguieron un decreto de restitución en el 382.

    Instancio y Prisciliano --Salviano ya había fallecido en Roma-- volvieron envalentonados e Hidacio comunicó al pueblo emeritense las decisiones conciliares, lo que provocó una denuncia contra él. Hidacio, ayudado por Itacio de Ossonova, consiguió del emperador Graciano, un decreto de destierro para los “priscilianistas”, fundado en razones de orden público.

    Prisciliano aprovechó la situación de Mérida y la visitó, originándose una subversión popular que le obligó a salir precipitadamente de ella. Se refugió en Treveris, acogido por el obispo Brito, cuando Magano Clemente Máximo, después de vencer a Graciano, se proclamó “Emperador de las Galias, Britania y España”. Itacio le envió un memorial sobre los errores y vicios de la secta. Apresados Prisciliano y sus secuaces, fueron conducidos al Sínodo de Burdeos, en el año 384. La intervención de San Martín de Tours y San Ambrosio para evitar la condena civil, fue inútil. El heresiarca, temiendo ser condenado, recurrió al Emperador, fue juzgado por Evodio, prefecto del Pretorio, y sentenciado a muerte. Confirmado el veredicto por el Emperador, fue rápidamente ejecutado.

    La entrega del hereje al poder secular para su ejecución generó una fuerte reacción en muchas diócesis. La Iglesia de Roma, en particular, consideró que Hidacio había sobrepasado sus funciones al permitir que un miembro del clero fuese juzgado y ejecutado por autoridades civiles. Como consecuencia, el arzobispo fue excomulgado y desterrado en tiempos de Teodosio y Valentiniano, en el año 392; el segundo fue expulsado de su sede de Ossonova.

    Su legado ha sido objeto de múltiples interpretaciones. Algunos lo consideran un defensor apasionado de la fe, mientras que otros lo ven como responsable de la primera ejecución de un hereje cristiano por causas religiosas. Lo cierto es que su actuación marcó un precedente que tendría consecuencias     Sus obras, especialmente el Liber Apologeticus, ofrecen una ventana invaluable al pensamiento teológico del siglo IV y al modo en que los líderes eclesiásticos respondían a las herejías emergentes, Hidacio, con su amplio conocimiento de las Escrituras y su capacidad de argumentación, representa a una generación de obispos intelectuales que luchaban por definir los contornos doctrinales de la Iglesia cristiana en un mundo cambiante.

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Bibliografía consultada: López López, Teodoro Agustín: Historia Hispánica, Real Academia de la Historia. Biografías; Hidacio de Mérida (s. IV). El arzobispo hispanorromano que desafió al priscilianismo. (MCNbiografías,com/Hidacio de Mérida.


martes, 18 de agosto de 2026

EL CASTILLO CACEREÑO DE LAS ARGUIJUELAS DE ARRIBA



    El castillo de las Arguijuelas de Arriba constituye uno de los ejemplos más representativos de la arquitectura señorial renacentista en el término de Cáceres. Su construcción, desarrollada aproximadamente entre 1513 y 1550, gracias a la familia de don Diego Ovando de Cáceres, relacionada con la historia de la nobleza local y “su historia refleja la evolución de los linajes nobiliarios cacereños, el proceso de transformación del territorio tras la Reconquista y la consolidación de un modelo de explotación agroganadera que ha llegado hasta nuestros días”, en opinión del prologuista, Manuel Márquez de la Plata y López-Montenegro, actual dueño del castillo, sobre el último libro del cronista oficial de Trujillo, José Antonio Ramos. [1]

    El castillo se sitúa en el término municipal de Cáceres, junto al antiguo Camino de la Plata, una de las vías más importantes de la Península Ibérica. Desde época romana. esa ruta constituyó un eje fundamental para las comunicaciones entre el norte y el sur peninsular, manteniendo su relevancia durante la Edad Media y la Edad Moderna. Además de su importancia estratégica, el conjunto refleja el desarrollo económico de los grandes heredamientos rurales extremeños durante los siglos XVI y XVII.

HISTORIA DEL CASTILLO

    La historia del castillo está estrechamente vinculada al ascenso político y económico de la familia Ovando, uno de los linajes más influyentes de Cáceres durante la Baja Edad Media y el Renacimiento. Hijo primogénito del capitán Diego de Cáceres Ovando y de Isabel Flores –primera esposa del capitán--, Diego de Ovando de Cáceres, como heredero principal de la familia, sucedió a su padre en el mayorazgo por él instituido, convirtiéndose en el segundo señor de la Casa de las Cigüeñas, una de las residencias más emblemáticas de la ciudad, y fue el que ordenó construir el castillo.

    Entre los propietarios más relevantes del castillo durante la época contemporánea merece especial atención Adela de Carvajal y López-Montenegro, y su esposo, Enrico Vico Portillo, general del Estado Mayor del Ejército, quienes promovieron diversas obras de reforma que contribuyeron a configurar buena parte del aspecto que presenta actualmente el edificio. Su memoria permanece vinculada a la residencia a través de sendos retratos en una de sus principales estancias. En la misma sala se conserva el retrato de García de Arce y Aponte, marqués de Reina, uno de los últimos miembros de la familia vinculados a la historia del castillo, fallecido en 1934.

    Este último reformó el castillo, adaptándolo a los nuevos tiempos, instalando uno de los primeros pararrayos de toda Extremadura y mandó plantar un jardín romántico, del que aún se conservan las trazas.

DOSCIENTOS OLIVOS CENTENARIOS

    El jardín fue diseñado por Consuelo Correcher, quien ejerció como directora del Museo Botánico de Madrid, y la ejecución material del proyecto estuvo a cargo de Diosdado Simón Villares, entonces responsable del Servicio de Parques y Jardines del Ayuntamiento de Cáceres, cuya labor resultó fundamental para la configuración de este espacio.

    Entre los elementos más sobresalientes del jardín destaca su valioso conjunto de olivos centenarios, integrado por más de doscientos ejemplares, muchos de ellos alcanzan edades entre los doscientos y trescientos años y presentan portes de más de seis metros de altura, lo que les confiere un notable valor botánico, histórico y paisajístico.

    Diversas fuentes documentales atribuyen la ejecución del castillo a Pedro de Larrea, maestro mayor de la Orden de Alcántara y uno de los arquitectos más relevantes del primer Renacimiento español… Entre las actuaciones constructivas promovidas por Diego de Ovando de Cáceres en el conjunto de las Arguijuelas destacó la edificación de una iglesia en la parte posterior del castillo bajo la advocación de San Juan hacia 1560.

    La construcción del castillo no supuso la finalización inmediata del conjunto arquitectónico. Al igual que ocurrió en numerosas residencias señoriales extremeñas, el edificio experimentó un proceso continuo de ampliaciones que reflejan la evolución económica, social y cultural de sus propietarios. El núcleo fortificado levantado durante las primeras décadas del siglo XVI fue enriquecido progresivamente mediante nuevas edificaciones destinadas a satisfacer las crecientes necesidades derivadas de la administración del mayorazgo y de la explotación agropecuaria del heredamiento.

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[1] Vid.: Ramos Rubio, José Antonio: El castillo de las Arguijuelas de Arriba (Cáceres), Liberis.CC., Cáceres, 2026. 154 págs.