Nos levantamos antes del alba. Pasadas unas horas, ya iniciados los deberes del día, abrimos el móvil. Los periódicos apenas traen noticias nuevas desde la noche anterior. Vemos el estado de wasap: unos destacan noticias de ayer; otros te ofrecen los buenos días; algunos te dicen alguna palabra para que tú escribas el resto. No sabes qué pensar ni decir. Otros colocan las fotos de sus padres, a quienes recuerdan en sus aniversarios. Un amigo nos coloca una foto de alguien a quien queremos reconocer, pero cuyo nombre no acertamos a recordar. ¿Qué querrá decirnos nuestro amigo?: ¿será su aniversario; acaso nos habrá dejado…?
Pasan las horas y preguntamos. Todos le reconocemos; nos
dicen su nombre. Ahora sí afloran nuestros recuerdos vividos. Nos dicen que ha
fallecido; que ya sido inhumado. Las preguntas se atropellan una tras otra.
Nuestro amigo también le recuerda. “Era una buena persona; afable, atento,
discreto… Tenía una hija.” Apenas puede decirnos más quien lleva a gran parte
de los vecinos en su cabeza. “Se fue ayer; le despedimos a mediodía… Te daré el
teléfono de su primo y le llamas. Te dará más noticia de él; de lo que tú
quieres saber y a quien conociste…; además, era primo suyo.” Y también conocimos y tratamos a ese primo y
a sus padres y hermano, a quienes no hemos vuelto a ver.
Se ha ido Isidoro
Martín Rey, el camarero de “Acuario”. ¿Quién no le conociere en Cáceres,
quién no te hablare de él, evocándole porque hubiere trabajado a su lado?
Isidoro personificaba las virtudes todas del profesional de la hostelería que
nos recordare el amigo. La última vez que entré en aquella cafetería, cuando
aún estuviere en activo, se dirigió a mí y me indicó dónde estaba quien me
esperare para hablar con él.
Se nos van yendo los mejores: amigos, compañeros, que
conocimos un día ya lejano, con quienes compartimos quehaceres, viajes y
cuitas. Nos ocurre de cuando en cuando: nos enteramos cuando ya es tarde. No
podemos despedirle más que en la memoria, en nuestro corazón, porque su cuerpo
yace de donde vino: de la tierra que acogió nuestro vivir durante años.
No nos gustan estas despedidas; pero, a veces, nos
sentimos obligados: por familiaridad, por sentimientos; y nos encontramos con
otros familiares, amigos, compañeros, a quienes hace años que no veíamos.
“¡Mira dónde nos encontramos…, después de tanto tiempo!”, me decía Casilda en
el funeral por José Manuel.
Pasan los años sin vernos y, cuando lo hacemos, ya es
tarde. No sabemos ni el día ni la hora. Ni deseamos pensar en ello cuando la
noticia nos sobrecoge. “¡Era tan joven, tan bueno…!” Nos encontramos a cinco minutos de la persona
amiga y pasan los años y no nos vemos; y, cuando deseamos hacerlo, ya es tarde.
Aun vivos, pasamos por la calle y decimos adiós a quienes conocemos, sin recordar
que hace años que no hablamos porque no nos vemos… En ocasiones, respondemos a
saludos de otros a quienes no reconocemos y, por vergüenza, nos nos atrevemos a
preguntar quién es. ¿Nos conocemos, nos preguntamos a quien miramos a los ojos?
Ni nos reconocemos. Le damos vueltas y más vueltas hasta que pasan los días y,
al fin, caemos: “¡Ah, era Isidoro!; sí, le recuerdo desde hace años…” El tiempo vuela, pasan los años… y, como nos
recuerda Benedetti para que aprovechemos el instante:
“El tiempo se va.
A veces pienso que
tendría que ir apurado,
Que sacarle el máximo
partido
A estos años que quedan.”


