Hay una diferencia
sustancial que a muchos induce a la confusión. Una cosa es el Día de Todos los
Santos, en el que la Iglesia celebra a todos ellos, canonizados o no, que gozan
de la vida eterna en la presencia de Dios (1 de noviembre) y otra fuere el Día
de los Fieles Difuntos (2 de noviembre), dedicado a orar por las almas de los seres queridos y de los fieles que han fallecido. El día 1 conmemoramos
la santificación de los difuntos y el 2, a rezar por los fallecidos.
Las visitas multitudinarias a los camposantos el día 1,
al ser festivo, o “puente” en algunas comunidades porque, como ayer, cayera en
domingo, confunde a muchos a pensar que el día de los difuntos es el 1 y no el
2.
La expresión seres
queridos es la combinación de dos palabras (ser y querido, sustantivo y
adjetivo, respectivamente) que pronunciamos o escribimos como si fuere una sola
a la hora de dar el pésame a los familiares de los difuntos. Las vemos y oímos
casi todos los días, especialmente cuando nos lo requieren catástrofes con
decenas de muertos que acongojan el corazón, como el reciente accidente ferroviario
de Urda (Toledo) o de personas muy queridas, respetadas o reconocidas
socialmente.
Los pésames de carácter institucional o corporativo incluyen
casi todos la locución: “En nombre del Gobierno, reciba nuestra más sinceras
condolencias por el fallecimiento de (nombre del fallecido o fallecida),
extensivo a su familia y seres queridos
en estos momentos”; los de tono protocolario: “Ante el lamentable fallecimiento
de (nombre), le expresamos nuestro más sentido pésame, con la esperanza de que
los momentos compartidos sean refugio de paz para su familia y seres queridos”.
La locución subsume una referencia implícita a la pérdida
de una persona y otra emocional que
ilustra la primera acepción. Es decir, cuando nos referimos a los “seres queridos” aludimos a los difuntos,
aunque aquélla abarque más allá de la consanguinidad, incluyendo en ella a
parejas o amigos íntimos, sinónimos y afines más habituales: familiares,
parientes, allegados, amados, estimados, cercanos…
El ser es el
ente, la criatura, la persona, el sujeto, la vida, la existencia, y querido, como participio del verbo
querer, es la persona a la que amamos, con la que mantenemos un vínculo
matrimonial, aunque se utilice también como fórmula de trato afectuoso (mi querido amigo) o vocativo (por favor, querida).
Es decir, la locución la utilizamos más para referirnos a
los difuntos que a los vivos, como si solo aquellos, por el hecho de no estar
ya con nosotros, fueren los únicos seres
queridos, cuando estamos rodeados de ellos por todas partes: querida mía, querido mío…, cuánto te amo…, quizá hasta que la muerte nos separe, en que
ya seremos los seres queridos.
