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| Manuel Pérez (Historia Hispánica) |
A
mediados del siglo XIX, cuando fallece, era considerado uno de los mejores
juristas del siglo. Diputado por Badajoz en la legislatura 1830-1839, que
repitió en 1840, Manuel Pérez Hernández
(Mérida, 08/02/1803; Madrid, 21/06/1856), inició sus estudios en Leyes en la
Universidad de Salamanca, aunque los concluyó en Sevilla, ciudad a la que se
trasladó por motivos políticos, en 1825.
En la capital andaluza comenzó el ejercicio de la
abogacía hasta 1828, en que se trasladó a Écija por motivos familiares,
permaneciendo en la citada ciudad hasta 1834, en que se trasladó a Madrid.
EL
ABOGADO DE LA CORTE
En la capital de
España su bufete alcanzó un merecido prestigio, convirtiéndose en el abogado de
la aristocracia de la Corte y enseñando el ejercicio de la profesión a notables
discípulos como Manuel Silvela (1830-1892), abogado, escritor, académico y
político.
Fue una figura destacada del Colegio de Abogados de
Madrid, de cuya Junta fue diputado primero, gozando de gran admiración en esta
corporación y de la amistad de uno de los hombres más influyentes: el decano
Manuel Cortina (Sevilla, 1802; Madrid, 1879), abogado, político y militar,
diputado, ministro de Hacienda y presidente del Congreso.
Desde su llegada a Madrid, participó activamente en el
Ateneo de la capital, en la fue secretario de la Primera Sección hasta casi su
fallecimiento. También se dedicó al periodismo, tanto político como jurídico,
siendo redactor de La Abeja, La Ley, El Español o La España. Hastiado de la prensa política, se alió junto a
sus amigos Joaquín Francisco Pacheco y Bravo Murillo para fundar el Boletín de Jurisprudencia, tras haber
intentado establecer otra revista de la misma índole titulada La Ley (véase Ucelay). En La Abeja, Pérez Hernández sostuvo en
numerosos artículos la idea de que “España era difícil de gobernar, pero
todavía más difícil de revolucionar”. Esta doctrina, según Ucelay, consistía en
“huir de los extremos, en aceptar las reformas, en censurar todos los desmanes
que trataban de cubrirse bajo la capa de la libertad”.
Aunque no se sintió atraído por la política, salió
elegido diputado por Badajoz en la legislatura de 1838-1839 y repitió en 1840.
Considerado como gran orador en el foro, su voz apenas se escuchó en el
Congreso, aunque destaca su intervención en la sesión del 24 de diciembre de
1838, en la que expuso sus opiniones en torno a los límites de la
inviolabilidad parlamentaria.
RETIRADA
DE LA POLÍTICA TRAS SU DESTIERRO
Sin embargo, tras asumir el general Espartero la Regencia
(1840-1843) en septiembre de 1840, durante la minoría de edad de Isabel II, fue
desterrado a Guadalajara por sus ideas políticas moderadas y, aunque la medida
duró poco más de un mes, esta experiencia le marcó y le hizo renunciar a su
carrera política. A pesar de ser tentado en varias ocasiones para retomar su
actividad política (“se le brindó la cartera de Gracia y Justicia; otras, un
asiento en el Senado….”, según L. M. Pastor), se mantuvo volcado en la abogacía, que tantas
satisfacciones y prestigio le había reportado y le reportarían.
Por sus conocimientos jurídicos y su calidad humana, fue
miembro de las Comisiones de Códigos creadas en 1843, 1846 y 1854, en las que
destacó por sus aportaciones, no aceptando remuneración alguna. Según la
biografía de Ucelay, “sus ganancias profesionales ascendían a sumas que
entonces se tenían por fabulosas. Hay quien asegura que solo el Banco de
España, del cual era abogado consultor, llegó a satisfacerle alguna vez más de
25.000 duros por honorarios de sus negocios en solo un año”.
La muerte le sorprendió el 21 de junio de 1856 en la
ciudad en la que se consagró como uno de los mejores juristas españoles del
siglo XIX, según su biógrafa Blanca Sáenz de Santamaría. Ucelay lo considera un
“abogado de celebridad indiscutible como hombre de ciencia, de foro y como
orador, quizá sin igual en las lides judiciales, y debe ser estudiado solo como
eminente letrado y esclarecido orador forense”.
Según La Gaceta,
recogido del Diario Español, “fue
víctima de una apoplejía fulminante” “cuando se hallaba en una junta a la que
había llegado minutos antes, sin síntoma alguno que hiciera presente su próximo
fin”.
Su entierro fue una solemne manifestación del aprecio en
que por todos fue considerado. Más de cien carruajes y un cortejo numerosísimo,
compuesto de lo más distinguido del foro y de la sociedad de Madrid, seguían al
carro fúnebre, tributando un merecido homenaje al elocuente orador y al sabio
jurisconsulto. El decano del Colegio, Manuel Cortina, pronunció la oración
fúnebre, en la que dijo que “su temprana muerte ha arrebatado a la
jurisprudencia una de sus principales lumbreras” (Ucelay citando la crónica
publicada en El Faro Nacional).
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Bibliografía consultada: Sáenz de Santamaría
Gómez-Mampaso, Blanca, en Historia Hispánica, de la Real Academia de la
Historia, biografías: Manuel Pérez
Hernández; Ucelay, Enrique: Estudios
sobre el foro moderno, Tomo I, págs., 29-1-301 (Madrid, 1883); necrológica
de L. M. Pastor en La Gaceta, Madrid, 04/02/1857, de 04/02/1857; La Gaceta de 23/06/1856, recogido del Diario Español.