El 22 de abril de 1973 se fallaba en el Complejo Álvarez de Cáceres el I Premio “Cáceres” de Periodismo, convocado por la Banca Sánchez de Cáceres, en su deseo de “promover y difundir los valores de la provincia”. Al certamen, según las bases, podrían concurrir “aquellos trabajos periodísticos que, con un tema relativo a Cáceres o su provincia, se hayan publicado en la prensa española o hispanoamericana entre el 1 de febrero de 1972 y el 31 de enero de 1973”. El premio, único e indivisible, estaba dotado con 100.000 pesetas. Fui finalista de ese premio con mi artículo “La novela de Cáceres”.
El director del Colegio Universitario de Cáceres, doctor D. Ricardo Senabre, “alma mater” de aquel premio y que revolucionó el mundo de la cultura, apenas existente en la ciudad de aquel tiempo, me había animado a presentarme. Hablamos de esa novela que Cáceres no hubiere. Me habló él, entonces, de “Cacereño”, la obra de Raúl Guerra Garrido (Alfaguara,1969), en la que Pepe, el protagonista de la novela, abandona su familia y el pueblo literario de Torrecasar, que no es sino el trasunto del extremeño Casar de Cáceres o Quintana de la Serena, o Castuera, o Llerena, o Caminomorisco, o cualquiera de los pueblos de origen de aquellas miles de personas que, de Extremadura, acudieron al País Vasco al calor del desarrollismo industrial de las décadas de 1950-1960 en busca de un sustento y de una salida a la dura y difícil vida de la España rural de la época. Un retrato social de una época. Lo adquirí y leí.
Diego Carcedo ganó, naturalmente, el premio. Su secretaria en el diario “Arriba” de Madrid, le había presentado. Era un reportaje sobre la ciudad publicado en las páginas de huecograbado de aquel diario, tras una visita a Cáceres algún fin de semana. Nadie de los que estaban en aquella cena le conocía, menos yo. Había leído sus crónicas de la guerra de Vietnam, a bordo de helicópteros norteamericanos en combate, en aquel periódico en el que, por entonces, era corresponsal en Cáceres.
Años después hablé con él para solicitarle un artículo para el Diario Extremadura con ocasión de algún aniversario. Tras presentarme, le recordé…; “¡Pero eso fue hace muchos años ya…!”, me dijo. “Sí, pero cuando vino usted a recoger el premio, el doctor Senabre le llevó al Colegio Universitario para que diera una conferencia. Reconoció que no se le daba hablar, sino escribir; “pero nos tuvo dos horas recordándonos sus aventuras en Vietnam…”, le dije…
Diego Carcedo (Sobrecueva, Cangas de Onís, Asturias, 24/03/1940; Madrid, 05/04/2026) ha fallecido hoy a los 86 años tras una larga vida profesional, dedicada a la prensa, radio y televisión que no abandonare hasta el final.
Tras finalizar sus estudios de Historia y Periodismo, comenzó a trabajar en el diario La Nueva España de Oviedo (1965-1968). De 1989 a 1990 fue director de los Servicios Informativos de TVE y de 1991 a 1996, director de RNE. En 1978 fue nombrado corresponsal de TVE en Lisboa. Desde junio de 1996 hasta enero de 2007 fue miembro del Consejo de Administración de TVE. En 2006 fue nombrado presidente de la Asociación de Periodistas Europeos.
Entre otros, había publicado los siguientes libros: Neruda y el barco de la esperanza; la historia del salvamento de miles de exiliados españoles tras la Guerra Civil (Planeta, 2014), El “Schindler” de la Guerra Civil: la historia del diplomático mexicano que salvó a centenares de refugiados de ambos bandos (Ediciones B, 2003), Fusiles y claveles: la revolución del 25 de abril en Portugal (Temas de Hoy, 1999), Los cabos sueltos sobre el 23-F (Temas de Hoy, 2001), Un español frente al holocausto: cómo Ángel Briz salvó a 5.000 judíos (Temas de Hoy, 2005), Sobrevivir al miedo (Ediciones Península, 2019), Entre bestias y héroes: los españoles que plantaron cara al Holocausto (Espasa Libros, 2016), y en 2009, la novela El niño que no iba a misa, ganadora del Premio Espasa de Ensayo 2011.
Recibió los premios ·Cáceres” de periodismo (1973), “Cirilo Rodríguez” (1985), el “Ciudad de Oviedo” y el Premio Ondas de Radio.
Descanse en paz el periodista viajero y escritor que tras cubrir su “primera guerra” en Vietnam se unió a Cáceres con el premio de su nombre.

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