En el pueblo, en la ciudad, todos hemos oído alguna vez al afilador. Recorría las calles haciendo sonar el histórico capapuercas o castrapuercas, un reclamo musical itinerante para el afilador tradicional que hacía sonar silbatos y, tras el sonido, la palabra de lo que vendía. El afilador, según la RAE, es la persona que tiene por oficio afilar instrumentos cortantes. “Cuando oíamos al afilador, bajábamos a la calle a llevarle los cuchillos que no cortaban bien.”
Extremestiza (una estrategia impulsada por la Junta de Extremadura, a través de la Fundación Extremeña de la Cultura para rescatar la identidad común e impronta cultural que une Extremadura con los pueblos americanos) nos recuerda hoy que el característico sonido que emite el afilador tiene su origen en este oficio ambulante que se popularizó desde España y llegó a toda la América española, y que era un aviso obligatorio para anunciar servicios de afilar cuchillos, tijeras y otras herramientas.
Fruto del mestizaje, este oficio extendido en Hispanoamérica se convirtió en parte del paisaje sonoro urbano, especialmente en ciudades como Ciudad de México.
El sonido procede de un pequeño instrumento denominado de diferentes formas: pito de afilador, chifla, xipro o silbato, y caramillo y zampoña en otros lugares.
Cada afilador tenía su propia melodía, que le permitía distinguirse y cada vez que sonaba la flauta de pan o chiflo en un pueblo, la gente sabía que había llegado el afilador. El afilador ambulante con su rueda de afilar y su chiflo (o caramillo) se convirtió en un símbolo de la España rural y urbana.
En un cuadro de óleo sobre tela de 1640, atribuido a Antonio de Puga, se muestra a un afilador del siglo XVII en España. Su legado se convirtió en una estampa viva en toda Hispanoamérica. Esta imagen forma parte de los fondos del Museo del Hermitage (San Petersburgo) y con ella, Extremestiza quiere recordar hoy el sonido de la memoria compartida entre Extremadura y América.
En América, la pesada rueda de madera que aparece en la obra y que empleaban los afiladores, se fue adaptando y evolucionando, con mucho ingenio, a vehículos de dos ruedas, convirtiéndose en talleres mecánicos móviles.
Todavía hoy puede escucharse en nuestros pueblos el peculiar sonido del afilador, al igual que sigue oyéndose esta misma melodía en pueblos del otro lado del océano.
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