Como “un homenaje a dos ríos que, al fluir, nos enseñan a mirar de nuevo” califica el autor su propósito al escribir “Ecos del agua eterna. Entre el Tajo y el Alagón” [1], un viaje poético que discurre al ritmo de dos ríos que no solo dan forma al paisaje, sino también a la memoria y a la vida de quienes habitan sus orillas.
A lo largo del recorrido, el autor se adentra en pueblos que beben del río y que lo celebran en sus plazas, en sus puentes y en sus antiguas murallas. Desde las villas que nacieron al amparo del Alagón hasta las que asoman al poderoso Tajo, cada población aporta una historia, una voz, una huella, que se suma al poema del camino: Ceclavín, Zarza la Mayor, Alcántara y Mata de Alcántara, a orillas del Alagón, y Mirabel y Serradilla, en las del Tajo.
Principia el autor navegando el alma del río Alagón y sus sombras por Ceclavín y los Canchos de Ramiro, embarcado en un pontón sobre aguas apacibles, observando los buitres leonados y alguna que otra cigüeña negra, a los Canchos de Ramiro, precioso enclave con una original estructura en forma de cañón, rodeado de un espectacular entorno natural, en el que coexiste una inmensa variedad de flora y fauna. Estos canchos reciben el nombre de un buen hombre, Ramiro, curtido por años de trabajo en la tierra y de enfrentarse a los elementos, que sabía lo que el río podía dar, pero también lo que podía quitar. “Lo que el Alagón te da, te lo quita. Y lo que te quita, no siempre lo devuelves”, le había dicho su abuelo, hombre de tierra y de agua, con voz grave y mirada fija en el horizonte, mientras cruzaba con paso firme hacia los canchos. Ramiro se agachó, tocando con la punta de los dedos la superficie rugosa de uno de los canchos. “Quién sabe cuántos se han ahogado aquí”, murmuró mientras observaba las aguas turbulentas.
Se adentra en Ceclavín, un pequeño rincón en la vasta Extremadura, donde el viento parece detenerse. En la plaza central se encuentra la iglesia de la Asunción. Abandona la iglesia y se sienta en un banco, mirando a los vecinos que vivían entre las historias del pasado y la necesidad de un futuro que también les pertenece. Se adentra en sus calles. Cada esquina ofrece una historia. Casas nobles como la Casa de los Sande o la Casa Cabildo de San Pedro. Son varias las ermitas del pueblo, no solo como importantes lugares de culto, sino como parte de la historia social y cultural del municipio. Desde la ermita de Nuestra Señora del Encinar hasta las ermitas de San Diego y San Antón comparten el mismo objetivo: ser un refugio espiritual y un símbolo de la fe de los ceclavineros.
En Zarza la Mayor, el aire huele a tierra y a campo, a hierba recién cortada y a pan horneado. El viajero visita la iglesia parroquial y describe su interior, retablos e imágenes. Pasea por sus calles. Ve la Casa de la Encomienda o Palacio del Comendador, las ermitas de San Juan, Nuestra Señora del Castillo, San Bartolomé, la Real Fábrica de Seda, actualmente Casa Consistorial, y la emblemática Fuente Conceja, de época medieval, símbolo de su historia y la vida rural. Visita el castillo de Peñafiel, testimonio de lo que fue y ya no es y conoce la leyenda del castillo: la del caballero Rodrigo de Peñafiel y su amada Elvira, hija de un noble de un reino vecino. Se conocen, se enamoran y desaparece, porque está prometida a otro hombre. Un día reaparece y le dice: “Rodrigo: no puedo quedarme. Mi destino ya estaba sellado antes de que tú y yo nos conociéramos” y desapareció en el aire como sombra envuelta por el viento.
Alcántara guarda entre sus silenciosas piedras el eco de siglos de historia. Llegado al puente, posa las manos sobre unas de las piedras de su base. Siente bajo sus dedos la historia. El puente es el vínculo entre dos mundos, el cruce de destinos, el lugar donde la tierra se encuentra con el agua. Fue diseñado para conectar las dos orillas del Tajo, facilitando el paso de tropas, mercancías y viajeros en una de las rutas más importantes de la Hispania romana. El puente romano de Alcántara no es solo una maravilla arquitectónica, es también un símbolo de la resistencia, de la perennidad del arte de la construcción romana y de la profunda huella del Imperio… El autor se adentra en el casco histórico para visitar el Convento de San Benito, un edificio que parece dominar la localidad, que dio lugar a la orden alcantarina. Evoca que en la villa nació San Pedro de Alcántara, una de las figuras más sobresalientes de la España del Renacimiento…
El cronista torna a pasear en barco por el Tajo, en un viaje hacia lo profundo de la tierra y hacia los secretos de la memoria. Llega a Mirabel, una población enclavada en la sierra de los Canchos, a doce kilómetros del cauce del Tajo por el este y al Alagón por el oeste. El término “Miravel-mirabel” significa lugar de donde se goza de buenas vistas y el término se mantiene indistintamente hasta bien entrado el siglo XX. La población se remonta a las edades del Cobre y Bronce. Sus orígenes están escritos en piedra, hierro y polvo. La tierra, bañada por el Tajo y sus afluentes, era rica, sí, pero también traicionera, Alfonso VIII hizo de estas tierras un enclave estratégico. Mirabel nunca fue grande ni quiso serlo. Siempre fue un lugar de paso, un testigo mudo de la historia más grande que lo rodeaba. Mirabel no se explica con grandes gestas ni héroes legendarios, sino con la suma de pequeñas historias: la de un pastor que alzó la vista hacia las sierras y decidió quedarse; la de un caballero que alzó su espada en defensa de un lugar que apenas conocía: Lope de Zúñiga, premiado por la Corona, que le concedió llevar en su escudo las armas de su triunfo: los trece panes arrojados al enemigo. En memoria de sus antepasados, los marqueses de Mirabel instituyeron una curiosa costumbre: cada año, en el aniversario del episodio de los “Trece panes”, se concedía a trece pobres de la villa trece panes y otros recursos para cubrir sus necesidades. Desde la fundación de Plasencia, en 1186, Mirabel formaba parte del llamado alfoz de la ciudad. En 1535, Carlos V concedió a Mirabel el privilegio de villa. En una capilla de la iglesia se venera a la patrona de la localidad, la Virgen de la Jarrera. La construcción castrense más destacada de Mirabel es su berroqueño castillo. Fue una fortaleza musulmana, reconquistada y reedificada por las tropas del rey Fernando III.
En Serradilla, en la penumbra de una iglesia conventual, reposa el Cristo milagroso, el llamado Santísimo Cristo de la Victoria, una talla del escultor madrileño Domingo de Rioja, quien lo esculpió bajo encargo de la beata Francisca de Oviedo en 1635. Su historia se tejió con el destino del pueblo. Una noche de lluvia torrencial, el pueblo pidió ayuda al Cristo. Al amanecer, el agua había desaparecido, la tierra estaba seca y el sol brillaba más que nunca, El milagro fue tanto que, desde entonces, los habitantes del lugar veneraron al Cristo no solo como símbolo de fe, sino como guardián. De Serradilla era natural “El Cabrerín”, el bandolero que hizo de estas tierras su reino y de la sierra, su cómplice, cuya leyenda teatralizada conoce el cronista en su viaje por el Tajo. Parte del término de Serradilla está en el Parque Nacional de Monfragüe, cuya Reserva de la Biosfera alberga en sus sierras numerosas cuevas y abrigos.
[1] Vid.: Ramos
Rubio, José Antonio: Ecos del agua
eterna. Entre el Tajo y el Alagón, TAU Editores, Cáceres, 2025, 113 págs.

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