domingo, 8 de noviembre de 2009

OPORTUNISMO Y CONVICCIÓN


De un tiempo de convicciones hemos pasado a otro de oportunismos. En la abundancia reina la convicción; en la escasez, el oportunismo. Han convivido siempre juntos la convicción y el oportunismo; pero cuando las aguas bajan turbias, abundan los pescadores a río revuelto que trocan convicción por oportunismo.

De unas “ideas religiosas, éticas o políticas fuertemente adheridas”, hemos pasado a otra de ventajistas, que aprovechan las circunstancias para obtener el mayor beneficio posible, sin tener en cuenta principios ni convicciones.

La confianza, la certeza, la certidumbre, la esperanza, la fe y la seguridad, han sido sustituidas por los arribistas, ventajistas y aprovechados. Del “no puedo obrar en contra de mis convicciones” al sintagma “es un hombre sin principios”. Abundan más hoy los oportunistas que los hombres de convicción. El oportunismo ha relegado a la convicción; la carencia de principios a la seguridad que siempre obrare en quienes hubieren certidumbre; la certeza de la convicción se transmuta por las circunstancias de tiempo y lugar. Los oportunistas no tienen en cuenta principios ni convicciones. Los convictos de ética o política miran siempre el bien común por encima del particular; los oportunistas aprovechan los cambios de ciclos para sacar tajada sin principios ni convicciones. El convicto reconoce sus yerros; el oportunista, intenta sacar tajada de los que les atribuyeren al adversario para olvidar los propios inconfesables. La convicción presupone la confesión pública, castigo y arrepentimiento de quienes obraren contra aquéllas que dicen profesar; los oportunistas no solo confiesan sus pecados, sino que miran para otro lado y se los endosan a quienes no los hubieren cometido; no asignan penitencia a los suyos, ni confiesan públicamente sus yerros, ni obraren jamás con el arrepentimiento que, debido a sus convicciones religiosas, éticas o políticas, se les supusiere.

“Cuando la política del oportunismo acaba por pisotear la política de las convicciones, al final el ridículo no tiene marcha atrás”, enfatizaba en el Congreso hace poco el diputado socialista Daniel Fernández, ante las propuestas de otros grupos, y del principal de la oposición, que pretendieren derogar una ley firmada por su propio líder cuando fuere ministro.

Sin principios ni convicciones, el oportunista no hallare barreras ni impedimentos, ni pactos que hubieren suscrito, para acorralar a quienes, obrando por el bien común y de los más débiles, no hubieren alternativas contra la ética y la esperanza políticas, sino de la de quienes abrazaren su propio “ego”, que no entiende ni de principios ni convicciones, porque los bolsillos de quienes predican la convicción como certeza, abrigan la certidumbre de sus arcas llenas. Poco les importa a los oportunistas la desgracia ajena porque, erigiéndose en presuntos defensores de ella, les surte de “argumentos” para avasallar al contrario, trocando en actores a quienes fueron víctimas de sus erráticas convicciones, y hoy son pecadores no arrepentidos ni confesos de sus propios pecados.

Qué hubieren de enseñar quienes traicionaron al pueblo por sus “convicciones”, que ni fueron éticas ni políticas; los oportunistas señoritos que vendieren su alma al diablo y condenaren al resto a un exilio infame, explotándoles, no pagándoles ni la Seguridad Social, mientras ellos se llenaban sus bolsillos a costa del sudor ajeno, y hasta sus cuotas, que le sustrajeren al erario público, olvidadizos de tamaña afrenta. Aspiran hoy los señoritos oportunistas a que los convictos y confesos del bien común por encima del particular, hagan en cuatro años lo que ellos destruyeren durante cuarenta, y cuyas semillas sembraron en dos legislaturas de poder; desean que se cumpla en la dehesa extremeña todo lo que ellos no cultivaren en sus propias parcelas: para los pobres, el secano; para los ricos, el regadío de sus millones amasados con el trabajo de los otros.

Un señorito, a quien tuve la desdicha de conocer y sufrir, hubiere por costumbre insultar a quien no comulgare con sus sagradas convicciones con el adjetivo “insolvente” (que no tiene con qué pagar), como si su insolvencia económica fuere sinónimo de la moral, de la que careciere el mismo que se la aplicare. “Sensu contrario”: en mayor abundancia la hubiere él que su agresor verbal y clasista.

Los oportunistas ven el discrimen en los otros y hacen blanco de sus invectivas a quienes buscaren remedios para el mal que ellos trajeren. “Ne quid nimis: huyamos de los extremos”, escribía Azorín al recordar las gestas del general lacedemonio Lisandro, signadas en las Vidas paralelas de Plutarco: “Lo que no se puede conseguir con la piel del león, debe alcanzarse con la de la vulpeja.”; pero la derecha no parece que fuere hábil, ligera, discreta, como aquella, sino más bien oportunista, ventajista, arribista… porque, perdedora de sus convicciones, solo le resta el arribismo para responder a un revés que una mayoría sufre, menos ella; sus pecados inconfesables perdonados por el cielo, sin absolución ni penitencia alguna; pero, en la vanidad de sus acusaciones, llegará su propio purgatorio…, un día quizá, si los ciudadanos fueren más vulpejas que leones, y advirtieren quiénes están junto a ellos y quiénes huyeren de la convicción de unos frente al oportunismo de los otros.

viernes, 6 de noviembre de 2009

LA ROSA ENCENDIDA

In memoriam Rita Vivas; en la memoria, Teresa y Nélida, rosas del amor.
No se marchitaría su flor en el sepulcro. Su vida toda fuere flor: de fragancia, color, luz y belleza; de fuerza, fortaleza y poder. Hombres y mujeres sin escrúpulos anhelaron marchitar su flor. Han torcido sus tallos; pero se ha elevado su luz. No hay fragancia en el porche; no se apaga su luz.

Su poder no es el de la flor: la luz de su pueblo es ella; la oculta luz que los hombres quisieren marchitar. Se ha rebelado esa flor a la muerte porque florecerá en su corazón. El corazón de ella fue y será la flor. No hubiere nombre de flor; mas fuere la rosa encendida en su alma y corazón.

Pura llama encendida de amor, la mujer fuere la flor inmarchitable del amor. Pasión de amor, locura de amor, que anulare los sentidos todos del común amor.

Da amor sin solicitarlo la rosa encendida; se entrega a todos por amor. No hubiere límites ni fronteras su amor: el amor a sus otros amores, los amores de su amor: el hijo, el padre..., una cadena de amores, turgente y frágil, que rompe el egoísmo del amor.

La rosa encendida es símbolo de amor, porque ella toda es rosal de amor inmarchitable; llama perenne encendida que alumbra la luz de su vida tras la muerte; fragorosa llama de amor solícita en toda una vida de amor...

¿Será amor, comprensión, cariño, lo que solo pidiere a cambio la mujer? Una caricia, un te quiero, o un adiós... ¡Ay del amor sobrevenido y fugazmente ido! ¡Ay de los amores que vuelan como hojas de otoño! ¡'Ay de aquellos que mataren al "amor de sus amores" por causa del mal amor...!

El maltrato, el acoso, ejecutan la dignidad y pureza del amor. Se puede morir de amor y por amor; jamás maltratar, o matar, por amor. "Yo, por mi hija, mato", dicen algunas mujeres, prevenidas ante el espanto de un ataque al amor de sus amores, al que dieren a luz, la rosa encendida de su amor. ¿Y no fuere un varón igualmente fruto de su amor?

No matare el hombre a quien profesare amor declarado; hiere y mata la concepción exclusiva y excluyente del amor. "O eres mía, o no serás de nadie." No hubiere el amor de la mujer los muros que deseare el hombre; los egoístas hombres que levantaren murallas y velos para evitar la fragancia esplendorosa de su amor.

El amor de la mujer no engaña por igual al del hombre. El amor de la mujer no se seca: resplandece. El amor del hombre ilumina y fortalece el de la mujer; el amor de la mujer engrandece al hombre. En la zozobra, los incontenibles rayos del hombre enturbian el amor de la mujer; pero no muere su amor, aunque fenezca su vida, como la rosa siempre encendida sobre la luminaria que da luz a su muerte, como la dio a su vida.

¿Quién mata el amor de la rosa encendida: el hombre, la mujer? Perdona la mujer, aun a costa de su vida; enloquece el hombre, aun a riesgo de perder su amor. "Las trece rosas" del 5 de agosto de 1939 son un símbolo de la demencia del hombre; la rosa encendida será siempre un símbolo del amor que sobrevivirá a la muerte.

"La muerte no es el final"... En las ceremonias militares, nuestros soldados cantan a los caídos por la Patria:

"Cuando la pena nos alcanza,
Por un hermano perdido.
Cuando el adiós dolorido,
Busca en la fe su esperanza.
En Tu palabra confiamos
Con la certeza que Tú:
Ya le has devuelto a la vida,
Ya le has llevado a la luz."

En la vida, y tras la muerte, trasciende el amor de la mujer; el hombre lo trunca en vida, aunque a veces cambien los papeles. La excepción no puede convertirse en regla, ni ésta en la excepción. La rosa encendida, como la llama viva, recuerda a los muertos y avisa a los vivos: no se marchita la flor; muere el amor cuando no se cuida la rosa encendida, símbolo del amor. No solo el otoño marchita la flor; llegará otra primavera viva que, como el Otoño Mágico del Ambroz, regará de flores los campos inmarchitables de la rosa encendida, la rosa del amor, prendida en los árboles y rosales del amor, que purifica las almas y corazones en los que habitare el amor.

domingo, 1 de noviembre de 2009

MERCADERES EN EL TEMPLO DE GRANADILLA

Granadilla es un templo en su iglesia, en sus murallas y castillo. Es monumento histórico-artístico nacional desde 1980. Fija el Real Decreto 2428/1980, de 26 de septiembre, la zona histórica-artística, que comprende todo el conjunto intramuros, incluyendo el castillo y la muralla, y una zona de respeto, incluyendo todo el perímetro poligonal exterior a la muralla y a una distancia constante de ochocientos metros de ella. La tutela y defensa de este conjunto, que queda bajo la tutela del Estado, será ejercida a través de la Dirección General del Patrimonio Artístico, Archivos y Museos por el Ministerio de Cultura (Véanse el artículo 2º y anexos del citado Real Decreto, en el BOE núm,. 270, de 10 de noviembre de 1980, págs. 25306-25307).

No parece que esa “tutela y defensa” fuere ejercida por organismo competente alguno. Desde hace varios años, extramuros de la población, una muchedumbre invade, a menos de ochocientos metros, esa zona de respeto prevista en el Real Decreto: son los mercaderes que acuden, como los buitres, a la llamada de una fiesta también de respeto: barras de bar, casetas con música por todo lo alto, chiringuitos de feria, mercaderes de ocasión para “hacer su agosto” a rebufo de la llamada que supone el 1 de noviembre para los descendientes de Granadilla, que acuden con sus hijos nacidos en el exilio, a honrar a sus muertos. Cientos de vehículos perturban una paz que, en sus primeros años, se traducía en el tradicional oficio religioso y la visita al cementerio. No fueren bastante dos patrullas de la Guardia Civil para poner paz y orden en el orden violado de la zona de respeto, y en el respeto obligado a quienes, hijos de Granadilla, cumplían con sus ritos, y este otro a cuál más importante: el reencuentro en la plaza, las presentaciones de descendientes desconocidos, el recuerdo de su infancia y madurez, el destierro anunciado...

No acuden ya muchos, por impedimentos físicos o por edad, sino porque ven allanado su templo y convertido su pueblo en una feria de mercaderes, que prostituye una de las dos visitas anuales a la villa perdida.

Hubiere de recordar, según el Evangelio, la expulsión de los vendedores del Templo (Mt: 21: 12, 13, 17; Lc 19: 45-48; Jn 2: 14-16): “Llegan a Jerusalén; y entrando en el templo, comenzó a echar fuera a los que vendían y a los que compraban en el Templo; volcó las mesas de los cambistas y los puestos de los vendedores de palomas y no permitía que nadie transportase cosas por el Templo. Y les enseñaba, diciéndoles: ¿No está escrito: Mi casa será llamada Casa de Oración para todas las gentes? ¡Pero vosotros la tenéis hecha una cueva de bandidos! Se enteraron de esto los sumos sacerdotes y los escribas y buscaban cómo podrían matarle: porque le tenían miedo, pues toda la gente estaba asombrada de su doctrina. Y al atardecer, salía fuera de la ciudad”.

Los mercaderes del templo de Granadilla campan a las afueras, a menos de ochocientos metros. Entran en su templo no para orar; visitan el cementerio donde no hubieren deudos; trepan castillo y murallas y quisieren entrar también en las casas cerradas, que nunca fueren suyas. Los estudiantes, cuando los hubiere el 1 de noviembre, salen de excusión para no ser testigos del espectáculo, y proseguir el día 2, fiesta religiosa de difuntos, en la paz que hallaren en la villa perdida.

Mañana comienza un nuevo turno para alumnos de Salamanca. Los mercaderes han salido todos al atardecer; pero han roto la paz del templo, “porque el atrio exterior se haya convertido en un mercado” (Mt: 21, 13).

No puede prohibirse a nadie la entrada a un monumento histórico-artístico para visitarlo, excepto a las horas convenidas; pero el 1 de noviembre, por sus santos y señas de identidad para los hijos de Granadilla, menos aún. Porque si el Maestro expulsó a los mercaderes del templo fue por celo hacia las cosas de su Padre: “No hagáis de la Casa de mi Padre una casa de mercado.” Y en eso, además de la oración en el templo, han convertido Granadilla el 1 de noviembre los mercaderes del Templo.