miércoles, 16 de diciembre de 2020

UN “LABRADOR” EN EL RESTAURANTE



Me encontraba en una casa de comidas y tardé en advertir lo que tenía a mi derecha: un discapacitado visual se encontraba comiendo con total autonomía; más tarde recalé que, a sus pies, permanecía un perro-guía ‘Labrador’, sentado, a la espera. Nada decía y para nada molestaba. Solo cuando su usuario se levantó, tras pagar la cuenta, su auxiliar de movilidad hizo lo mismo. Se puso en pie para que el usuario alcanzara su asa y marcharse.

 

    No todos los ciegos tienen perro-guía, los únicos que pueden entrar en un restaurante o cafetería con su dueño y usuario. Zacarías, el recordado invidente de la calle Argentina de Cáceres, no lo tuvo nunca. Se bastaba y sobraba con su bastón para recorrer la ciudad sin colisionar con obstáculo alguno. Impecablemente vestido, entraba en el bar y el camarero le indicaba dónde podía situarse en la barra; le servía su vinito, indicándole dónde lo tenía. Lo buscaba despacio con su diestra y lo bebía a pequeños sorbos. Reconocía a sus vecinos por la voz y respondía a quienes le saludaban.

 

    La ONCE presta a las personas con discapacidad visual afiliadas un perro adiestrado para mejorar su movilidad. El can supone para el ciego un salto cualitativo en su movilidad y una mejora en su autonomía. No es el perro-guía un animal de compañía o de terapia. El invidente debe necesitarlo como medio de movilidad; que sepa desplazarse de forma autónoma y con bastón y que cuente con los medios y aptitud para asumir el cuidado y la atención del perro. Antes de ofrecérselo son examinados por los profesionales.

 

    El perro-guía no elige el camino. Es la persona invidente la que se lo marca, porque lo conoce y se orienta. Otra que fuere siempre acompañada o que apenas realice desplazamientos no lo necesita. El perro-guía marca a su usuario la llegada a bordillos, escaleras o desniveles, busca puertas de acceso, asientos libres en transportes públicos y resuelve con su vista y olfato la alternativa de paso más favorable para su dueño. A veces, incluso, desobedece una orden del dueño cuando su ejecución implica un peligro para su integridad física, como cruzar un paso de peatones regulado por semáforos, o cruzar una calle cuando se aproxima un vehículo a velocidad no reducida. El perro-guía son los ojos del usuario. Lo que él no ve, el otro lo percibe.

 

    La cría, adiestramiento y entrega de los perros-guía es asumida por la Fundación ONCE Perro-Guía, que los entrega a los afiliados que considere aptos para recibirlos y que, a su vez, han de superar el curso de usuario para formar con él una unidad. Y de verdad que lo logran. Cada año entrega unos 150 perros-guía a quienes lo necesitaren. Un ejército de voluntarios cría y educa a los cachorros hasta que llegue su hora para el adiestramiento, que deja a un lado su natural instinto de caza, guarda y protección. Su máxima es la obediencia, seguir las indicaciones del usuario para reforzar su seguridad. El más conocido de los perros-guía es el Labrador; pero la Fundación trabaja también con el Pastor Alemán, el Golden, el Flat Coated Retriever y el Caniche gigante. Y con otros que nacen del cruce de esas razas. Adiestrados, vacunados y sanos, en nada se parecen a los perros ladradores, muy dueños de su territorio cuando ven a otros; jamás ladrarán ni responderán a otros ladridos cuando caminan junto al usuario con todos los sentidos que le diere la naturaleza. Son los ojos de su dueño, un complemento a su movilidad y seguridad; son los perros-guía de los discapacitados visuales.


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