sábado, 27 de mayo de 2017

INSCRIPCIONES LATINAS DE CAURIUM Y SU ÁREA DE INFLUENCIA


           El profesor de Historia Antigua de la Universidad de Extremadura Julio Esteban Ortega [i] ha sacado recientemente a la luz el cuarto tomo de su "Corpus de inscripciones latinas de Cáceres" [ii], su obra más destacada, que consta de cinco volúmenes.
            El autor señala en su Introducción que "de la historia de la indígena Cauria y la romana Caurium, lo desconocemos prácticamente todo". Cita al geógrafo griego  Claudio Ptolomeo, en su nomenclator de ciudades de Hispania, quien la nombra como Caurion; y a Plinio, quien en su descripción de las ciudades de Lusitania, la cita como uno de los 36 oppida stipendiaria (lugares elevados, colina o meseta, cuyas defensas naturales se han visto reforzadas por la intervención del hombre) con que contaba la provincia y afirma que no todos los oppida stipendiaria mencionados por Plinio accedieron al estatuto de privilegio, como ocurriere con Caurium, "sobre la que no hay constancia cierta de su promoción estatutaria en época Flavia, cuando lo hicieron otras comunidades cercanas como Capera, Augustobriga o Civitas Igaeditanorum" (Cáparra; antigua Talavera la Vieja, en la calzada romana desde Emerita Augusta hasta Caesarobriga  (Talavera de la Reina); y Egitania en tiempos de los Flavio, actual Idanha-a-Velha, en Portugal). El autor subraya que en las tres ciudades citadas hay testimonios arqueológicos de sus edificios públicos: templos, foros, anfiteatros..., además de referencias epigráficas, que no se encuentran en Caurium, donde no hay ningún tipo de restos monumentales de época romana, salvo sus murallas bajo imperiales. De otro lado, anota que la epigrafía ha aportado testimonios de la promoción de la ciudad. Y, lo que es muy significativo, --añade-- la onomástica y la teonimia (nombres indígenas de divinidades de la Península Ibérica, tanto en inscripciones latinas como paleohispánicas) son abrumadoramente indígenas si las comparamos con las demás ciudades citadas.
            El profesor Esteban Ortega sostiene que, de la información suministrada por las fuentes literarias, arqueológicas y epigráficas, se deduce que Caurium pudo surgir a partir de un centro indígena (posiblemente, la Cauria lusitana) que, por su posición estratégica en el Valle del Alagón, se convierte en polo de atracción de comunidades vecinas que parecían resistirse al proceso de romanización. El autor arguye que la entidad del poblamiento en la época alto imperial no parece que fuere lo suficientemente importante como para promocionarse en época Flavia, "y será a partir del siglo III y IV cuando se rodee de una impresionante muralla y la ciudad adquiera  la importancia que estaba llamada a desempeñar en las últimas etapas del Imperio y la Alta Edad Media, convirtiéndose en sede episcopal al menos desde el 598, cuando el obispo de Coria Jacinto asiste al III Concilio de Toledo", con doce más de la Lusitania, entre ellos el cauriense Donato.
            Para el autor, la situación geográfica de Caurium la aleja de las grandes arterias de comunicación que vertebran Hispania, como la Vía de la Plata, que atravesaba de norte a sur las tierras extremeñas. De otro lado, los estudios arqueológicos, lingüísticos y epigráficos más recientes señalan la inclusión de estos territorios en el área de influencia de los lusitanos. Se trata de la zona fronteriza más occidental de la Lusitania prerromana en contacto con el pueblo vetón, indica el autor, por lo que su condición de frontera y las afinidades culturales más ancestrales, dificultan la diferenciación del ámbito territorial de ambos pueblos, que se pone de manifiesto con los procesos de etnogénesis de la Edad del Hierro. Añade el profesor Esteban Ortega que "la celtiberización de ambas Mesetas y el suroeste peninsular fue poco a poco transformando las estructuras sociales, la cultura y las costumbres de los pueblos sobre los que ejercen presión, que habían permanecido inmutables a lo largo de los dos últimos milenios, diferencias que son claramente perceptibles entre lusitanos y vettones en la zona de Caurium en la que, frente a una onomástica más romanizada en la vettona Capera, la lusitana Caurium  es eminentemente indígena".
            Siguiendo a Esteban Ortega, la Cauria lusitana sería el principal asentamiento indígena de la zona, situada en una de las elevaciones que asoma al río Alagón, aunque "no estamos en condiciones  de asegurar que fuera el mismo emplazamiento que ocupó la romana Caurium y la actual Coria". El recinto amurallado que encierra el casco antiguo de la ciudad de Coria constituye una balconada que se asoma al río Alagón y desde donde se divisa el valle, por lo que "es muy posible, según el autor, que fuera el solar de la antigua Cauria, aunque no deja de ser una simple conjetura, pues la arqueología, por el momento, no ha podido confirmar niveles de ocupación correspondiente a la II Edad del Hierro. Tras la conquista romana, el pueblo de los caurienses fue abandonando sus antiguos castros para ir acercándose a los centros urbanos que se iban conformando, quizás el castro más importante, Cauria, por su ubicación y emplazamiento fuera elegido por Roma para convertirse en cabeza y principal centro romanizador de esta zona de Lusitania".
            El catálogo epigráfico estudiado en este volumen incluye, además de Coria, los siguientes municipios: Calzadilla, Cañaveral, Casas de Millán, Casillas de Coria, Ceclavín, Cilleros, Galisteo, Guijo de Galisteo, Holguera, Hoyos, Montehermoso, Moraleja, Pedroso de Acim, Perales del Puerto, Pozuelo de Zarzón, Riolobos, Robledillo de Gata, San Martín de Trevejo, Torre de Don Miguel, Torrecilla de los Ángeles, Valverde del Fresno, Villamiel, Villanueva de la Sierra, Villasbuenas de Gata y Zarza la Mayor. La obra, incluye, además, los índices epigráficos, una amplia bibliografía consultada y las abreviaturas bibliográficas y publicaciones periódicas, y un amplio conjunto de láminas de las inscripciones latinas estudiadas.

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[i] Julio Esteban Ortega es profesor de Historia Antigua del Departamento de Ciencias de la Antigüedad de la Universidad de Extremadura, institución en la que ha desarrollado una dilatada carrera en los últimos treinta años. Durante este tiempo, ha impartido docencia en las licenciaturas de Historia, Humanidades y Filología Clásica, programas de doctorado y posgrado y Máster de Iniciación a la Investigación en Estudios Cásicos. Actualmente es profesor en este último y en los grados de Historia y Patrimonio Histórico, Filología Clásica y Posgrado. Ha dirigido  numerosas campañas de excavaciones arqueológicas en poblados de la II Edad del Hierro, así como prospecciones arqueológicas en yacimientos de época romana y visigoda. Ha publicado once libros sobre historia antigua de la Lusitania, epigrafía romana y época prerromana, así como de divulgación histórica, y casi un centenar de artículos en congresos y revistas científicas nacionales e internacionales. Su obra más destacada es la elaboración del "Corpus de inscripciones latinas de la provincia de Cáceres", en cinco volúmenes, de los cuales el Servicio de Publicaciones de la Universidad de Extremadura ha editado hasta la fecha cuatro: los correspondientes a Norba (Cáceres, 2007, ISBN 978-48-7723-718-1), Turgalium (Cáceres, 2012, ISBN 978-84-7723-933-8), Capera (Cáceres, 2013, ISBN 978-84-7723-186-8), y el que nos ocupa.

 


[ii]  Vid.: Corpus de inscripciones latinas de Cáceres. IV. Caurium, Servicio de Publicaciones de la Universidad de Extremadura, Cáceres, 2016, ISBN 978-84-7723-985-5.


domingo, 21 de mayo de 2017

GARCÍA CARRASCO, UNA AVENTURA EMPRESARIAL Y POLÍTICA DE EXTREMADURA

 
            Juan José García Carrasco Gómez Benítez (Cáceres, 15/07/1799-16/08/1851) ha pasado a la historia como un hacendista y político español que, a pesar de su atesorada riqueza y de sus cargos políticos en la capital del Reino, terminó su vida arruinado. Era hijo de José  García Carrasco (1763-1825) y María Catalina Rizis Gómez Merino del Pozo (1773-?) [1]. Su padre, natural de Montenegro de Cameros (Soria), se instaló a temprana edad en Cáceres, gracias a la trashumancia, y a la acogida que en la ciudad le brindaron Vicente Marrón, ganadero soriano con casa en Cáceres, y a la protección que le prestó la marquesa de Camarena la Real, Cayetana de Ovando y Ulloa, gracias a cuya ayuda se abrió paso como tratante de lanas hasta convertirse, a principios del XIX, en el principal exponente de la burguesía comercial extremeña.
            García Carrasco estudió en el Colegio de Nobles de Vergara, y cursaría después Ciencias Exactas, doctorándose en Londres, a donde su padre le envió a estudiar, junto a su hermano Rufino (Cáceres, 1803) siguiendo la costumbre de los adinerados de la época, con estancias posteriores en Francia, y Holanda, entre otros países [2]. Su nombre aparece ligado desde temprana edad al liberalismo. Fue miembro de la Sociedad Patriótica de Cáceres desde el 28 de junio de 1820 y ejerció su secretaría desde el 5 de septiembre del mismo año. Su padre falleció el 16 de noviembre de 1825 y, al realizarse el inventario previo antes de la ejecución de su testamento en la primavera siguiente, él se hallaba ausente. A su regreso, se puso al frente de las empresas de su padre, con el nombre comercial de "Don José Carrasco e hijos". Junto a su hermano y el marido de su hermana Teresa, Juan Donoso Cortés (Valle de la Serena, Badajoz, 1809-París, 1853) --quien pronunciare en 1839 el discurso inaugural del Instituto General y Técnico de Cáceres (actual El Brocense)-- se instaló en Madrid en los últimos tiempos del reinado de Fernando VII y entabló conexiones políticas con la reina María Cristina, a quien prestó su apoyo en el conflicto sucesorio que dio lugar a las guerras carlistas. Fue vocal de la Junta de Comercio de Madrid y apoyó a Cea Bermúdez (Málaga, 1779-París, 1850) en la fase moderada de Fernando VII.
            Fue elegido diputado por Badajoz en 1837 y senador en 1840, ocupando el cargo de secretario de la Cámara Alta en 1841, donde permaneció hasta 1845. Elegido senador vitalicio en 1845 hasta 1851, en que falleció en Cáceres [3]. El 10 de diciembre de 1840 fue nombrado ministro de Hacienda en el gobierno de Narváez, sustituyendo a Mateo Miguel Ayllón, tras una semana en la que actuó como ministro interino José Díaz Serralde, cartera en la que continuó con el siguiente jefe del Ejecutivo, González Bravo, en un periodo en el que se produjeron varios escándalos financieros, que llevaron a abandonar el gobierno al último ministro citado y a él como ministro el 3 de mayo de 1844.
            De García Carrasco se ha dicho que, más que un hacendista, era un arribista que era incapaz de sacar a la nación de su postración. Sin embargo, fue el creador de la Comisión de Hacendistas, cuyos trabajos culminaron con la reforma tributaria de 1845 protagonizada por Alejandro Mon (Oviedo,1801-1882), que fuere ministro de Hacienda en varios periodos. Promovió la fundación del Banco de Isabel II, que se fusionó después con el Banco de San Fernando. La reina Isabel II le concedió la merced de título de Castilla, con la denominación de conde de Santa Olalla. [4]
            El profesor Sánchez Marroyo, catedrático de Historia Contemporánea de la Universidad de Extremadura, ha estudiado "la peripecia vital" del I Conde de Santa Olalla y su familia [5] que, al morir su padre, en 1825, "alcanzaron un notable protagonismo en la vida social de la época, los varones por sí mismos y las mujeres por su matrimonio". Señala el autor que, con la vuelta de los liberales al poder, en 1820, y con el apoyo económico de su padre, "se convirtió en uno de los más destacados dirigentes del liberalismo en Cáceres. En 1843, tras la caída de Espartero, que abandonó la Regencia y España, comenzaba la mayor época de relevancia pública de Juan José García Carrasco. La Década Moderada vería el imparable ascenso, pero también la aparatosa caída, de la figura central de aquel poderoso clan familiar".  La especulación bursátil, las contratas militares y los negocios mineros, sustituyeron, según el autor, el negocio de las ovejas merinas. Tras abandonar el Ministerio de Hacienda, intensificó su actividad financiera con negocios mineros e incluso ferroviarios. "Desafortunadas jugadas especulativas le llevaron a la catástrofe, señala Marroyo, quien afirma que, "a fin de cuentas fue el cacereño de mayor proyección en la historia nacional, víctima de su buena fe y de la fidelidad a María Cristina." "El origen inmediato de la quiebra estuvo en la incapacidad de Juan José García Carrasco de devolver varios préstamos que había solicitado al Banco de San Fernando a partir de 1847... Tras su muerte, los testamentarios debieron hacer frente, en un momento en el que se había perdido la mayoría de los activos financieros, a la reclamación de una deuda de 12 millones de reales, cantidad impresionante para la época, que arruinó definitivamente a la familia... "Duro final para una de las aventuras empresariales y políticas más intensas de Extremadura", concluye el profesor Marroyo.

[1]  Vid.: Ministros de Economía y Hacienda de España (de 1700 a 2005). Tres siglos de historia. Ministerio de Economía y Hacienda, ISBN: 84-85482-82-4, Madrid, 2005, págs. 174.
 
[2] Vid.: Wikipedia, org./wiki/ Juan.
[3] Vid.: El Senado entre 1834-1923. Senadores. en www.senado.es.
 
[4] Vid.: Gaceta de Madrid núm. 3489, de 3 de abril de 1844.
 
[5]  Sánchez Marroyo, Fernando: Estructura político-institucional de Extremadura (1808-1874), en Revista de Estudios Extremeños, LXIX, I,  ISBN: 0210.2854, págs. 184-190.
 

sábado, 20 de mayo de 2017

EL DÍA Y LA HORA

 
            Hay muchos días y horas en la vida del hombre y la mujer. No percibimos, en ocasiones, el paso de los días y las horas; perdemos, incluso, el tiempo que enmarcan esas horas en el periodo de los días y de los años. Es el tiempo un bien prestado, con fecha de caducidad. Nos enseñaron desde pequeños que el hombre nace, se desarrolla y muere, como los animales irracionales y las plantas. Tan solo recordamos el ciclo biológico en determinadas ocasiones; el comienzo de la vida, la hora de la muerte... Una vida nueva tiene su día y hora, enmarcadas en el calendario. Nos da fuerza y alegría. Vemos en ella nuestra descendencia, la continuidad de la especie, un signo del amor que nos uniere y para el que fuimos creados. La otra hora, el otro día, que enmarcan nuestra existencia, es la de la muerte. La primera la esperamos porque sabemos, con mayor o menor exactitud, cuándo llega; la segunda, no la esperamos, porque no avisa o, por darnos por avisados, siempre nos sobrecoge. Lenta, pausada, irreversiblemente, llega esta hora en que dejamos de ver a quienes conocimos y tratamos en vida. Su blanca palidez, su juventud, y aun su longevidad, nos conmueven. La vida se ha apagado y, con ella, los días y las horas que la enmarcan.
            "Velad, pues, porque no sabéis ni el día ni la hora" (Mt. 25:13), nos avisa el evangelista. Y añade el profeta Zacarías: "Será un día único, conocido solo del Señor, ni día ni noche; y sucederá que a la hora de la tarde habrá luz" (Zacarías 14:7). De poco nos vale que los médicos avisen; ni ellos mismos lo supieren. "Puede llegar en una semana", nos dicen; pero tampoco ellos conocen ni el día ni la hora, el paréntesis de nuestra vida, que principia en el nacimiento y concluye con la muerte.
            La hora y el día de nuestra vida y muerte nos igualan a todos los seres humanos. Todos nacemos iguales, todos somos iguales, aunque el transcurrir de la vida acreciente la desigualdad entre unos y otros. Desde la hora inicial nos reconocen derechos: "Los españoles son iguales ante la ley, sin que pueda prevalecer discriminación alguna por razón de nacimiento, raza, sexo, religión o cualquier otra condición o circunstancia personal o social" (Constitución Española de 1978, Título I, Capítulo II, artículo 14); pero no todos los derechos reconocidos en la ley de leyes se hacen realidad durante nuestra existencia. Es el sino de nuestra vida, con sus horas y sus días, no todos iguales, aunque lo fueren en su duración, en más para algunos y en menos para otros.
            Todos señalamos y celebramos el día --quizá la hora-- de nuestro nacimiento; nunca el día y la hora del sueño eterno, que perdurará hasta la consumación de los siglos, aunque muchas horas de algunos días permanezcan en la memoria de quienes un día nos amaren hasta que fueren también llegados su día y su hora.

jueves, 4 de mayo de 2017

UN MUSEO PARA JIMÉNEZ CARRERO EN PLASENCIA


        El pasado 21 de marzo, el pintor extremeño Enrique Jiménez Carrero (Granadilla, Cáceres, 1953) llenó la plaza mayor con avisos de su "Pasión por la vida", una muestra de más de 75 cuadros  repartida entre el claustro alto del Centro Cultural Las Claras y la planta superior de la antigua plaza de abastos, frente a la iglesia de san Esteban, reconvertida en 2013 en un centro para emprendedores y servicios diversos de atención al ciudadano.
            Ha expuesto Jiménez Carrero sus obras en todos los lugares posibles de su ciudad adoptiva, de la que es también embajador turístico y una de su marcas más conocidas: desde hoteles hasta templos y aulas de cultura. Sus exposiciones se cuentan por éxitos que han traspasado los espacios expositivos. No quedará ya en Plasencia rincón alguno que no haya visto sus obras y haya sentido la emoción que transmiten. Centenares de personas han podido disfrutar de la última hasta el pasado día 23, festividad de san Jorge. Parte de esas obras estuvieron en su pueblo natal en 2005, en que cerca de 40.000 personas visitaron su muestra "Cuando Granadilla..."; quizás en Doha (Catar) en 2007, en que fuere hasta entonces el primer artista  español en exponer en aquel país, o en 2009 en Salamanca... Todo pasa, pero nada queda, tan solo en manos privadas o en algún museo. En la Navidad de 2007, Carrero iluminó la iglesia de san Martín con la luz cargada de sueños: el rojo de pasión que tiñen sus cuadros, a veces con el celo material y espiritual con que diere sello al detalle inadvertido. Pasión de colores de su tierra, la villa perdida de Granadilla, y su adoptiva ciudad de Plasencia.
            En el despacho de la Alcaldía hay una silla vacía, regalo del pintor a la ciudad, símbolo de todas las sillas idas de su villa natal; sobre la pared, un  cuadro, todo colores, ilumina la estancia del corazón del poder de la ciudad. En san Martín, Carrero subsumía un mundo de luces; una de ayer con nombre propio, Inés de Suárez; otra, también ida, a caballo entre Granadilla y Plasencia, que iluminare su presente, la ausente luz familiar de Basilia, la tía que alumbrare sus colores con la caja de lápices que le regalare un día; la de Mercedes, su esposa y sueño siempre presente en sus cuadros; la de Domi, la madre que le diere su luz y la luz de luces; y el rojo de su pasión por la pasión por Plasencia que nos uniere siempre y, más aún, tras la adopción en 2005.
            Pedía en 2010 "Una `funda adecuada´ para Jiménez Carrero" en Plasencia, como Helga de Alvear le regaló su colección a Cáceres a cambio de ella, el mismo año, ya en la Casa Grande de la ciudad patrimonio de la Humanidad. Ibarra aceptó ipso facto aquel ofrecimiento de la coleccionista alemana y el museo es hoy una realidad ampliada. Carrero se marchó al destierro con su familia a Alagón del Río. Después se iría a Tenerife para recalar en Madrid, donde ahora reside. Ese pueblo le declaró hijo predilecto en 2011 y él, en justa correspondencia, le regaló una estatua, frente al ayuntamiento, "Encuentros", una silla cargada de sosiego y esperanza, en la que refleja el simbolismo todo del abandono de su pueblo natal; y patrocinó un concurso de pintura para los escolares de la localidad, descendientes de aquellos primeros colonos que allí se establecieren tras abandonar forzosamente su pueblo.
            En 2010 habló Jiménez Carrero con las autoridades placentinas para ofrecerles una colección de 150 obras como base de un museo en su ciudad adoptiva. No recibiere respuesta a la oferta, como a Helga de Alvear se la rechazaren Cultura y varios museos españoles. En la inauguración de esta última exposición de Plasencia, otra voz placentina, la de la presidenta de la Asamblea, Blanca Martín Delgado, se alzó clara y nítida, manifestando su empeñó en hacer todo lo posible, junto al ayuntamiento, para que el pintor y escultor tuviere museo en la ciudad, quizás alguna sala en el nuevo Palacio de Congresos, cuya inauguración está próxima. Han pasado diez años de silencio. Plasencia pasa ahora por dificultades presupuestarias; pero nunca puede decir "no" a un pintor y escultor adoptivo que le regala un museo para su ciudad. Ejemplos suficientes son Hervás, con el Museo Pérez Comendador-Leroux,  y Cáceres con el de Helga de Alvear. Ellos no dieron nunca una negativa a unas luces, que ahora les engrandecen. No debería hacerlo tampoco Plasencia, nuestra ciudad adoptiva, con la obra de Jiménez Carrero, embajador turístico de la ciudad.
 

lunes, 17 de abril de 2017

RETORNO AL PUEBLO

 
           Algunos esperan el fin de semana para descansar; otros, para hacer deporte; viajar, pasear por el campo... Nos impulsa su llamada, como a algunos les llama el retorno al pueblo, o la casita en el campo. Allí, en su recogimiento, en su paz interior, a la luz de la lumbre de la cocina, con los leños de encina encendidos..., se olvida el tráfago de la ciudad, los mil y un avatares de la vida laboral, y aun de la política.
            Necesitamos volver al pueblo, al pueblo donde nacimos o al que adoptamos como propio. Se van quedando solos los pueblos; sus habitantes, ya ancianos, no pueden cultivar la tierra. Apenas unos cuantos jóvenes siguen las labores de sus mayores: los más, huyen a las ciudades en busca de una vida mejor, que tampoco hallaren. Instituciones y estadísticas claman ante el abandono de los pueblos que, lenta, pausada, invisiblemente, van muriendo. Y España y Extremadura son toda pueblo. No pueden morir los pueblos extremeños y españoles, porque perderíamos nuestra identidad de pueblo. Las ciudades van creciendo desde hace años por las migraciones de los pueblos.
            El pueblo nos hace revivir nuestra infancia, toda necesidades y juegos en calles y en la plaza. Nada teníamos y por nada nos quejáramos. No teníamos luz ni agua corriente; menos aún calefacción o aire acondicionado; ni siquiera nevera, teléfono o televisión...; ni abrigo o gabardinas en invierno. En la escuela, tan solo disponíamos de la luz solar. En días tormentosos, oscuros..., no podíamos hacer caligrafía ni seguir nuestra enciclopedia; tan solo, escuchar al maestro; pero nadie se quejaba. No puede faltar hoy un colegio al lado de casa, al que madres y abuelos llevan a sus hijos y nietos; ni tampoco la calefacción o el aire acondicionado. No hay niños sin móviles... Cuando vemos esto, al percibir esta distinta y tan distante realidad, nos acordamos del pueblo: aquella paz que acunare los sueños; el silencio que meciere la cuna; los juegos en calles y plazas; cuando íbamos con nuestro burrito a la fuente para traer el agua que necesitare nuestra madre para cubrir las necesidades de la casa.
            Y por la noche, teníamos el candil o el petromax que nos dieren luz bastante. En invierno, nos bastare el brasero de picón que nos dejaba las piernas al aire llenas de cabrillas.  El pueblo nos bastare y sobrare. El reloj del ayuntamiento marcare las horas y los días que signaren nuestra vida, sin ansiedad alguna. Vivimos en la ciudad esclavos del tiempo. No nos da el tiempo para nada ni nos llega el tiempo. En el pueblo, no buscamos el tiempo, porque lo tenemos todo. El pueblo es el tiempo que no vuela; un tiempo detenido a la espera de nuestro tiempo. Retornamos a él y volvemos a una eternidad perdida: la del tiempo pasado, que jamás retrocederá a nuestras vidas: o quizá tan solo podemos soñar en el pueblo, con la vida en él idealizada...

viernes, 7 de abril de 2017

EL "RUIDOSO" CASO DE MARCIAL, PRIMER OBISPO DE MÉRIDA


           Mérida tuvo 21 obispos en los primeros siglos de la era cristiana, desde Marcial, el primero, a mediados del siglo III, hasta Arnulfo (839-862), antes de la traslación de la Metrópoli emeritense a Compostela, hecha por el papa Calixto II en 1119.[1]  Según Enrique Flórez (Villadiego, Burgos, 1702; Madrid, 1773), el agustino estudioso de la "España sagrada", "Mérida era una de las tres ciudades capitales, únicas metrópolis de todo el continente y que, por nueva colonia de veteranos, engrandecida con el nombre de Augusto, era como ciudad de moda. [2] Supone el autor que la introducción del Evangelio en Mérida fue al comienzo de su aparición en España, en el siglo I.
            Aunque no existe documento que determine el tiempo, nombre y circunstancias del primer prelado, no se puede dudar, según el citado autor, que Mérida tuvo obispo en el espacio muy cercano a los primeros varones apostólicos, "porque esto da por supuesta la remota antigüedad en que empieza a sonar prelado de aquella sede en monumentos auténticos, no solo del Concilio de Eliberri, sino de San Cipriano, al medio del siglo tercero de la Iglesia. Por entonces se menciona obispo emeritense, que no podemos comprobar que fuese el primero. No menor comprobación es la de los martirios, con que Mérida fue ilustrada en el tiempo de la gentilidad, porque la sangre derramada en testimonio de fe, es prueba de la firmeza con que estaba arraigada en los corazones emeritenses la religión cristiana, pues ni la promesa ni el rigor de los gentiles pudieron prevalecer; antes bien, fueron vencidos hasta por el débil brazo de doncellas".
            El primer obispo católico de Mérida del que se tiene constancia fue Marcial "desde antes del 252, cuyo nombre ha llegado a la posteridad entre los primitivos de Mérida, mencionado con expresión por el glorioso mártir S. Cipriano en la Epístola 68, aunque la sede no está allí declarada con tanta claridad como el nombre, por lo que algunos la proponen con duda, y otros, en lugar de Mérida, expresan la de Astorga, como le sucedió al cardenal Baronio en sus Anales, a quien siguieron luego Fleury y otros escritores. Fue consagrado antes de 252, sin que tengamos documento del año en que  murió", añade el P. Flórez.
            ¿Qué sabemos de él? "Funesto en la sustancia, pero comprobante de la antigüedad de la sede. Fue el caso de los más ruidosos, por haber resonado no solo en toda España, sino en Italia, y en África, como corresponde a la ruina de dos obispos: Basílides de León, y Marcial de Mérida", señala Flórez.
            Cuenta el autor que, en tiempos de la persecución de Decio (antes del año 254) "tuvieron tanto miedo de ser delatado a los jueces..., tanto deseo de conservarse en su honor, que redimieron con dinero la vejación, haciéndose libeláticos [3]. Esto se reputaba delito muy grave entre los cristianos, con razón, porque no siendo el libelático perseguido por los que perseguían a los cristianos, venía a quedar fuera de aquella clase, y, consiguientemente, estaba en el público con la libertad de los que le negaban lo que, como delicadamente arguye Tertuliano, era ser rico contra Dios". "Basílides cayó enfermo, y blasfemó de Dios, según confesó después. Marcial frecuentó los impuros y detestables convites de los gentiles. Así uno como otro obispo declararon sus delitos y como no podían perseverar en la dignidad, pasaron las Iglesias y los pueblos de León y Mérida a nombrar sucesores. Juntáronse los obispos comarcanos  --relata Flórez--, y con asenso de las plebes, y de otros prelados ausentes, que accedieron por escrito, quedó electo y consagrado en la sede de León y Astorga, Sabino, sucediendo a Basílides, infiriéndose del contexto de la Carta de S. Cipriano, que en lugar de Marcial, fue colocado Félix, por ser este el nombre del obispo que con Sabino pasó a África".
            Basílides de Astorga se fue a Roma, "no a confesar sus pecados, sino a cometer otros nuevos, como lo hizo por las malas artes de engañar al Pontífice S. Esteban I y logró orden del Papa para ser restituido a la sede. En efecto, volvió Basílides a España a poner por obra sus injustos conatos, agravados ya con el nuevo delito de la seducción del Pontífice: y como la causa era común a la de Marcial, quiso también hacer suya la injusta pretensión de ser restituido a la sede". Los obispos. sorprendidos por la decisión papal, apelaron a los obispos del norte de África y, en el año 254, Cipriano de Cartago reunió a 36 obispos "y leídas las Cartas de España, respondieron a bando la deposición de unos y la ordenación de los otros, y que no se podía rescindir la consagración hecha según derecho por el rescripto obtenido del Papa", determinando la expulsión  de la Iglesia de Basílides y Marcial. 

[1] Vid.: R. P. M. Fr. Henrique Florez: España sagrada. Teatro geographico-histórico de la iglesia de España. Origen, divisiones y límites de todas sus provincias, antigüedad, traslaciones y estado antiguo y presente de sus sillas, con varias disertaciones críticas. Tomo XIII, De la Lusitania antigua en común y de su antigua metrópoli en particular, dedicado a los santos de esta metrópoli, 2ª edic. repetida, Oficina de Don José Collado, Madrid, 1816, pág. 256.
 
[2]  Ob. cit., Tomo XIII, edic. 2ª, ISBN: 84-933 875 -3-3, págs. 132-139, Madrid, 1782.
 
[3] Se dice de los cristianos de la Iglesia primitiva que, para librarse de la persecución, se procuraban  certificado de apostasía, en Diccionario de la Real Academia Española, vigésima segunda edición, 2001, Tomo III,  ISBN  239-6824-3, Espasa Calpe S. A, Madrid, 2001.
 
 
 

martes, 4 de abril de 2017

UN OBISPO DE CORIA, EN LA COLEGIATA DE BERLANGA

 
           Visitamos un día la colegiata de Santa María del Mercado, en Berlanga de Duero (Soria), en pleno centro de la villa. La plaza de san Andrés permanecía a esa hora tranquila, casi vacía. Apenas se veían transeúntes. Sería a primera hora de la mañana cuando llegamos a la colegiata.[1] Al mostrarnos la capilla de los Bravo de Laguna, el guía nos sorprendió al decirnos que allí estaba enterrado un obispo de Coria, Juan de Ortega Bravo de Laguna, junto a su hermano gemelo, Gonzalo Bravo de Laguna, que fuere alcalde de Atienza y Segovia.[2] Yacen juntos en dos sepulcros, uno al lado del otro, en la capilla de los Bravo de Laguna: el obispo a la derecha y su hermano, a la izquierda. El sepulcro, realizado en alabastro, es atribuido a Vasco de la Zarza [3] El obispo está revestido con su ropaje pontifical, mitra y báculo; el hermano, con ropa de la época.
            Una inscripción en letra gótica testifica: "Aquí está enterrado el muy reverendo y muy magnífico Sr. D. Juan Ortega Bravo de Lagunas, natural de esta villa de Berlanga, Capellán Mayor que fue de la Reina de Portugal, princesa de Castilla, Obispo que fue de Ciudad Rodrigo y sucesivamente de Calahorra y de Coria; del Consejo Real; y del muy noble caballero D. Gonzalo Bravo de Lagunas, su hermano, alcalde que fue de Atienza, que nacieron de un vientre y en una hora, el cual falleció en Córdoba en el mes de agosto del año 1471; y dicho Señor Obispo falleció el 2 de enero de 1557. Decoró esta capilla de mucha plata, ornamentos, libros y pontificales" [4]
            En la obra Episcopologio cauriense [5], no se ofrecen muchos detalles del pontificado en Coria de este obispo (1503-1517). El autor señala que "nació en Berlanga, de viejo linaje que arranca de Sancho Bravo, uno de los conquistadores de Baeza en 1227. En 1493 era obispo de Ciudad Rodrigo y capellán de la infanta doña Isabel, la hija de los Reyes Católicos. De la diócesis de Ciudad Rodrigo, pasó a la de Calahorra, de donde fue trasladado a la de Coria. Tomó posesión de la mitra el 22 de diciembre de 1503."
            Añade el autor que "el 8 de diciembre de 1516 regaló a la Catedral dos bandejas de plata que pesaron veinte marcos y tres onzas". "Durante su pontificado -anota- se construyó la reja del coro de la Catedral por el maestro Hugón de Santa Úrsula, que pagó el prelado, y en la que figura su escudo: en campo rojo, castillo de plata, rodeado de un muro almenado, con dos pájaros en los lados del castillo, posados sobre el muro que lo circunda. Sobre el arco de la puerta del castillo, una flor de lis de oro y debajo de la puerta, la bordura del escudo es en campo de oro, ocho cruces rojas de San Andrés".[6]
 


[1]  La RAE define colegiata como "la iglesia donde se celebran oficios divinos y que, no siendo sede episcopal, se compone de abad y cabildo de canónigos seculares". Vid.: Diccionario de la lengua española, Espasa Calpe, 2005.
 
[2] Juan Bravo (Atienza, 1483; Villalar, 24 de abril de 1521) fue un noble castellano conocido por su participación en la Guerra de las Comunidades de Castilla. Juan Bravo pertenecía a la baja nobleza y nació en Atienza (actual provincia de Guadalajara), donde su padre, Gonzalo Bravo de Lagunas era alcaide de la fortaleza. Su madre, María de Mendoza, era hija del conde de Monteagudo, por lo que Juan Bravo era hijo de María Pacheco, la esposa de Juan de Padilla y miembro de la familia de Mendoza. Era también sobrino, por línea paterna, de don Juan de Ortega Bravo de Lagunas, obispo de Ciudad Rodrigo, Calahorra y Coria. (Véase: Wikipedia, org/wiki/Juan Bravo).
 
[3] Vid.: Colegiata de Santa María del Mercado, Berlanga de Duero, Edit: Ayuntamiento de Berlanga de Duero, Oficina de Turismo.
 
[4]  Vid.: Arranz Arranz, José: El sepulcro de los Coria, tomado del libro El Renacimiento en la diócesis de Osma-Soria (1979), web del Ayuntamiento de Berlanga de Duero, Personajes.
 
[5]  Ortí Belmonte; Miguel A…: Episcopologio cauriense, Cáceres, Edit.: Instituto de Teología "San Pedro de Alcántara" (UPSA), Diócesis de Coria-Cáceres. Serie Estudios 9, segunda edición, Cáceres 2014; ISBN 978-84-936987-6-8; prólogo de Alonso J. R. Corrales Gaitán, y Anexo al Episcopologio Cauriense de María del Carmen Fuentes Nogales., 399 págs.
 
[6] En la página de Turismo Coria, dedicada al Coro del siglo XVI, se afirma que "la reja fue forjada entre 1508 y 1514, sufragada por el obispo don Juan Ortega Bravo de Laguna (1503-1517), según delata su escudo de armas". (Vid.: coria. wn21/com/es/component/.)