sábado, 11 de junio de 2011

DOS HOJAS EN MAYO CAÍDAS



Juntos por última vez el 22 de enero, vísperas de nuestro patrón, y os vais de repente, sin decir adiós, en mayo, cuando las hojas ya no se caen del árbol, sino que lo visten, y la luz de la primavera parece alumbrar más allá de vuestras miradas cerradas. Hubiere deseado estar en vuestra despedida y el tiempo, aunque se alargare, me lo impidiere.

El correo me avisó de vuestro sueño eterno, el sueño del que no despertare jamás Fernando, con tanto aún por contarnos y reírnos con él y sus gracejos. Y pude verlo dulcemente dormido, como en un atardecer auroleado por la luz de plata de amanecida.

Tantas ventanas abiertas, compañero, amigo, y te fuiste sin despedirte, sin decir adiós; sin recibir nuestro último Anuario de la Prensa. Eras el decano no por edad, sino por sabiduría, y tu ventana siempre abierta a los demás se ha cerrado definitivamente, soñando siempre con Cáceres, hasta que Meli, tu esposa, ha advertido la frialdad que nunca hubiste, ni con tu ciudad ni con nadie.

Tu voz apagada hubo fuerzas bastantes para narrar la bajada de la patrona, con tus anécdotas, tu ingenio, tu último servicio a Cáceres, pero inacabado, porque tu “ventana abierta” se ha cerrado, pero permanece viva en tus escritos, en los legajos y documentos escritos que le dejas a Meli.

Tu tiempo aún no fuere ido, Juanjo, cuando un rayo de muerte subiere por tu pierna de madrugada y cerrare, aún joven, una vida esperanzada con tus niñas. Tan cerca de mi casa el último adiós y ni despedirte pude, ni dar consuelo a Adela, porque el tráfago de nuestra profesión me lo impidiere.

Repetí tu nombre y tus apellidos a sabiendas de que fueren los tuyos, sin dar crédito a lo que veía en la letra impresa que durante años nos uniere. Con 49 años, Juanjo; con tanta vida aún por delante, con tantos proyectos e ilusiones por cumplir, que no pudiste ver el nuevo amanecer que te esperaba y que buscaste con la esperanza de hallarlo.

Tantas tardes juntos, frente a frente, apenas hablando de cuantos nos unía, cuando los papeles aún nos desbordaban en nuestros quehaceres hasta la llegada del ordenador, tras cuyas pantallas parecíamos jugar al ratón y al gato cuando habláramos de lo que debiéramos en el trabajo y tú ponías los suspensivos… “y tal y cual”, que no dieren fin a los que hubiéremos entre manos, sino que fuere una copulativa entre paréntesis para no perder el discurso interminable.

Y ahora, compañeros, os contemplo de nuevo en la foto de la última cena que, por la gracia de Flore, me unirá para siempre en el recuerdo a vosotros, siempre inesperado, indeseado, de dos días de mayo, el 4 y el 27, en que dos hojas, que tantas otras de tinta escribieren, no debieren caer jamás del árbol, mientras Meli y Adela velarán por las vuestras escritas como semilla para la eternidad y nunca estiércol para una rosa.

No tiene edad la muerte, porque llamare a nuestras puertas cuando no se la esperare, aunque no hubiéramos presencia en un campo de batalla para recibir la bala perdida que pusiere fin a nuestras letras. El riesgo de nuestra profesión es también un camino hacia la otra vida, aun en zona de paz, y no de conflicto armado, porque nuestra única arma fuere la palabra.

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