Han vivido los niños su
noche de ilusión, que no morirá, intacta la inocencia infantil. La ilusión de
la noche de Reyes es la esperanza cuyo cumplimiento parece realmente atractivo.
Y lo fuere hasta una edad en ellos, cuando les matan la ilusión y sobreviene la
desilusión, el desencanto, el desengaño; pero, antes, los mismos Magos que
llevaron presentes al Niño, han de traérnoslos a nosotros, también niños, como
Aquel. Les han enviado ya sus cartas con sus deseos; les han visto llegar en
las cabalgatas. Todo pasa: los zapatos, a la puerta, junto a licores y dulces,
a la espera de la mañana de Reyes, la mañana de la ilusión. Francisco Pizarro
bautiza Lima como la Ciudad de los Reyes, naciente ciudad en la fecha en que
los Magos inician su camino hacia Belén, la estrella indicándoles la senda...
Primera Epifanía, o revelación del Señor: la primera, ante los Reyes; la
segunda, a Juan el Bautista, en el río Jordán; la tercera, con el milagro de
Caná, que abre su vida pública.
Pasamos de la ilusión a la desilusión: la ilusión que nos
ofrecen; la ilusión que nos roban. Hay también una imagen no realidad, sugerida
por la imaginación o causada por engaño de los sentidos. No quitan los padres a
los niños la ilusión: la perciben ellos mismos con la edad, cuando observan,
oyen y escuchan que una imagen captada no se corresponde con la realidad
objetiva buscada, deseada...
Hay una ilusión óptica, que es la imagen que tergiversa
la realidad captada por el ojo. Aquello en lo que creímos, no lo encontramos.
Sobreviene la desilusión, la impresión negativa experimentada tras comprobar
que la realidad no responde a la esperanza o la ilusión puestas en ellos; la
falta de ilusión; la monotonía y desilusión de los jóvenes; el desencanto, la
desesperanza; la apatía, la indiferencia, la resignación no escrita ni
revelada, sino sus contrarios.
Según el Barómetro Cofidis
de la Ilusión, presentado el miércoles, la ilusión ha
aumentado un punto en España respecto al último año, el indeseado. Los
proyectos ilusionantes se reducen, pero aumenta la esperanza de alcanzar los
deseados: hacer un viaje, tener más tiempo para disfrutar de la familia, cuidar
la alimentación, conseguir un trabajo; pero la ilusión no basta para cumplir
los sueños: el esfuerzo es el principal y la suerte, el segundo.
Predican los políticos --los más, enemigos de los sueños,
por erigirse en sus enterradores-- que el nuevo año será el de la recuperación.
Para el partido del Gobierno de la nación, el PP: sanear la economía, reducción
del gasto público, reforma de la Administración Local y reforma del sector
público. Para el principal partido de la oposición, el PSOE: nuevo proyecto
político, con militantes y ciudadanos, aunque después hagan las listas cuatro;
apuesta por un nuevo modelo territorial, camino del federal; ofensiva contra la
privatización de la sanidad...
De acuerdo con el citado informe, las personas menos ilusionadas --un 30 por ciento de la población-- son los jubilados y las amas de casa, unos porque ya cumplieron sus ilusiones y ahora tienen otras que no pueden cumplir... De la ilusión con que nacimos, a las ilusiones ópticas y a la desilusión. No vivimos tiempos ilusionantes, sino de desilusión. Hemos perdido la ilusión de niños y los psquiatras no logran vencer nuestra desilusión. Que perdure, al menos, la ilusión de los niños; que nadie les robe su inocencia: "Dejad que los niños se acerquen a mi, y no se lo impidáis, porque de ellos es el reino de Dios." (Lc., 18, 15-17)
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