sábado, 25 de octubre de 2014

EL TRISTE DESENCANTO DE LA CORRUPCIÓN

 
           En su primer discurso como rey en la entrega de los Premios Príncipe de Asturias, Felipe VI de España ha incidido en sus dos grandes preocupaciones: el desafío soberanista catalán y el desencanto ciudadano ante el goteo continuo de casos de corrupción en prácticamente todas las instituciones y partidos, que provoca no solo el desencanto ciudadano, sino la desafección a la política y a quienes encarnan su ejercicio delegado de la soberanía nacional, que tantos parecen olvidar.
          La corrupción política, entendida como el abuso del poder mediante la función pública para beneficio personal, deviene en un triste desencanto ciudadano, que ve cómo ni las instituciones ni la Justicia son capaces de restaurar lo que el Rey llama "el impulso moral colectivo con el que se puede y se debe hacer de España una nación ilusionada". A falta de vidas ejemplares, "referencias morales a las que admirar y respetar, principios éticos que reconocer y observar, valores cívicos que preservar y fomentar",  Felipe VI apela a una "conciencia social  más crítica y exigente hacia las instituciones".
          La corrupción solo engendra "desencanto, pesimismo y desconfianza" y quizás aún, más corrupción, que estalla por simpatía como consecuencia de la explosión de otro artefacto, que tiene lo suficientemente cerca como para que se vea afectado y explote a la vez. No es de recibo, como recordara ya el pasado año en el mismo escenario, que "cuando los hombres y mujeres de España han hecho frente con coraje a la adversidad y han mostrado una capacidad de sacrificio fuera de toda duda..., los que hacen de España una gran nación que vale la pena vivir y querer y por la que merece la pena luchar", la clase política acentúe cada día más, con su peor ejemplo, el desencanto, el pesimismo y la desconfianza".
          Al referirse al peligro secesionista, el Rey se ha dirigido, sin nombrarlos, a quienes pretenden separarse de España, y lo ha hecho apelando a la Constitución y a nuestra democracia, "que no es fruto de la improvisación, sino de la voluntad decidida del pueblo español de constituir España en un Estado social y democrático de derecho, inspirado en los principios de libertad e igualdad, justicia y pluralismo, y en el que todos, ciudadanos e instituciones, estamos sometidos por igual al mandato de la ley". El respeto a ese marco es, para el Rey, la garantía de una convivencia en libertad, del ejercicio de los derechos de todos y del ordenado funcionamiento de nuestra vida colectiva.
          No es casualidad que, tanto por su ascendencia española como por su formación, el hispanista francés Joseph Pérez, hijo adoptivo de la localidad valenciana de Bocairente --lugar de nacimiento de sus padres y sus hermanos--, catedrático de Civilización española e hispanoamericana y presidente honorario de la Universidad de Burdeos III, especialista en la formación del Estado moderno español, entroncara su discurso de aceptación del premio Príncipe de Asturias de Ciencias Sociales 2014 recordando a uno de los "genios más excelsos del Siglo de Oro hispánico", fray Luis de León, y su teoría sobre la paz entre los hombres y naciones en su obra "De los nombres de Cristo". Para fray Luis, la paz excluye toda resignación ante la injusticia y supone, al contrario, una lucha de todos los instantes para desarraigar las causas de conflicto. "Luchar por la justicia, por la verdad y por la libertad, es procurar restablecer el orden, un orden violentado y fautor de discordia." Así, fray Luis se anticipaba, en palabras del profesor Joseph Pérez, "al Kant del proyecto de paz perpetua: la paz descansa en el derecho; en la aceptación por parte del individuo y de las naciones, de un orden jurídico libremente aceptado", palabras con las que quiso recordar lo que la civilización occidental debe a España.
          "Queremos una España alejada de la división y de la discordia", manifestó el Rey en su discurso, sumándose a la teoría de san Agustín recogida por el fraile agustino: la paz es la quietud que procede del orden, que consta de dos elementos: el orden y el sosiego, que recordare el premio Príncipe de Asturias de Ciencias Sociales. Como Felipe VI, quien apeló en su discurso a "favorecer nuestra vida en común" y a "no repetir errores del pasado". Como las heridas de la corrupción o el soberanismo no duelen en caliente: estallan más tarde como una bomba de relojería, cuyos efectos serían impredecibles de prever.
 
          Que no tengamos que repetir, como fray Luis, tras cinco años en las mazmorras de la Inquisición de Valladolid, de vuelta a su cátedra de Salamanca: "Dicebamus hesterna die..." (Decíamos ayer...), recordando quizá la paz y el sosiego tan deseados por él:
 
          "Vivir quiero conmigo,
          gozar quiero del bien que debo al cielo,
          a solas, sin testigo,
          libre de amor, de celo,
          de odio, de esperanzas, de recelo."
         
 
 

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