La iglesia parroquial de Santa Cruz de la Sierra (Cáceres) constituye uno de los hitos patrimoniales más destacados de la villa. Con esta obra, sus autores tratan de recobrar la memoria colectiva y la puesta en valor de un legado que pertenece a todos. El estudio minucioso de la iglesia, concentrado en sus muros, altares y capillas y la huella de diversas épocas y estilos artísticos es el objeto de la misma, que trata de desentrañar no solo las características materiales del templo, sino también su valor simbólico como lugar de culto, encuentro y cohesión comunitaria. [1]
La
obra presta especial atención a sus retablos e imágenes barrocas, piezas de
gran calidad artística, que hablan de la religiosidad, la estética y las
devociones de sus habitantes. Más allá de su esplendor barroco, el templo
guarda otros tesoros de épocas pretéritas que merecen ser destacados. Entre
ellos, el tenante de altar visigodo, vestigio singular que remite a los orígenes
más remotos del culto cristiano y que convierte al templo en un raro ejemplo de
continuidad devocional a lo largo de los siglos. Junto a esta excepcional
pieza, el visitante puede admirar el púlpito gótico, testimonio elocuente del
tránsito hacia nuevas formas artísticas en la Baja Edad Media, y la pila
bautismal, cuya sobriedad y nobleza recuerdan la función central del bautismo
en la vida parroquial,
La
alcaldesa, María Belén Corredera Miura, recuerda en el prólogo que el templo,
más que un edificio, es un testimonio vivo de la espiritualidad, la memoria
colectiva y el arte que han dado forma a esta tierra y sostiene que, en sus
muros, retablos, capillas y en la devoción profunda de sus feligreses, late con
fuerza el culto a Santa Rita de Casia, advocación que ha echado raíces
profundas en el alma de esta población, y que ha sido durante generaciones
consuelo y esperanza de cuantos han acudido a ella en busca de alivio, de fe
renovada y de milagros cotidianos.
El
término municipal de Santa Cruz de la Sierra se asienta sobre un relieve en el
que dominan las formas aplanadas, salvo en el sector emplazado sobre la Sierra
de Santa Cruz, donde la altura máxima es de 844 metros. Son numerosos los
restos localizados en esta sierra, que datan desde la Edad del Cobre hasta el
asentamiento musulmán en el risco de San Gregorio en el siglo IX durante el
emirato de Abd el Rahman II, enclave ocupado hasta la expulsión definitiva de
los musulmanes en 1234.
La
Sierra de la Santa Cruz, al actuar como monte isla en la penillanura,
constituía un punto de paso obligado y un lugar privilegiado para el
asentamiento. Desde sus cumbres se podía controlar visualmente el territorio,
organizar actividades de pastoreo y mantener contacto con las poblaciones de
sierras cercanas. Este carácter estratégico explica la continuidad de ocupación
desde tiempos prehistóricos hasta etapas históricas posteriores.
Los
orígenes poblacionales de la Sierra de Santa Cruz no pueden entenderse de
manera aislada, sino en relación con un proceso histórico más amplio que abarca
todo el Occidente peninsular. En este enclave granítico de la penillanura
trujillana, coronado por el pico de San Gregorio, cristalizaron las influencias
culturales y étnicas que dieron lugar a las comunidades prerromanas de lusitanos
y vettones. La romanización de estos territorios fue un proceso lento y
continuado en el tiempo, que poco a poco fue calando en las comunidades
indígenas que finalmente terminarán por abrazar la civilización romana.
A
partir de 1234, Santa Cruz dejó de ser un enclave disputado y pasó a formar
parte de la red de villas y aldeas que aseguraban el control de la penillanura
trujillana. La villa emerge de la primera etapa medieval como símbolo de
resistencia, inestabilidad y lucha, pero que tras su reconquista definitiva
tras la de Trujillo, inicia un nuevo proceso, que fue la repoblación
poblacional, que permitió el surgimiento de la villa.
El
nombre primitivo de la villa fue “Shant Agruch”, de un término árabe o
mozárabe, relacionado con una forma romanceada o castellanizada, algo común en
la toponimia peninsular. Muchas poblaciones conservaron restos fonéticos de
nombres antiguos que, con el paso de los siglos, se reinterpretaron como
advocaciones cristianas, especialmente tras la repoblación medieval. Cabe
deducir que la construcción del templo parroquial no fue neutra, sino que
respondió a la intención de fijar y exaltar el topónimo Santa Cruz. El edificio
religioso actuó, en este sentido, como vehículo de memoria y como medio para
consolidar la identidad del pueblo en torno a un nombre que hundía sus raíces
en un pasado más antiguo.
La
importancia de la iglesia parroquial de la Vera Cruz fue reconocida
oficialmente por la Orden de 21 de febrero de 1974, por la que se le otorgó la
declaración de Monumento de Interés Histórico-Artístico Provincial. Esta
declaración trasciende lo estrictamente local para proyectarse como referente
patrimonial de todo el conjunto histórico de las tierras de Trujillo. La
iglesia se emplaza en el núcleo urbano de la villa, actuando como elemento
vertebrador del espacio público principal.
La
iglesia conserva un trozo pequeño de la Cruz de Cristo, toda una joya para el
mundo cristiano, pues representa el objeto donde estuvo martirizada la
salvación del mundo. Y la otra reliquia significativa y muy venerada es la de
un trozo de túnica de Santa Rita, la patrona del pueblo. El patrono más antiguo
es el Santísimo Cristo del Perdón (14 de septiembre). A este patrono se
añadieron dos copatronazgos: San Agustín (28 de agosto) y Santa Rita (22 de
mayo). La tradicional veneración a Santa Rita ha elevado a la iglesia de la
Vera Cruz a destino de peregrinación, colocándola en la ruta del fervor
religioso, porque ha sido capaz de arrastrar a cientos de fieles desde toda la
región y otras partes de España. Cada 22 de mayo, día de la festividad, la
localidad experimenta una transformación, con misas y novenas, peregrinos y
curiosos.
Hace años tuvo lugar en Santa Cruz otro hecho religioso de importante calado. Dadas las relaciones de la villa con la Santa Cruz de la Sierra boliviana, fundada por el explorador local Ñuflo de Chaves (1518-1568), actualmente hermanadas, el alcalde de la población de Cotoca, trajo una talla de su aclamada Virgen, que ha quedado como destino de peregrinación religiosa cada 8 de diciembre para los miles de bolivianos residentes en España.
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[1] Vid.:
Melchor Terrón, Agustín y Ramos Rubio, José Antonio: La iglesia parroquial de Santa Cruz de la Sierra (Cáceres), TAU
Editores, Cáceres, 2025, 180 págs.

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