Tras una catástrofe, devienen historias conmovedoras, emocionantes, enternecedoras… El accidente ferroviario de Urda (Toledo) nos deja historias de heroísmo, de solidaridad humana, de arrojo y coraje. Es la historia de Almudena, la única superviviente del tren Iryo, y de Salvador, el guardia civil que, asido a su mano durante más de una hora, le salvó la vida. “Necesitaba salvar a alguien. Y con una persona, todo mi servicio está bien”, confesaba el guardia civil. Servicio cumplido: ha salvado una vida condenada a la muerte.
Almudena iba en el vagón 1 del Iryo, el último y el primero que cerraba el convoy, el más cercano de lo que venía, a “velocidad normal”, entre 160 y 200 kilómetros/hora. El Iryo estaba detenido a la entrada de la estación, sin poder moverse. La maquinista no sabía lo que venía detrás, ni Almudena menos aún del fallo informático que había dejado la vía sin el sistema automático de control.
A las 8:53 ha sentido la colisión furiosa: la cabeza del AVE queda empotrada con el vagón de cola del Iryo. Almudena será la única que se salve de quienes iban en ese vagón.
Los trabajadores de la finca han levantado sus cabezas al escuchar la terrible deflagración. Enseguida, ven venir a los servicios de emergencias y sanitarios. Cortan las verjas y alambradas que custodian la vía para dejarles paso. ¿Por dónde empezar?, se preguntarían los guardias. Por el que peor está: por el último vagón. Todo estaba en silencio, entre el amasijo de hierros que atrapaban cadáveres o personas moribundas.
Salvador, el guardia, entra como puede en el vagón. De pronto, oye la voz de una chica, la de Almudena, que pide auxilio. No puede avanzar. Los hierros retorcidos se lo impiden. Repta, como puede, arrastrándose hacia ella. Va retirando lo que encuentra a su paso. Tras un tiempo interminable, ve una mano. Salvador la toma y no la suelta. Le habla, la calma, le dice que vienen a ayudarla. Junto a sus compañeros, no soltarán jamás la mano de la chica. Se turnan para ello. Los bomberos le retiran los hierros que aplastan su cuerpo. Le preguntan su nombre; no dejan de hablarle. Les piden que ella también lo haga. En su mano derecha lleva una pulsera con la Virgen de la Macarena. “Será sevillana”, se dicen.
Por fin, alcanzan a verla. “Sus ojos son claros y lleva una pulsera verde de una hermandad sevillana” dice Salvador. Le tapan las heridas que sangran sus piernas. Está atrapada. Escarban; parece que ya está libre; pero sus cabellos están atrapados por los hierros. Alguien trae una tijera y se los cortan. No le sueltan la mano; no dejan de hablarle y darle ánimos. Ha pasado una hora y Almudena, al fin, sale del vagón con vida, hablando, en la camilla.
Salvador, el guardia civil, exhala un suspiro de satisfacción. Ha salvado una vida. Retorna a casa contento y frustrado a la vez. Ha salvado una vida. Sí, pero no ha podido hacer más: ha intentado ayudar a quienes ya nada ni nadie podría socorrer. Piensa en Almudena. ¿Dónde, cómo estará la chica cuya mano ha asido tanto tiempo?
Llama a unos amigos que trabajan en Urgencias en el hospital de Toledo. Se llama Almudena, tiene una pulsera verde con la Macarena. Les pide que llamen a su familia, que sepan que está viva. Por la tarde le llama Julio, su novio. Le describe lo que llevaba puesto, la pulsera, los ojos. Es ella, sin duda. Salvador solo preguntó si estaba viva. “Es la única vida que yo me llevo.”
Almudena continúa en la UCI, fuera de peligro. “Necesitaba salvar a alguien y con una persona ya todo mi servicio está bien”, dice Salvador.
Has hecho honor a tu nombre y al lema del Cuerpo, Salvador. Almudena siempre te recordará. Buen servicio.