martes, 16 de septiembre de 2008

EL GESTO DE LA MINISTRA CHACÓN

El gesto que la ministra de Defensa del Gobierno de España, Carme Chacón, ha tenido con el jefe de la oposición y presidente nacional del PP, Mariano Rajoy, no debe centrarse por su excepcionalidad, ni por ser la primera vez que ocurre, en los buenos hábitos de cortesía y colaboración en asuntos de Estado que los dos principales partidos de la nación han de mantener.

Chacón, al presentar por primera vez en la historia al líder de la oposición a la nueva cúpula militar elegida el pasado mes de julio, no solo se ha ahorrado un montón de preguntas en el Congreso, que la oposición tiene derecho a saber, sino que ha ido más allá de lo que el gesto pueda suponer.

La defensa nacional es un asunto de Estado. Y que el líder de la oposición les conozca en persona y puede escuchar de su boca los planes y la actividad que desarrollan, además de hacerles las preguntas que ha estimado pertinentes sobre la actualidad, como la unificación de escalas que recoge la Ley de la Carrera Militar, las misiones en el exterior, la protección a los atuneros españoles en la costa somalí, la atención especial a Ceuta y Melilla en el nuevo mapa de despliegue de tropas, además de constituir un gesto sin precedentes que dignifica a la ministra de Defensa supone, a la vez, en un contexto democrático, la responsabilidad del líder de la oposición de aceptar la invitación, que es tanto como compartir, por encima de las diferencias que nos puedan separar, las preocupaciones que nos unen en el presente y en el futuro de España como nación.

El Jemad y los jefes de los tres Ejércitos han escenificado, además, con la cordialidad con que ha sido atendido Rajoy y las explicaciones que les han dado, otro hecho inusual en la historia de España: la ratificación constitucional de que las Fuerzas Armadas están al servicio de la nación, como se afirma en el artículo 8 del Título Preliminar, que afirma que “las Fuerzas Armadas, constituidas por el Ejército de Tierra, la Armada y el Ejército del Aire, tienen como misión garantizar la independencia de España, defender su integridad territorial y el ordenamiento constitucional”.

La ministra Chacón ha dado ya pruebas de su categoría con gestos que la honran como política y como mujer. Su reciente recepción a las primeras mujeres incorporadas a las Fuerzas Armadas, con ocasión de cumplirse su veinticinco aniversario; sus viajes, embarazada, a las misiones españolas en el exterior; su rápida incorporación, tras la maternidad, a sus tareas de gobierno, y la recepción a Rajoy en su casa y en la de todos, nos ilustran, en tiempos como los actuales, de la necesaria colaboración que unos y otros han de mantener por el bien que todos desean, que es otro que el de España.

Rajoy no solo se ha limitado a escuchar al Jemad y a los jefes de los tres Ejércitos, sino que en la sesión informativa especial a la que ha acudido a Defensa, que se mantendrá en el futuro, como han acordado, les ha transmitido las preocupaciones ciudadanas que están en la mente de los españoles: Ceuta y Melilla, la unificación de escalas, la protección de nuestros pescaderos ante los ataques de los piratas, las misiones en el exterior…, y les ha pedido acabar con el límite establecido que fija en 3.000 el número máximo de soldados desplegados en el exterior, tras las procesos de autorización y seguimiento que debe hacer el Parlamento, una iniciativa, como ésta, por cierto del Gobierno socialista.

Los militares han dado su talla, la que les corresponde dar y vienen dando, excepciones hechas de locos sin cuartel, en los últimos lustros de la historia de España. La ministra ha cumplido con su deber de hacer partícipe al jefe de la oposición de un asunto de Estado que, por serlo, compete a todos; y Rajoy, al aceptar la invitación, ha subrayado la virtud de la colaboración política frente a la intrascendencia de la “guerra dialéctica” que puedan mantener dos partidos llamados a gobernar España.

La ministra de Defensa y la cúpula militar requieren, por ello, el reconocimiento de todos los españoles.

lunes, 15 de septiembre de 2008

EL SILENCIO DE LOS POBRES

El silencio de los pobres rumia, indolente, sin decir, porque nada tiene que rumiar. Ni las estadísticas, que no le llegan y poco pueden decirle; ni la palabra que, en vano consuelo, le otorgare esperanza; ni los rezos que, antes, le confortaban; ni la lluvia ni el sol que alumbraren una pobre cosecha para ir tirando...

Siempre ha habido ricos y siempre, pobres; pero los ricos lo son cada día más y los pobres cada vez más pobres. En la guerra y en la paz; en la crisis y en la abundancia. Los ricos se pasan el día pensando cómo pueden serlo más; los pobres se conforman con un bocadillo que alivie su hambre; con un vaso de agua que alimente su cuerpo. Algunos hasta se atreven a pedir en la calle, sin mirar a nadie, alejados de la realidad que les rodea, sin desear ver más que unas pocas monedas. Otros callan porque ni a hablar se atreven.

El silencio de los pobres clama al cielo sin esperar nada de él. Es la sufrida soledad de los desheredados de la tierra. ¡Ay de la bienaventuranza: “Bienaventurados los pobres porque ellos poseerán la tierra...!” Quizá ni la heredad fuese bastante, como antes la matanza, para ir tirando; pero hasta vivir cuesta cada día más. No bastan ya los cuatro elementos para vivir ni para salir de la pobreza.

No oyen los poderes públicos, ni los sindicatos, ni menos los ricos, el silencio de los pobres, porque ni están, ni se les ve, ni se les espera en manifestación alguna. Antes, los pobres se concentraban en los arrabales; hoy se hunden en su propia soledad, que ni siquiera les permite gritar su pobreza, porque les queda la dignidad para seguir viviendo mientras puedan, con ayudas o sin ellas.

Perdieron su trabajo y, con él, el sustento. Todos le retiraron la mirada y la palabra, hasta quizá los suyos. Ha tenido que huir el pobre a otros pueblos y ciudades para esconder la vergüenza de serlo ante quienes le conocieren en un estatus ahora perdido. En su huida lleva consigo el silencio amargo de la derrota. Llamó a todas las puertas, pero nadie le respondió; pidió trabajo que pudiere y supiere hacer, pero no había para él; solicitó limosna y recibió la mirada indiferente de todos los que un día fueron como él. Los mismos que miran hacia otra parte cuando en la pantalla vemos escenas no deseadas del Tercer Mundo.

El silencio del pobre que no asumimos por vergüenza, quizá tengamos que afrontarlo un día por necesidad y bombas de racimo que caerán sobre nuestras cabezas. Entonces será el llanto y el crujir de dientes. Solo entonces recordaremos el silencio de los pobres, como hoy recordamos los tiempos de bonanza. Como cuando casi nadie era pobre; pero casi ninguno rico, y el umbral de la pobreza no existía en nuestro vocabulario. Como tampoco hoy parecen existir los pobres, porque no deseemos oír las voces de sus silencios. La silenciada voz amarga de los pobres de nuestro tiempo..., que a nadie parece importarle porque sus silencios no llegan a nuestros sordos oídos y a nuestros corazones de piedra. Tan humanos como los nuestros, pero no tan inhumanos como los que asumimos.


lunes, 8 de septiembre de 2008

LAS OTRAS MEDALLAS DEL CORAZÓN

Si algo revela más que nada la humanidad que distingue al Presidente de la Junta de Extremadura es su apelación al corazón de las personas con nombres propios; a los que no tendrán nunca medallas, pero quizá se las merecieren como nadie; a esos miles de extremeños anónimos de quienes pocos gobernantes, más que él, se acuerdan en días tan señalados como el de Extremadura, forjadores de Extremadura en la dignidad de los trabajos y los días de sus vidas.

En su discurso institucional del Día de Extremadura, Fernández Vara, a la vez que felicitaba a los distinguidos con la Medalla, ha tenido un recuerdo especial para los mayores, “muchos de los cuales pasaron sus vidas cuidando a sus hijos, luego cuidaron a sus padres y hoy nos ayudan tanto haciéndolo con sus nietos”. Conocida es su frase antes de ser Presidente: “Temo más una huelga de abuelos que una de médicos o maestros.” Cómo no reconocer, entonces, a quienes han contribuido a forjar Extremadura de sol a sol y, una vez jubilados, siguen entregados a su profesión y al cuidado de sus descendientes...

Quizás en la nómina de las Medallas de Extremadura no estarán nunca todos los que son, aunque sí estén todos los que están. Más aún en el corazón de un Presidente que, por su cercanía a la vida y a la muerte, aprecia la vida y valora la muerte de quienes dedicaron aquélla al servicio de los demás, sin esperar otra recompensa que el afecto de los suyos y quizá lo nunca esperado: el recuerdo de su Presidente en el Día de Extremadura.

En un discurso institucional como el pronunciado ayer por el Presidente, en el que ha tocado todas las teclas que hubiere que tocar del ayer, el hoy, y el mañana de Extremadura, esta referencia con nombres propios a doce mayores de Extremadura, que “podrían ser miles y miles de historias de vida que son nuestro mejor ejemplo”, reconcilia a los más con una clase política de despachos, que tantas veces olvida la realidad de la calle.

Fernández Vara ha dejado claro en su discurso que “los que pierden su empleo no son números, sino personas” y que “las empresas en dificultad no son un epígrafe en el Impuesto de Actividades Económicas, sino la consecuencia de muchos años de esfuerzo”.

La asunción de la responsabilidad del político no concluye en distinguir a “los que son lo mejor de esta querida tierra nuestra”, en asumir la responsabilidad de “estar al lado de los que lo están pasando mal”, sino de reconocer en el recuerdo a doce extremeños mayores su contribución al futuro de una nueva Extremadura como ellos no conocieron nunca, pero sí conocerán sus descendientes, gracias a su esfuerzo y al trabajo de todos.

Quizás haya sido ésta, por novedosa, la parte más emotiva, sustancial y humana de un discurso institucional que no debe ser de reivindicación, sino de autoafirmación de la identidad extremeña y de sus valores, como se afirma en el artículo 1 del vigente Estatuto de Autonomía, que el Presidente se encargó de recordar al referirse a su veinticinco aniversario y a su reforma “para adaptarlo a la nueva realidad de un mundo que ha cambiado mucho en este tiempo”.

Los mayores de Extremadura han construido el presente de la región, y lo seguirán haciendo hasta su muerte. En su cuaderno de notas electoral, en su programa de gobierno, Fernández Vara no olvidó nunca recoger esta singularidad del político: la política se hace para las personas; las personas tienen nombres y apellidos; no son números. No puede mantenerse, por tanto, que tributan los territorios, sino las personas, y que la solidaridad fiscal y el trabajo de los extremeños han sido la base del futuro de la región. Intentar cambiar los conceptos es intentar cambiar la Constitución sin la aprobación de quienes la aprobaron.

El reconocimiento a quienes han entregado parte de su vida a hacer más llevadera la vida de los demás, a enaltecer a Extremadura en distintos campos, no excluye el recuerdo de los doce, que solo son una excepción a la regla, de los miles de extremeños que día a día ha contribuido a hacer la Extremadura que hace veinticinco años muchos de sus habitantes no pudieron soñar, ni siquiera, y nunca mejor dicho y recordado por su Presidente, los más viejos del lugar, tan dignos de ser merecedores de la Medalla, como los que la merecieren ayer, ahora y siempre.

En su discurso de ayer, el Presidente de la Junta otorgó las medallas no concedidas: las medallas de su corazón al corazón mismo de Extremadura.