viernes, 31 de julio de 2015

PROSERPINA, DE PRESA DE AUGUSTA EMERITA A PLAYA DE MÉRIDA

 
            Tardé años en acercarme a conocer Proserpina, siempre yendo y viniendo a Mérida, y dejando a derecha o izquierda de la N-630, el camino a la presa romana. Hasta que una noche, de viaje en la capital, un compañero me acercó hasta ella. Era ya anochecida de verano y paramos en el chiringuito de Chon. Apenas se intuía la presa y algo, las aguas. Las luces eran, entonces, escasas. Tomamos algo y volvimos a la ciudad. Solo conociere entonces que, de presa romana que abasteciere a Augusta Emérita, había pasado a ser playa de la ciudad en verano, segunda residencia de familias de la ciudad durante los fines de semana en las otras tres estaciones; meta de la romería de san Isidro, verbenas en las noches de estío...
 
            Nombre femenino de origen griego (la que desea aniquilar), traduce en su naturaleza emotiva la perseverancia, el asentamiento; en la expresiva, la insistencia. Proserpina evocaba entonces en mí la escultura "El rapto de Proserpina", de Bernini (Nápoles, 1598; Roma, 1680), que le encargare el cardenal Borghese, quien, a su vez, se la cedió al cardenal Ludovico Ludovisi, que la llevó a su villa, hasta que en 1908 el Estado italiano la adquirió y la devolvió a la Galería Borghese. La gran estatua de mármol compone un grupo escultórico que representa a Proserpina --Perséfone en la mitología griega--, raptada por Plutón, hermano de Hades y soberano de los infiernos. El nombre de Perséfone es traducido por los latinos como Proserpina y así la conocemos en la obra de Bernini, que cuenta el mítico episodio, donde la naturaleza queda marcada por las idas y venidas de Proserpina: cuando ella se va, las flores se marchitan; cuando vuelve, retorna la primavera. ¿Le pondrían este nombre los arquitectos del Imperio en su recuerdo? Conocido como Charca o Albuera de Carija, una lápida descubierta en el siglo XVIII, que invocaba a la diosa hispanorromana Attaecina-Proserpina, para que castigase a quienes le robaren la colada que tenía tendida, dio lugar a que fuere conocido por este nombre desde entonces. Allí, en La Albuera, donde Isabel la Católica dirimió a su favor la disputa del trono de Castilla con Juana "la Beltraneja"...
            La presa de Proserpina, realizada para el abastecimiento de Augusta Emerita, se sitúa a cuatro kilómetros de Mérida y forma un embalse en el arroyo de Las Pardillas, a través del río Aljucén. Es el embalse artificial más grande conocido en el mundo romano en sus territorios mediterráneos y, junto al de Cornalvo (siglo II d. d. C.), es parte del Conjunto Arqueológico de Mérida, declarado Patrimonio Mundial por la UNESCO en 1993. Era el mayor de los embalses que surtía de agua a Augusta Emerita, mediante una conducción que llegaba a la ciudad a través del acueducto de Los Milagros. Tras la caída del Imperio Romano, el embalse de Proserpina perdió su función de abastecimiento, por otros fines lúdicos y recreativos, que le llevaron a convertirse en la playa de Mérida en verano y en un conjunto residencial alrededor de la presa y del embalse. La presa tiene unos 425 metros de longitud y 21 metros de altura y una capacidad de 6,5 hectómetros cúbicos. A 07/07/2015, albergaba 4 Hms. Se cree que su construcción data del año 130 d. d. C.
            En 1991, la Confederación Hidrográfica del Guadiana (CHG), de la que depende el embalse, acometió su vaciamiento, tras diecinueve siglos de acumulación del vaso por sedimentos, vertidos incontrolados (aparecieron hasta electrodomésticos en el fondo), incompatibles con los usos recreativos del entorno. En 2010, realizó actuaciones de adecuación del lugar, como vías para la circulación de vehículos y el uso peatonal, al tiempo que se musealizaban las infraestructuras romanas, en el Centro de Interpretación del Agua.
            El vaciamiento del lago puso al descubierto casi siete metros de la parte inferior de la estructura, hasta entonces desconocida. Proserpina es hoy una de las playas de agua dulce mejor acondicionadas de la Comunidad. Allí, donde he vuelto en tardes de otoño, y volveré para soñar con la gloria y monumentalidad del Imperio, dejando a un lado el cruce de Mirandilla.
 

jueves, 30 de julio de 2015

ANOCHECER FRENTE AL MAR

 
En el colegio, alguna vez nos preguntaron si habíamos visto el mar. Casi nadie contestaba. Habitantes, los más, de la Extremadura interior, entre Tajo y Guadiana, entre norte y sur de ambos, ninguno había viajado a los confines de su tierra frente a la mar. Tan solo conocieren sus ríos o pantanos, en los que se bañaren en verano.
              Hasta que no fueren bachilleres, no conocieren el mar en alguna excusión escolar.  Mientras el autobús avanzaba hacia la costa, los ojos escudriñaban tras las curvas de la N-340, a un golpe de vista. El profesor les había dicho que quien no conociere el mar, nada sabría de la tierra, el mar azul, la inmensidad del mar, que se pierde en los confines de la redondez de la Tierra; el agua salada frente al agua dulce; la inmensa fuente de recursos alimenticios para el hombre…; pero el mar estaba tan lejos…, muy lejano para quienes solo salían del pueblo para hacer la mili, quizá no frente al mar. El mar, la mar, se adivinaba como un misterio inescrutable por descubrir con la mirada, por soñar en su inmensidad, perdida en su horizonte, como un reto por alcanzar; la maravilla de la naturaleza por descubrir.
              Memoraba aquel viaje en el que sus ojos lo vieren por primera vez. Desde la carretera, el mar aparecía y se difuminaba a la vez en un plis-plas. No hubiere tiempo a aprehenderlo en la memoria; tan solo fuere un barrunto de la unión que más nos atrajeren -- las marinas de Sorolla-- que nuestra propia visión de la mar.
              Pasados los años, al fin pudo hollar la mar: se bañaba en él; jugaba como un niño salvando las olas que rompían contra la playa; ora montaba sobre un patinete; paseaba por la fresca orilla, huidizo de las arenas interiores que quemaban los pies. Desde la orilla, se solazaba contemplando los barcos de recreo que surcaban sus aguas. Al atardecer, el mar era otra cosa. Apenas quedaban bañistas que apuraban las horas hasta la anochecida. Los chicos jugaban al fútbol o al voleibol…, hasta que la luz solar se difuminaba en el horizonte. Solo entonces, al anochecer, disfrutaba de la inmensidad del mar. Las luces del paseo marítimo iluminaban las playas vacías. En el horizonte, titilaban las luces de los barcos de pesca. De cuando en cuando, otras luces intermitentes –ascendentes, descendentes—te indicaban los vuelos de aviones comerciales de ida o regreso al próximo aeropuerto.
              En el anochecer, la vista no alcanzaba a ver el horizonte de la mar, hasta por la mañana, en que, por el orto, apareciere el astro rey. Las escasas luces sobre el mar se alternaban ahora con cientos de las viviendas que, desde la primera línea de playa, reptaban sobre la sierra, esclareciendo la montaña sobre el mar. Quizá sus habitantes, ahora desde sus terrazas al mar, observaren la mar que apenas hollaren durante el día con sus cuerpos, el tiempo mínimo, imprescindible, para nadar y guardar la ropa. Durante la noche, algún día las olas le despertaren  rompiendo sobre la playa, y pensare en los pescadores que faenaren mar adentro hasta el amanecer, cuando en la lonja, los vendedores de la tierra esperaren los frutos de la mar. Solo entonces recordare los versos de Alberti  –“Marinero en tierra”-- que no le enseñaren en la escuela: 
 
                          “Gimiendo por ver el mar,
                            Un marinerito en tierra
                            Iza al aire este lamento:
                            ¡Ay mi blusa marinera!
                            Siempre me la inflaba el viento
                            Al divisar la escollera”
 

sábado, 18 de julio de 2015

PROFESIONALIZAR LA ADMINISTRACIÓN


           Los nombramientos efectuados por el presidente Vara en el segundo y tercer nivel de la Administración Autonómica  --secretarios y directores generales—ilustran sobre el talante de la nueva política con que ha abierto su legislatura: mantener en su ejecutivo a dos directoras generales del anterior equipo de Monago (Blanca Irene Montero, anterior secretaria general de Financiación Autonómica, que pasa a ser secretaria general de Presupuestos y Financiación, y Verónica Puente, a la que mantiene en su cargo de directora general de la Función Pública), además de nombrar a políticos de su partido para otros cargos y a funcionarios con categoría de jefes de Servicio como directores generales, no solo da a entender que no quiere hacer tabla rasa del pasado, al premiar a unos funcionarios que lo han hecho bien, en una actitud que le honra, porque el funcionario no sirve al partido, sino a la Administración Autonómica y a la política que dimane del partido gobernante.


El Presidente da con ello una señal inequívoca de buena fe: no es preciso ser del partido para ser funcionario ni tampoco para ocupar una dirección general. Profesionalizar la Administración hasta este nivel es bueno para el funcionario y aconsejable para la propia Administración regional, gobierne quien gobierne. Es, lisa y llanamente profesionalizar la Administración. Algo de lo que ya se habló, pero de lo que los partidos parecen haber rehuido… hasta que llegó Vara.


La Administración no debe ser servida solo por militantes del partido. Estos canalizan la libre voluntad y opción política popular, mientras que la Administración sirve a todos a través de la institución en la que se encuadra. El nombramiento de funcionarios que han llegado a ser jefes de Servicios en su carrera profesional como directores generales supone la profesionalización de la Administración hasta un nivel mínimo y la profesionalización de la misma, que no tiene por qué colisionar con el programa político del partido que ha llegado al gobierno. La carrera diplomática es un buen ejemplo de ello: se puede ser embajador de tu país y defender en el que lo sea, los intereses de la nación y de los compatriotas que en él residan, independientemente del color político que asuma el funcionario que, en este caso, no debe, ni puede, ser otro, que la defensa del interés general del país al que representa y no los de su partido.


Políticos son los consejeros y, quizá, los secretarios generales; pero no los directores generales. Ha hecho muy bien el presidente Vara en dar esta lección no partidista de la Administración Pública que subraya, de otra parte, la profesionalización de la Administración Pública, tan necesitada de estímulos como reconocimiento de los mejores por méritos propios y no políticos.


Se da la circunstancia, muchas veces, de que los nombramientos políticos  lo fueren solo por razones políticas y de grupos del poder, pero no por méritos profesionales ni de vocación de servicio público. Por ello, nos congratulamos del nombramiento del director del Servicio Extremeño de Salud (SES), Ceciliano Franco, quien llevó a cabo, junto al presidente Vara, la implantación de la Sanidad transferida en Extremadura, colocándola en el segundo lugar del país. Su vuelta a él, por profesionalidad y experiencia, estaba cantada; como el regreso a la primera fila de la política regional de Ascensión Murillo, un tanto descolgada tras dejar el Senado y el Ayuntamiento de Mérida. No tanto así con la nueva directora general de Arquitectura, Vivienda y Políticas de Consumo. Ya lo dijimos cuando salió la lista a la Asamblea por la circunscripción de Cáceres: solo sabe hablar por teléfono... No sabemos qué habrá visto el Presidente en ella, aunque sí su secretario provincial. Va lista si hace aquí la misma política que hizo en Administración Local (2003-2007): nada de nada; pero Vara no sabe nada de esto. Es un claro caso de nepotismo político que principió en 2003, apadrinada por quien todos sabemos y  a quien todo se lo debe, y va por su tercera legislatura… ¡Qué sabrá ella de Arquitectura, Vivienda y Consumo…!  Al menos, Francisco Martín Simón, en Turismo, es un profesional trabajador de la política, como demostró en la misma legislatura en Plasencia como concejal y en la anterior como diputado en la asamblea. Se repiten los mismos errores, tanto en el partido como en el gobierno. Aquí no vale ser amiguito ni validos de nadie: hay que ser profesionales de la política al servicio de los ciudadanos. Lo demás, sobra.