domingo, 24 de mayo de 2026

EL SILENCIO QUE HABLA


Mausoleo de los amantes de Teruel, de Juan de Ávalos.

    Vivimos en el mundo del ruido: el ruido en la calle, el ruido en los bares, el ruido en la feria… El antónimo de ruido es el silencio. Necesitamos silencio para vivir, reflexionar, hablar con nosotros mismos, encontrarnos con alguien, en silencio, y hablar con la mirada; pero, ¿cómo hablar en silencio? Hay silencios que hablan y silencios que duelen.

    El silencio es la abstención del habla, la ausencia de ruido (el silencio de la noche, del bosque, del claustro), que nos comunican sin el habla. El silencio es también la falta de omisión de algo por escrito: el silencio de los pensadores, de los periodistas, de los políticos que un día son, y fueren, y nada dicen… “Le escribo y no me contesta”, “ha dejado de hablarme”, “no entiende mi habla y me responde con el silencio…”  Es, entonces, el silencio, la ocultación, la reserva, el sigilo, la prudencia, la discreción; quizá también la falta de educación. Es el silencio administrativo, o la pasividad de la Administración; es el toque de silencio; es la pausa musical… Vivimos entre el ruido y el silencio; no tenemos término medio. Sufrimos en silencio, sin protestar, sin quejarnos. A veces imponemos el silencio (“que se callen, coño”, decimos importunados por el ruido ambiente); en otras, entregamos a alguien o algo al silencio (“paso de él; me callo”). Practicamos, sin querer, o deseándolo, el silencio, omitiendo su nombre al hablar o escribir, silenciando lo que pensáremos…

    El silencio es la paz, el sosiego, la tranquilidad, la calma, el reposo…El silencio es la desconexión del ruido, de los trabajos y quehaceres. “Desconecta”, te dicen al irte de vacaciones; pero no desconectamos, porque el ruido todo lo invade. Solo el bosque, la montaña, el pueblecito pequeño, nos revisten de silencio, de la paz, el sosiego, la calma, el reposo que necesitamos, antónimos del ruido.

    No por dar voces comunicamos mejor. Nos meten el ruido por los oídos y por los ojos. Entramos en un bar y nos tienen puesta la música y la tele. El ruido para apagar el diálogo en voz baja, en un intento de amortiguar la conversación. El ruido desagrada como si fuere un zumbido, el estrépito, el fragor, la estridencia, antónimos del silencio. El ruido es alboroto, griterío, la bulla, la algarabía; son las voces ruidosas, que producen mucho ruido y pocas nueces, frente a la tranquilidad y la calma.

    Hay un ruido de fondo, de baja intensidad, continuo y perturbador; hablamos de ruido de sables cuando nos referimos al habla de las salas de cuarteles que nos hacen sospechar de una rebelión; hacemos ruido para causar admiración; somos adeptos al ruido al inclinarnos por las contiendas o disputas; nos evadimos del ruido cuando no intervenimos en discusiones o disputas…

    No hubiere peor silencio que la ausencia de habla; el silencio por respuesta. “¿Se habrá enfadado conmigo, la habré molestado…”?, se pregunta el amante ante el silencio de su amada. El silencio en la leyenda de los amantes de Teruel simboliza el desenlace fatal de la pasión, el respeto al juramento nupcial y el descanso eterno, inmortalizados por nuestro Juan de Ávalos en la iglesia de San Pedro de Teruel. Al regresar de la guerra, enrolado en los Tercios de Flandes, Miguel torna, ya rico, al encuentro de su amada, Isabel. La halla casada. Ingresa en su alcoba nupcial. Su marido duerme. “Dame un beso que me muero”, le dijo él, tras no haberle esperado… “No quiero”, le responde ella, y Diego cae muerto. En el funeral, Isabel se acerca al féretro y besa su cadáver para cumplir su promesa y muere de dolor junto a él. Él murió por su silencio y ella por la palabra dada. Al final, el silencio eterno les unió para siempre. Yacen en tumbas próximas, sus manos casi unidas, sin llegar a unirse, simbolizando el amor frustrado en la vida, unido tras la muerte… El silencio que no habló a tiempo, eternamente dolorido…


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