jueves, 18 de junio de 2009

EL SILENCIO DE LAS PALABRAS

No hay peor silencio de los que no pueden hablar, aun teniendo lengua y conociéndola para expresarse. No es el silencio de los sordomudos, que operan con su lenguaje de signos para entenderse lo que su mal les impidiere. Es el silencio de los que otorgan sin hablar; el de los que apagan las palabras con fuego, con el miedo, la tortura; el silencio de los resignados a la triste suerte de sus vidas; el silencio ante las injusticias sociales; el silencio de los sin fuerza para hablar; el silencio de los votos en blanco y abstencionistas, que pudieren hablar, pero desertan de la palabra.

Cómo interpretar el silencio de quienes se callan, pero no otorgan; de quienes nada dicen, pero ni asienten ni disienten; de quienes parecieren mudos sin serlo, porque de su boca no sale una palabra; el silencio de los que, debiendo hablar, se callan, y de quienes debiendo callarse, hablaren más de la cuenta; el silencio de los que están en posesión del saque de la palabra, pero se niegan a jugar con ella; el silencio de quienes no dicen lo que debieren decir a su tiempo: una palabra de consuelo, de ánimo, de cariño al prójimo necesitado, la confortadora palabra cuando se necesitare; el silencio de quienes enarbolan los derechos humanos más elementales como bandera y la arrían con el silencio; el silencio que, por amor, otorga, aun poniendo en peligro su propia vida; el silencio de quienes arrebataron la vida ajena y se callan para defenderse, aunque hieran más aún el corazón y el tiempo ajenos…

Qué decir de los silencios que imploran y no obtienen respuesta; del silencio de súplica al que respondiere un silencio administrativo; del silencio justificativo y exculpatorio de los malos arrepentidos; de los silencios que no confiesan sus pecados para endosárselos al adversario con la palabra pervertida; del silencio de los cómplices que niegan el habla oculta de otros; del silencio de quienes esperan en silencio que lleguen a ellos sus más elementales derechos; del silencio de quienes ocultan esta realidad para hacerla exclusiva y propia…

¡Ay del silencio del amor trocado en desamor!; de los silencios de culpas que exculpan; del silencio de los imputados sin que reconozcan sus yerros; de los largos silencios por miedo sin valor para hablar; de los silencios de resignación de los sin empleo, porque suyos no serán los bienes de la tierra; de los silencios de dolor provocados por amor y que devienen en maltratos o en la pérdida de la propia vida; de los silencios de defensa para no ser atacados; de los silencios de desamparo sin el amparo de la palabra; de los silencios de venganza sin la esperanza de reconciliación; de los silencios de la palabra sin la riqueza de la palabra ausente; de los silencios del hambre en la abundancia; de los silencios de sed por el agotamiento de la saliva; de los silencios de los líderes ante el silencio ‘obligado’ de sus oyentes…

Silencios que hablan sin hablar; que otorgan sin decir palabra; que disienten sin pronunciar sílabas; silencios que ni otorgan ni disienten…, “dueños de nuestros silencios, esclavos de nuestras palabras”, en el pensamiento shakesperiano; pero recordando también las palabras de Miles Davis: “El silencio es el ruido más fuerte, quizás el más fuerte de los ruidos”, en un mundo de ruidos, de silencios sin las palabras del infinito, “adentrándose en la multitud para ahogar el clamor de su propio silencio”, en palabras de Tagore.

jueves, 11 de junio de 2009

LA PENITENCIA Y LA ABSOLUCIÓN

Todo parece indicar que las lecturas interesadas de los partidos políticos tras los resultados obtenidos en las Elecciones Europeas del pasado domingo barren para casa, como si la victoria fuere de unos y la derrota de los otros; como si el partido que se acaba de disputar no se hubiere jugado en terreno europeo y tan solo en campo propio; como si el partido hubiese sido cosa de dos clubes y no de veintisiete selecciones que defendieren, o debieren hacerlo, una sola camiseta: la azul con las doce estrellas de la Unión, que a todos nos acoge; la unidad e identidad europea, símbolo de la solidaridad entre todos los estados miembros.

La abstención, la más elevada de toda la historia de los comicios, unida a la indiferencia, a la crisis económica, a los ajustes de cuentas interiores de los países miembros, han devenido en unos resultados que, aun considerándose buenos por los conservadores y la ultraderecha, no pueden considerarse óptimos para la Europa unida que necesitamos, porque en los pecados de una Europa desunida irá la penitencia y no la absolución a sus pecados que muchos proclaman, endosándoselos a sus adversarios.

Una mayoría ha olvidado que el partido se disputaba en Europa; que no era entre clubes de partidos nacionales que se jugasen el entorchado nacional; que en su victoria no está la absolución a sus pecados, que no han confesado, sin lo cual no es posible obtener el perdón, porque ni han sido juzgados ni han obtenido la contricción perfecta ni, por tanto, han podido ser absueltos de los pecados que ellos mismos originaron.

Víctimas quizá de la indolencia, del cansancio de unos políticos que predican “soluciones ahora”, cuando ellos fueron el origen de todos los problemas, los electores han castigado a quienes no debieren porque, siendo europeos, no han sabido estar en el momento oportuno a la altura de Europa, dejándola en manos de los euroescépticos y antieuroepeístas, de los cuales no podremos esperar nunca soluciones, sino más problemas.

Nadie puede cantar victoria, aun habiéndola obtenido en buena lid democrática, ni lamentarse de una derrota, que solo arrostrará Europa si los partidos que componen el arco parlamentario europeo no ponen, de ahora en adelante, los intereses globales por encima de los particulares.

Nadie parece haber escuchado el discurso de Obama en El Cairo, en el que proclamó en que nos salvamos todos juntos o nos hundimos. Los ciudadanos, azuzados por la crisis, han castigado a los presuntos culpables y han absuelto a quienes ni confesaron sus pecados, ni contritos de ellos, enarbolan sus banderas en señal de triunfo.

El futuro inmediato nos dirá si hemos acertado o no; si la Europa que deseamos estará bien defendida por los elegidos o si éstos pondrán la marcha atrás en el futuro de la Unión.

Nada pueden esperar los abstencionistas, ni siquiera los paganos de una crisis en que le resuelvan sus problemas aquellos que, aun no siendo elegidos por ellos, se han aventurado a dar un voto de castigo a quienes pudieren ayudarles a salir de ella, porque, aun dentro de la libertad que nos asiste, no hemos sabido ser sacerdotes europeos, al perdonarles pecados inconfesables de unos, y no confesados, y darles una absolución sin contricción o atrición.

Ahora, nos toca a todos hacer un examen de conciencia en la diligente búsqueda de los pecados cometidos, porque ignoramos el alcance de ellos y, sobre todo, de haber absuelto a los confesos y arrepentidos, que quizá no han hecho otra cosa que buscar la concertación para superar la crisis, con una política que defiende a la clase trabajadora y sus derechos para construir un nuevo modelo de sociedad basado en el desarrollo sostenible, y no como otros hicieron sustentándolo en un modelo que acabó con la economía occidental.

Esperemos que Europa no nos devuelva ahora al pasado, a la jornada laboral de las 65 horas semanales, que Alejandro Cercas logró frenar, porque semejaba un pecado inconfesable en pleno siglo XXI. Y los hemos absuelto sin penitencia, ni contricción o atrición. En nuestro pecado abstencionista, y no europeísta, llevaremos después nuestra propia penitencia. Y entonces será el llanto y crujir de dientes. Porque hemos perdonado y absuelto sin confesión a nuestros propios verdugos.

viernes, 5 de junio de 2009

EXTREMADURA: UN VOTO POR EUROPA

No se ha hablado tanto en Extremadura de Europa como en estos últimos años. Extremadura ha apostado por Europa por un deseo que pudiere ser realidad, no un sueño dorado intangible, sino una aspìración legítima. Sueña Extremadura con Cáceres 2016. Han hecho suyo ese sueño instituciones, asociaciones, colectivos sociales, sindicatos y empresarios.

Acunan ese sueño los extremeños, como los españoles el de Madrid 2016. La capital de España y la ciudad extremeña de la cultura, que ya fuere en 1992, preparan sus mejores galas para las nupcias con Europa. Los sueños, sueños son, pero hay que hacerlos realidad.

Cáceres cree en Europa como Madrid en la Olimpiada para el mismo año. Nos preparamos para Europa. Somos parte de ella. Europa nos necesita y apela a nuestra conciencia de europeos el próximo domingo, como los extremeños llamamos a su puerta y la Europa de los 12 de 1986, año en el que ingresamos, nos ha ayudado tanto a nuestra transformación como región europea.

Somos ciudadanos extremeños por el Estatuto de Autonomía de 1983; españoles por la Constitución Española del 78; europeos por el Tratado de Amsterdam de 1997. Una ciudadanía triple que nos obliga a devolver a Europa lo mucho que nos ha dado por su pertenencia a ella; lo mucho que podemos esperar de Europa en el futuro. Por obligación y devoción, nos debemos a Europa.

Cómo devolver a Europa lo que nos ha dado, y lo que esperamos de ella, si ahora le damos la espalda. El voto es libre, aunque en varios países de la Unión sea obligatorio; pero qué menos podemos devolverle a Europa que poner en sus manos nuestro destino. El destino de Extremadura y de España es Europa. El de Cáceres y el de Madrid 2016 están en Europa.

No podríamos pedirle a Europa su mano si no le damos nuestro voto a Europa. Cómo esperar su decisión para Cáceres, para Madrid, si no hubiéramos fe en ella. Cómo compartir nuestro destino si no creyéramos en ella, si no votásemos por la Europa que necesitamos, que nos ha puesto en el mundo y que ha de tener nuestra voz unida en el mundo.

Lidera Cáceres, Extremadura entera, una fe en Europa y en nuestras posibilidades de ser la novia elegida. Ni somos menos ni más que cualesquiera otras de las candidatas; pero si deseamos que Europa nos responda, hemos de llenar el domingo las urnas con nuestros votos por Europa. No se puede pedir lo que no se desea; no se pueda aspirar a algo que considerásemos una utopía. No se puede solicitar la mano de la novia que deseamos sin proclamarlo.

Cáceres se prepara para Europa. Su alcaldesa, Carmen Heras, lidera con pasión, apoyada por todos, esas nupcias con Europa en 2016. Europa no es solo cuestión de Cáceres, ni de Extremadura, ni de España. Es asunto de los veintisiete. Hemos de elegir a la mejor selección, a los mejores capitanes, que nos conduzcan a la Europa que deseamos y que anhelamos: la Europa de la libertad, por lo que tantos de nuestros ascendientes lucharon; la de los derechos sociales y laborales, por la que tantos sufrieron cárcel y persecución; las conquistas sociales, que no son irreversibles, y por las que hemos de luchar cada día.

Se trata ahora de decidir qué Europa queremos: la Europa social o la Europa de los mercaderes; la España del pasado o la Europa del futuro, con España como uno de los países líderes; la Europa de la conciliación y de los derechos sociales o la Europa de las 65 horas, derrotada en su propósito de volver al pasado; la Europa que busca el beneficio a costa de los trabajadores, o la Europa de los trabajadores con dignidad.

Si no votamos, si nos abstenemos, proclamamos nuestro escepticismo en Europa; si votamos, hacemos gala de nuestro europeísmo. No basta con ser europeos: hay que tener fe en Europa; hay que ser europeístas a pesar de los euroescépticos. Nadie nos obliga a votar; pero si no votamos por Europa, qué podemos esperar de Europa. ¿Cáceres 2016, quizá?

Necesitamos un viraje a la izquierda para consolidar las políticas sociales y las conquistas logradas. Extremadura es buena prueba de ello. ¿A qué esperar, pues, para darle un voto de confianza a Europa, que nos lo dado con largueza, si el domingo no le otorgásemos nuestra confianza en un mundo globalizado, en el que el viejo continente es nuestra única esperanza en el mundo?

España necesita a Europa; Cáceres y Extremadura esperan la respuesta de Europa. Démosle el domingo nuestro voto, por nosotros y nuestros descendientes. Y entonces, Europa será más nuestra que nunca.