martes, 7 de septiembre de 2010

UNA PERIODISTA EN EL “MARCO INCOMPARABLE

Han pasado cuarenta años, Ángeles, y reapareces hoy como protagonista de la noticia en el “marco incomparable”. No ejercerás como periodista quien lo fuere desde su llegada a Cáceres hace cuatro décadas. La noticia eres, hoy, tú. Por una vez, y afortunadamente no es una excepción, ha irrumpido la mujer como protagonista en Extremadura.

Nosotros nunca somos noticia, compañera, amiga, sino que ofrecemos las de quienes lo son; pero el destino ha querido que tú lo seas este año por méritos propios varias veces: has sido primer premio “Juanita Elguezábal”, ya sabes: aquella mujer que rompió barreras a finales del XIX en nuestra entonces ciudad provinciana, “por tu labor profesional y por haber defendido la profesión de forma digna y respetuosa con la cultura extremeña”. Tú viniste en un tiempo que era la alborada de la democracia, aún no llegada; pero viviste otro de maestra con las primeras generaciones de mujeres a quienes llevaste de la mano y enseñaste lo mejor de nuestra profesión, que no era flor de un día, sino espinas de veinticuatro horas. Lograste unir a hombres y mujeres de una profesión bendita y maldita, a la vez, en la lucha por su dignidad, en los referentes de Cáceres y Extremadura, en la lucha por nuestra tierra y por la igualdad de la mujer, en tu preocupación por los parados a quienes también azotare la crisis, en los objetivos culturales de la ciudad: Cáceres 2016… Y hubiste el júbilo de quienes coronan su obra con la satisfacción del deber cumplido.

Tus referentes fueron el coraje, la independencia y la libertad. Siempre gallega sin dejar de ser extremeña, conciliaste la dignidad de nuestra profesión con la defensa de la cultura extremeña de una forma digna y respetuosa. Y, así, llegaste a lo más alto de ella, mientras dabas a luz las mejores luces de tu vida, mostrando el camino a las mujeres valientes que concilian profesión fuera de casa y trabajo en ella.

En 1933, Margarita Xirgú fuere quizá la excepción que tú convertiste en regla. En silencio la escena, el Guadiana volvió a soterrarse durante algunos años y vuestra voz quedó oscurecida, silenciada, apagada; pero afloraría contigo y con otras, aun antes de que llegare la hora.

Unamuno dijo que había hecho hablar a Séneca; que Séneca explicó la historia de Medea, y Margarita hizo Medea, que escribió el personaje, imaginario o real, en un ser vivo que se apodera de nosotros en cuerpo y alma.

Hoy estás allí donde ella estuviere; entre Tajo y Guadiana, como a finales del XIX lo hizo en Cáceres Juanita Elguezábal, como Margarita en el 33, como tú desde principios de los 70 en nuestra ciudad, compañera, amiga, ex presidenta de afanes y labores por concluir, y hoy,

En la pantalla te veo, Juanita,
En mi alma te llevo, Margarita;
Mis oídos te escuchan, Medea;
Háblame como siempre, Angelita.

Bajo las siete sillas de tu horizonte
Lloran tus palomitas sin verte
Como yo lloro al oírte
Y sin ir, lloro al verte.
Mi alma está contigo
Y tu corazón, a buen abrigo.

domingo, 5 de septiembre de 2010

LAS MEDALLAS DE LOS GENERALES

Había observado desde pequeño las tribunas de los desfiles militares: los generales que escoltaban a los sátrapas llenaban su pecho de medallas, mientras la tropa de a pie, tan solo lucía el uniforme que los hacía uno en el movimiento de las extremidades, incluso en el “vista a la derecha” al pasar frente a la tribuna.

En cierta ocasión, un suboficial le confesó: “Hijo: los jefes se llevan las medallas y la tropa hace el trabajo.” Cuando le llevaban a la fiesta, apenas veía condecorada a la tropa; si acaso, a algún suboficial que otro que hubiere hecho méritos extraordinarios, como salvar vidas humanas, y que fuere propuesto por sus superiores; la mayoría eran para jefes y oficiales; a los generales se las ponían en acto solemne en el cuartel general, fuera de la vista de la tropa, pero a la vista de todos en los desfiles.

“No lo olvides, hijo: nuestra única medalla es nuestra bandera y el trabajo: lo demás, no importa. La tropa hace el trabajo y las medallas serán para ellos…” “Pero, ¿por qué?”, le insistía. “Siempre ha sido así y siempre lo será”, confesaba el sargento Vivas. En otra ocasión, le contaba su amigo “el capitán” que una vez hizo un gran servicio, por el que un día soñó con una medalla. “¿Y sabes a quien se la dieron?: a mi jefe.”

No volvió a creer en esas medallas que llenaban la pechera de los generales y que se otorgaban por méritos extraordinarios, y siempre recordaría sus palabras, las de un humilde suboficial de la Guardia Civil, y hasta las del agente amigo, que le reiteraron: “Hijo, lo nuestro es servir a la Patria y a nuestra bandera; el trabajo bien hecho; lo demás no importa. El cielo nos dará la recompensa que no nos diere la tierra, porque las bienaventuranzas tan solo las lograremos en el cielo, nunca en la tierra… Fíjate: hace dos mil años que las proclamó Cristo y aún siguen sin cumplirse y es el mayor alegato en favor de la justicia social de todos los tiempos; pero nosotros, a lo nuestro. A mí lo único que me emociona es la letra de nuestro himno. Escucha, hijo”, y cantaba emocionado mientras las lágrimas resbalaban por sus mejillas:

“Instituto, gloria a Ti
Por tu honra quiero vivir.
Viva España, Viva el Rey,
Viva el Orden y la Ley,
Viva honrada la Guardia Civil!

¿Te parece poco? Cantar nuestro himno me anima en mi tarea más que todas las medallas del mundo y los reglamentos que nos obligan… No esperes nunca recompensa alguna más que la satisfacción del deber cumplido…”

viernes, 3 de septiembre de 2010

UNA “FRÁGIL FLOR” EN EL PLENO DE PLASENCIA

“Mi madre es como una flor frágil y espero que su tallo aguante esta embestida”; “mis hijos son jóvenes como un roble y tienen salud para aguantar”; sus amigos creen en él y le quieren. Ha defendido la honradez de todos sus compañeros de corporación, incluidos los adversarios que le acusan; pero ha recriminado a uno de ellos, que mejor le conoce, que haya actuado como acusador antes que como abogado defensor; a aquel que apenas ejerciere la portavocía que le otorgare su partido para defender los intereses de la ciudad y que tan “en blanco” pasó la legislatura que ha necesitado “vender” por unas monedas la credibilidad que no le asistiere como político.

Cantero no ha bajado a la mina que representa, que obtuviere más dinero municipal que la que ha investigado, y que le ha llevado a llevar a la Fiscalía a dos compañeros inocentes. Cuando Blas Raimundo ha calificado de honrados a todos, incluido Miguel, este le ha llevado al patíbulo de la sospecha, de la duda; ha manchado su nombre inocente, aunque aún no se instruye la causa ni se hubiere adoptado medida alguna contra los imputados. Cantero ha picado en la piedra que no debiere, sin importarle las consecuencias que se derivaren de su actitud.

Blas Raimundo tiene la camisa blanca, inmaculada de pensamientos limpios y deberes hechos; los pies ligeros; y un nombre de planeos de limpios azules; una labor reconocida; un pueblo que le quiere; una familia que le adora… Apenas ha alzado su voz si no fuere para proclamar su inocencia, que refrenda su alcaldesa y su partido; pero se ha manchado su nombre, su honradez, su lealtad, y a los dos pueblos que le otorgaron su confianza, San Gil y Plasencia.

No ha pensado el abogado acusador en las consecuencias de la noticia; quizás ha buscado deliberadamente el daño por infligir, ya que en nada benefició a su ciudad el poder que esta le otorgare en su día. Y se va herido, pero como una fiera, deseando dar el último zarpazo, ya que no ha logrado alzar el valor de la política de las suelas de sus zapatos.

Cantero no debe creer tampoco en la presunción de inocencia y sí en la de culpabilidad, a tenor de la sabia lección que nos ofreciera su camarada moralejano Lomo; y olvida, porque no hubiere memoria, a una “frágil flor”, embestida por un vendaval de espinas en su corazón de madre afligida.

Hablará Blas Raimundo, alcalde de San Gil y concejal de Plasencia, donde le citaren; defenderá su honor e inocencia, como su compañero Enrique Torneo; pero sea cual fuere el resultado, Cantero se ha rebajado a sí mismo como hombre en el realce político que quiso tener y no pudo; y, sobre todo, se ha retratado en su carencia de humanidad, al olvidarse de una madre, la “frágil flor” de Blas, tan herida en su corazón, por cuya salud temiere su hijo más que por la imputación que le efectuaren. Y, ahora, junto a su inocencia, con lágrimas en los ojos, que solo derraman los inocentes, ha recordado el origen de su impoluta honradez. Cantero, empero, el honrado compañero, como tantos camaradas suyos del PP, prefieren ganar en los tribunales el honor que no les concediere el pueblo.

Cuando llegue su hora, ellos hablarán; sus abogados aportarán las pruebas; su alcaldesa les confirmará en la fe y San Gil y Plasencia les renovarán el “placet” que, como servidores públicos, ya se hubieren ganado y que una simple acusación puede manchar para siempre. Y la “frágil flor” brillará tanto que apagará la débil luz que nunca dio a Plasencia un abogado que pretendió ser acusador antes que defensor, fiscal antes que político, enemigo antes que compañero, desleal antes que amigo. Y así, su voz política quedó debilitada, apagada, silenciada para siempre, “en blanco”, como él pretendiere un día de 2007. Y aún así, quizá se pregunte: “¿Acaso soy yo, Maestro?” –“Tú lo has dicho…” (Mt. 26-25), porque usted nunca fue guardián de sus hermanos, sino defensor de causas perdidas.