jueves, 16 de septiembre de 2010

CÁCERES, ¿Y POR QUÉ NO?

Vísperas de San Miguel y es llegada la hora de Cáceres. Y al Oeste, Cáceres, el otoño condensado de la Edad Media, Patrimonio de la Humanidad. En círculos concéntricos, Mérida, la romanidad aflorada hace un siglo, también patrimonio universal; Trujillo, el balcón de la conquista, aspirante, junto a Plasencia y Monfragüe, el triángulo a la espera; Badajoz, el poder moro; Guadalupe, patrimonio de Extremadura, físico y espiritual, y universal declarado por la UNESCO… Y por qué no mirar ahora hacia el Oeste, cuando toda España y media Europa ya lo hacen.

Prepara Cáceres sus nupcias con Europa: el Palacio de Congresos, el museo de arte contemporáneo, ya abierto; el remozamiento y revitalización del casco intramuros; los festivales de música y teatro; la red de museos de los alrededores… Ha vivido una espera de trabajo e ilusión en la que el premio solo es la esperanza de la capitalidad. Se ha embebido a sí misma con el solo anuncio: “Cáceres 2016”; se ha paseado el lema por todo el mundo; ha recorrido las redes en miles de nombres; ha brillado su nombre en plazas de media Europa con el año esperado; se ha paseado en el corazón de jóvenes y adultos; tal una maceta brilló de colores en los balcones…

Quien tanto ha esperado, y con tanta ilusión y trabajo sobrellevó la espera, no pudiere tener otro premio que el de la candidatura. El 27 y 28 son las fechas de la primera selectividad. Cada uno mira y barre para casa. Son muchos los llamados y pocos los elegidos; pero Extremadura ha sido una desde los empieces del proyecto: todos con Cáceres, capital cultural hoy del Oeste olvidado como una síntesis de lo que significare: puente con Portugal, Hispanoamérica y Europa. En Yuste murió una cierta idea de Europa, ahora renacida. El retiro del Emperador no puede ser eterno en el Oeste y debe aflorar como Emerita Augusta lo hizo hace un siglo. Europa debe mirar al Oeste porque desde aquí se miró, y se mira, a Europa y al mundo entero.

El consejero de Cultura andaluz ha instado a Europa a mirar al Sur y, después, la elegida tendrá todo el apoyo de su Junta, ha dicho. Cáceres lo ha tenido desde el principio de la carrera todavía por finalizar. Aquí dio el ex presidente Ibarra el pistoletazo de salida, asumido por todos, porque Extremadura toda se ha dicho a sí misma: Cáceres, ¿y por qué no? Entre las dieciséis candidatas, ya se ha marcado en el calendario ese año para ella, porque la cultura subsume sus potencialidades todas: el turismo, los paisajes, el arte, la historia, la dehesa, los mares interiores, el paraíso de las aves y de la cocina, una Extremadura diversa y plural, pero una en su sentir. Europa debe mirar ahora al Oeste, y a Cáceres, ¿por qué no? Por Mérida, Badajoz, Guadalupe, Trujillo, Plasencia, Monfragüe…, por el Valle, las Villuercas y la Siberia; porque somos puente entre continentes, porque nada hubimos en el pasado y todo lo esperamos en el futuro, con nuestro trabajo, esfuerzo e ilusión; porque somos Extremadura y estamos en el Oeste, cada vez más cerca de España y del mundo. ¿O alguien de fuera lo dudare sin conocerla?

domingo, 12 de septiembre de 2010

EL REGALO DE LA ESCRITURA

“¿Por qué dejamos de escribirnos? Es un regalo que pocos elegidos pueden compartir?” Me lo preguntaba y se respondía a sí misma, como suplicando mis letras, que considerare un regalo. Antes, la conversación era un regalo; la tertulia, el diálogo, cauces para revelar pensamientos y sentires. En la confianza, la palabra fluía como un sirimiri que llenare mañanas y ocios de tardes y noches. La televisión y la radio menguaron los diálogos que llenaren más que un simple entretenimiento ante la abulia de los tiempos. Devino, entonces, la separación espiritual y, con ella, la desconfianza, que apagare el habla, el diálogo, la conversación. Ya nada volvió a ser igual: la amistad de antes, los vecinos de antes, la unión familiar, el compañerismo. No solo se había perdido la carta como forma de comunicación, sino la comunicación misma. Apenas un “buenos días” y “hasta luego” se decían quienes pasaren horas físicamente unidos, compañeros de camino, separados en los andares de la vida.

En la distancia, y en la ausencia, la palabra escrita fuere siempre el mejor regalo: no solo se acordaban de ti; te regalaban su tiempo; te contaban su vida, la intimidad de su alma solo para la tuya. Leeía y reeleía, una y mil veces, aunque lo negare, aquellas letras del amigo que guardaba, como las fotos antiguas, en un viejo cabal de colegio. De cuando en cuando, tornaría a abrirlo para reeleerlas una vez más. Sus cartas eran su alma, un libro abierto que compendiaba quehaceres, pensamientos, filosofía, deseos…, la conversación ausente y siempre presente, que le llenare más que una breve conversación telefónica para preguntarse cómo estás. “Yo bien, gracias a Dios. ¿Y tú?”, como las antiguas de los abuelos. El correo electrónico y el móvil habían terminado con las cartas, con la escritura como medio de conversación. Costaba mucho escribir. Nadie tenía tiempo para nada y menos aún para gente, ya fueren familiares o amigos, a los que no veía, en ocasiones desde hacía mucho tiempo. El roce hace el cariño; el cariño provoca el roce…, le había escrito hacía tiempo, aunque no entendió el significado en su contexto; pero deseaba su cartas “como el regalo que pocos elegidos comparten”. Eso quería decirle. Se comparte entre dos; pero ella solo me hubiere escrito dos por cien que yo le remitiere. Y ahora le decía: “Espero que pronto podamos tomarnos un café con horas de conversación; o mejor, bebernos las palabras, con un café como excusa.”

Ya no quedaba ni la palabra entre tantas palabras. Deseaba volver a escucharme, y él a escucharla, las manos entrelazadas, “bebiéndose sus palabras”, como una carta eterna que siempre esperare y nunca recibiere; después de tantos cafés –“¿te aburro, cariño?-- “En absoluto, me respondía presta. Me has enseñado a valorar lo importante de lo accesorio, me has dado autoestima, confianza, fe y esperanza…” Y ahora recordaba mis cartas y me llegaba al alma con solo dos frases, mientras él también las esperare: la carta, o la radiografía del alma que veláramos con el burka de la desconfianza que nos desune cuando fuere más lo que nos une…

EL PRECIO DE LA LIBERTAD

La libertad no es un artículo de consumo; no se compra porque no tiene precio; pero puede lograrse. El jurisconsulto romano Ulpiano, uno de los más grandes de la Historia del Derecho, decía: “Libertas pecunia lui non potest” (La libertad no se puede pagar con dinero). El precio de la libertad es el más alto de todos. Ha costado muchas vidas perdidas en guerras inútiles. Nacemos libres, pero no lo somos del todo. Refrendan la Constitución y las leyes nuestro estatus de libertad, pero nos lo ahogan por todas partes. Por ello, ya la Declaración de los Derechos Humanos advertía en su artículo 4º que la libertad “es la facultad de hacer todo aquello que no perjudique a otro.” Pareciere que la libertad es para quienes la proclaman para sí, pero no para el resto, como si la libertad fuere un bien exclusivo y no universal. Siempre fue así, pero no tendría por qué seguir siéndolo.

Hubo un tiempo en que el poder fuere sinónimo de la libertad de quienes lo ostentaren, y la esclavitud, la mazmorra de quienes, aun libertos, no les retiraren sus cadenas. Universalizada, la libertad se categoriza. No hubieren libertad al mismo precio para quien ostenta el poder que para quien es súbdito de ese poder; para el amo que para el siervo; para quienes hubieren riqueza y para quienes nada tuvieren, más que su libertad. ¿Para qué, entonces, la libertad? Es más libre, como más rico, quien menos tiene, porque nada necesita; y menos aún quienes, ostentadores del poder, que trabajan por la libertad de los demás, se ven asediados y son mal vistos por quienes, aun tan libres como ellos, pretendieren lograr los frutos de su libertad, y no las hieles que le ofreciere la propia.

El Derecho Romano define la libertad como “la facultad de hacer lo que el derecho permite”. Ser libres y sentirse libres. Hay un enrocamiento entre el ser y el estar. La esencia de la libertad es inherente al ser humano; pero, ¿lo somos de verdad? Lo somos, pero no lo sentimos en plenitud, quizá porque la libertad no se proclama: se conquista; no tiene precio: se compra cada día.

“Libertad de los pueblos” fue el lema de los vencedores de la I Guerra Mundial, y llegaron dictaduras que aplastaron la libertad. “Libertad de los individuos” fue el de la II Gran Guerra y los vencedores tienen todavía la esencia de esa guerra por cumplir. “Libertad duradera” fue el título de la Operación urdida por los ejércitos estadounidense y británico para invadir y ocupar Afganistán, en respuesta a los atentados del 11-S de 2001, amparándose en el artículo 51 de la Carta de Naciones Unidas, que invoca el derecho a la legítima defensa. El objetivo de encontrar a Bin Laden no se ha cumplido y si el régimen talibán cayó, aún no ha sido vencido en el campo de batalla. Ni la Operación “Libertad Duradera” ni la Fuerza Internacional para la Asistencia de la Seguridad (ISFAD), establecida por el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas para asegurar la capital y sus alrededores, no han logrado ni acabar con los talibanes ni con los movimientos de su brazo armado; pero sí para acabar con la vida de miles de soldados y civiles que perdieron su libertad por tratar de asegurar la paz.

La mentira es el antónimo de la libertad. Ya dijo Jesucristo que “la verdad os hará libres” (Jn, 8, 31-38) y el jurista romano Gayo, que “la libertad es la más preciada de las cosas”. Por ello, no tiene precio, como la paz, aunque por eso mismo lo hubieren porque no se regalan; se conquistan.