domingo, 12 de enero de 2014

ENTRE NACENCIA Y PACENCIA


             Cavilaba hacía tiempo sobre la exacta interpretación de varios vocablos engarzados en cadena, aun con significantes varios. Apátrida me llamaron un día, como si por perder mi pueblo de origen no hubiere nacionalidad ni patria alguna. Entre nacencia y pacencia, uno es de donde pace y no de donde nace. El refrán recomienda reconocer la generosidad de los pueblos y ciudades que nos acogen al decir que uno es del lugar en el que come y del lugar que le vio nacer. Hubiere otras variantes más precisas: "La tierra en la que vaya bien, por tu patria ten"; "La tierra do me criare, démela Dios por madre"; o "esa es mi patria: donde todo me sobra y nada me falta", aunque esta última acepción vaya cada día a menos, porque poco sobra cuando el trabajo falta, el IPC y el SMI desaparecen y los recursos menguan.
            La nacencia es el origen, linaje o familia de alguien, del latín nascentia, nacimiento; por pacencia entendemos el pacer, la acción del ganado que come la hierba de los prados o montes, que pasta para subsistir; distinto de la paciencia, virtud que consiste en soportar los males y desgracias con entereza, o la capacidad para esperar con calma algo que se desea vivamente. Hay otra pacencia no opuesta a paciencia, que, en el habla popular, es la virtud cristiana que se opone a la ira o, más bien, la resignación para sufrir los mayores contratiempos y adversidades.
            Escribía el 19 de septiembre de 2012 un artículo titulado "Nacer en Cáceres y morir en otra parte", dicho recogido por el gran bibliógrafo extremeño Rodríguez Moñino en su "Diccionario geográfico popular de Extremadura", con el que se "da a entender que, en Cáceres, en otro tiempo, había muchos nobles y los segundones salían a buscar en otra parte, en la guerra o en las letras, el modo de hacer fortuna", y apuntaba que parecía adquirir hoy un carácter retroactivo en su significado y un presente de indicativo en su significante, como si la irretroactividad del tiempo y de las leyes no fueren asunto intrínseco de los mismos, sino del devenir y sus circunstancias.
            El príncipe de los catovis (cacereño de toda la vida), José María Saponi, --el más fecundo alcalde democrático cacereño, con tres mayorías absolutas y otras dos minoritarias- me otorga esa otra pequeña nacionalidad, de nacencia y pacencia,  que creare en 2003. Lema de su campaña en las municipales de ese año, enciende el ánimo localista de los suyos e hiere la sensibilidad de los otros. No pretende Saponi ser excluyente, sino incluyente, estilo en su quehacer político y norma en su trato de caballero: cacereños todos, los de origen y quienes vinieron a la ciudad y se afanan y trabajan en ella: quienes nacieron y pacieron aquí. Y frente a quienes me consideraren un día `apátrida´, me hace este honor: "De Cáceres de toda la vida nacido en Granadilla". (Véase "El cuaderno de Félix Pinero-El Reto", en digitalextremadura, de 10 de diciembre de 2013).
            Cómo oponerse al ius sanguinis o al ius solis, que nos otorga la Constitución para tener derecho a la nacionalidad española; el derecho de sangre, o familiar, y el derecho del lugar en el que se vive y trabaja. Pues qué fuéremos todos sino españoles de origen, nacidos de padre y madre españoles; o de opción o por adquisición; ostentadores de la condición política de extremeños por tener vecindad administrativa en cualquiera de los municipios de Extremadura (artículo 3 del Estatuto de Autonomía); y ciudadanos de la Unión Europea por el hecho de pertenecer a un Estado miembro de la misma, que se une a la primigenia española, sin sustituirla (Tratado de Maastricht de 1992), frustrado en su institucionalización por el fracaso de la aprobación de la Constitución Europea y salvado en parte tras la aprobación del Tratado de Lisboa.
            Saponi, sin pretenderlo quizá, subraya el valor del municipio y crea una nacionalidad menor frente a la supranacional de la Unión. Más de diez años después, su hallazgo como marca electoral, y el acrónimo posterior, los elevan a categoría de marca ciudadana, y continúan izándose como bandera, en nada contrapuesta a un nacionalismo excluyente ni a un europeísmo provinciano, en el que el municipalismo se realza hoy como el primer marco de convivencia. Uno es de donde pace, y no de donde nace, un ius solis unido al ius sanguinis, no contradictorios, sino concurrentes.

miércoles, 8 de enero de 2014

UNA HORA DE MENOS


           Han concluido las fiestas de Navidad, Año Nuevo y Reyes; un año menos; un año más. Una hora más en nuestras vidas; una hora menos en el calendario vital. Sobre la pared, sobre la mesa, disponemos nuevos calendarios para ir viendo cómo pasa el tiempo sin verlo. Por la noche, la ciudad parece un fantasma: apenas apagadas las luces; recogidos nacimientos, belenes y árboles, parece recluida en su devenir silencioso. La ciudad parece triste sin luz. Nada parece igual y todo sigue siendo lo mismo, menos esa hora de menos irremisiblemente perdida para siempre.
           Cada segundo, cada minuto, cada hora que pasa, no volverán sobre nuestras vidas. Tendremos más segundos, más minutos, más horas; pero no fueren las mismas de antes, aquellas idas con el tiempo finito, sin avisar en su hora final. Y, en su devenir, parece que el tiempo no nos diera tiempo bastante para gozar, sino para sufrir. Hay horas de más; pero son horas de menos, perdidas en nuestras relaciones humanas, en el ambiente que no percibimos. De cuando en cuando, la vida nos da un aviso, como queriendo recordarnos la vida misma que se nos escapa entre los dedos. Solo entonces nos asimos a ellos para agarrarnos a ella; pero hemos perdido ya una hora de nuestra vida, una hora de menos, cuando hubimos horas de más.
            El año, como fracción entera del tiempo, lo recibimos con optimismo desmedido, como si los malos recuerdos del que terminó acabasen con el que principia. Hombres y mujeres se desean el cumplimiento de sus mejores deseos; pero, ¿hemos hecho recapitulación de ellos? Transcurre tan rápido que ni siquiera lo advertimos. Pasan las horas, los días, los años, y cada hora, cada día, cada año, perdemos a alguien que teníamos a nuestro lado y cuya presencia apenas advertimos. El tiempo nos hizo olvidar su figura, su habla, los momentos compartidos. Y cuando llega la hora, ya no tenemos tiempo, no hay una hora más de prórroga, sino una hora de menos. Echamos de menos, entonces, las horas de más perdidas; percibimos la hora de menos con que contamos.
            El último día del año ponemos en hora la nueva agenda. Repasamos fechas, aconteceres, algunas horas de las veinticuatro del día; nombres y fechas recordados, grabados que, caducos, enterramos rotos en pedazos. Damos nombres de baja, porque ya no hubieren horas de más; damos otros de alta que surgieron en el caminar. Los recordamos a todos; quisiéramos tenerlos juntos en la agenda de la vida; pero pasa el tiempo, enemigo de la memoria, cuando tantas horas hubimos para cultivarla, y las echamos a perder. "Todo pasa", melancolía grabada en un dintel del balcón trasero del  Palacio del Marqués de Mirabel, en Plasencia, nos avisa de la caducidad del tiempo: las horas, los días, los años..., menos la memoria escrita que nos legaren; su viva memoria que pervivirá con nosotros mientras la hubiéremos, con horas de más, pero siempre con una hora de menos. "Es que no tengo tiempo", acostumbramos a decir. Lo tenemos de más, pero con una hora de menos, como en Canarias, Y cuando hasta esta perdamos, no podremos declamar, como Miguel Hernández, la elegía a su amigo Ramón Sijé, en un vano intento del retorno a la vida:
"Temprano levantó la muerte el vuelo
Temprano madrugó la madrugada
Temprano estás rodando por el suelo...
 
A las aladas almas de las rosas...
Del almendro de nata te requiero:
Que tenemos que hablar de muchas cosas,
Compañero del alma, compañero."
 
            Entonces, mi niña, cuando las horas pasadas ya eran flores marchitas y no tuvimos una hora de más, ni de menos, aunque la hubimos, con tantos medios, con tan poca distancia para encontrarnos, que solo nos hallaremos quizás en la otra vida, cuando la eternidad no cuente las horas de más que hubimos, y de menos que tenemos, como en la canción de Fernando Manzanero, tratando de detener el reloj que avanza imparable a su destino:
 
            "Reloj, no cuentes las horas
            Porque voy a enloquecer
            Ella se irá para siempre
            Cuando amanezca otra vez..."
 
           Hasta que nuestra palabra, y sola ella, mande sobre el discurrir del tiempo para condensarlo, aprehenderlo, disfrutarlo, aun con una hora siempre de menos...

 

domingo, 5 de enero de 2014

DONDE LA ILUSIÓN NO BASTA


           Han vivido los niños su noche de ilusión, que no morirá, intacta la inocencia infantil. La ilusión de la noche de Reyes es la esperanza cuyo cumplimiento parece realmente atractivo. Y lo fuere hasta una edad en ellos, cuando les matan la ilusión y sobreviene la desilusión, el desencanto, el desengaño; pero, antes, los mismos Magos que llevaron presentes al Niño, han de traérnoslos a nosotros, también niños, como Aquel. Les han enviado ya sus cartas con sus deseos; les han visto llegar en las cabalgatas. Todo pasa: los zapatos, a la puerta, junto a licores y dulces, a la espera de la mañana de Reyes, la mañana de la ilusión. Francisco Pizarro bautiza Lima como la Ciudad de los Reyes, naciente ciudad en la fecha en que los Magos inician su camino hacia Belén, la estrella indicándoles la senda... Primera Epifanía, o revelación del Señor: la primera, ante los Reyes; la segunda, a Juan el Bautista, en el río Jordán; la tercera, con el milagro de Caná, que abre su vida pública.
 
            Pasamos de la ilusión a la desilusión: la ilusión que nos ofrecen; la ilusión que nos roban. Hay también una imagen no realidad, sugerida por la imaginación o causada por engaño de los sentidos. No quitan los padres a los niños la ilusión: la perciben ellos mismos con la edad, cuando observan, oyen y escuchan que una imagen captada no se corresponde con la realidad objetiva buscada, deseada...
            Hay una ilusión óptica, que es la imagen que tergiversa la realidad captada por el ojo. Aquello en lo que creímos, no lo encontramos. Sobreviene la desilusión, la impresión negativa experimentada tras comprobar que la realidad no responde a la esperanza o la ilusión puestas en ellos; la falta de ilusión; la monotonía y desilusión de los jóvenes; el desencanto, la desesperanza; la apatía, la indiferencia, la resignación no escrita ni revelada, sino sus contrarios.
            Según el Barómetro Cofidis de la Ilusión, presentado el miércoles, la ilusión ha aumentado un punto en España respecto al último año, el indeseado. Los proyectos ilusionantes se reducen, pero aumenta la esperanza de alcanzar los deseados: hacer un viaje, tener más tiempo para disfrutar de la familia, cuidar la alimentación, conseguir un trabajo; pero la ilusión no basta para cumplir los sueños: el esfuerzo es el principal y la suerte, el segundo.
            Predican los políticos --los más, enemigos de los sueños, por erigirse en sus enterradores-- que el nuevo año será el de la recuperación. Para el partido del Gobierno de la nación, el PP: sanear la economía, reducción del gasto público, reforma de la Administración Local y reforma del sector público. Para el principal partido de la oposición, el PSOE: nuevo proyecto político, con militantes y ciudadanos, aunque después hagan las listas cuatro; apuesta por un nuevo modelo territorial, camino del federal; ofensiva contra la privatización de la sanidad...
             De acuerdo con el citado informe, las personas menos ilusionadas --un 30 por ciento de la población-- son los jubilados y las amas de casa, unos porque ya cumplieron sus ilusiones y ahora tienen otras que no pueden cumplir... De la ilusión con que nacimos, a las ilusiones ópticas y a la desilusión. No vivimos tiempos ilusionantes, sino de desilusión. Hemos perdido la ilusión de niños y los psquiatras no logran vencer nuestra desilusión. Que perdure, al menos, la ilusión de los niños; que nadie les robe su inocencia: "Dejad que los niños se acerquen a mi, y no se lo impidáis, porque de ellos es el reino de Dios." (Lc., 18, 15-17)