lunes, 15 de abril de 2019

RECONOCER LA VISIBILIDAD


            Reconocer es, según la RAE, identificar, someter a examen o reconocimiento, admitir como cierto o legítimo; y visibilidad, la calidad de visible; la posibilidad de ver a mayor o menor distancia según las condiciones atmosféricas. El pasado día 3 fue el Día Nacional para la Discapacidad, aprobado por el Gobierno en febrero, para dar cumplimiento a la Convención de Naciones Unidas sobre los derechos de las Personas con Discapacidad y su Protocolo Facultativo, aprobados por la ONU en febrero de 2007, en vigor en nuestro país desde 2008. Se trata de dar visibilidad a este colectivo y de conmemorar y reconocer la importancia de este instrumento normativo, que ha supuesto un cambio de paradigma a la hora de abordar el fenómeno de la discapacidad. En España, reconocemos y hacemos visible la discapacidad. La legislación española es una de las más avanzadas del mundo en reconocimiento de derechos a las personas con discapacidad y está a la cabeza en los países de la UE en esta materia.
 
            Los discapacitados son sujetos titulares de derechos y el Estado, por tanto, está obligado a garantizar que su ejercicio sea pleno y efectivo, más aún al contar con una herramienta jurídica vinculante a la hora de hacer valer sus derechos. Desde la entrada en vigor de la Convención, se han producido cambios importantes, entre ellos la visibilidad del colectivo dentro del sistema de protección de derechos humanos y la asunción de la discapacidad como una cuestión de derechos humanos. No solo basta reconocer y hacer visible el mundo de la discapacidad, sino es preciso, como vienen impulsando las asociaciones de discapacitados y asumiéndolo los poderes públicos, que los principios y valores recogidos en la Convención sirvan para su aplicación plena en todos los niveles políticos y sociales y garantizar los derechos de las personas con discapacidad. Parece que estamos en el camino. Los discapacitados están asumiendo no solo su propia realidad, sino que han pasado a formar parte de las listas electorales para hacer valer como propios los derechos que antes fueren solo de otros: no solo el de ser electores, sino elegibles, como ciudadanos de primera que fueren.

"EL TERCERO DE MONTELEÓN", NOVELA SOBRE EL TENIENTE RUIZ Y MENDOZA

         
         En "El tercero de Monteleón", [1] el historiador del arte y cronista oficial de Trujillo, José Antonio Ramos Rubio, se adentra por vez primera en un género hasta ahora virgen para él, la novela histórica, tan alejado de los libros a que nos tiene acostumbrados en los que nos descubre la historia, el arte y las tradiciones de los pueblos que hasta la fecha no tienen historia escrita.
           El teniente Jacinto Ruiz y Mendoza (Ceuta, 16/08/1779; Trujillo, 13/03/1809), un héroe del levantamiento del 2 de mayo de 1808 en Madrid contra las invasión de las tropas francesas, da pie al escritor a novelar su vida profesional, humana y familiar desde su nacimiento en Ceuta hasta su muerte en Trujillo a los 29 años por las heridas recibidas en la defensa del Parque de Artillería de Monteleón, junto a los capitanes Luis Daoiz y Pedro Velarde --"El tercero de Monteleón"--, en cuya batalla recibió un tiro en el brazo y un segundo disparo que le entró por la espalda y le salió por el pecho, que fue el que terminaría con su vida. Ascendido al grado de teniente coronel por el Gobierno, fue trasladado a Badajoz, pero tuvo que detenerse en Trujillo al agravarse su estado de salud y acogerse a la hospitalidad de su tío, Juan Cebollino, teniente coronel del Regimiento al que iba destinado debido al acoso de las fuerzas del general Murat en Madrid. El 12 de marzo de 1809 testa, al empeorar su estado de salud y fallece dos días después. Fue enterrado el día 14 en la iglesia de San Martín. En marzo de 1909 el Gobierno ordenó el traslado de sus restos a Madrid y fueron inhumados en el monumento erigido en su honor en la plaza del Rey, obra de Mariano Benlliure.
            La peripecia vital de este héroe del 2 de mayo de 1808 da lugar al autor para novelar su vida desde su nacimiento hasta su muerte. Para escribir esta novela histórica, el autor ha viajado a los lugares de la vida del teniente Ruiz: Ceuta, Segovia, Cádiz y Madrid que, de una u otra forma, formaron parte de su vida. El autor participó en 2004 en unas jornadas históricas celebradas en Ceuta, su ciudad natal, y publicó posteriormente las partidas de nacimiento y bautismo y su testamento en los Anales de la Real Academia de Doctores.[2]
            La novela El tercero de Monteleón arranca con el nacimiento del teniente Ruiz el 17 de agosto de 1779 en Ceuta, ciudad en la que su padre, Antonio, servía como subteniente de infantería. Antes, su padre, Antonio Nicolás Ruiz, había ejercido como teniente de la misma arma y su abuelo y bisabuelo, como capitanes del Regimiento Fijo de Ceuta. Cinco días antes, Antonio había vuelto a Ceuta con permiso de paternidad, procedente del destacamento de Gibraltar, donde fue testigo de la campaña conocida como sitio de Gibraltar, la tercera vez que las tropas españolas se enfrentaban a las británicas, asediando el peñón para recuperar la colonia.
            Así comienza la novela histórica de Ramos Rubio, que mezcla los principales hitos de su vida con los acontecimientos históricos, en un estilo narrativo que fluye como un río hasta la hora de la muerte del protagonista. La obra nos descubre no solo la vocación de un militar vocacional en la defensa de su patria, por la que dio la vida, sino el cuadro de matices históricos que la enmarca.
            El teniente Jacinto Ruiz de Mendoza nació en Ceuta el 16 de agosto de 1779. En 1795, a los 17 años, ingresa como cadete de cuerpo en el Regimiento de Ceuta. El 10 de julio de 1880 fue ascendido a segundo subteniente y, tras seis meses de prácticas como oficial en el mismo Regimiento, pasó a servir de subteniente al de Voluntarios del Estado, de guarnición en Madrid, donde fue ascendido a teniente por antigüedad el 12 de marzo de 1807. La defensa del cuartel de Monteleón inmortalizó a Ruiz de Mendoza, junto a Daoiz y Velarde, dejando testimonio del asalto las pinturas de Joaquín Sorolla, Manuel Castellano y Leonardo Atenza.
            Hay dos episodios en la novela en los que la capacidad narrativa del autor alcanza su máxima expresión: el encuentro con la que sería su futura esposa, María Paula, en un taller de modistas de la calle Divino Pastor, a pocos metros del cuartel de Monteleón, a donde se dirigió aconsejado por un cabo de su unidad, para que le arreglaran su casaca rota; y la batalla del cuartel de Monteleón.  El encuentro hizo surgir entre ambos una fascinación recíproca hasta su matrimonio, celebrado el 2 de febrero de 1804 en la iglesia de Nuestra Señora de las Maravillas, en la que por parte del novio fueron testigos el capitán Daoiz y el sargento Miralles. Los sucesivos encuentros de la pareja se acrecentaron desde aquella entrevista. El deseo de conocerla se convierte en amor. Los encuentros con su amigo el padre Agustín, párroco de la iglesia de Nuestra Señora de las Maravillas, quien le animó a continuar con Paula; y con su padre, Juan Vaviano, quien también le dio permiso para salir con su hija. Su encuentro con el pintor Goya, que inmortalizara un año después el enfrentamiento con los franceses y quien le invitare a su casa para pintarle..., todo transcurre sin pausa entre acontecimientos históricos que turban la historia de España: la conjura de El Escorial, el motín de Aranjuez, la abdicación de Carlos IV, la destitución de Godoy, la llegada del mariscal Murat a Madrid, que ocupa el 23 de marzo de 1808. Desde aquel día hasta el 2 de mayo, los choques y las tensiones irían en aumento. La salida de los carruajes que se llevaban a la familia del rey del palacio fue el detonante de la situación. Una multitud se concentra ante el Palacio Real para que no salga el infante... Sobre la diez de la mañana del 2 de mayo se extienden los combates por las calles céntricas de Madrid. Goya sale a la calle y pregunta qué pasa...
            --¡No sé cómo no se ha enterado...! Nos atacan los franchutes.
            --¡Oh espectáculo lamentable!, replicó el pintor, cuya trágica visión reflejaría años después en La carga de los Mamelucos.
            Desde la Puerta del Sol, el conflicto se traslada a los cuarteles de Montelón. Se presenta para su defensa Luis Daoiz, jefe del Parque, con otros oficiales; más tarde lo haría el capitán Pedro Velarde. Muchos paisanos acudieron hasta el lugar en busca de armas. Acababa de comenzar la Guerra de la Independencia. Más tarde, un soldado ve llegar al cuartel a Jacinto y, como conocía su malestar, le preguntó:
            --¿Dónde va, mi teniente? ¿No estaba enfermo?
            Jacinto Ruiz se había presentado en el parque de Monteleón en cinco minutos, puesto que estaba cerca de su casa. Se cuadra ante su capitán dispuesto a defender la dignidad de España y el honor del ejército. Durante las dos horas que duraron los combates, Daoiz, Velarde y Ruiz dirigieron la acción de los cañones y la de los defensores. Velarde muere de un tiro a quemarropa; Daoiz, herido en una pierna de otro balazo, quedó recostado sobre el cañón que tenía a su lado. El teniente Ruiz recibe un balazo en el brazo izquierdo, pero continúa la batalla. "Antes morir que entregarse", dice. Un segundo balazo le penetró por la espalda saliéndole por el pecho y da con él en tierra casi exánime. Rendido con el último baluarte de tan épica defensa, acabó la lucha y el enemigo tomó posesión del Parque. Dos soldados recogen al teniente Ruiz.
            --No podemos dejar morir a un valiente que ha dado la vida por nosotros y por España..., el tercero de Monteleón.


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[1] Vid.: Ramos Rubio, José Antonio: El tercero de Monteleón, Tau Editores, Cáceres, 2019, 192 págs.
 
[2] Vid.: Ramos Rubio, José Antonio: El teniente coronel de los reales ejércitos Jacinto Ruiz de Mendoza, vida y hechos de un héroe, Anales de la Real Academia de Doctores,  Vol. 8, núm. 2, 2004, págs. 39-44.
 
 

miércoles, 10 de abril de 2019

"LOS ÚLTIMOS DE GRANADILLA"


           Canal Extremadura TV emitió anoche el programa "Los últimos de Granadilla", patrocinado por la Junta de Extremadura y producido por Ícaro Comunicación, dirigido por el periodista Isidoro Campos --que, una vez más, ha demostrado su valía profesional en un terreno que no le fuere propio, como el televisivo, pero que cultiva con la misma maestría que ahora la radio y antes, y siempre, la prensa o publicaciones periódicas-- y en el que, a través de imágenes, fotografías y doce testimonios de los últimos hijos de la villa de la que fueron desterrados, ha puesto de relieve el trauma que supuso el destierro, el recuerdo arrebatado de la infancia y las lágrimas derramadas entonces en blanco y negro, y todavía hoy en color, en los que se alterna la narración que pasa del ayer al hoy en segundos, como si el tiempo no hubiere transcurrido, aunque las imágenes sean testigos del cambio inesperado que para sus vecinos supuso la tragedia del abandono obligado de su pueblo por la expropiación forzosa de que fue objeto por parte del Estado  por el embalse de Gabriel y Galán.

            Martín Mordillo Pinero, Jerónima Sánchez Rodríguez, Daniel Gómez García, Juan Manuel García Domínguez, Filomena Esteban Sánchez, Pelayo García Sánchez, Vicente Carcaboso Iglesias, Constantina González Montesinos, Adoración Rodríguez Garzón, Sebastián Caballero González, José María García y Vicenta Cruz, han puesto voz a quienes ya no la hubieren, pero que aparecen vivos en el documental; a quienes les prometieron el paraíso nacido por la muerte del suyo --El Rincón, Alagón del Caudillo, Alagón y, finalmente, Alagón del Río-- y fuere peor en principio, instalados en barracones donde el agua caía sobre los colchones en los que descansaban, con las casas y las urbanizaciones por hacer; los mayores que fallecían llevados en caballería o tractores al cementerio de Galisteo..., porque no hubiere ni cementerio; ni en el viejo de Granadilla, después anegado por las aguas, donde ni siquiera se sabía dónde estaban inhumados los muertos; donde los hijos hubieren de exhumar a su padres para llevarlos al nuevo cementerio de la villa perdida... ¡Cuántos recuerdos, la felicidad arrebatada, el pueblo siempre añorado, como las fiestas, las bodas, los carnavales, los juegos en la plaza...! ¡Tantos años para nada! Ya en enero de 1932, el Ayuntamiento de Coria había invitado al de Granadilla a estudiar el embalsamiento del río Alagón; en 1939 se iniciaron los expedientes expropiatorios; en 1950 se declaró con carácter urgente la construcción del pantano; en 1955, el Consejo de Ministros declaró la zona inundable; en 1957 se inicia la construcción del embalse, que concluye en 1962; en 1965 culmina el proceso de disolución del municipio... Un tiempo después todo quedó en silencio hasta 1979, en que se inicia la reconstrucción del castillo y al año siguiente, en que es declarado conjunto histórico-artístico.
 
            No hay un paralelismo entre "Los últimos días de Pompeya" y "Los últimos de Granadilla". La primera, novela de Edward Bulwer Lytton (1834), tantas veces adaptada a la pantalla, narra la vida de unos cuantos habitantes de la ciudad romana, asfixiada y enterrada por las cenizas del Vesubio en el 79 a. C. Los pompeyanos se vieron sorprendidos por el flujo piroplástico que cayó sobre ellos y no hubieren tiempo de huir hacia el mar, quemados y asfixiados. Los vecinos de Granadilla fueron avisados, acosados e instados por la fuerza a abandonar su pueblo, sin que le hubieren sido satisfechos los justiprecios --que muchas veces no hubieren nada de ello, sino de minusprecios-- e instados a marcharse en un destierro forzado, sin efectivo para hacer frente a la nueva vida más que sus manos como toda fuerza de trabajo.
            Hay, sin embargo, un sino no escrito desde su fundación: Granadilla estaba predestinada a desaparecer. Las tres culturas que habitaren la villa fueron desterradas: los árabes, sus fundadores, por la Reconquista (1160 por Fernando II de León); los judíos por su fe (1492, Edicto de Granada de los Reyes Católicos, por el que se ordenaba su expulsión); los cristianos, por el desarrollismo franquista (Decreto 1347/1965, de 6 de mayo, por el que se disuelve el municipio). Fue el segundo pueblo desaparecido en la provincia de Cáceres. Antes lo fuere Talavera la Vieja, la antigua ciudad romana de Augustóbriga,  inundada por las aguas del embalse de Valdecañas en 1963. Hasta ahora, porque otros parece que estuvieren a la cola, sus habitantes muriéndose, los jóvenes huyendo, las cigüeñas por llegar, porque ya ni están ni se les espera; el campo agostado por el cambio climático y a la espera de que desaparezca la PAC para pasar a la historia por nadie deseada...