martes, 17 de enero de 2017

DESPEDIDA EXTREMEÑA DE LARRA

 
           Escribimos un día, hace más de un año (véase Mérida en 1835 vista por Mariano José de Larra, en meridaycomarca.com, de 06/11/2015), que el escritor, periodista y político Mariano José de Larra (1809-1837) visitó Mérida en 1835 y escribió sobre la ciudad dos artículos titulados "La antigüedades de Mérida".  Antes, había estado siguiendo a su padre, médico, en sus diversos destinos, entre ellos Cáceres, en el curso 1823-1824. En "Impresiones de un viaje. Última ojeada sobre Extremadura"[1], Larra se despide de Mérida saliendo por Alange, "pueblecito situado a la falda de una colina, y en una posición sumamente pintoresca". Lo pintoresco es para Fígaro un baño romano de forma circular y enteramente subterráneo, cuya agua nace allí mismo, y que se mantiene en el propio estado en que debía de estar en tiempos de los procónsules. Lo describe así el escritor: "Recibe su luz de arriba, y los habitantes, no menos instruidos en arqueología que los meridenses (sic), le llaman también el baño de los moros."  Para el viajero español, "la colocación de este baño hace presumir que los romanos debieron de conocer las aguas termales de Alange" que "en el día de hoy son todavía muy recomendadas, y hace pocos años se ha convertido en el centro de un vergel espesísimo de naranjos  a la entrada de la población una casa de baños,  donde los enfermos, o las personas que se bañan por gusto, pueden permanecer alojados y asistidos  decentemente durante la temporada".  Añade El pobrecito hablador que el agua de los baños de Alange sale caliente, "pero no se nota ni en su sabor, ni en su olor, ninguna diferencia esencial del agua común". Menciona el escritor que el pueblo, de fundación árabe, posee en lo alto de un cerro eminente los restos de un castillo moro, al pie del cual corre el río Matachel, riachuelo o torrente notable  por la abundancia de adelfas que coronan sus márgenes.
 
            El Duende afirma que, "considerada Extremadura históricamente",  ofrece al viajero "multitud de recuerdos importantes y patrióticos". Evoca su papel, "muy principal" en las conquistas del Nuevo Mundo; su héroes conquistadores, Hernán Cortés (Medellín)  y Pizarro (Trujillo). Dice de esta última ciudad que  "conserva un carácter severo de antigüedad que llama la atención del viajero: los restos de su muralla, y multitud de edificios particulares repartidos por toda la población, que "tienen un sello venerable de vejez para el artista que sabe leer la historia de los pueblos y descifrar en sus monumentos el carácter de cada época".
 
            Sin embargo, "considerada Extremadura como país moderno en sus adelantos y en sus costumbres", el autor de "Vuelva usted mañana" la define como la provincia más atrasada de España, "y de las que más interés ofrecen al pasajero". "Si se exceptúa la Vera de Plasencia y algún otro punto, como Villafranca, en que se cultiva bastante la viña y el olivo, la agricultura es casi nula en Extremadura".
 
            Considera que, antes de la Guerra de la Independencia y del decaimiento de la cabaña española, las dehesas eran un manantial de riqueza para el país "y sobre esa base se han acumulado fortunas colosales". Señala que, produciendo más las tierras de dehesa que la puesta a labor, se concibe que la provincia esté sumamente despoblada; y, reasumida la riqueza en manos de unos cuantos señores o capitalistas, resulta una desigualdad inmensa. Critica que el sistema de las dehesas sea favorable a la caza, de suerte que el pobre no halla más recurso que ser guarda de una posesión; y así --señala-- hay pueblos enteros que se mantienen como las sociedades primitivas.
 
            Fígaro define al extremeño como "indolente, perezoso, hijo de su clima y en extremo sobrio; pero franco y veraz, a la par que obsequioso y desinteresado". Advierte que la industria no existe "más adelantada que la agricultura: alguna fábrica de cordelería, de cinta, de paño burdo, de bayeta, de sombreros y de curtidos (sobre todo en Zafra) para el consumo del país"... El agudo observador indica que "la vivienda de un extremeño es una verdadera posada, donde el cristiano no puede menos de tener presente que hace en esta vida una simple peregrinación y no una estancia".
 
            Una vez conocido el estado de la agricultura y de la industria, Larra deduce la escasa importancia del comercio: alguna lana; aceite que envía al Alentejo, cáñamo, miel, cera, piaras de cerdo y embutidos. "El comercio de importación es casi nulo y la exportación se podría reducir a la que se hace de ganados a la famosa feria de Trujillo.
 
            Finalmente, describe el autor de Macías que la carretera de Madrid a Badajoz, principal camino de Extremadura, "es una de las más descuidadas e inseguras de España"; las posadas, "fieles a nuestras antiguas tradiciones", son por el estilo de las que nos apunta Moratín en una de sus comedias. No olvida, empero, los dos amenos sitios que se descubren antes de llegar a Mérida: los confesonarios, el grande y el chico, "dado por un pueblo religioso a un asilo de bandidos".
 
            Por último, se despide de Badajoz, "antigua capital de Extremadura y residencia de sus reyezuelos moros", que "no ofrece nada de curioso". Subraya, sin embargo, "la amabilidad y el trato fino de las familias y personas principales", que compensan con usura las desventajas del pueblo, por lo que le resulta difícil separarse de ellas sin un profundo sentimiento de gratitud por pocas personas que haya conocido.
 
              Concluye Larra: "Era el 27 de mayo, el sol comenzaba a dorar las campiñas y las altas fortificaciones de Badajoz: al salir saludé el pabellón español, que en celebridad del día ondeaba en la torre de Palmas... El Caya, arroyo que divide la España del Portugal, corría mansamente a mis pies; tendí por última vez la vista sobre la Extremadura española; mil recuerdos personales me asaltaron; pero sentí oprimirse mi corazón y una lágrima se asomó a mis ojos... Entonces, el escritor de costumbres no observaba; el hombre era solo el que sentía..."
      


[1] Vid.: José de Larra, Mariano: Artículos de costumbres, Espasa Calpe, S. A., Madrid, 2003., págs. 105-110.