lunes, 16 de enero de 2017

ILUSIONES DE AÑO NUEVO

 
           La ilusión que principia en Navidad es, a veces, la viva complacencia del recuerdo de la persona, ausente o presente; la ilusión de la lotería es una esperanza cuyo final se desea atractivo. La ilusión de los Reyes Magos es una imagen de la representación causada por el engaño paterno o de la tradición que, aun descubierta, persiste en aquella como la complacencia que todos deseamos. No hay ilusión única en el inicio del Año Nuevo que anide en todo ser humano. Más que ilusión óptica, la ilusión es también la luz que ansiamos. La ilusión es el deseo reiterado de la luz ambicionada: la salud, el amor, el bienestar... Pudiere haber ilusión; pero sin la luz, como la fe sin la resurrección, sería una fe vana.
            Hay ilusiones ópticas que aumentan aquellas; hay otras, empero, que, como las luces de la Navidad, son efímeras, tanto como el tiempo que abarcan el nacimiento y los regalos compartidos. La ilusión es subjetiva, pero trasciende en su agregación a otros: No hay ilusión sin compartir, como los alimentos sobre la mesa. Por ello se bendicen y se dan gracias; pero la ilusión hay que trabajarla y sembrarla para recoger sus frutos. No se vive de ilusiones; sí podemos mantenerlas vivas.
            Cada Navidad, cada nuevo año, la ilusión se nos representa como una esperanza, con o sin fundamento real, de lograr aquello que anhelamos o perseguimos; pero la realidad es terca: pocas veces se ven cumplidas nuestras ilusiones. Ansiamos atractivos que se ven cercanos y que se antojan en el horizonte, ya fueren humanos, de salud o trabajo y bienestar. Como una ilusión óptica que, satisfecha en quien la acuna, ofrece  una alegría tal que es preciso compartir.
            El ser humano se ha vuelto esquivo a compartir la ilusión; en muchas ocasiones, la ilusión se torna en la reconciliación. Damos a los demás parte de lo que nos sobra (la caridad); otros, quizá, no dan nada de lo mucho que poseen (el avaro). Animamos la ternura y la ilusión de los inocentes; accedemos a menudo a adquirir boletos que nos alimenten la ilusión. No hay vida sin ilusión, aunque haya muchos en nuestro derredor, que, en lugar de alimentarla, la cercenen. La ilusión nace, se desarrolla y fenece, como todo ser vivo... La ilusión distorsiona, en ocasiones, la realidad: tenemos ilusiones ópticas, como espejismos en el desierto, que transmutan la superficie lisa en otra líquida, inexistente. Albergamos ilusiones imposibles, no tanto porque dependan de nosotros mismos, sino por quienes las mutilan. Nuestra ilusión deviene en el ilusionismo, como el arte de crear algo imposible desde la humana lógica; pero, sin ilusión no se vive...