domingo, 21 de noviembre de 2010

ENTRE VANIDAD Y MODESTIA

Si por elegir fuere, nos alinearíamos siempre con la modestia como virtud antes que con la vanidad como arrogancia. La modestia es el exceso por menos; la vanidad, el exceso por más. La modestia modera, templa, y regla la política exterior del hombre; la vanidad, lejos de ella, nos revela el fracaso de nuestra política interior, arrogante, presuntuosa, envanecida, incapaz de ver nuestra propia caducidad y la de las cosas de este mundo: vanitas vanitatis et omnia vanitas (vanidad de vanidades y todo vanidad); pero, a veces, “la modestia daña más que favorece”, dice Azorín (El Político, XXVIII).

Tendemos a ser más vanidosos que modestos. Obramos más con la vanidad como bandera que con la modestia como virtud. Los vanidosos afloran en su arrogancia palabras inútiles, vacías e insustanciales. La ficción de su fantasía es tan vana como su presunción.

El hombre y la mujer modestos conjugan en sus actuaciones no la pobreza que les fuere propia, sino que, conteniéndose en los límites de su estado, cierran sus fronteras a las del engreimiento o de la vanidad. Los vanidosos, “de sabios hacen gala quien no se admira de nada”; “la vanidad es el amor propio al descubierto y la modestia, el amor propio que se esconde”, según Fontenelle. Los modestos dicen cuanto sienten y ofrecen lo poco que hubieren; los vanidosos son arrogantes y mentirosos hasta en la declaración de su patrimonio material que fenecerá con su vida, como si su nombre prevaleciere sobre su ser, como el hábito que no hiciere varones ni mujeres sabios por el hecho de vestirlo. Los modestos aspiran solo a pasar inadvertidos porque, en la modestia de su templaza, reina el silencio de la sabiduría.

Se cree sabio el vanidoso y analfabeto, sin serlo, el modesto, cuando es más listo el que dice no serlo que quienes se envanecen en proclamarlo. “En boca del discreto, lo público es secreto”, pero “bajando se sube al cielo”.

En cierta ocasión, un modesto hombre de pueblo extremeño se autoinvitaba a una matanza en la que participare todo el vecindario para ayudar a uno de los suyos. Deseaba compartir un rato con ellos con tal motivo, y apenas tomar un vinito con unas olivas; pero la modestia de los anfitriones fue muy superior a la de quien solo aspiraba a conocerles. No podían atenderle ese día. Su modestia era tan grande que se veía superada por la presencia de quien anunciare su visita, que no fuere, por otro lado, nada vanidoso. Quizás otro día, le dijeron. Todo sencillez, naturalidad y modestia; la menor que vence a la mayor.

Observad en esos campesinos la pureza de la modestia frente a la vanidad de la ciudad. Mirad en esos concejales y alcaldes de pueblo que trabajan sin afán de notoriedad por mejorar sus condiciones de vida; que no pretenden, ni buscaren para sí, otro sueño, en su modestia, que hacer más habitable su pueblo; y si sueños hubieren, serían pesadillas ante los muchos problemas que se les impuso y asumieron en la gobernanza de su pueblo. La modestia impera en el pueblo; la vanidad en la ciudad. No solo en Las Hurdes, Ana María y su hija Alba sintetizan la modestia; en el Valle del Jerte, una alcaldesa anónima subsume su propia fe entre sus paisanos cabrereños, una fe de plata en un paisaje de plata, como ella misma: Fe Plata, dejando su pueblo como los chorros del oro.

jueves, 18 de noviembre de 2010

EL SILENCIO CÓMPLICE

No fuere solo, pero el silencio es tan cómplice como la palabra oculta. No habla el silencio, ni denuncia. Calla, y no otorga, un sufrimiento físico y moral, antesala de la muerte; una violencia que produce insomnio, pesadillas, fobia, ansiedad, agresividad… El silencio cómplice no perdona: acentúa el yerro del perdón ante el agresor; reproduce el rol machista frente a la libertad; cierra puertas a la protección de los débiles.

Una sociedad silenciosa, no silenciada, es también cómplice de la violencia de género. El silencio de la víctima anula el coraje y la valentía de otros, las leyes que los protegen, a los jueces que las aplican; el compromiso de los más frente a quienes apoyan, por complicidad también, las falsas ideas de un maltrato inexistente por falso.

Frente al silencio, el habla; frente a la agresión impune, la denuncia. La complicidad del silencio da alas a los agresores; es el mejor cómplice de los maltratadores; les da impunidad, amplía el horizonte de su libertad para seguir matando y cometiendo actos violentos. El silencio cómplice no es solo de las víctimas, sino el de todos, porque todos somos cómplices del silencio que la genera.

La historia no justifica por sí misma la situación. La cultura machista es heredera de unos roles sin sentido en el mundo actual, ya fueren sociales, familiares, psicológicos o religiosos. La mujer y el niño son parte de nuestra vida, y nadie puede arrogarse para sí ni la propiedad de su vida, su libertad o sexo. Atentar contra ellos es atentar contra nosotros mismos, la sociedad entera, el Estado de Derecho, la libertad y dignidad del ser humano, que lo fueren en igualdad de derechos que nosotros.

No más silencios, no más complicidad. Sí más habla, más denuncias. No más espacios impunes; sí más castigos para los agresores. No miremos para otro lado, porque seremos también cómplices de un mundo que, para lo bueno y lo malo, también es nuestro. Como nuestro silencio, nuestra complicidad, nuestras víctimas… ¿O acaso no son ellas, nuestras también?

domingo, 14 de noviembre de 2010

“PAPÁ: QUIERO SER CAMPESINO EN EXTREMADURA”

No ha llegado aún el alba cuando Carlos enciende la chimenea de su casa: unos palos delgados de la poda de los olivos y otros más gruesos palos de encina. La luz ilumina la estancia de esta humilde casa de pueblo extremeño, donde nadie tiene mucho y todos tienen algo. En silencio, para no despertar a su compañera e hijos, este humilde campesino lee los correos de amigos, compañeros y camaradas que le cuentan sus afanes de lucha diaria, que comparten con él sentimientos y pensamientos, porque saben que les entiende y que les responderá con la sabiduría que atesoran los hombres que viven de la naturaleza, que nada desean saber de los mercados ni de las trampas que les tejen como telas de araña.

Mientras acaricia a su perrita, que pronto parirá cachorritos, piensa en estos hombres y mujeres preocupados por el futuro de sus hijos, en el dinero que no atesoran, en el préstamo que no hubieren ni necesitaren, porque su tierra les da vida. Huye de la televisión, porque no desea que le confundan el pensamiento de libertad que aún navega por sus venas, tan hermosa como su trabajo sencillo, tan feliz al ver cómo crece la planta para alimentar a su familia.

También este hombre de pueblo, que quisiere para sí que su cuerpo fuere tras su muerte semilla de eternidad o estiércol para una rosa, está preocupado por el futuro de su hijo, que no desea la educación convencional. Quiere ser libre, como las aves y animales del campo; desea seguir la estela de su padre, a quien le inquieta: “Papá: quiero ser campesino, como tú.” Quizá no hubiere oído nunca estas palabras, ni las esperare de su hijo. Con su edad, tampoco él se hubiere planteado el futuro porque, a la sombra de su padre y de los sabios del pueblo, creció en un ambiente de libertad y trabajo, que no necesitare otro interés que el producto de la tierra labrada con amor.

No se atreverá a contradecir a su hijo, indicándole otro futuro que más le enorgulleciere. Hubiere oído a sus mayores decir en alguna ocasión: “Hijo, tienes que labrarte un porvenir…” Y cuál mejor que la tierra donde habita que le diere la suficiente libertad, trabajo y frutos para vivir con poco, pero con dignidad. Ha visto a su padre trabajar sin desmayo, desde el alba hasta la anochecida, labrar la tierra para llevarles alimentos a casa, como las aves del cielo a sus crías; le ha visto descansar cuando estaba cansado; conversar con su familia y los vecinos como no se hiciere ya en la ciudad. No atesora dinero en los bancos, porque ni falta le hiciere, sino en su corazón. Su vida no figura en la etiqueta de los productos que cosecha, ni su sudor, ni sus muchas horas de trabajo.

Reflexiona sobre el consumismo desmedido que ahoga a hombres y mujeres y sobre los deseos de su hijo. Escucha a John Lennon en su “Imagine” y se deja llevar por un sueño que rompería fronteras y uniría a los hombres y mujeres de buena voluntad.

“Imagina que no hay posesiones
Quisiera saber si puedes
Sin necesidad de gula o hambre
Una hermandad de hombres
Imagínate a toda la gente
Compartiendo el mundo.”

En breve, el alba llamará a su puerta. Toma un café de puchero y una rebanada de pan con aceite. Su perrita posa sus piernas sobre sus rodillas, a la espera. No necesitará aquí correa para que ella pasee feliz, al lado de su amo, por los caminos helados del otoño. Observa los prados vacíos, cercados por paredes de piedra que delimitan la pequeña propiedad levantada por sus abuelos. Le satisface ver ese paisaje donde sus vecinos todos hubieren una viña, un olivar, una suerte de encinas. Se ve a sí mismo rico el campesino porque hubiere dos “nóminas”: su trabajo y el silvestre que le brinda la madre naturaleza. Y ahora se para un instante; la perrita le mira y se agarra a sus pantalones para darle su apoyo. Piensa en las palabras de su hijo, inéditas en el mundo exterior: “Papá: quiero ser campesino, como tú.” Huele a tierra mojada y a hogueras encendidas en el pueblo. Su alma se enciende con el cambio de colores de la naturaleza, que apelan al ciclo de la bondad productiva. El otoño es mágico en el Ambroz y en estas tierras de Granadilla, donde la vida transcurre plácida, amorosa, vívida y vivida a cada instante.

No hubiere más libertad ni paz en Extremadura que en sus pequeños pueblos solidarios, aún humanos y felices, con sus servicios mínimos imprescindibles, y con el pacto sin firma de la solidaridad de sus hombres y mujeres. “Aprenderás junto a mí, hijo, el oficio, como yo lo aprendí de tu abuelo. Respeta y cuida a la naturaleza y a los animales, que ellos te darán lo que no encontrares en otro lugar. Ama a tu familia como a ti mismo, y serás feliz en este paraíso en el que viste la luz…”