sábado, 20 de octubre de 2012

LA CUESTIÓN CATALANA: SEÑORES Y VASALLOS


Barcelona, no así otras partes de Cataluña, no luchaba el 11 de septiembre de 1714 por “la libertad de los catalanes”, menos aún por la libertad de una nación inexistente, sino por la libertad de que el señor, una oligarquía de señores barceloneses, dispusiere libremente de sus vasallos, y decidir, entre otras cosas, sobre su vida y muerte, sin que el rey pudiere intervenir. El famoso bando de Casanova es, sobre todo, una proclama antifrancesa, y en ella se pide a los españoles, no solo a los franceses, “derramar  gloriosamente su sangre y vida por su rey, por su honor, por la patria y por la libertad de toda España”.
La Guerra de Sucesión no fue “en defensa de las libertades catalanas”, sino en defensa del trono de España, no de Aragón, y mucho menos de Cataluña, entre el pretendiente, el archiduque Carlos de Austria, frente a las pretensiones de Felipe de Borbón. Es notorio que holandeses e ingleses apoyaron a la Casa de Austria, y Francia, a los borbones.
Cataluña no pudo perder su autonomía política porque no la tenía. Fue Barcelona, seguidora de la Casa de los Austria, la que terminó capitulando tras el asedio, y aceptando a Felipe V como rey de España.
De otro lado, conviene precisar que las Leyes de Nueva Planta no son “castellanas”, sino que suponen la eliminación regalista, tanto para Castilla como para Aragón, de las instancias oligárquicas estamentales intermedias entre súbditos y la Corona. Es decir, con las citadas leyes son abolidas las Cortes y las Diputaciones, que habían sido el instrumento de acción de determinadas élites, sobre todo en Aragón, para mantener sus privilegios. La única “autonomía” que se pretende abolir con la Nueva Planta es la disposición del señor sobre su vasallo.
Como afirmara ayer Antonio Elorza en “El País”, recordando a Umberto Eco, Mas ha logrado “producir su propia verdad contando mentiras” y “ha convertido a sus seguidores en hinchas de un equipo apasionado con la victoria”. Y Cataluña nos está invadiendo con sus muchas mentiras, la última de las cuales –que Colón fue catalán--, que resulta preciso desmentir.
Es mentira que Cataluña sea la región española que más paga a Hacienda. Con diferencia por habitantes, es Madrid, y después Baleares. Hay otras Comunidades que también aportan más de lo que reciben, como La Rioja, Aragón y Asturias; pero en ninguna de ellas ha habido protestas, porque todo el mundo entiende que las regiones menos favorecidas deben recibir más de lo que aportan por un principio básico de solidaridad, del que solo se ha quejado el nacionalismo catalán.
No puede decirse tampoco que la burguesía catalana haya sido emprendedora, arriesgada e innovadora, como la de otros países europeos: la burguesía catalana ha sido fundamentalmente una burguesía proteccionista. Acude a Madrid para que le suban los aranceles y conseguir, de este modo, el monopolio español para sus productos. En Cataluña, la burguesía se limitó, por ejemplo, a que Franco decidiera crear la SEAT, filial de la FIAT, con capital público, e instalarla allí.
Cataluña no tiene motivos para quejarse del trato recibido en la historia de España. En todo caso, serían las regiones menos favorecidas, como Extremadura, Galicia, Asturias, Aragón, Canarias y las dos Castillas, tanto en infraestructuras construidas  –la última, el AVE—como en empresas públicas instalas en su territorio. En ambos sentidos, Cataluña, el País Vasco y Madrid han sido las regiones favorecidas.
Los catalanes no tienen razón alguna para quejarse de que “sus” autopistas son de pago, y el resto de las autovías en España son gratuitas. En los años sesenta no había dinero en España y por eso se recurrió a las autopistas de peaje, que se construyen, en su inmensa mayoría, en Cataluña: Barcelona-Zaragoza, Barcelona-Francia, Barcelona-Valencia, y el dinero para financiarlas salió del ahorro de todos los españoles. En una época en la que en algunas zonas de España se pasaba hambre, los escasos ahorros de sus bancos y cajas iban a financiar las autopistas de peaje catalanas; pero, además, tuvimos que pedir préstamos en dólares al extranjero, que hubieron de ser avalados por el Estado español.
Es mentira que  Cataluña genere más riqueza que la que recibe. Navarra y Baleares tienen una renta per capita superior, y Madrid, la obsesión de los catalanistas, además del Real Madrid y Pepe, supera a Barcelona en comercio e inversión industrial, y aún serían menos sin el mercado, los capitales y la mano de obra españolas.
Cataluña ha disfrutado de una situación de privilegio que ha impedido que otras regiones de España se desarrollen industrialmente. Si planteara cualesquiera fórmulas de salida de la nación española, o de pertenencia meramente formal,  como el famoso pacto con la Corona propuesto por Pujol, o el malogrado “Estado asociado a España” de Ibarretxe, el resto de España tendría que replantearse su política de compras hacia Cataluña, y abrir un periodo transitorio de aranceles para dar una oportunidad a que la industria se desarrolle en otros lugares de España.
El objetivo final del nacionalismo catalán es conseguir el mayor grado de independencia política, incluso formando un estado catalán, que nunca ha existido en la historia, pero conservando las ventajas económicas; es decir, vendiendo sus productos en el resto de España gracias a las ventajas económicas de las que han disfrutado, sin ser solidarios con las regiones pobres.
El nacionalismo catalán, en fin, avanzará siempre que le resulte rentable ser nacionalista. La ley electoral española favorece claramente a las opciones regionalistas. Así, Convergencia i Unió, con menos votos que Izquierda Unida, tiene más del doble de diputados que esta. Lo mismo le pasa a ERC. Los separatistas catalanes han apoyado tanto al PP como al PSOE, cuando estos estaban en minoría, a cambio de ventajas económicas, haciendo de partido bisagra y aprovechándose para sacar réditos económicos. A los niños se les enseña una historia, en la que se les explica que los separatistas catalanes han sido un pueblo oprimido por el resto de España; pero no todo cuela y convence, como la pregunta propuesta por Mas, que no habla de secesión ni de independencia, sino de constituirse en un Estado más de la UE, como la última de que Colón fue catalán. Eso sí, al mismo tiempo que habla de independencia, pide al Estado el adelanto de 500 millones del Fondo de Liquidez Autonómica (FLA), que pagamos todos los españoles. Y encima presumen de que los Mozos de Escuadra serían su ejército salvador…, que encima protestan en castellano contra su gobierno.

martes, 9 de octubre de 2012

1714: UNA HORA DE ESPAÑA

 
              El 26 de octubre de 1924, el maestro José Martínez Ruiz, Azorín, lee su discurso de ingreso en la Real Academia Española. Habla el escritor de Monóvar sobre su predecesor, Juan Navarro Reverter.  Refiere su cortesía en el habla, su palabra discreta, delicada, en la conversación; sus viajes por el mundo sobre los que ha recogido observaciones mil; su gusto por los poetas; su abstracción frente al mar, ante la inmensidad azul, y se pregunta: “¿Qué es lo que nos sugieren el mar y el cielo inmensos? ¿Estamos en la España del siglo XX o en la pretérita? ¿Qué es el tiempo y qué es la eternidad?” “Los hombres –añade- son como sombras de sombras.  Surgen en el mundo un instante y se desvanecen… Nuestros antecesores de cuatro siglos atrás se verán a par nuestro. Los conflictos íntimos de unos y otros son los mismos.” Se abstrae el orador y se refiere a la consideración del tiempo y de la eternidad, que levanta el escenario de la Historia. “¿Estamos en 1560, o en 1570, o en 1590? Es una hora de España lo que estamos viviendo. Es una hora de España lo que vivimos –con la imaginación- en este atardecer, frente a la inmensidad del mar.” Y en su admiración por el amor del operario hacia su profesión, de la perseverante cordialidad de los artesanos, construye “Una hora de España”, que introduce con una cita de Calderón, recogida de “En esta vida todo es verdad y todo mentira”, jornada III, escena VII:… “Qué fue síncopa de un año o paréntesis de un siglo.”
El domingo 7 de octubre de 2012, durante el derbi español conocido por los periodistas como “el clásico”, por ser el partido que más veces se ha repetido entre dos clubes españoles, y el encuentro de fútbol más seguido del mundo, con más de 500 millones de espectadores, en el minuto 17 y 14 segundo de las dos mitades, jugando con la fecha de 1714, en que Cataluña perdió la Guerra de Sucesión, el Camp Nou se cubrió de miles de estelades (en catalán estrellada, bandera no oficial, utilizada por los partidarios de ideología independentista de Cataluña) mientras los aficionados gritaban in-inde-independència, con la cadencia coreada por los soberanistas. Dos minutos y dos segundos en una hora de España, en un escaparate de España al mundo, que no debió producirse en un partido de fútbol que disputaren dos equipos españoles y universales.
              Políticos y cronistas han interpretado, cada cual a su parecer, esta proclama soberanista, que al presidente Mas parece habérsele ido de las manos. No pueden utilizarse unilateralmente aspiraciones legítimas sin el concurso y la aprobación de las instituciones del Estado y de los ciudadanos de la nación que componen ese Estado. Ni mucho menos aprovecharse de un escaparate universal de España para decir que “Cataluña no es España”, o que es una nación o un estado. Quien pierde una guerra no debe aspirar a conquistar la paz con otra guerra que destruiría la nación. No se puede perder en dos minutos lo logrado durante siglos, y menos aún en esta hora de España.
 
              Aunque fuere “més que un club” por su simbolismo, el Barça asume una afición universal por la belleza en la práctica de un deporte de todos. No puede arrogarse, por ello, aunque lo diga su presidente, que representa el idealismo catalán, porque muchos de sus jugadores también representan a España, como en la nación y en el mundo entero se viven con pasión su juego y sus triunfos. Si asumiere ese único ideal catalanista, a qué participar en la Liga española y en la Copa del Rey, como antes lo hiciere en la del Generalísimo. Es una contradicción querer estar con todos y con ninguno: que paguen todos para nosotros solos.
 
              Los catalanistas celebran como una guerra de secesión lo que en realidad fue una guerra de sucesión. Como afirma Javier Barraycoa, vicerrector de Abat Oliva CEU, en “La Gaceta”, no es de extrañar que  “los nacionalistas escogieran como Diada nacional una derrota en vez de una victoria” y  “que el padre del nacionalismo catalán, Prat de la Riva, dijere respecto a los defensores de 1714: Admirarlos, pero no imitarlos”, pues fuere consciente de la necesidad de España para la prosperidad de Cataluña.

jueves, 4 de octubre de 2012

UNIONES Y DIVORCIOS EN LA CRISIS


           A más crisis, más paro; a más paro, más desamparo; tras el paro, la separación y el divorcio; pero “lo que Dios une, que no lo separe el hombre”. (Mt. 19, 3-12). El paro aumenta los divorcios, pero también las uniones familiares a la sombra de lo que siempre unió al hombre: el dinero, no tan solo la mujer con la que formare una sola carne. Antes, el hombre abandonaba a su padre y a su madre para unirse a su mujer. Lo que Dios unió, lo separan los hombres; lo que el trabajo unió, lo dividen los hombres, los hombres nacidos para dividir y torturar y no para gestionar la producción y el trabajo de todos. Sin trabajo y sin mujer, los hombres tornan a la casa del padre para que él les alimente de nuevo, con la efímera pensión recortada que a todos pudiere alimentar.
              Crecen los divorcios tras más de veinte años de matrimonio, con hijos adolescentes a las puertas de la universidad y de la nada, en casa de la madre. Quienes abandonaron la casa del padre, tornan a ella en busca de alimento. Los que llevaron a sus padres a residencias, los rescatan para alimentarse todos con su parca pensión. La calidad asistencial mengua. Todos morirán en casa, como se hacía antes, en tiempos de la iguala, sin medicinas que aliviaran el dolor ni farmacias para pagar o copagar las boticas. No habrá tanatorios para el velatorio, sino los pequeños salones de la casa, a la espera de la inhumación… ¡Es la crisis! ¿Y antes: cuando nadie se divorciaba, porque no existiere tal ley para quien deseare acogerse a ella; cuando los hijos abandonaban la casa del padre para buscarse la vida, ni nadie que lo necesitare y pudiese pasaba sus últimos días en residencias públicas o privadas, porque no las hubiere…?
              La crisis ha traído consigo también más divorcios y más apelaciones al rescate de la familia. El divorcio no es signo de la crisis, sino de la pérdida de los vínculos que antes unieren a los cónyuges: la alianza del amor (“Yo no estoy enamorada de mi marido; le quiero, sí, porque es el padre de mis hijas, pero…”); la incomunicación, la contradicción entre la libertad y el vínculo; la infidelidad, la división, el amor como renuncia… La pasión es una etapa; el amor, un camino; un “te quiero” sin tiempo. La crisis es una prueba; los reveses de la salud y económicos, otra. Parece que no volverán los días felices, y se olvidan las promesas y los juramentos, como los políticos olvidaren los suyos, porque la política para muchos fuere un matrimonio de conveniencia que da réditos y no ofrece problemas, sino solo a quienes nada hubieren.
              Antes que el rescate de España, aún no solicitado, y que conllevará más sacrificios para los de siempre, se ha producido un rescate inadvertido para los más, lo que Rajoy llama “el silencio de los corderos”, que no protestan y nada dicen, porque no salen a la calle, ante lo que Almodóvar se rebela y le contesta que “no se apropie del suyo”. Se trata del “rescate” y vuelta a casa de los mayores, residentes fuera del hogar, porque su mínima pensión diere de comer a cinco de la familia que nada tuvieren. “Antes comemos nosotros que los glotones de las privadas.”
              Son, en fin, otros efectos colaterales de la crisis, que buscan por un lado una mayor libertad y, de otro, un recurso del que se careciere para subsistir. La unión buscada y el divorcio sobrevenido, porque la palabra de Dios no existiere en nuestras vidas, y las promesas y juramentos se los lleva el viento de otoño como hojas caducas que pronto caerán sobre la tierra.