martes, 29 de septiembre de 2026

MANUEL PÉREZ HERNÁNDEZ, EL EMERITENSE DIPUTADO POR BADAJOZ, DESTACADO JURISTA DEL SIGLO XIX


Manuel Pérez (Historia Hispánica)

    A mediados del siglo XIX, cuando fallece, era considerado uno de los mejores juristas del siglo. Diputado por Badajoz en la legislatura 1830-1839, que repitió en 1840, Manuel Pérez Hernández (Mérida, 08/02/1803; Madrid, 21/06/1856), inició sus estudios en Leyes en la Universidad de Salamanca, aunque los concluyó en Sevilla, ciudad a la que se trasladó por motivos políticos, en 1825.

    En la capital andaluza comenzó el ejercicio de la abogacía hasta 1828, en que se trasladó a Écija por motivos familiares, permaneciendo en la citada ciudad hasta 1834, en que se trasladó a Madrid. 

EL ABOGADO DE LA CORTE

    En la capital de España su bufete alcanzó un merecido prestigio, convirtiéndose en el abogado de la aristocracia de la Corte y enseñando el ejercicio de la profesión a notables discípulos como Manuel Silvela (1830-1892), abogado, escritor, académico y político.

    Fue una figura destacada del Colegio de Abogados de Madrid, de cuya Junta fue diputado primero, gozando de gran admiración en esta corporación y de la amistad de uno de los hombres más influyentes: el decano Manuel Cortina (Sevilla, 1802; Madrid, 1879), abogado, político y militar, diputado, ministro de Hacienda y presidente del Congreso.

    Desde su llegada a Madrid, participó activamente en el Ateneo de la capital, en la fue secretario de la Primera Sección hasta casi su fallecimiento. También se dedicó al periodismo, tanto político como jurídico, siendo redactor de La Abeja, La Ley, El Español o La España.  Hastiado de la prensa política, se alió junto a sus amigos Joaquín Francisco Pacheco y Bravo Murillo para fundar el Boletín de Jurisprudencia, tras haber intentado establecer otra revista de la misma índole titulada La Ley (véase Ucelay). En La Abeja, Pérez Hernández sostuvo en numerosos artículos la idea de que “España era difícil de gobernar, pero todavía más difícil de revolucionar”. Esta doctrina, según Ucelay, consistía en “huir de los extremos, en aceptar las reformas, en censurar todos los desmanes que trataban de cubrirse bajo la capa de la libertad”.

    Aunque no se sintió atraído por la política, salió elegido diputado por Badajoz en la legislatura de 1838-1839 y repitió en 1840. Considerado como gran orador en el foro, su voz apenas se escuchó en el Congreso, aunque destaca su intervención en la sesión del 24 de diciembre de 1838, en la que expuso sus opiniones en torno a los límites de la inviolabilidad parlamentaria.

RETIRADA DE LA POLÍTICA TRAS SU DESTIERRO

    Sin embargo, tras asumir el general Espartero la Regencia (1840-1843) en septiembre de 1840, durante la minoría de edad de Isabel II, fue desterrado a Guadalajara por sus ideas políticas moderadas y, aunque la medida duró poco más de un mes, esta experiencia le marcó y le hizo renunciar a su carrera política. A pesar de ser tentado en varias ocasiones para retomar su actividad política (“se le brindó la cartera de Gracia y Justicia; otras, un asiento en el Senado….”, según L. M. Pastor),  se mantuvo volcado en la abogacía, que tantas satisfacciones y prestigio le había reportado y le reportarían.

    Por sus conocimientos jurídicos y su calidad humana, fue miembro de las Comisiones de Códigos creadas en 1843, 1846 y 1854, en las que destacó por sus aportaciones, no aceptando remuneración alguna. Según la biografía de Ucelay, “sus ganancias profesionales ascendían a sumas que entonces se tenían por fabulosas. Hay quien asegura que solo el Banco de España, del cual era abogado consultor, llegó a satisfacerle alguna vez más de 25.000 duros por honorarios de sus negocios en solo un año”.

    La muerte le sorprendió el 21 de junio de 1856 en la ciudad en la que se consagró como uno de los mejores juristas españoles del siglo XIX, según su biógrafa Blanca Sáenz de Santamaría. Ucelay lo considera un “abogado de celebridad indiscutible como hombre de ciencia, de foro y como orador, quizá sin igual en las lides judiciales, y debe ser estudiado solo como eminente letrado y esclarecido orador forense”.

    Según La Gaceta, recogido del Diario Español, “fue víctima de una apoplejía fulminante” “cuando se hallaba en una junta a la que había llegado minutos antes, sin síntoma alguno que hiciera presente su próximo fin”.

    Su entierro fue una solemne manifestación del aprecio en que por todos fue considerado. Más de cien carruajes y un cortejo numerosísimo, compuesto de lo más distinguido del foro y de la sociedad de Madrid, seguían al carro fúnebre, tributando un merecido homenaje al elocuente orador y al sabio jurisconsulto. El decano del Colegio, Manuel Cortina, pronunció la oración fúnebre, en la que dijo que “su temprana muerte ha arrebatado a la jurisprudencia una de sus principales lumbreras” (Ucelay citando la crónica publicada en El Faro Nacional).

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Bibliografía consultada: Sáenz de Santamaría Gómez-Mampaso, Blanca, en Historia Hispánica, de la Real Academia de la Historia, biografías: Manuel Pérez Hernández; Ucelay, Enrique: Estudios sobre el foro moderno, Tomo I, págs., 29-1-301 (Madrid, 1883); necrológica de L. M. Pastor en La Gaceta, Madrid, 04/02/1857, de 04/02/1857; La Gaceta de 23/06/1856, recogido del Diario Español.


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