lunes, 17 de diciembre de 2018

NAVIDAD EN LA CALLE


           La gente esperaba el encendido navideño, como sin las luces en la calle la Navidad no llegare nunca. Hogares, bares y comercios han puesto ya sus belenes y árboles. Parroquias, instituciones y otros edificios públicos parecieren competir con sus  belenes, simbiosis de lo tradicional y lo moderno. No se pasan de la raya quienes gustan de la Navidad al modo clásico; sí lo hacen quienes, trascendiendo la modernidad y el origen cristiano de la Navidad, pretenden ofrecer un collage que para nada semeja el espíritu del adviento esperado. Antes, la Navidad se pregonaba; se anunciaba, a principios de mes, con cohetería, como la feria y otras celebraciones. Mientras unos pugnan con tener la mejor de las luminarias, otros repiten y van reduciendo el espacio de aquellas. No están los tiempos para tirar la casa por la ventana.
            En los hogares, se desempolvan los belenes y los árboles, y los niños se afanan por situarlos a la entrada o en el salón. No hay ya elección: antes fuere solo el belén, o el nacimiento; ahora también el árbol, coronado por la estrella de Belén, que anunciará a todos dónde está el Niño que esperan. En los pueblos, quizás haya uno solo; pero no hay luces en las calles. "Los que deseen ver luces en las calles, que vayan a Vigo, Madrid o a la calle Larios de Málaga...", decía un alcalde, porque "no está el horno para bollos..." Con las luces encendidas, multiplicadas en las calles, el adviento está próximo. Los niños, ansiosos de que todo llegue, han visto ya la señal, y les piden a sus padres que les lleven a ver el espectáculo, y los nacimientos. La Navidad llega para todos, pero principalmente para ellos, que esperan ya las vacaciones y, después, a los Reyes Magos, que les traerán sus juguetes. No hay mayor ilusión por la Navidad que la suya.
            Los fines de semana se hace más patente ese espíritu navideño que, a pesar de todo, congrega a los mayores en restaurantes y bares. ¿Qué festejan y qué esperan esos hombres y mujeres, conviviendo en armonía, durante horas, en vísperas de Navidad...? ¿No hubieren acaso días bastantes para festejar lo que, desde pequeños, les unió, y ahora, una vez al año, pareciere que vuelve a unirles, como a sus hijos...? Es el espíritu de la Navidad que, aunque muchos traten de ocultar, revive en el corazón del niño que un día fuimos.
            Hay, empero, dos Navidades: la Navidad de la familia unida, congregada en torno a la mesa, al amparo del belén o el árbol, para compartir la cena de Nochebuena que conmemora el nacimiento del Niño; y la Navidad triste de los ausentes, de quienes faltaren a la cena del padre o la madre, que se fueren este año, o el pasado quizá, y que muchos no pudieren sobrellevar sin su presencia. Nada, ni nadie: ni las luces de Navidad, ni belenes, nacimientos y árboles, encienden en ellos la llama apagada para siempre; el amor perdido, y antes compartido; el amor llorado y sentido por la ausencia presente de quienes faltaren al banquete del amor, que nos trajo el Niño, que nos traen todos los niños con la alegría en sus rostros... ¿Por qué llora la abuela, mamá?, preguntan en su inocencia los pequeños que no alcanzaren a ver el motivo de la tristeza en Navidad. Otros miles de niños no tendrán luces, ni reyes, ni amor en Navidad, porque se hallaren solos en este mundo sin nada que festejar, ni besos que recibir. Para ellos tampoco llegare la Navidad..., ni en la calle que quizás ni hubieren.

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